Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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SPE SALVI
La encíclica "de donde salen las tormentas"
José Francisco Serrano Oceja
Ortega y Gasset recuerda, en su obra El hombre y la gente, la
dedicatoria que Paul Morand le había escrito en una biografía de
Maupassant: "Le envío esta vida de un hombre que no esperaba".
"¿Es posible – se pregunta Ortega –, literal y formalmente
posible, un humano vivir que no sea un esperar?" ¿Es posible un
humano existir en sociedad sin esperanza? ¿Cuál es el nuevo
nombre de la esperanza? "Un hombre sin esperanza – diría Laín
Entralgo – es un absurdo metafísico".
¿Qué es una sociedad sin esperanza? Durante muchos años, las
imágenes de las sociedades comunistas eran las de los regímenes
sin esperanza; se decía que Occidente, el desarrollado mundo del
capitalismo, había perdido la fe y la caridad, pero mantenía la
esperanza; mientras que el Oriente comunista, marxista
dialéctico y por sistema, conservaba una aparente solidaridad
–sobre todo dentro de la nomenclatura–, pero había perdido la
esperanza. Pues no era así. Benedicto XVI, el Papa del amor, el
Papa de la esperanza, nos acaba de enseñar, con su nueva
encíclica Spe Salvi, que los nombres de la fe y de la esperanza
son sinónimos para los hombres que viven las contradicciones de
la historia.
Hablar de la esperanza es hablar del tiempo; hablar de la
esperanza hoy es hablar de nuestro tiempo. Después de la
publicación de esta encíclica, el texto probablemente más
importante de la Iglesia en diálogo con la modernidad, cabe
preguntarnos si el cristianismo contemporáneo ha abandonado, en
gran medida, la predicación de la esperanza. Abandonar la
palabra esencial de la esperanza cristiana es abandonar la
realidad. Sorprende que en las homilías, en los sermones, en las
prédicas y pláticas de hoy, la Sagrada Escritura se conjuga con
el verbo presente de las noticias de los telediarios y con las
ideas repetitivas de unos manuales de colorines con los que las
generaciones de sacerdotes postconciliares se han formado bajo
el dogma indiscutido de la pastoral. ¿Acaso esta encíclica no es
un antídoto contra la sensación que tienen no pocos cristianos
de desaliento, de desorientación y de abatimiento?
La apostasía silenciosa de las grandes masas, en las urbes
industrializadas, era, más que nos pese, apostasía de esperanza.
La teología secular, que se ha infiltrado implícitamente en no
pocas de las intervenciones de algunos eclesiásticos, mutiló la
escatología utilizando denigrantes imágenes medievales. La
esperanza pasaba, en el estudio de la teología, de la
escatología, su lugar natural, el lugar en el que se habla del
principio del hombre y del fin del hombre, a la moral,
convirtiéndose así en el leit motiv de la ideología y haciendo
de la fe en Cristo una fe liberadora, terrena, humana, demasiado
humana y nada divina. Una fe que era confianza en el poder del
grupo, en el socialismo utópico de la voluntad general. Una fe
en el progreso de una Iglesia secular formada por eslóganes
propagandísticos y construida sobre técnicas de animación de
grupos y meditación trascendental. Cuando el cristianismo perdió
el horizonte de la transmisión de la esperanza, que es y
significa felicidad y progreso, se convirtió en ideología,
ideología de progreso y de felicidad imaginada. El teólogo Hans
Urs Von Balthasar explicó, en un memorable artículo, que en la
teología de nuestro tiempo la escatología es "el rincón de donde
salen las tormentas". Para la teología secular del siglo XIX y
del XX, "el despacho de la escatología está cerrado".
Benedicto XVI ha
tenido la valentía, con esta encíclica, de abrir la caja de los
truenos de la historia del hombre, de la historia del
cristianismo, para recuperar el auténtico principio de la
esperanza. Balthasar afirmó que "la filosofía del tiempo y de la
historia, del hombre y de su fin natural, de la finalidad del
cosmos en general, son hoy otros tantos campos llenos de
problemas sin resolver, que están aguardando a los
trabajadores". No debemos olvidar nunca que Joseph Ratzinger se
presentó en el Vaticano, nada más ser elegido Papa, como un
humilde trabajador en la viña del Señor. Y eso ya se está
notando.
Desde que el marxismo de Bloch se hiciera espiritual gracias a
su principio de esperanza, se nos ha olvidado que el mayo del
68, y la voluntad de poder habían pasado la página de la
esperanza para llegar a la de la utopía, que es ucronía de
esperanza. Benedicto XVI nos ha devuelto a la realidad, y a la
realidad de la esperanza.
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