Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Mensaje en el encuentro ecuménico
25 de Enero de 1998
En este señalado día, me es muy grato recibirlos a Ustedes,
representantes del Consejo de Iglesias de Cuba y de diversas
confesiones cristianas, acompañados de algunos exponentes de la
comunidad judía, que participa en el mismo Consejo como
observadora. Los saludo a todos con gran afecto y les aseguro la
alegría que me produce este encuentro con quienes compartimos la
fe en el Dios vivo y verdadero. El ambiente propicio nos hace
decir desde el principio: "Oh, qué bueno, qué dulce habitar los
hermanos todos juntos" (Sal 132,1).
He venido a este País como mensajero de la esperanza y de la
verdad, para dar aliento y confirmar en la fe a los Pastores y
fieles de las diversas diócesis de esta Nación (cf. Lc 22,32),
pero he deseado también que mi saludo llegara a todos los
cubanos, como signo concreto del amor infinito de Dios para con
todos los hombres. En esta visita a Cuba -como acostumbro a
hacer en mis viajes apostólicos- no podía faltar este encuentro
con Ustedes, para compartir los afanes por la restauración de la
unidad entre todos los cristianos y estrechar la colaboración
para el progreso integral del pueblo cubano teniendo en cuenta
los valores espirituales y trascendentes de la fe. Esto es
posible gracias a la común esperanza en las promesas de
salvación que Dios nos ha hecho y manifestado en Cristo Jesús,
Salvador del género humano.
Hoy, fiesta de la conversión de San Pablo, el Apóstol Alcanzado
por Cristo Jesús (Flp 3,12), que dedicó desde entonces sus
energías a predicar el Evangelio a todas las naciones, termina
la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que este
año hemos celebrado bajo el lema "El Espíritu viene en ayuda de
nuestra debilidad" (Rm 8, 26). Con esta iniciativa, que comenzó
hace ya muchos años y que ha adquirido una creciente
importancia, no sólo se pretende llamar la atención de todos los
cristianos sobre el valor del movimiento ecuménico, sino también
subrayar de manera práctica e inequívoca los pilares sobre los
que han de fundarse todas sus actividades.
Esta circunstancia me ofrece la oportunidad de reafirmar, en
esta tierra sellada por la fe cristiana, el irrevocable
compromiso de la Iglesia de no cejar en su aspiración a la plena
unidad de los discípulos de Cristo, repitiendo constantemente
con Él: APadre: que todos sean uno@ (Jn 17,21), y obedeciendo
así a su voluntad. Esto no debe faltar en ningún rincón de la
Iglesia, cualquiera que sea la situación sociológica en la que
se encuentre. Es verdad que cada nación cuenta con su propia
cultura e historia religiosa y que las actividades ecuménicas
tienen, por eso, en los diversos lugares, características
distintas y peculiares, pero por encima de todo es muy
importante que las relaciones entre todos los que comparten su
fe en Dios sean siempre fraternas. Ninguna contingencia
histórica, ni condicionamiento ideológico o cultural deberían
entorpecer esas relaciones, cuyo centro y fin ha de ser
únicamente el servicio a la unidad querida por Jesucristo.
Somos conscientes de que el retorno a una comunión plena exige
amor, valentía y esperanza, las cuales surgen de la oración
perseverante, que es la fuente de todo compromiso verdaderamente
inspirado por el Señor. Por medio de la oración se favorece la
purificación de los corazones y la conversión interior,
necesarias para reconocer la acción del Espíritu Santo como guía
de las personas, de la Iglesia y de la historia, a la vez que se
fomenta la concordia que transforma nuestras voluntades y las
hace dóciles a sus inspiraciones. De este modo se cultiva
también una fe cada vez más viva. Es el Espíritu quien ha guiado
el movimiento ecuménico y al mismo Espíritu han de atribuirse
los notables progresos alcanzados, superando aquellos tiempos en
que las relaciones entre las comunidades estaban marcadas por
una indiferencia mutua, que en algunos lugares derivaba incluso
en abierta hostilidad.
La intensa dedicación a la causa de la unidad de todos los
cristianos es uno de los signos de esperanza presentes en este
final de siglo (cf. Tertio millennio adveniente, 46). Ello es
aplicable también a los cristianos de Cuba, llamados no sólo a
proseguir el diálogo con espíritu de respeto, sino a colaborar
de mutuo acuerdo en proyectos comunes que ayuden a toda la
población a progresar en la paz y crecer en los valores
esenciales del Evangelio, que dignifican la persona humana y
hacen más justa y solidaria la convivencia. Todos estamos
llamados a mantener un cotidiano dialogo de la caridad que
fructificará en el diálogo de la verdad, ofreciendo a la
sociedad cubana la imagen auténtica de Cristo, y favoreciendo el
conocimiento de su misión redentora por la salvación de todos
los hombres.
Quiero dirigir también un saludo particular a la Comunidad judía
aquí representada. Su presencia es prueba elocuente del diálogo
fraterno orientado a un mejor conocimiento entre judíos y
cristianos, que por parte de los católicos ha sido promovido por
el Concilio Vaticano II y continúa difundiéndose cada vez más.
Con Ustedes compartimos un patrimonio espiritual común, que
hunde sus raíces en las Sagradas Escrituras. Que Dios, Creador y
Salvador, sostenga los esfuerzos que se emprenden para caminar
juntos. Que alentados por la Palabra divina progresemos en el
culto y en el amor ferviente a Él, y que ello se prolongue en
una acción eficaz en favor de cada hombre.
Para concluir, quiero agradecerles su presencia en este
encuentro, a la vez que pido a Dios que bendiga a cada uno de
Ustedes y a sus Comunidades; que los guarde en sus caminos para
anunciar su Nombre a los hermanos; les haga ver su rostro en
medio de la sociedad a la cual sirven y les conceda la paz en
todas sus actividades.
La Habana, 25 de enero de 1998, Fiesta de la Conversión de San
Pablo.
Ioannes Paulus II |