Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
|
Palabras del P. José Conrado Rodríguez en el servicio religioso
ecuménico cubano celebrado en la Catedral Episcopal de la
Trinidad, en Miami, el 20 de enero de 2008 con motivo de la
Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos
Queridos de Hermanos y Hermanas:
|
 |
|
Altar
de la Catedral Episcopal
de la Trinidad, en Miami |
|
|
Me siento profundamente honrado pro haber sido escogido entre
los hermanos para predicar en este día tan especial. Porque
siento como el menor de todos, y de alguna manera que Dios que,
que escoge lo pequeño de este mundo y lo pobre de este mundo lo
que es nada a los ojos de este mundo así me ha me ha escogido a
mí para que les diga en esta tarde gris y sin embargo luminosa
lo que Dios, nuestro Señor, habla y quiere decirnos a nosotros,
cristianos de tantas iglesias, la inmensa mayoría cubanos, pero
ciertamente hombres y mujeres que buscamos la verdad y la
justicia.
El signo que tenemos católicos, protestantes, judíos, es el de
unidad. Ir juntos del brazo para que el mundo reciba la buena
noticia del amor.
Aquí estamos reunidos todos no para discutir precedencias, sino
para compartir en la oración las fe que todos tenemos.
El Evangelio de hoy nos presentaba a Juan el Bautista qe sabía
perfectamente que él no era el Mesías pero que señaló a Jesús
diciendo “He ahí el Cordero de Dios , el que quita el pecado del
mundo” Esa es la vocción de todas nuestras iglesias. Esa es la
vocación de cada cristiano miembro de cualquiera de las
iglesias: señalar a Jesús.
La Iglesia no es un fin en sí misma, las iglesias no son fines,
son medios para que Cristo sea la presencia en el mundo y para
que cada hombre y cada mujer de este mundo sea salvado por la
gracia bendita de Dios de la que nos hablaba la lectura de San
Pablo a los Corintios.
Pablo deseaba la gracia y la paz, anunciaba la gracia y la paz a
la comunidad de Corinto. Él sabía bien que esa gracia y esa paz
venían del Señor Jesús. Monseñor Román se ha referido al
introducirme a una realidad de que el mundo debe ser despertado.
A esta realidad de los cristianos somos un pequeño grupo, que
entre la masa de gente que aún habiendo sido bautizada o
teniendo algún tipo de signo religioso en su vida o vínculo con
alguna iglesia, sin embargo, todavía no ha cambiado su corazón,
no se ha convertido. Esa es nuestra misión.
Continuamente convertirnos a Jesucristo, continuamente
convertirnos al Evangelio, y continuamente anunciar la salvación
que nosotros mismos hemos experimentado. Eso fue lo que le pasó
a los apóstoles. Andrés y Juan fueron a buscar a sus hermanos:
“Hemos visto al Mesías y se los queremos decir Ellos fueron
estos cuatro hermanos, fueron los primeros apóstoles del Señor.
Nosotros somos como ellos, no somos el Cristo, somos los
servidores del Maestro, somos los discípulos del Señor.
Mis queridos hermanos y hermanas solo si ponemos a Jesús en
medio podremos nosotros cumplir con la misión que Dios nos ha
encomendado. Solo cuando Jesús sea el centro de nuestras
preocupaciones, el motor de nuestras acciones, el objetivo
último de nuestros actos solo cuando Él llene nuestra vida,
nuestro corazón, nuestro pensamiento, nuestro amor, nosotros
seremos lo que realmente debemos ser.
Hace muchos años un gran amigo, obispo de la Iglesia en estos
momentos en Cuba, –él era sacerdote, estaba estudiando en Roma–
se encontró a la Madre Teresa de Calcuta. Le dijo: “Madre, soy
sacerdote de Cuba, por favor rece por nosotros, rece por Cuba”.
La Madre Teresa se le quedó mirando con esos ojitos brillantes,
amorosos y le hizo una sola pregunta: “Padre, ¿tienen la cruz?”
El sacerdote dijo: “Sí, Madre, tenemos la cruz”. Ella dijo: “No
necesiten que yo rece por ustedes”. La oración es fundamental,
pero Dios muchas veces nos muestra y nos demuestra su presencia
con la Cruz.
Sufrir por Cristo ha sido a lo largo de la historia el signo de
los verdaderos cristianos. Seguir a Cristo hasta la cruz ha sido
el objetivo de la vida, de la acción, de la preocupación, de la
lucha de los verdaderos cristianos. No hay lugar Cristo sin
cruz. Misteriosamente, quizá tampoco haya cruz sin Cristo.
Por eso, mis queridos hermanos y hermanas, todos hemos sufrido.
Nuestro pueblo ha vivido una experiencia dura, difícil, triste,
pero quizá nos ha faltado fe para descubrir que el Señor nos
estaba llamando. Pienso que lo que han hecho en el exilio estos
hombres de Dios, que son los líderes espirituales de esta
comunidad, es un regalo para ustedes y para nosotros.
No sabemos, no conocemos los caminos de Dios. Nuestros caminos
no son uss caminos muchas veces, nuestras sendas no son sus
sendas. Tenemos que que aprender a despertar como decía Monseñor
Román para que nos despertemos unos a otros, para que podamos
comunicar la salvación de Dios.
Es lo que Cuba necesita. Lo decimos con nombres diversos, pero
al final, la libertad sin Dios se convierte en libertinaje, la
prosperidad sin Dios se convierte en egoísmo, al final, aun la
justicia que no nace del amor se convierte en odio.
Necesitamos fe, ese es el despertador. Creer de verdad. Porque
como decía San Juan Bosco, tengan fe y verán lo que son
milagros.
Queridos hermanos y hermanas, apenas hace un mes yo vivía una
experiencia que creo que todos conocen. Fue un día muy amargo
para mí. Pienso que muchas veces como a Jeremías me ha tocado
alzar la voz porque realmente no soy enemigo de nadie, de
ninguna institución, ni de ningún gobierno. A mí no me define la
palabra “contra”, en todo caso me define la palabra “por”, como
a Jesús. El hombre para los demás, sin embargo, ver el odio,
tocar con mis manos y ver con mis ojos como podemos ofender,
abusar de los demás, los poderosos de los indefensos, los
armados de los desarmados, los que tienen un uniforme de los que
no lo tienen, aquellos que tienen todo el poder frente a los que
no tienen ningún poder. Un momento muy triste.
Mañana es el Día de Martín Luther King, ese gran hombre de este
pueblo y de esta iglesia cristiana de los Estados Unidos. Ese
hombre que cambió la historia con lla fuerza del amor. Porque
hay un antes y un después de Martín Luther King. Leí una carta
que él escribió –no recuerdo los detalles, no he podido preparar
mucho, mis libros están en Cuba, ustedes saben– una carta fuerte
a un pastor que lo ausaba de “político” y él se defendio muy
bien. “No aspiro a nada, pero la justicia es de Dios y cuando
defiendo al hombre oprimido no estoy haciendo otra cosa que
defender la ley de Dios, la Palabra de Dios, la dignidad de los
Hijos de Dios”.
Quisiera unir a la oración llena de fe por la unidad de todos
los cristianos el recuerdo agradecido de este hombre de toda la
tierra.
Porque fíjense bien. Nosotros los cubanos tenemos un sentido de
pertenencia, nos duele tanto Cuba, que a veces nos queremos
distinguir y separar incluso de los demás. La primera lectura de
hoy le hablaba a un pueblo parecido en esto a nosotros: a los
judíos. Quizá por eso nos dicen los judíos del Caribe. Pero
Isaías, y después Jeremías y después Ezequiel descubrieron algo
muy importante: Dios no es exclusivista, Dios no es para unos
pocos. Dios es para todos, Dios es para todos, Dios llama a
todos, y Dios salva a todos. Los muros los levantamos nosotros
los hombres cuando no somos fieles a Dios. Porque si somos
fieles a Dios, jamás levantaríamos muros. Jamás tendríamos
vallas para que llegue en uno u otro sentido el amor, la
fidelidad, la justicia, la libertad, para mí, para el otro, sea
quien sea yo, sea quien sea el otro.
Al fin y al cabo es tan sencillo el principio que Jesús nos
enseñó: No le hagas a los demás lo que no quieras que los demás
te hagan a ti. Hazle alo demás trata a los demás como tú quieres
ser tratado.
Mis queridos hermanos y hermanas, nuestra oración se eleve como
incienso en la presencia del Señor para que sea Él el que llene
nuestros corazones del suave olor de su amor, y nos haga
discípulos fieles de ese Jesús que vino no a ser servido sino a
servir y a entregar su vida por los hermanos.
Que así sea.
Amén |