Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Homilía
de Juan Pablo II en
La Habana
25 de Enero de 1998
"Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagan duelo ni
lloren" (Ne, 8,9). Con gran gozo presido la Santa Misa en esta
Plaza de "José Martí", en el domingo, día del Señor, que debe
ser dedicado al descanso, a la oración y a la convivencia
familiar. La Palabra de Dios nos convoca para crecer en la fe y
celebrar la presencia del Resucitado en medio de nosotros, que
"hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo
cuerpo" (1Co 12,13), el Cuerpo místico de Cristo que es la
Iglesia. Jesucristo une a todos los bautizados. De Él fluye el
amor fraterno tanto entre los católicos cubanos como entre los
que viven en cualquier otra parte, porque son "Cuerpo de Cristo
y cada uno es un miembro" (1Co 12, 27). La Iglesia en Cuba,
pues, no está sola ni aislada, sino que forma parte de la
Iglesia universal extendida por el mundo entero.
Saludo con afecto al Cardenal Jaime Ortega, Pastor de esta
Arquidiócesis, y le agradezco las amables palabras con las que,
al inicio de esta celebración, me ha presentado las realidades y
las aspiraciones que marcan la vida de esta comunidad eclesial.
Saludo asimismo a los Señores Cardenales aquí presentes, venidos
desde distintos lugares, así como a todos mis hermanos Obispos
de Cuba y de otros Países que han querido participar en esta
solemne celebración. Saludo cordialmente a los sacerdotes,
religiosos y religiosas, y a los fieles reunidos en tan gran
número. A cada uno le aseguro mi afecto y cercanía en el Señor.
Agradezco también la presencia de las autoridades civiles que
han querido estar hoy aquí y les quedo reconocido por la
cooperación prestada.(1)
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me
ha enviado para anunciar el Evangelio" (Lc 4,18). Todo ministro
de Dios tiene que hacer suyas en su vida estas palabras que
pronunció Jesús en Nazaret. Por eso, al estar entre Ustedes
quiero darles la buena noticia de la esperanza en Dios. Como
servidor del Evangelio les traigo este mensaje de amor y
solidaridad que Jesucristo, con su venida, ofrece a los hombres
de todos los tiempos. No se trata en absoluto de una ideología
ni de un sistema económico o político nuevo, sino de un camino
de paz, justicia y libertad verdaderas.
Los sistemas ideológicos y económicos que se han ido sucediendo
en los dos últimos siglos con frecuencia han potenciado el
enfrentamiento como método, ya que contenían en sus programas
los gérmenes de la oposición y de la desunión. Esto condicionó
profundamente su concepción del hombre y sus relaciones con los
demás. Algunos de esos sistemas han pretendido también reducir
la religión a la esfera meramente individual, despojándola de
todo influjo o relevancia social. En este sentido, cabe recordar
que un Estado moderno no puede hacer del ateísmo o de la
religión uno de sus ordenamientos políticos. El Estado, lejos de
todo fanatismo o secularismo extremo, debe promover un sereno
clima social y una legislación adecuada que permita a cada
persona y a cada confesión religiosa vivir libremente su fe,
expresarla en los ámbitos de la vida pública y contar con los
medios y espacios suficientes para aportar a la vida nacional
sus riquezas espirituales, morales y cívicas.
Por otro lado, resurge en varios lugares una forma de
neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y
condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del
mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos
favorecidos con cargas insoportables. Así, en ocasiones, se
imponen a las naciones, como condiciones para recibir nuevas
ayudas, programas económicos insostenibles. De este modo se
asiste en el concierto de las naciones al enriquecimiento
exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de
muchos, de forma que los ricos son cada vez más ricos y los
pobres cada vez más pobres.
Queridos hermanos: la Iglesia es maestra en humanidad. Por eso,
frente a estos sistemas, presenta la cultura del amor y de la
vida, devolviendo a la humanidad la esperanza en el poder
transformador del amor vivido en la unidad querida por Cristo.
Para ello hay que recorrer un camino de reconciliación, de
diálogo y de acogida fraterna del prójimo, de todo prójimo
La Iglesia, al llevar a cabo su misión, propone al mundo una
justicia nueva, la justicia del Reino de Dios (cf. Mt 6, 33). En
diversas ocasiones me he referido a los temas sociales. Es
preciso continuar hablando de ello mientras en el mundo haya una
injusticia, por pequeña que sea, pues de lo contrario la Iglesia
no sería fiel a la misión confiada por Jesucristo. Está en juego
el hombre, la persona concreta. Aunque los tiempos y las
circunstancias cambien, siempre hay quienes necesitan de la voz
de la Iglesia para que sean reconocidas sus angustias, sus
dolores y sus miserias. Los que se encuentren en estas
circunstancias pueden estar seguros de que no quedarán
defraudados, pues la Iglesia está con ellos y el Papa abraza con
el corazón y con su palabra de aliento a todo aquel que sufre la
injusticia.
Las enseñanzas de Jesús conservan íntegro su vigor a las puertas
del año 2000. Son válidas para todos Ustedes, mis queridos
hermanos. En la búsqueda de la justicia del Reino no podemos
detenernos ante dificultades e incomprensiones. Si la invitación
del Maestro a la justicia, al servicio y al amor es acogida como
Buena Nueva, entonces el corazón se ensancha, se transforman los
criterios y nace la cultura del amor y de la vida. Este es el
gran cambio que la sociedad necesita y espera, y sólo podrá
alcanzarse si primero no se produce la conversión del corazón de
cada uno, como condición para los necesarios cambios en las
estructuras de la sociedad.
"El Espíritu del Señor me ha enviado para anunciar a los
cautivos la libertad... para dar libertad a los oprimidos" (Lc
4, 18). La buena noticia de Jesús va acompañada de un anuncio de
libertad, apoyada sobre el sólido fundamento de la verdad: "Si
se mantienen en mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos,
y conocerán la verdad y la verdad los hará libres" (Jn 8,
31-32). La verdad a la que se refiere Jesús no es sólo la
comprensión intelectual de la realidad, sino la verdad sobre el
hombre y su condición trascendente, sobre sus derechos y
deberes, sobre su grandeza y sus límites. Es la misma verdad que
Jesús proclamó con su vida, reafirmó ante Pilato y, con su
silencio, ante Herodes; es la misma que lo llevó a la cruz
salvadora y a su resurrección gloriosa
La libertad que no se funda en la verdad condiciona de tal forma
al hombre que algunas veces lo hace objeto y no sujeto de su
entorno social, cultural, económico y político, dejándolo casi
sin ninguna iniciativa para su desarrollo personal. Otras veces
esa libertad es de talante individualista y, al no tener en
cuenta la libertad de los demás, encierra al hombre en su
egoísmo. La conquista de la libertad en la responsabilidad es
una tarea imprescindible para toda persona. Para los cristianos,
la libertad de los hijos de Dios no es solamente un don y una
tarea, sino que alcanzarla supone un inapreciable testimonio y
un genuino aporte en el camino de la liberación de todo el
género humano. Esta liberación no se reduce a los aspectos
sociales y políticos, sino que encuentra su plenitud en el
ejercicio de la libertad de conciencia, base y fundamento de los
otros derechos humanos.
Para muchos de los sistemas políticos y económicos hoy vigentes
el mayor desafío sigue siendo el conjugar libertad y justicia
social, libertad y solidaridad, sin que ninguna quede relegada a
un plano inferior. En este sentido, la Doctrina Social de la
Iglesia es un esfuerzo de reflexión y propuesta que trata de
iluminar y conciliar las relaciones entre los derechos
inalienables de cada hombre y las exigencias sociales, de modo
que la persona alcance sus aspiraciones más profundas y su
realización integral, según su condición de hijo de Dios y de
ciudadano. Por lo cual, el laicado católico debe contribuir a
esta realización mediante la aplicación de las enseñanzas
sociales de la Iglesia en los diversos ambientes, abiertos a
todos los hombres de buena voluntad.
En el evangelio
proclamado hoy aparece la justicia íntimamente ligada a la
verdad. Así se ve también en el pensamiento lúcido de los padres
de la Patria. El Siervo de Dios Padre Félix Varela, animado por
su fe cristiana y su fidelidad al ministerio sacerdotal, sembró
en el corazón del pueblo cubano las semillas de la justicia y la
libertad que él soñaba ver florecer en una Cuba libre e
independiente.
La doctrina de José Martí sobre el amor entre todos los hombres
tiene raíces hondamente evangélicas, superando así el falso
conflicto entre la fe en Dios y el amor y servicio a la Patria.
Escribe este prócer: "Pura, desinteresada, perseguida,
martirizada, poética y sencilla, la religión del Nazareno sedujo
a todos los hombres honrados... Todo pueblo necesita ser
religioso. No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia
utilidad debe serlo... Un pueblo irreligioso morirá, porque nada
en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de
ella; es necesario que la justicia celeste la garantice".
Como saben, Cuba tiene un alma cristiana y eso la ha llevado a
tener una vocación universal. Llamada a vencer el aislamiento,
ha de abrirse al mundo y el mundo debe acercarse a Cuba, a su
pueblo, a sus hijos, que son sin duda su mayor riqueza. (Esta es
la hora de emprender los nuevos caminos que exigen los tiempos
de renovación que vivimos, al acercarse el Tercer milenio de la
era cristiana!.
Queridos hermanos: Dios ha bendecido a este pueblo con
verdaderos formadores de la conciencia nacional, claros y firmes
exponentes de la fe cristiana, como el más valioso sostén de la
virtud y del amor. Hoy los Obispos, con los sacerdotes,
religiosos, religiosas y fieles laicos, se esfuerzan en tender
puentes para acercar las mentes y los corazones, propiciando y
consolidando la paz, preparando la civilización del amor y de la
justicia. Estoy en medio de Ustedes como mensajero de la verdad
y la esperanza. Por eso quiero repetir mi llamado a dejarse
iluminar por Jesucristo, a aceptar sin reservas el esplendor de
su verdad, para que todos puedan emprender el camino de la
unidad por medio del amor y la solidaridad, evitando la
exclusión, el aislamiento y el enfrentamiento, que son
contrarios a la voluntad del Dios-Amor.
Que el Espíritu Santo ilumine con sus dones a quienes tienen
diversas responsabilidades sobre este pueblo, que llevo en el
corazón. Y que la Virgen de la Caridad del Cobre, Reina de Cuba,
obtenga para sus hijos los dones de la paz, del progreso y de la
felicidad.
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