Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Encuentro con los miembros de la Conferencia de Obispos
Católicos
de Cuba
25 de Enero de 1998
Queridos Hermanos en el Episcopado:
Siento una gran alegría al poder estar con Ustedes, Obispos de
la Iglesia católica en Cuba, en estos momentos de serena
reflexión y encuentro fraterno, compartiendo las gozos y
esperanzas, los anhelos y aspiraciones de esta porción del
Pueblo de Dios que peregrina en estas tierras. He podido visitar
cuatro de las diócesis del País, aunque de corazón he estado en
todas ellas. En estos días he comprobado la vitalidad de las
comunidades eclesiales, su capacidad de convocatoria, fruto
también de la credibilidad que ha alcanzado la Iglesia con su
testimonio perseverante y su palabra oportuna. Las limitaciones
de años pasados la empobrecieron en medios y agentes de
pastoral, pero esas mismas pruebas la han enriquecido,
impulsándola a la creatividad y al sacrificio en el desempeño de
su servicio.
Doy gracias a Dios porque la cruz ha sido fecunda en esta
tierra, pues de la Cruz de Cristo brota la esperanza que no
defrauda, sino que da fruto abundante. Durante mucho tiempo la
fe en Cuba ha estado sometida a diversas pruebas, que han sido
sobrellevadas con animo firme y solícita caridad, sabiendo que
con esfuerzo y entrega se recorre el camino de la cruz,
siguiendo las huellas de Cristo, que nunca olvida a su pueblo.
En esta hora de la historia nos alegramos, no porque la cosecha
esté concluida, sino porque, alzando los ojos, podemos
contemplar los frutos de evangelización que crecen en Cuba.
Hace poco más de cinco siglos la Cruz de Cristo fue plantada en
estas bellas y fecundas tierras, de modo que su luz, que brilla
en medio de las tinieblas, hizo posible que la fe católica y
apostólica arraigara en ellas. En efecto, esta fe forma
realmente parte de la identidad y cultura cubanas. Ello impulsa
a muchos ciudadanos a reconocer a la Iglesia como a su Madre, la
cual, desde su misión espiritual y mediante el mensaje
evangélico y su doctrina social, promueve el desarrollo integral
de las personas y la convivencia humana, basada en los
principios éticos y en los auténticos valores morales. Las
circunstancias para la acción de la Iglesia han ido cambiando
progresivamente, y esto inspira esperanza creciente para el
futuro. Hay, sin embargo, algunas concepciones reduccionistas,
que intentan situar a la Iglesia católica al mismo nivel de
ciertas manifestaciones culturales de religiosidad, al modo de
los cultos sincretistas que, aunque merecedores de respeto, no
pueden ser considerados como una religión propiamente dicha sino
como un conjunto de tradiciones y creencias.
Muchas son las expectativas y grande es la confianza que el
pueblo cubano ha depositado en la Iglesia, como he podido
comprobar durante estos días. Es verdad que algunas de estas
expectativas sobrepasan la misión misma de la Iglesia, pero es
también cierto que todas deben ser escuchadas, en la medida de
lo posible, por la comunidad eclesial. Ustedes, queridos
Hermanos, permaneciendo al lado de todos, son testigos
privilegiados de esa esperanza del pueblo, muchos de cuyos
miembros creen verdaderamente en Cristo, Hijo de Dios, y creen
en su Iglesia, que ha permanecido fiel aun en medio de no pocas
dificultades.
Como Pastores sé cuánto les preocupa que la Iglesia en Cuba se
vea cada vez más desbordada y apremiada por quienes, en número
creciente, solicitan sus más variados servicios. Sé que Ustedes
no pueden dejar de responder a esos apremios ni dejar de buscar
los medios que les permitan hacerlo con eficacia y solícita
caridad. Ello no los mueve a exigir para la Iglesia una posición
hegemónica o excluyente, sino a reclamar el lugar que por
derecho le corresponde en el entramado social donde se
desarrolla la vida del pueblo, contando con los espacios
necesarios y suficientes para servir a sus hermanos. Busquen
estos espacios de forma insistente, no con el fin de alcanzar un
poder -lo cual es ajeno a su misión-, sino para acrecentar su
capacidad de servicio. Y en este empeño, con espíritu ecuménico,
procuren la sana cooperación de las demás confesiones
cristianas, y mantengan, tratando de incrementar su extensión y
profundidad, un diálogo franco con las instituciones del Estado
y las organizaciones autónomas de la sociedad civil.
La Iglesia recibió de su divino Fundador la misión de conducir a
los hombres a dar culto al Dios vivo y verdadero, cantando sus
alabanzas y proclamando sus maravillas, confesando que hay "un
solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre
de todos" (Ef 4,5). Pero el sacrificio agradable a Dios es -como
dice el profeta Isaías- "abrir las prisiones injustas, hacer
saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los
oprimidos... partir tu pan con el hambriento, hospedar a los
pobres sin techo, vestir al que ves desnudo... Entonces nacerá
una luz como la aurora y tus heridas sanarán rápidamente;
delante de ti te abrirá camino la justicia y detrás irá la
gloria de Dios" (58, 7-8). En efecto, la misión cultual,
profética y caritativa de la Iglesia están estrechamente unidas,
pues la palabra profética en defensa del oprimido y el servicio
caritativo dan autenticidad y coherencia al culto.
El respeto de la libertad religiosa debe garantizar los
espacios, obras y medios para llevar a cabo estas tres
dimensiones de la misión de la Iglesia, de modo que, además del
culto, la Iglesia pueda dedicarse al anuncio del Evangelio, a la
defensa de la justicia y de la paz, al mismo tiempo que promueve
el desarrollo integral de las personas. Ninguna de estas
dimensiones debe verse restringida, pues ninguna es excluyente
de las demás ni debe ser privilegiada a costa de las otras.
Cuando la Iglesia reclama la libertad religiosa no solicita una
dádiva, un privilegio, una licencia que depende de situaciones
contingentes, de estrategias políticas o de la voluntad de las
autoridades, sino que está pidiendo el reconocimiento efectivo
de un derecho inalienable. Este derecho no puede estar
condicionado por el comportamiento de Pastores y fieles, ni por
la renuncia al ejercicio de alguna de las dimensiones de su
misión, ni menos aún, por razones ideológicas o económicas: no
se trata sólo de un derecho de la Iglesia como institución, se
trata además de un derecho de cada persona y de cada pueblo.
Todos los hombres y todos los pueblos se verán enriquecidos en
su dimensión espiritual en la medida en que la libertad
religiosa sea reconocida y practicada.
Además, como ya tuve ocasión de afirmar: "La libertad religiosa
es un factor importante para reforzar la cohesión moral de un
pueblo. La sociedad civil puede contar con los creyentes que,
por sus profundas convicciones, no sólo no se dejarán dominar
fácilmente por ideologías o corrientes totalizadoras, sino que
se esforzarán por actuar de acuerdo con sus aspiraciones hacia
todo lo que es verdadero y justo" (Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 1988, 3).
Por eso, queridos Hermanos, pongan todo su empeño en promover
cuanto pueda favorecer la dignidad y el progresivo
perfeccionamiento del ser humano, que es el primer camino que la
Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión (cf.
Redemptor hominis, 14). Ustedes, queridos Obispos de Cuba, han
predicado la verdad sobre el hombre, que pertenece al núcleo
fundamental de la fe cristiana y está indisolublemente unida a
la verdad sobre Cristo y sobre la Iglesia. De muchas maneras han
sabido dar un testimonio coherente de Cristo. Cada vez que han
sostenido que la dignidad del hombre está por encima de toda
estructura social, económica o política, han anunciado una
verdad moral que eleva al hombre y lo conduce, por los
inescrutables caminos de Dios, al encuentro con Jesucristo
Salvador. Es al hombre a quien debemos servir con libertad en
nombre de Cristo, sin que este servicio se vea obstaculizado por
las coyunturas históricas o incluso, en ciertas ocasiones, por
la arbitrariedad o el desorden.
Cuando se invierte la escala de valores y la política, la
economía y toda la acción social, en vez de ponerse al servicio
de la persona, la consideran como un medio en lugar de
respetarla como centro y fin de todo quehacer, se causa un daño
en su existencia y en su dimensión trascendente. El ser humano
pasa a ser entonces un simple consumidor, con un sentido de la
libertad muy individualista y reductivo, o un simple productor
con muy poco espacio para sus libertades civiles y políticas.
Ninguno de estos modelos socio-políticos favorece un clima de
apertura a la trascendencia de la persona que busca libremente a
Dios.
Los animo, pues, a continuar en su servicio de defensa y
promoción de la dignidad humana, predicando con perseverante
empeño que "realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece
en el misterio del Verbo encarnado. Pues... Cristo, el nuevo
Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su
amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le
descubre la grandeza de su vocación" (Gaudium et spes, 22). Esto
forma parte de la misión de la Iglesia, que "no puede permanecer
insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre,
como tampoco puede permanecer indiferente a lo que lo amenaza"
(Redemptor hominis, 14).
Conozco bien su sensibilidad de Pastores, que los impulsa a
afrontar con caridad pastoral las situaciones en las que se ve
amenazada la vida humana y su dignidad. Luchen siempre por crear
entre sus fieles y en todo el pueblo cubano el aprecio por la
vida desde el seno materno, que excluye siempre el recurso al
aborto, acto criminal. Trabajen por la promoción y defensa de la
familia, proclamando la santidad e indisolubilidad del
matrimonio cristiano frente a los males del divorcio y la
separación, que son fuente de tantos sufrimientos. Sostengan con
caridad pastoral a los jóvenes, que anhelan mejores condiciones
para desarrollar su proyecto de vida personal y social basado en
los auténticos valores. A este sector de la población hay que
cuidarlo con esmero, facilitándole una adecuada formación
catequética, moral y cívica que complete en los jóvenes el
necesario "suplemento del alma" que les permita remediar la
pérdida de valores y de sentido en sus vidas con una sólida
educación humana y cristiana.
Con los sacerdotes -sus primeros y predilectos colaboradores- y
los religiosos y religiosas que trabajan en Cuba, sigan
desarrollando la misión de llevar la Buena Nueva de Jesucristo a
los que experimentan sed de amor, de verdad y de justicia. A los
seminaristas acójanlos con confianza, ayudándolos a adquirir una
sólida formación intelectual, humana y espiritual, que les
permita configurarse con Cristo, Buen Pastor, y a amar a la
Iglesia y al pueblo, al que deberán servir como ministros con
generosidad y entusiasmo el día de mañana; que sean ellos los
primeros en beneficiarse de este espíritu misionero.
Animen a los fieles laicos a vivir su vocación con valentía y
perseverancia, estando presentes en todos los sectores de la
vida social, dando testimonio de la verdad sobre Cristo y sobre
el hombre; buscando, en unión con las demás personas de buena
voluntad, soluciones a los diversos problemas morales, sociales,
políticos, económicos, culturales y espirituales que debe
afrontar la sociedad; participando con eficacia y humildad en
los esfuerzos para superar las situaciones a veces críticas que
conciernen a todos, a fin de que la Nación alcance condiciones
de vida cada vez más humanas. Los fieles católicos, al igual que
los demás ciudadanos, tienen el deber y el derecho de contribuir
al progreso del País. El diálogo cívico y la participación
responsable pueden abrir nuevos cauces a la acción del laicado y
es de desear que los laicos comprometidos continúen preparándose
con el estudio y la aplicación de la Doctrina Social de la
Iglesia para iluminar con ella todos los ambientes.
Sé que su atención pastoral no ha descuidado a quienes, por
diversas circunstancias, han salido de la Patria pero se sienten
hijos de Cuba. En la medida en que se consideran cubanos, éstos
deben colaborar también, con serenidad y espíritu constructivo y
respetuoso, al progreso de la Nación, evitando confrontaciones
inútiles y fomentando un clima de positivo diálogo y recíproco
entendimiento. Ayúdenles, desde la predicación de los altos
valores del espíritu, con la colaboración de otros Episcopados,
a ser promotores de paz y concordia, de reconciliación y
esperanza, a hacer efectiva la solidaridad generosa con sus
hermanos cubanos más necesitados, demostrando también así una
profunda vinculación con su tierra de origen.
Espero que en su acción pastoral los Obispos católicos de Cuba
lleguen a alcanzar un acceso progresivo a los medios modernos
adecuados para llevar a cabo su misión evangelizadora y
educadora. Un estado laico no debe temer, sino más bien
apreciar, el aporte moral y formativo de la Iglesia. En este
contexto es normal que la Iglesia tenga acceso a los medios de
comunicación social: radio, prensa y televisión, y que pueda
contar con sus propios recursos en estos campos para realizar el
anuncio del Dios vivo y verdadero a todos los hombres. En esta
labor evangelizadora deben ser consolidadas y enriquecidas las
publicaciones católicas que puedan servir más eficazmente al
anuncio de la verdad, no sólo a los hijos de la Iglesia sino
también a todo el pueblo cubano.
Mi visita pastoral tiene lugar en un momento muy especial para
la vida de toda la Iglesia, como es la preparación al Gran
Jubileo del Año 2000. Como Pastores de esta porción del Pueblo
de Dios que peregrina en Cuba, Ustedes participan de este
espíritu y mediante el Plan de Pastoral Global alientan a todas
las comunidades a vivir "la nueva primavera de vida cristiana
que deberá manifestar el Gran Jubileo, si los cristianos son
dóciles a la acción del Espíritu Santo" (Tertio millennio
adveniente, 18). Que este mismo Plan dé continuidad a los
contenidos de mi visita y a la experiencia de Iglesia encarnada,
participativa y profética que quiere ponerse al servicio de la
promoción integral del hombre cubano. Esto requiere una adecuada
formación que -como Ustedes han augurado- "restaure al hombre
como persona en sus valores humanos, éticos, cívicos y
religiosos y lo capacite para realizar su misión en la Iglesia y
en la sociedad" (II ENEC, Memoria, p. 38), para lo cual es
necesaria "la creación y renovación de las diócesis, parroquias
y pequeñas comunidades que propicien la participación y
corresponsabilidad y vivan, en la solidaridad y el servicio, su
misión evangelizadora" (Ibíd.).
Queridos Hermanos, al final de estas reflexiones quiero
asegurarles que regreso a Roma con mucha esperanza en el futuro,
viendo la vitalidad de esta Iglesia local. Soy consciente de la
magnitud de los desafíos que tienen por delante, pero también
del buen espíritu que les anima y de su capacidad para
afrontarlos. Confiado en ello, les aliento a seguir siendo
"ministros de la reconciliación" (2Co 5, 18), para que el pueblo
que les ha sido encomendado, superando las dificultades del
pasado, avance por los caminos de la reconciliación entre todos
los cubanos sin excepción. Ustedes saben bien que el perdón no
es incompatible con la justicia y que el futuro del País se debe
construir en la paz, que es fruto de la misma justicia y del
perdón ofrecido y recibido.
Prosigan como "mensajeros que anuncian la paz" (Is 52,7) para
que se consolide una convivencia justa y digna, en la que todos
encuentren un clima de tolerancia y respeto recíproco. Como
colaboradores del Señor, Ustedes son el campo de Dios, la
edificación de Dios (cf. 1Co 3,9) para que los fieles encuentren
en Ustedes auténticos maestros de la verdad y guías solícitos de
su pueblo, empeñados en alcanzar su bien material, moral y
espiritual, teniendo en cuenta la exhortación del Apóstol San
Pablo: "(Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner
otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo" (1Co 3, 10-11).
Con la mirada fija, pues, en nuestro Salvador, que "es el mismo
ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8), y poniendo todos los anhelos y
esperanzas en la Madre de Cristo y de la Iglesia, aquí venerada
con el dulcísimo título de Nuestra Señora de la Caridad del
Cobre, como prueba de afecto y signo de la gracia que les
acompaña en su ministerio, les imparto de corazón la Bendición
Apostólica.
La Habana, 25 de enero de 1998.
Ioannes Paulus II |