Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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SPE SALVI
La raíz de la esperanza
José Luis Restán
El poeta italiano Césare Pavese lo decía con fría lucidez:
"¿Acaso alguien nos ha prometido nunca algo?... Y entonces, ¿por
qué esperamos?" La vida de todo hombre, sea cual sea la
circunstancia que atraviesa, está marcada estructuralmente por
una espera. Benedicto XVI ha querido retomar el diálogo de la fe
cristiana con esta espera que constituye el corazón de lo
humano, decepcionado por las falsas promesas de quienes han
querido venderle una felicidad a precio de saldo, y estragado de
la violencia en que le han embarcado las utopías del siglo XX.
¿Qué es realmente lo que queremos?, se pregunta el Papa. En el
fondo queremos sólo una cosa: la vida bienaventurada, la
felicidad. Deseamos la verdadera vida, esa que no se vea
afectada ni siquiera por la muerte, esa que nos garantice que
nada de lo que amamos se perderá. Por eso el contenido de la
esperanza del hombre siempre va más allá de cuanto puede
alcanzar y construir con sus propias fuerzas. Sólo Dios es el
fundamento de la esperanza, pero no cualquier dios, advierte
Benedicto XVI, sino el Dios que tiene rostro humano y que nos ha
amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la
humanidad en su conjunto.
Benedicto XVI arranca de la íntima conexión entre la fe y la
esperanza: la fe es la sustancia de la esperanza, afirma el
Papa, porque nos permite esperar las realidades futuras a partir
de un presente ya entregado. Este es uno de los núcleos de la
nueva encíclica: el valor de presente propio y constitutivo de
la fe cristiana, que no es una idea sobre la vida y el mundo,
sino el reconocimiento del hecho de Cristo, que cambia realmente
la vida de quienes lo acogen con su razón y su libertad. Lo que
la esperanza cristiana promete ha empezado ya aquí y ahora en la
experiencia de la comunión cristiana: no es una utopía
voluntarista, sino que se ofrece a la confianza del hombre a
partir de un presente verificable cuyo rasgo fundamental es el
amor. El Papa usa una preciosa cita de San Bernardo de Claraval
para explicar que el monasterio (la comunión de vida de los
monjes que se proyecta en el trabajo) no puede identificarse con
el Paraíso (la realización plena de la esperanza cristiana),
pero "como lugar de labranza práctica y espiritual, debe
preparar el nuevo Paraíso".
La encíclica ofrece unas páginas vibrantes para describir lo que
ha significado la sustitución de la esperanza cristiana por la
fe en el progreso, en el tiempo moderno. Ese progreso, concebido
primero como triunfo imparable de la ciencia y luego como
construcción político-ideológica, habría de responder de una
manera concreta y eficaz al deseo de felicidad del hombre. Pero
ni la ciencia ni la política tienen la capacidad de redimir al
hombre, como se ha demostrada en la experiencia histórica; más
aún, cuando les domina esa pretensión desmesurada, se pierde su
nobleza constitutiva y con frecuencia se transforman en
instrumento de violencia y dominación de aquellos mismos a los
que pretendían servir. Dejemos claro que no hay en esta
encíclica rastro alguno de nostalgia premoderna, ni de resabio
anticientífico. El Papa repite "que la victoria de la razón
sobre la irracionalidad es también un objetivo de la fe
cristiana", pero advierte que no puede ser únicamente "la razón
del poder y del hacer", y pide de nuevo, como en su histórico
discurso de Ratisbona, una auténtica apertura de la razón a los
ámbitos de la fe religiosa y de la ética, para que podamos
hablar de una razón auténticamente humana.
Uno de los comentarios más necios dedicados a esta encíclica es
el que tilda a Benedicto XVI de culpar a los ateos de todos los
males de la historia. No hay rastro de semejante cosa, sino una
crítica de fondo difícilmente rebatible, dirigida a las
ideologías del ateísmo científico (positivismo y marxismo), por
haber embaucado la esperanza de los hombres y los pueblos y
haber dejado tras de sí una destrucción desoladora. Muy al
contrario de esa miope acusación, el Papa vuelve a demostrar una
sorprendente simpatía para dialogar incluso con los adversarios
más enconados de la fe cristiana, en este caso figuras como
Bacon, Marx o Adorno, a las que trata con exquisito respeto,
pero también con firme rigor y libertad, lejos de papanatismos
políticamente correctos.
La frase dedicada a Marx, como prototipo de esa esperanza basada
en la política concebida como salvación, es reveladora: "ha
olvidado al hombre y ha olvidado su libertad... su verdadero
error es el materialismo, porque el hombre no es sólo el
producto de condiciones económicas y no es posible curarlo desde
fuera, creando condiciones económicas favorables". Lo que el
Papa pide no tiene nada que ver con un fantasmagórico
"integrismo preconciliar" (véase el titular bodoque de El País),
sino una "autocrítica de la edad moderna en diálogo con el
cristianismo y su concepción de la esperanza, un diálogo en el
que también los cristianos tienen que aprender de nuevo en qué
consiste la esperanza que deben ofrecer al mundo". Un paso más,
por tanto, dentro de esa reconstrucción del diálogo crítico
entre la Iglesia y el mundo moderno, que es clave esencial del
pontificado de Benedicto XVI.
No podría dejar esta sencilla aproximación a un documento
gigantesco y bellísimo, sin mencionar el capítulo dedicado a las
realidades futuras, al Juicio como lugar de aprendizaje y
ejercicio de la esperanza. La Escatología es quizás uno de los
campos más delicados para presentar el contenido del
cristianismo a los hombres de hoy y, sin embargo, el Papa
Ratzinger se atreve. Y lo hace con una inteligencia y pedagogía
verdaderamente únicas, que nos permiten reconocer el Juicio
definitivo de Dios como condición de nuestra libertad y
responsabilidad humanas, pero también como consolación y
esperanza, ya que en él se manifestará el predominio de su amor
sobre todos los desastres de la historia.
Nuestro mundo está sediento de esperanza, lo está cada hombre y
mujer, cansados de las frustraciones y de los fracasos de su
historia personal y colectiva. El noble empeño de construir un
mundo mejor se transforma en fatiga insuperable, en escepticismo
salvaje o en fanatismo violento si no está abrazado por la
certeza del futuro que nace de un Amor que ya está presente.
Sólo esa esperanza que nace del encuentro con el Dios que se ha
encarnado, que ha padecido y que ha resucitado de la muerte nos
da el valor de apostar nuevamente por el bien, a pesar de todos
nuestros fracasos y cansancios. Nos da también valor e
inteligencia para construir, conscientes de la imperfección de
todas las obras humanas, y nos permite caminar juntos a pesar de
las semillas de división que amenazan siempre la unidad. Sí,
ciertamente, los cristianos de este siglo XXI debemos aprender
de nuevo el fundamento y la amplitud de nuestra esperanza, a
partir de nuestras propias raíces. Un regalo inmenso de
Benedicto XVI.
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