Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Mensaje a los jóvenes cubanos
23 de Enero de 1998
Queridos jóvenes cubanos:
"Jesús, fijando en él su mirada, lo amó" (Mc 10, 21). Así nos
refiere el Evangelio el encuentro de Jesús con el joven rico.
Así mira el Señor a cada hombre. Sus ojos, llenos de ternura, se
fijan también hoy en el rostro de la juventud cubana. Y yo, en
su nombre, los abrazo, reconociendo en Ustedes la esperanza viva
de la Iglesia y de la Patria cubana.
Deseo transmitirles el saludo cordial y el afecto sincero de
todos los jóvenes cristianos de los diferentes países y
continentes que he tenido la ocasión de visitar ejerciendo el
ministerio de Sucesor de Pedro. También ellos, como Ustedes,
caminan hacia el futuro entre gozos y esperanzas, tristezas y
angustias, como dice el Concilio Vaticano II.
He venido a Cuba, como mensajero de la verdad y la esperanza,
para traerles la Buena Noticia, para anunciarles "el amor de
Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 39).
Sólo este amor puede iluminar la noche de la soledad humana;
sólo él es capaz de confortar la esperanza de los hombres en la
búsqueda de la felicidad.
Cristo nos ha dicho que "nadie tiene mayor amor que el que da su
vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo
les mando... A Ustedes les he llamado amigos" (Jn 15, 13-15). Él
les ofrece su amistad. Dio su vida para que los que deseen
responder a su llamado sean, en efecto, sus amigos. Se trata de
una amistad profunda, sincera, leal, radical, como debe ser la
verdadera amistad. Esta es la forma propia de relacionarse con
los jóvenes, ya que sin amistad la juventud se empobrece y
debilita. La amistad se cultiva con el propio sacrificio para
servir y amar de verdad a los amigos. Así pues, sin sacrificio
no hay amistad sincera, juventud sana, país con futuro, religión
auténtica.
Por eso, !escuchen la voz de Cristo! En su vida está pasando
Cristo y les dice: "Síganme". No se cierren a su amor. No pasen
de largo. Acojan su palabra. Cada uno ha recibido de Él un
llamado. Él conoce el nombre de cada uno. Déjense guiar por
Cristo en la búsqueda de lo que les puede ayudar a realizarse
plenamente. Abran las puertas de su corazón y de su existencia a
Jesús, "el verdadero héroe, humilde y sabio, el profeta de la
verdad y del amor, el compañero y el amigo de la juventud"
(Mensaje del Concilio Vaticano II a los jóvenes).
Conozco bien los valores de los jóvenes cubanos, sinceros en sus
relaciones, auténticos en sus proyectos, hospitalarios con todos
y amantes de la libertad. Sé que, como hijos de la exuberante
tierra caribeña, sobresalen por su capacidad artística y
creativa; por su espíritu alegre y emprendedor, dispuestos
siempre a acometer grandes y nobles empresas para la prosperidad
del País; por la sana pasión que ponen en las cosas que les
interesan y la facilidad para superar las contrariedades y
limitaciones. Estos valores afloran con mayor nitidez cuando
encuentran espacios de libertad y motivaciones profundas. He
podido, además, comprobar y admirar con emoción la fidelidad de
muchos de Ustedes a la fe recibida de los mayores, tantas veces
transmitida en el regazo de las madres y abuelas durante estas
últimas décadas en las que la voz de la Iglesia parecía
sofocada.
Sin embargo, la sombra de la escalofriante crisis actual de
valores que sacude al mundo amenaza también a la juventud de
esta luminosa Isla. Se extiende una perniciosa crisis de
identidad, que lleva a los jóvenes a vivir sin sentido, sin
rumbo ni proyecto de futuro, asfixiados por lo inmediato. Surge
el relativismo, la indiferencia religiosa y la falta de
dimensión moral, mientras se tiene la tentación de rendirse a
los ídolos de la sociedad de consumo fascinados por su brillo
fugaz. Incluso todo lo que viene de fuera del País parece
deslumbrar.
Frente a ello, las estructuras públicas para la educación, la
creación artística, literaria y humanística, y la investigación
científica y tecnológica, así como la proliferación de escuelas
y maestros, han tratado de contribuir a despertar una notable
preocupación por buscar la verdad, por defender la belleza y por
salvar la bondad; pero han suscitado también las preguntas de
muchos de Ustedes: ¿Por qué la abundancia de medios e
instituciones no llega a corresponder plenamente con el fin
deseado?
La respuesta no hay que buscarla solamente en las estructuras,
en los medios e instituciones, en el sistema político o en los
embargos económicos, que son siempre condenables por lesionar a
los más necesitados. Estas causas son sólo parte de la
respuesta, pero no tocan el fondo del problema.
¿Qué puedo decirles yo a Ustedes, jóvenes cubanos, que viven en
condiciones materiales con frecuencia difíciles, en ocasiones
frustrados en sus propios y legítimos proyectos y, por ello, a
veces privados incluso de algún modo de la misma esperanza?
Guiados por el Espíritu, combatan con la fuerza de Cristo
Resucitado para no caer en la tentación de las diversas formas
de fuga del mundo y de la sociedad; para no sucumbir ante la
ausencia de ilusión, que conduce a la autodestrucción de la
propia personalidad mediante el alcoholismo, la droga, los
abusos sexuales y la prostitución, la búsqueda continua de
nuevas sensaciones y el refugio en sectas, cultos
espiritualistas alienantes o grupos totalmente extraños a la
cultura y a la tradición de su Patria.
"Velen, manténganse firmes en la fe, sean fuertes. Hagan todo
con amor" (1Co 16, 13-14). Pero, ¿qué significa ser fuertes?
Quiere decir vencer el mal en sus múltiples formas. El peor de
los males es el pecado, que causa innumerables sufrimientos y
puede estar también dentro de nosotros, influyendo de manera
negativa en nuestro comportamiento. Por tanto, si es justo
empeñarse en la lucha contra el mal en sus manifestaciones
públicas y sociales, para los creyentes es un deber procurar
derrotar en primer lugar el pecado, raíz de toda forma de mal
que puede anidar en el corazón humano, resistiendo con la ayuda
de Dios a sus seducciones.
Tengan la seguridad de que Dios no limita su juventud ni quiere
para los jóvenes una vida desprovista de alegría. ¡Todo lo
contrario! Su poder es un dinamismo que lleva al desarrollo de
toda la persona: al desarrollo del cuerpo, de la mente, de la
afectividad; al crecimiento de la fe; a la expansión del amor
efectivo hacia Ustedes mismos, hacia el prójimo y hacia las
realidades terrenas y espirituales. Si saben abrirse a la
iniciativa divina, experimentarán en Ustedes la fuerza del "gran
Viviente, Cristo, eternamente joven" (Mensaje del Concilio
Vaticano II a los jóvenes).
Jesús desea que tengan vida, y la tengan en abundancia (cf. Jn
10, 10). La vida que se nos revela en Dios, aunque pueda parecer
a veces difícil, orienta y da sentido al desarrollo del hombre.
Las tradiciones de la Iglesia, la práctica de los sacramentos y
el recurso constante a la oración no son obligaciones y ritos
que hay que cumplir, sino más bien manantiales inagotables de
gracia que alimentan la juventud y la hacen fecunda para el
desarrollo de la virtud, la audacia apostólica y la verdadera
esperanza.
La virtud es la fuerza interior que impulsa a sacrificarse por
amor al bien y que permite a la persona no sólo realizar actos
buenos, sino también dar lo mejor de sí misma. Con jóvenes
virtuosos un País se hace grande. Por eso, y porque el futuro de
Cuba depende de Ustedes, de cómo formen su carácter, de cómo
vivan su voluntad de compromiso en la transformación de la
realidad, les digo: ¡Afronten con fortaleza y templanza, con
justicia y prudencia los grandes desafíos del momento presente;
vuelvan a las raíces cubanas y cristianas, y hagan cuanto esté
en sus manos para construir un futuro cada vez más digno y más
libre ! No olviden que la responsabilidad forma parte de la
libertad. Más aún, la persona se define principalmente por su
responsabilidad hacia los demás y ante la historia (cf. Const.
past. Gaudium et spes, 55).
Nadie debe eludir el reto de la época en la que le ha tocado
vivir. Ocupen el lugar que les corresponde en la gran familia de
los pueblos de este continente y de todo el mundo, no como los
últimos que piden ser aceptados, sino como quienes con pleno
derecho llevan consigo una tradición rica y grande, cuyos
orígenes están en el cristianismo.<> Les quiero hablar también
de compromiso. El compromiso es la respuesta valiente de quienes
no quieren malgastar su vida sino que desean ser protagonistas
de la historia personal y social. Los invito a asumir un
compromiso concreto, aunque sea humilde y sencillo, pero que
emprendido con perseverancia se convierta en una gran prueba de
amor y en el camino seguro para la propia santificación. Asuman
un compromiso responsable en el seno de sus familias, en la vida
de sus comunidades, en el entramado de la sociedad civil y
también, a su tiempo, en las estructuras de decisión de la
Nación.
No hay verdadero compromiso con la Patria sin el cumplimiento de
los propios deberes y obligaciones en la familia, en la
universidad, en la fábrica o en el campo, en el mundo de la
cultura y el deporte, en los diversos ambientes donde la Nación
se hace realidad y la sociedad civil entreteje la progresiva
creatividad de la persona humana. No puede haber compromiso con
la fe sin una presencia activa y audaz en todos los ambientes de
la sociedad en los que Cristo y la Iglesia se encarnan. Los
cristianos deben pasar de la sola presencia a la animación de
esos ambientes, desde dentro, con la fuerza renovadora del
Espíritu Santo.
El mejor legado que se puede hacer a las generaciones futuras es
la transmisión de los valores superiores del espíritu. No se
trata sólo de salvar algunos de ellos, sino de favorecer una
educación ética y cívica que ayude a asumir nuevos valores, a
reconstruir el propio carácter y el alma social sobre la base de
una educación para la libertad, la justicia social y la
responsabilidad. En este camino, la Iglesia, que es "experta en
humanidad", se ofrece para acompañar a los jóvenes, ayudándolos
a elegir con libertad y madurez el rumbo de su propia vida y
ofreciéndoles los auxilios necesarios para abrir el corazón y el
alma a la trascendencia. La apertura al misterio de lo
sobrenatural les hará descubrir la bondad infinita, la belleza
incomparable, la verdad suprema; en definitiva, la imagen que
Dios ha querido grabar en cada hombre.
Me detengo ahora en un asunto vital para el futuro. La Iglesia
en su Nación tiene la voluntad de estar al servicio no sólo de
los católicos sino de todos los cubanos. Para poder servir mejor
tiene necesidad urgente de sacerdotes salidos de entre los hijos
de este pueblo que sigan las huellas de los Apóstoles,
anunciando el Evangelio y haciendo a sus hermanos partícipes de
los frutos de la redención; tiene también necesidad de hombres y
mujeres que, consagrando sus propias vidas a Cristo, se dediquen
generosamente al servicio de la caridad; tiene necesidad de
almas contemplativas que imploren la gracia y misericordia de
Dios para su pueblo. Es responsabilidad de todos acoger cada día
la invitación persuasiva, dulce y exigente de Jesús, que nos
pide rogar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cf.
Mt 9, 38). Es responsabilidad de los llamados responder con
libertad y en espíritu de profunda oblación personal a la voz
humilde y penetrante de Cristo que dice, hoy como ayer y como
siempre: (ven y sígueme!
Jóvenes cubanos, Jesús, al encarnarse en el hogar de María y
José, manifiesta y consagra la familia como santuario de la vida
y célula fundamental de la sociedad. La santifica con el
sacramento del matrimonio y la constituye "centro y corazón de
la civilización del amor" (Carta a las familias Gratissimam
sane, 13). La mayor parte de Ustedes están llamados a formar una
familia. ¡Cuántas situaciones de malestar personal y social
tienen su origen en las dificultades, las crisis y los fracasos
de la familia! Prepárense bien para ser en el futuro los
constructores de hogares sanos y apacibles, en los que se viva
el clima tonificador de la concordia, mediante el diálogo
abierto y la comprensión recíproca. El divorcio nunca es una
solución, sino un fracaso que se ha de evitar. Fomenten, por
tanto, todo lo que favorezca la santidad, la unidad y la
estabilidad de la familia, fundada sobre el matrimonio
indisoluble y abierta con generosidad al don precioso de la
vida.
"El amor es
paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es
jactancioso, no se engríe; no busca su interés; no se irrita.
Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta"
(1Co 13,4-7). El amor verdadero, al que el apóstol Pablo dedicó
un himno en la primera Carta a los Corintios, es exigente. Su
belleza está precisamente en su exigencia. Sólo quien, en nombre
del amor, sabe ser exigente consigo mismo, puede exigir amor a
los demás. Es preciso que los jóvenes de hoy descubran este
amor, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de
la familia. Rechacen con firmeza cualquiera de sus sucedáneos,
como el llamado "amor libre". ¡Cuántas familias se han destruido
por su causa! No olviden que seguir ciegamente el impulso
afectivo significa, muchas veces, ser esclavo de las propias
pasiones.
Déjenme que les hable también de María, la joven que realizó en
sí misma la adhesión más completa a la voluntad de Dios y que,
precisamente por eso, se ha convertido en modelo de la máxima
perfección cristiana. Tuvo confianza en Dios: "(Feliz la que ha
creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte
del Señor!" (Lc 1, 45). Robustecida por la palabra recibida de
Dios y conservada en su corazón (cf. Lc 2, 9), venció el
egoísmo, derrotó el mal. El amor la preparó para el servicio
humilde y concreto hacia el prójimo. A Ella se dirige también
hoy la Iglesia, y la invoca incesantemente como ayuda y modelo
de caridad generosa. A Ella dirige su mirada la juventud de Cuba
para encontrar un ejemplo de defensa y promoción de la vida, de
ternura, de fortaleza en el dolor, de pureza en el vivir y de
alegría sana. Confíen a María sus corazones, queridos muchachos
y muchachas, Ustedes que son el presente y el futuro de estas
comunidades cristianas, tan probadas a los largo de los años. No
se separen nunca de María y caminen junto a ella. Así serán
santos, porque reflejándose en Ella y confortados por su
auxilio, acogerán la palabra de la promesa, la custodiarán
celosamente en su interior y serán los heraldos de una nueva
evangelización para una sociedad también nueva, la Cuba de la
reconciliación y del amor.
Queridos jóvenes, la Iglesia confía en Ustedes y cuenta con
Ustedes. A la luz de la vida de los santos y de otros testigos
del Evangelio, y guiados por la atención pastoral de sus
Obispos, ayúdense los unos a los otros a fortalecer su fe y a
ser los apóstoles del Año 2000, haciendo presente al mundo que
Cristo nos invita a ser alegres y que la verdadera felicidad
consiste en darse por amor a los hermanos. Que el Señor siga
derramando abundantes dones de paz y entusiasmo sobre todos los
jóvenes hijos e hijas de la amada Nación cubana. Esto es lo que
el Papa les desea con viva esperanza. Los bendigo de corazón.
Camagüey, 23 de enero de 1998.
Ioannes Paulus II |