Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, enero de
2008
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Bernard Nathanson: Cuando la "Mano de Dios" alcanzó al "Rey del
aborto"
¿Qué puede llevar a un poderoso y reconocido médico abortista a
convertirse en un fuerte defensor de la vida y abrazar las
enseñanzas de Jesucristo?
¿Pudo más el peso de su conciencia por la muerte de 60 mil no
nacidos o quizás las muchas oraciones de todos aquellos que
rogaron incansablemente por su conversión?
Aciprensa
Según Bernard Nathanson, el popular "rey del aborto", su
conversión al catolicismo resultaría inconcebible sin las
plegarias que muchas personas elevaron a Dios pidiendo por él.
"Estoy totalmente convencido de que sus oraciones fueron
escuchadas por Él", indicó emocionado Nathanson el día en que el
Arzobispo de Nueva York, el fallecido Cardenal O´Connor, lo
bautizó".
Hijo de un prestigioso médico judío especializado en
ginecología, el Dr. Joey Nathanson, a quien el ambiente
escéptico y liberal de la universidad hizo abdicar de su fe,
Nathanson creció en un hogar sin fe y sin amor, donde imperaba
demasiada malicia, conflictos y odio.
Profesional y personalmente Bernard Nathanson siguió durante
buena parte de su vida los pasos de su padre. Estudió medicina
en la Universidad de McGill (Montreal), y en 1945 se enamoró de
Ruth, una joven y guapa judía con quienes hicieron planes de
matrimonio. La joven, sin embargo, quedó embarazada y cuando
Bernard le escribió a su padre para consultarle la posibilidad
de contraer matrimonio, éste le envió cinco billetes de 100
dólares junto con la recomendación de que eligiese entre abortar
o ir a los Estados Unidos para casarse, poniendo en riesgo su
brillante carrera como médico que le esperaba.
Bernard puso su carrera por delante y convenció a Ruth de que
abortase. No la acompañó a la intervención abortiva y Ruth
volvió sola a casa, en un taxi, con una fuerte hemorragia,
estando a punto de perder la vida. Al recuperarse -casi
milagrosamente- ambos terminaron su relación. "Ese fue el
primero de mis 75.000 encuentros con el aborto, me sirvió de
excursión iniciadora al satánico mundo del aborto", confesó el
Dr. Nathanson.
Luego de graduarse, Bernard inició su residencia en un hospital
judío. Después pasó al Hospital de Mujeres de Nueva York donde
sufrió personalmente la violencia del antisemitismo, y entró en
contacto con el mundo del aborto clandestino. Para entonces ya
había contraído matrimonio con una joven judía, tan superficial
como él, según confesaría, con la cual permaneció unido cerca de
cuatro años y medio. En esas circunstancias Nathanson conoció
Larry Lader, un médico a quien sólo le obsesionaba la idea de
conseguir que la ley permitiese el aborto libre y barato. Para
ello fundó, en 1969, la "Liga de Acción Nacional por el Derecho
al Aborto", una asociación que intentaba culpabilizar a la
Iglesia de cada muerte que se producía en los abortos
clandestinos.
Pero fue en 1971 cuando Nathanson se involucró directamente en
la práctica de abortos. Las primeras clínicas abortistas de
Nueva York comenzaban a explotar el negocio de la muerte
programada, y en muchos casos su personal carecía de licencia
del Estado o de garantías mínimas de seguridad. Tal fue el caso
de la dirigida por el Dr. Harvey. Las autoridades estaban a
punto de cerrar esta clínica cuando alguien sugirió que
Nathanson podría ocuparse de su dirección y funcionamiento. Se
daba la paradoja increíble de que, mientras estuvo al frente de
aquella clínica, en aquel lugar existía también un servicio de
ginecología y obstetricia: es decir, se atendían partos normales
al mismo tiempo que se practicaban abortos.
Por otra parte, Nathanson desarrollaba una intensa actividad,
dictando conferencias, celebrando encuentros con políticos y
gobernantes de todo el país, presionándoles para lograr que
fuese ampliada la ley del aborto.
"Estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de
pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento
amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en
ver a mi hijo crecer. También era un paria en la profesión
médica. Se me conocía como el rey del aborto", afirmó.
Durante ese periódo, Nathanson realizó más de 60.000 abortos,
pero a finales de 1972, agotado, dimitió de su cargo en la
clínica.
"He abortado a los hijos no nacidos de amigos, colegas,
conocidos e incluso profesores. Llegué incluso a abortar a mi
propio hijo", lloró amargamente el médico, quien explicó que a
la mitad de la década de los sesenta "dejó encinta a una mujer
que lo quería mucho. (.) Ella quería seguir adelante con el
embarazo pero él se negó. Puesto que yo era uno de los expertos
en el tema, yo mismo realizaría el aborto, le expliqué. Y así lo
hice", precisó.
Sin embargo, a partir de ese suceso las cosas empezaron a
cambiar. Dejó la clínica abortista y pasó a ser jefe de
obstetricia del Hospital de St. Luke´s. La nueva tecnología, el
ultrasonido, hacía su aparición en el ámbito médico. El día en
que Nathanson pudo observar el corazón del feto en los monitores
electrónicos, comenzó a plantearse por vez primera "qué era lo
que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica".
Decidió reconocer su error. En la revista médica The New England
Journal of Medicine, escribió un artículo sobre su experiencia
con los ultrasonidos, reconociendo que en el feto existía vida
humana. Incluía declaraciones como la siguiente: "el aborto debe
verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría
producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad es el más
craso tipo de evasión moral".
Aquel artículo provocó una fuerte reacción. Nathanson y su
familia recibieron incluso amenazas de muerte, pero la evidencia
de que no podía continuar practicando abortos se impuso. Había
llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para
abortar: el aborto es un crimen.
Poco tiempo después, un nuevo experimento con los ultrasonidos
sirvió de material para un documental que llenó de admiración y
horror al mundo. Se titulaba "El grito silencioso", y sucedió en
1984 cuando Nathanson le pidió a un amigo suyo -que practicaba
quince o quizás veinte abortos al día- que colocase un aparato
de ultrasonidos sobre la madre, grabando la intervención.
"Lo hizo -explica Nathanso- y, cuando vio las cintas conmigo,
quedó tan afectado que ya nunca más volvió a realizar un aborto.
Las cintas eran asombrosas, aunque no de muy buena calidad.
Seleccioné la mejor y empecé a proyectarla en mis encuentros
provida por todo el país".
Regreso del hijo pródigo
Nathanson había abandonado su antigua profesión de "carnicero
humano" pero aún quedaba pendiente el camino de vuelta a Dios.
Una primera ayuda le vino de su admirado profesor universitario,
el psiquiatra Karl Stern. "Transmitía una serenidad y una
seguridad indefinibles. Entonces yo no sabía que en 1943, tras
largos años de meditación, lectura y estudio, se había
convertido al catolicismo. Stern poseía un secreto que yo había
buscado durante toda mi vida: el secreto de la paz de Cristo".
El movimiento provida le había proporcionado el primer
testimonio vivo de la fe y el amor de Dios. En 1989 asistió a
una acción de Operación Rescate en los alrededores de una
clínica. El ambiente de los que allí se manifestaban
pacíficamente en favor de la vida de los aún no nacidos le había
conmovido: estaban serenos, contentos, cantaban, rezaban. Los
mismos medios de comunicación que cubrían el suceso y los
policías que vigilaban, estaban asombrados de la actitud de esas
personas. Nathanson quedó afectado "y, por primera vez en toda
mi vida de adulto empecé a considerar seriamente la noción de
Dios, un Dios que había permitido que anduviera por todos los
proverbiales circuitos del infierno, para enseñarme el camino de
la redención y la misericordia a través de su gracia".
"Durante diez años, pasé por un periodo de transición. Sentí que
el peso de mis abortos se hacía más gravoso y persistente pues
me despertaba cada día a las cuatro o cinco de la mañana,
mirando a la oscuridad y esperando (pero sin rezar todavía) que
se encendiera un mensaje declarándome inocente frente a un
jurado invisible", señala Nathanson.
Pronto, el médico acaba leyendo "Las Confesiones", de San
Agustín, libro que calificó como "alimento de primera
necesidad", convirtiendose en su libro más leído ya que San
Agustín "hablaba del modo más completo de mi tormento
existencial; pero yo no tenía una Santa Mónica que me enseñara
el camino y estaba acosado por una negra desesperación que no
remitía".
En esa situación no
faltó la tentación del suicidio, pero, por fortuna, decidió
buscar una solución distinta. Los remedios intentados fallaban:
alcohol, tranquilizantes, libros de autoestima, consejeros,
hasta llegar incluso al psicoanálisis, donde permaneció por
cuatro años.
El espíritu que animaba aquella manifestación provida enderezó
su búsqueda. Empezó a conversar periódicamente con el Padre John
McCloskey; no le resultaba fácil creer, pero lo contrario,
permanecer en el agnosticismo, llevaba al abismo.
Progresivamente se descubría a sí mismo acompañado de alguien a
quien importaban cada uno de los segundos de su existencia. "Ya
no estoy solo. Mi destino ha sido dar vueltas por el mundo a la
búsqueda de ese Uno sin el cual estoy condenado, pero al que
ahora me agarro desesperadamente, intentando no soltarme del
borde de su manto".
Finalmente, el 9 de diciembre de 1996, a las 7.30 de un lunes,
solemnidad de la Inmaculada Concepción, en la cripta de la
Catedral de S. Patricio de Nueva York, el Dr. Nathanson se
convertía en hijo de Dios. Entraba a formar parte del Cuerpo
Místico de Cristo, su Iglesia. El Cardenal John O´Connor le
administró los sacramentos del Bautismo, Confirmación y
Eucaristía.
Un testigo expresa así ese momento: "Esta semana experimenté con
una evidencia poderosa y fresca que el Salvador que nació hace
2.000 años en un establo continúa transformando el mundo. El
pasado lunes fui invitado a un Bautismo. (...) Observé como
Nathanson caminaba hacia el altar. ¡Qué momento! Al igual que en
el primer siglo... un judío converso caminando en las catacumbas
para encontrar a Cristo. Y su madrina era Joan Andrews. Las
ironías abundan. Joan es una de las más sobresalientes y
conocidas defensoras del movimiento provida... La escena me
quemaba por dentro, porque justo encima del Cardenal O´Connor
había una Cruz. Miré hacia la Cruz y me di cuenta de nuevo que
lo que el Evangelio enseña es la verdad: la victoria está en
Cristo".
Las palabras de Bernard Nathanson al final de la ceremonia,
fueron escuetas y directas. "No puedo decir lo agradecido que
estoy ni la deuda tan impagable que tengo con todos aquellos que
han rezado por mí durante todos los años en los que me
proclamaba públicamente ateo. Han rezado tozuda y amorosamente
por mí. Estoy totalmente convencido de que sus oraciones han
sido escuchadas. Lograron lágrimas para mis ojos". |