Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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La paradoja de la autoridad
Paul Ricoeur
Traducción Nazario Vivero
He dudado si intitular mi contribución “Enigma o Paradoja”,
incluso “Aporía de la autoridad”: enigma, porque después del
análisis siempre queda algo opaco en la idea de autoridad;
paradoja o incluso aporía, porque permanece una especie de
contradicción no resuelta, ligada a la dificultad, y hasta a la
imposibilidad, de legitimar, en última instancia, a la
autoridad.
En primera aproximación, sin embargo, la noción es relativamente
fácil de definir: es, dice Le Robert, el “derecho de
ordenar, el poder (reconocido o no) de imponer la obediencia”;
la autoridad es, pues, una especie de poder, el de mandar. De
este modo queda subrayado, de una vez por todas, el aspecto
asimétrico, jerárquico, de una noción que sitúa, frente a
frente, a los que ordenan y a los que obedecen. Sin embargo, es
un extraño poder, el cual descansa en un derecho, el de mandar,
el cual implica una reivindicación de legitimidad. La cuestión
no es desconcertante mientras el poder existente se encuentre ya
legitimado. Este es el caso de todos aquellos de los que se dice
que ejercen una autoridad. A lo más se les pide tener autoridad,
es decir, la capacidad de hacerse obedecer. Así se hablará de
funcionarios que carecen de autoridad, pero entonces nos
refugiamos en la sicología individual o incluso social,
eludiendo la cuestión de la legitimidad, que se disimula tras la
de capacidad. El individuo más dotado de autoridad comienza a
balbucear, si se le pregunta de dónde le viene ella.
Generalmente responderá invocando una autoridad superior a la
suya, es decir, un individuo o institución superiores a él,
denominados, por esta razón, una autoridad, entendiendo por ella
los órganos de un poder ya establecido: autoridad legislativa,
administrativa, judicial, militar, etc. El término autoridad
designa entonces una institución existente, “positiva”,
encarnada en autoridades, es decir, en personas que ejercen el
poder en nombre de la institución. Por ello es que se les llama,
con razón, las autoridades constituidas. Si todavía añadimos la
autoridad de la ley, para desdeñar la fuerza obligatoria de un
acto de la autoridad pública, habremos recorrido, más o menos,
el conjunto de las definiciones de autoridad, es decir, de las
significaciones que, juntas, forman la polisemia coherente del
término. De modo general, estas definiciones le bastan a un
funcionario ordinariamente resguardado por una u otra de las
autoridades institucionales y de aquellas otras, personalizadas,
que las encarnan. Él mismo puede, a su vez, ordenar, porque
obedece e impera, por encima de él, la autoridad, en su sentido
descarnado, tal como se enunció en primer término: “derecho de
ordenar, poder (reconocido o no) de imponer la obediencia”. La
pregunta socarrona se le plantea a un espíritu que no necesita
ser malévolo: ¿ de dónde proviene, en última instancia, la
autoridad ?.
De hecho, hemos pasado, subrepticiamente, del sustantivo al
verbo, de la autoridad sustantiva, ya establecida, instituida,
al acto de autorizar. Desplazamiento interesante, el cual, por
intermedio de un sinónimo, conduce a lo esencial contenido en el
verbo acreditar, que todos los diccionarios unen al de
autorizar. ¿ Qué es lo interesante en ese desplazamiento ?. Que
dirige la mirada hacia el punto ciego de la definición de la
autoridad, el cual no residía en las palabras poder, ordenar,
obedecer, sino en la palabra derecho de... Mejor aún, él se
ocultaba en el pérfido paréntesis del Robert hablando del
poder, reconocido o no, de imponer la obediencia.
La pareja ordenar-obedecer, en cuanto designa una estructura
dada de la interacción, se encuentra, así, reduplicada por otra
pareja, que hace pasar del hecho al derecho. De un lado tenemos
derecho de..., de parte del que ordena, derecho que excede la
simple capacidad de hacerse obedecer, en la medida en que
confiere la legitimidad sin la cual el poder de hacerse obedecer
se reduciría al hecho de la pura y simple dominación; del otro
lado, ¿ con qué nos encontramos?: con el reconocimiento, por el
subordinado, del derecho, que tiene el superior, a ordenar. Una
vez más leemos en el Robert: poder, reconocido o no, etc.
Por medio de este “o no” se insinúa la duda en el núcleo mismo
de la definición. Esta polaridad de la legitimidad y del
reconocimiento es la que vamos a transcribir ahora en el
vocabulario del crédito, sugerido hace un instante, por la
definición del verbo autorizar: “revestir de una autoridad,
acreditar”. El doblete que nos interesará en lo adelante será,
pues: acreditar-dar crédito, sirviendo el término crédito de
pivote.
En efecto, es esta pareja acreditar-dar crédito la que nos
introduce en la oscuridad de nuestro enigma. Sin esta doble
referencia a la credibilidad del lado del que ordena y del
crédito del lado de quien obedece, seríamos incapaces de
distinguir la autoridad, tanto de la violencia como incluso de
la persuasión, como ya lo hace notar Hannah Arendt al inicio del
ensayo con el título interrogativo, sobre el que volveré más
adelante, What is Authority?. La autoridad, en efecto,
confina con la violencia en cuanto poder de imponer la
obediencia, es decir, en cuanto dominación, pero lo que las
distingue es, precisamente, la credibilidad asociada a su
carácter de legitimidad, al menos pretendida, y, como
correlativo, el crédito, la creencia, asociados al
reconocimiento, o no, del derecho que detenta mi superior –
institución o individuo – de imponerme la obediencia; el matiz
es más sutil en lo que concierne al papel de la persuasión,
porque ésta está presente en la comunicación de la credibilidad
y, por lo tanto, también, en la de la retórica. Pero, como
observa Hannah Arendt, la persuasión “presupone la igualdad y
opera a través de un proceso de argumentación”; ahora bien, la
autoridad conserva algo de jerárquica, de verticalmente
asimétrica, entre los que ordenan y los que obedecen. El
reconocimiento de la superioridad es, pues, lo que atempera la
dominación, distinguiéndola de la violencia, pero también de la
persuasión.
Nuestra discusión está enmarcada por la precisión que aporta la
pareja credibilidad-crédito o creencia- constitutiva del
reconocimiento, o no, del poder de las autoridades para imponer
la obediencia a sus subordinados. Podemos internarnos en el
núcleo duro - o el centro opaco – del proceso de legitimación,
por medio del cual la autoridad credibiliza al poder, a
condición del crédito que se le da a ella o no.
Entonces, ¿ por qué la relación fiduciaria entre credibilidad y
creencia sería una cuestión desconcertante, embarazosa ?.
Porque, quienquiera que seamos, subordinados o encargados (o,
como se dice, revestidos de autoridad) no sabemos muy bien lo
que autoriza a la autoridad. La cuestión, tal vez, ha existido
siempre, pero hoy tenemos el sentimiento de estar en el centro
mismo de una crisis de legitimación, digámoslo así, de una
descredibilización de la autoridad, de las autoridades,
instituciones o personas; crisis ampliada por una reticencia
general a otorgar crédito, es decir, a reconocer la superioridad
de alguien, individuo o institución, investidos de un poder de
hecho para imponer la obediencia. Este sentimiento es tan
fuerte, que un ensayo como el de Hannah Arendt[1]
comienza por esta confesión: “Para evitar todo malentendido,
hubiese sido más sagaz intitular el ensayo: ¿ Qué ha sido (What
was) y ya no es (and what is not) la autoridad ?”. Y ella añade:
“La autoridad ha desaparecido (has vanished) del mundo moderno”.
Está bien, pero si la autoridad existe sólo en pasado, entonces
sólo un mixto de violencia y persuasión más o menos fraudulenta
podría haberla reemplazado. Pero ¿es este el caso?. La
autoridad, ¿ no se ha transformado más bien, aunque conservando
algo de lo que fue ?. Esta segunda hipótesis es la que quiero
explorar e intentar que prevalezca.
Pero para tener oportunidad de lograrlo, es necesario,
previamente, ponerse de acuerdo acerca de lo que se ha perdido.
He encontrado ayuda, si no para resolver el problema, al menos
para plantearlo correctamente, en la obra de Gérard Leclerc, “Historia
de la autoridad”
[2]. También él
comienza por la frase: “La autoridad ya no es lo que era; antaño
principio de legitimación de los discursos, ella significa hoy
el modo de existencia de los poderes legítimos” (continuación p.
7). En este punto retengo la hipótesis de trabajo según la cual
existen dos focos de legitimación: uno que él llama autoridad
enunciativa y el otro autoridad institucional. (De ahí el
subtítulo: “La asignación de los enunciados culturales y la
genealogía de la creencia”). De un lado, pues, el poder
simbólico, sea el de un enunciador, de un “autor”, para
engendrar la creencia, producir la persuasión, sea el de un
texto, un enunciado, de ser persuasivo, engendrar la creencia;
del otro lado, el poder ligado a una institución, es decir, el
“poder legítimo del que dispone un individuo o grupo para
imponer la obediencia a los que pretende dirigir”. Estamos
ciertamente en el marco de nuestras definiciones iniciales; tan
sólo hemos desdoblado el lugar de origen del proceso de
legitimación – de un lado el discurso, fuente de poder
simbólico; del otro la institución, fuente de legitimidad
para aquellos que ejercen la autoridad en su marco. Pero la
tesis de Gérard Leclerc ¿ es válida como para que hayamos
cambiado de régimen, pasando de una autoridad – soltemos la
palabra – escriturística a otra que ya no sería, dice el autor,
un concepto filosófico, sino sociológico ?.
Sirviéndome de Hannah Arendt, la cual ve en la autoridad un
concepto originariamente político, cuyo origen ella sitúa
claramente en Roma, entendamos la Roma antigua e imperial,
quisiera sugerir la idea de que lo que ha ocurrido no es el
reemplazo de una autoridad que habría sido masivamente
enunciativa por otra que ya sólo sería institucional, con el
riesgo de una deslegitimación integral, sino el reemplazo de una
configuración histórica determinada de la pareja
enunciativa-institucional, por otra configuración de la misma
pareja. Que en la autoridad desaparecida haya habido predominio
de la autoridad enunciativa (**) es lo que sigue siendo
verdadero de la tesis de Gérard Leclerc. Pero lo que yo quisiera
sugerir es que no ha habido nunca autoridad enunciativa pura,
sin autoridad institucional, y que hoy no existe autoridad
puramente institucional, sin un aporte, sin un soporte simbólico
de orden enunciativo.
El tipo-ideal de autoridad con dominante enunciativa, que
existió antaño y hoy ya no, es el de la cristiandad medieval. El
tipo-ideal de la que ha pretendido sucederla y reemplazarla es
el de la “Aufklärung”, más exactamente, el de la
Ilustración francesa, la cual se sitúa, de hecho, en en el mismo
terreno enunciativo que el tipo-ideal de la cristiandad
medieval. Pero nuestra crisis es más complicada todavía, en la
medida en que el propio tipo-ideal de la Ilustración ha perdido
mucha credibilidad, como lo atestigua el discurso contemporáneo
de la post-modernidad. De modo que la crisis es doble (o si se
prefiere, de doble densidad, a doble nivel): revivimos, de
alguna manera, la crisis de descredibilización del tipo-ideal de
la cristiandad medieval a través de la crisis de deslegitimación
de la instancia que ha procedido a la pérdida de credibilidad
del tipo-ideal de la cristiandad. Antes de enfrascarme en esta
historia complicada, permítaseme insistir en un punto: yo no
identifico la cristiandad, en cuanto configuración histórica
datada, con el cristianismo, en la medida en que éste no se ha
agotado y no ha extinguido su credibilidad específicamente
religiosa, en la producción de esa configuración histórica tan
particular que llamamos la cristiandad; de ésta me atrevo a
decir que su propio tipo-ideal ha sido tan soñado como
realizado. Precisamente por eso hablo de tipo-ideal. También de
él habría que decir, pues, no sólo que ya no existe, sino que,
históricamente, nunca estuvo a su propia altura. Además, si
consideramos el tipo-ideal de la cristiandad en vísperas de su
declinar, por lo tanto, de la aparición de ese otro corpus de la
autoridad enunciativa que fue la Encyclopédie de Diderot
y de D´Alembert, hay que reconocer que, ya en esa época, el
modelo estaba moribundo y condenado a una muerte anunciada por
su misma esclerosis.
Resulta claro que la autoridad ligada al tipo-ideal de la
cristiandad ha sido, de manera predominante, enunciativa, vista
la autoridad asignada y reconocida a las Escrituras bíblicas y a
la tradición, ella misma fundamentada en aquéllas. Pero hay
algunos rasgos que merecen ser subrayados y que marcan la
vulnerabilidad de este modelo ante los embates venidos del campo
de los filósofos. Para decirlo con una palabra: el modelo
funciona como ya instituido, como modelo que ha olvidado la
historia de su propia instauración. Así, la canonización de las
Escrituras es un acontecimiento ya ocurrido y que, desde hace
mucho tiempo, ha sido aceptado como algo adquirido, implicando
un corte nítido entre los textos sagrados, acompañados de los
comentarios autorizados, y el resto de la literatura profana. En
cuanto a la autoridad de las Escrituras, ella misma ha sido
asimilada, ya y para siempre, a la inspiración del Espíritu
Santo, ya que el propio Dios es considerado el autor de las
Escrituras. Todos los nuevos enunciados se encuentran ya, de
entrada, clasificados en ortodoxos y heréticos; además, ya se ha
establecido una lista de textos clásicos provenientes de la
Antigüedad pagana, y se la ha situado en una relación de
subordinación con respecto a los textos sagrados. Son las
Auctoritates, ellas mismas autorizadas.
Ahora bien, esta autoridad de las Escrituras y de su dependencia
está anudada con la autoridad institucional de la Iglesia, la
cual, por su parte, en los siglos XVII y XVIII, es una autoridad
establecida y sustraída a toda impugnación legítima. El
magisterio eclesiástico controla el desarrollo de la tradición,
cuya autoridad se añade a la de las Escrituras; él también
controla los nuevos enunciados, cuyo grado de ortodoxia aprecia.
A través de la red institucional de las Universidades y de sus
clérigos, la Iglesia controla la producción del pensamiento,
instituyendo la teología como discurso predominante, con
respecto al cual, el de los maestros paganos, tales como
Aristóteles, y el de las otras Auctoritates, son un
discurso autorizado por la autoridad eclesiástica.
He insistido, hasta llegar a la caricatura, en el rasgo de lo ya
instituido, el cual convertirá a la tradición en el blanco de
los filósofos de la Ilustración. Pero se puede, sin injusticia,
presentar la autoridad enunciativa (**) y la institucional, que
juntas componen un tipo-ideal, ampliamente nostálgico, el de la
cristiandad, como un modelo petrificado, del cual he dicho
anteriormente, que había olvidado, y como borrado, la historia
de su propia génesis, así como asfixiado sus recursos
originarios de creatividad, susceptibles de resurgir, más allá
del cuestionamiento hecho por el tipo-ideal adverso de la
Ilustración; de hecho, algunos de esos recursos serán
efectivamente liberados por la crítica de la Ilustración, ya
sean las reservas de sentido ligadas a la formación misma del
Nuevo Testamento y al nacimiento de la Iglesia primitiva, o bien
riquezas unidas a un pluralismo asfixiado, incluso tributarias
de desviaciones de todo tipo, ocurridas tanto en el plano que
hemos llamado enunciativo como en el institucional. Pero lo que
quisiera subrayar ahora no es este aspecto de cosas, sino más
bien el siguiente. Quisiera, en efecto, introducir un serio
correctivo en el panorama precedente, en el que la autoridad
enunciativa y la institucional han parecido proceder de una sola
y misma cepa. En un sentido, eso es verdad, en la medida en que
la institución eclesiástica se declaraba, y aún hoy se declara,
basada en las propias Escrituras. Sin embargo, puede uno
preguntarse si la autoridad institucional de la Iglesia, tal
como la historia la ha modelado efectivamente, no se ha
beneficiado de un origen distinto al de la autoridad
escriturística.
Hay que subrayar la relación circular que se ha establecido
entre la institución eclesiástica y el texto sagrado, desde el
momento en que es la institución destinada a convertirse en la
Iglesia, la que ha delimitado el canon escriturístico y ha
continuado a decidir autoritariamente lo que ulteriormente debía
ser considerado ortodoxo o herético, de tal modo que es la
autoridad institucional la que ha llegado a regentear
soberanamente la tradición, sede del poder simbólico. Pero hay
algo más grave, y es en este punto que deseo evocar el artículo
de Hannah Arendt “¿Qué es la autoridad ?”. Uno puede
preguntarse, con ella, si la autoridad eclesiástica no ha sido
también la heredera y beneficiaria de un origen propiamente
político de la autoridad, a saber, el del imperium
romano. Esta cuestión es importante, porque, si eso es así y si
realmente es verdad que la Iglesia que se denomina, con razón,
romana, detenta su autoridad, en parte, de un modelo político,
entonces, puede uno preguntarse, si la merma de autoridad
propiamente escriturística, es decir, la de la credibilidad de
los textos y autores sagrados, no ha dejado vacante la parte de
autoridad proveniente del imperium romano, una vez
liberada de su unión con el poder propiamente religioso de la
Iglesia, y si dicha parte de autoridad no ha quedado, por el
hecho mismo, disponible para otras referencias durables, en cuyo
beneficio estaríamos colocados hoy al término de la edad
teologico-política. Esto es lo que yo desearía sugerir al final
de esta comunicación.
Toda la historia de la soberanía atestigua que la autoridad
política tiene una raíz distinta. La demanda de autoridad de
parte de la ciudad-Estado está en el centro de la filosofía
política de los Griegos, tanto en Platón como en Aristóteles. El
gobierno de los hombres necesita un factor de estabilidad, de
durabilidad, capaz de ir más allá de la existencia transitoria
de los humanos considerados individualmente, y de enmarcar el
reemplazo de las generaciones. La politeia debe ser
fuente de estabilidad, de seguridad de personas y bienes,
capacidad de validar las leyes. Ahora bien, esto no ocurre sin
paradoja para el pensamiento griego y no romano. La paradoja
consiste en el proyecto de establecer una jerarquía entre
hombres libres. Dicha paradoja, incluso, alcanza su punto más
elevado de virulencia por medio de toda la filosofía política de
los Griegos. Por eso, tanto la realidad de la autoridad como la
palabra, no han sido griegas, sino romanas. Los Griegos sólo
tienen metáforas, todas inapropiadas, para decir esa paradoja de
una jerarquía entre iguales: el piloto, el amo de esclavos, el
médico, el jefe de la casa, el orador, el alfarero, el sophos,
etc. Aristóteles pronuncia, en su Política, que “todo
cuerpo político está compuesto por los que gobiernan y por los
gobernados”; pero él no sabe cómo hacer concordar esta idea
admitida con esta otra aserción, es decir, “la ciudad-Estado es
una comunidad de iguales a favor de la vida potencialmente
mejor”. Los regímenes políticos pueden diferir según que el
gobierno pertenezca a uno solo, a varios o a la multitud, pero
el origen del poder de ordenar, continúa siendo el enigma de la
“vida política”, del bios polítikos. Como lo señala
Arendt, “los intentos grandiosos de la filosofía griega para
encontrar un concepto de autoridad capaz de impedir el deterioro
de la polis y salvaguardar la vida del filósofo chocaron
con el hecho de que en el campo de la vida política no ha habido
percepción (awareness) de la autoridad basada en una
experiencia política inmediata” (Between Past and Future,
p. 109 [***]). Esta percepción, esta “experiencia política
inmediata”, sólo los Romanos la tuvieron, bajo la figura del
carácter sagrado de la fundación, de la fundación de la
Urbs, de Roma: ab urbe condita. Así como pudieron
existir varias ciudades-Estado griegas e incluso toda una
diaspora de las mismas, sólo ha habido una sola Roma, cuya
santidad singular y única celebraron Virgilio y Tito-Livio.
Ahora bien, resulta que el nexo de la fundación con su pasado,
es llamado, precisamente, religio, por esos autores
latinos. Arendt cita aquí los Annales, libro 43, capítulo
13:
Cuando yo hago mención, en mis escritos, de los antiguos
acontecimientos (vetustas res) yo no sé en virtud de qué
nexo (quo pacto) mi espíritu se hace antiguo (antiquus
fit animus) y una cierta religio lo mantiene (et
quaedam religio tenet).
Ustedes captan lo intrincado del enigma, proporcional a la
densidad de esta experiencia, que se puede denominar la
experiencia de la energía de la fundación, la cual recibe su
autoridad, de alguna forma, de ella misma y de su propia
vetustez. La tradición de la autoridad es idéntica a la
autoridad de la tradición en el sentido de la transmisión desde
el origen de la propia fundación, del acontecimiento fundador.
Esta legitimación será denunciada como mítica. Cierto. Pero la
cuestión es, precisamente, saber si toda autoridad no procede de
un mito fundador, del mito de un acontecimiento fundador, ligado
al de fundadores personalizados, tales como Moisés, Licurgo,
Solón. La paradoja de la autoridad está constituida, entonces,
como acumulando anterioridad, exterioridad y superioridad. La
misma palabra latina auctoritas, sin equivalente griego,
transmite, en su etimología, algo de esta aureola de fundación,
pues el verbo augere significa aumentar. Lo que tiene la
fuerza de aumentar es la energía de la fundación. Así, Tito-Livio
habla de los conditores, de los fundadores, como
auctores. Este susodicho aumento se deja percibir en la
famosa fórmula citada por Cicerón en el De Legibus 3,
12-38: “Mientras el poder (potestas) reside en el pueblo
(in populo), la autoridad en el Senado (in Senatu)”.
Con este término “Senado”, los Antiguos designaban a los
transmisores de la energía de la fundación. La auctoritas
majorum, la autoridad de los Antiguos, da a la condición
actual de los hombres ordinarios, su peso, su gravitas.
Hemos dicho bastante para sugerir que la autoridad no ha tenido
como única matriz, en el pasado, los textos sagrados de los que
se reclama una religión revelada, ni siquiera la institución
eclesiástica en cuanto se declara basada en las Escrituras, sino
una matriz política distinta, es decir, para nosotros,
Occidentales, una fuente romana que resulta ser también
religiosa, pero en el sentido de un nexo fiduciario inmanente a
la tradición que transmite la energía de la fundación. De ahí la
hipótesis que la propia Iglesia católica ha sido romana, no sólo
a causa de Pedro, sino porque él había sido conducido a Roma,
sede del imperium y del origen político de la autoridad
institucional. El episodio de la cristiandad histórica recibe
entonces su sentido como fusión de la auctoritas de la
fundación romana y de la autoridad de la Iglesia instituida,
considerada como fundada en las Escrituras. Gracias a esta
conjunción, la Iglesia romana habría podido, en el curso de la
historia, contener las tendencias antipolíticas y anti-institucionales
de la fe cristiana primitiva. Más aún, una vez que el Imperio
romano se vino abajo por la acción de los bárbaros, la Iglesia
romana pudo salvar la herencia del imperium y, tal vez,
sin saberlo, preservarla para otras aventuras que la
eclesiástica, más allá, precisamente, de la época de la
Ilustración y para el tiempo del declinar, que hoy observamos,
del enemigo encarnizado del tipo-ideal de la cristiandad. De
este modo, la sugerencia del doble origen del tipo-ideal de la
cristiandad no ilumina tan sólo el destino de ésta, sino también
el de su feroz adversario, la Ilustración, y de manera más
precisa, la Ilustración francesa, proclamada en la
Encyclopédie a la manera de una anti-Biblia.
Hablando ahora del tipo-ideal de la Ilustración, hay que decir,
de entrada, que los filósofos de la Encyclopédie
compartieron la ilusión de los defensores de la ortodoxia
católica romana llegada al umbral de su declinar, es decir, que
la autoridad a combatir fuese, por excelencia, la de un discurso
y que era en este terreno simbólico que había que combatirla
principalmente. Debía recaer en los pensadores de la Revolución
francesa atacar la autoridad institucional del Antiguo Régimen
en el plano propiamente político. Por lo tanto, no será entonces
ni fortuito ni extraño, que modelos romanos resurgiesen en el
momento en que, amenazado, el poder del pueblo se encontró a la
búsqueda de aumento, de auctoritas.
El hecho de que la dualidad del poder monárquico y eclesiástico
haya permanecido insuperable, pese al sueño medieval de la
unidad de autoridad, es lo que justificaría la hipótesis de una
doble raíz de la autoridad institucional. En el mejor de los
casos, los dos poderes, y las dos autoridades correspondientes,
se prestaron apoyo mutuo: la una, la eclesiástica, ofreciendo a
la otra, la política, su unción; esta última ofreciendo a la
primera, en contrapartida, la sanción del brazo secular. Unción
más sanción, esa dupla pudo asurar, de lo mejor, el
funcionamiento práctico de lo teológico-político desgarrado.
Pero detengámonos un momento en el tipo-ideal de la Ilustración,
con respecto al punto preciso del principio de autoridad. No
habría que dar a entender que no ha habido nada entre la
ortodoxia encarnada por un Bossuet y la subversión de la misma,
ligada a la difusión de la Encyclopédie de Diderot y
D´Alembert. En su historia de la autoridad, Gérard Leclerc
consagra dos largos capítulos a la crisis de la autoridad, en
los límites de su abordaje metodológico centrado en la autoridad
simbólica, discursiva, escriturística; en resumen, enunciativa.
En él figura la historia “ de los Antiguos, reencontrada y luego
perdida de nuevo” (p. 139): Erasmo, Montaigne, la Reforma,
Descartes y los cartesianos, Pascal y Port-Royal, Spinoza, el
proceso de Jansenio en torno al Augustinus, la querella
entre los Antiguos y los Modernos; todo ocurre en la esfera de
la enunciación, de la escritura, de la imprenta, de la lectura,
y al abrigo de la doble instancia evocada anteriormente: la
unción eclesiástica y la sanción política. En este sentido, la
fachada pareció intacta durante largo tiempo. El tipo-ideal de
la cristiandad, pudo permanecer inconmovible a los ojos de los
defensores de la ortodoxia dominante colocada en posición
defensiva.
Por esta razón no está fuera de lugar oponer, directamente, el
tipo-ideal de la Ilustración – al menos de la Ilustración
francesa – al tipo-ideal de la cristiandad a fines del siglo
XVIII. Es notable señalar que la Encyclopédie no ignora
la distinción de las dos especies de autoridad, la política por
un lado y aquella “en los discursos y los escritos”, por el
otro. Gérard Leclerc, quien lo señala, apunta que el artículo
sobre la autoridad política, firmado por Diderot, consiste en
una exposición de la teoría política del derecho natural (p.
219), pero añade inmediatamente: “que ella no nos concierne
directamente” (ibid). El tiene razón, parcialmente, de proceder
a este corte, en la medida en que para la Encyclopédie la
escena en la que se juega lo esencial es ciertamente “la
autoridad en los discursos y en los escritos”. En efecto, es en
este plan que cobra cuerpo una nueva figura de la autoridad
enunciativa, la cual no se reclama de la trascendencia absoluta
de un texto sagrado tanto con respecto a los otros enunciados
como con relación a la opinión pública, sino que se compendia en
la credibilidad del autor. Cito las líneas mencionadas por
Gérard Leclerc del artículo “Autoridad” de la Encyclopédie:
Entiendo por autoridad en el discurso, el derecho que tiene uno,
de ser creído por aquello que dice: de manera que cuanto más uno
tiene derecho a ser creído por su palabra, más autoridad se
tiene. Este derecho está fundado en el grado de ciencia y de
buena fe que se le reconoce a la persona que habla. La ciencia
impide que se engañe a sí mismo y descarta el error que podría
nacer de la ignorancia. La buena fe impide que uno engañe a los
demás y reprime la mentira que la malignidad buscaría acreditar.
Por lo tanto, la verdadera medida de la autoridad en el discurso
son la Ilustración y la sinceridad. Estas dos cualidades son
esencialmente necesarias. El más sabio y el más ilustrado de los
hombres no merece ya ser creído, desde el momento que es un
bribón, como tampoco el hombre más piadoso y más santo, cuando
habla de lo que no sabe... (p. 215) .
Más radicalmente aún, se establece una oposición polar en la que
razón – derecho de la razón – se opone a autoridad, en la medida
en que el sentido de la palabra autoridad ha sido captado por la
autoridad eclesiástica e identificado con la tradición. Se
podrían oponer de este modo, uno a uno, los componentes de uno y
otro tipos-ideales. A la jerarquía medieval de los saberes,
dominada por la teología, se opone la dispersión de los
artículos de diccionarios dispuestos en el orden anárquico del
alfabeto; los artículos propiamente teológicos son prudentemente
ortodoxos, pero equilibrados por el procedimiento de las notas
marginales, de la “intertextualidad de las palabras, de los
enunciados y de los saberes” (G. Leclerc, p. 217). La pérfida
sutileza de ese procedimiento de reenvío es confesada por el
propio Diderot en el artículo “Enciclopedia”:
Cuando sea necesario, ellos producirán también un efecto
totalmente contrario; ellos opondrán las nociones, contrastarán
los principios, atacarán, estremecerán y subvertirán
secretamente algunas opiniones ridículas que uno no osaría
insultar abiertamente...
(G. Leclerc, p. 218).
La autoridad, como se ve, puede y debe desplazarse, pero
permanece inexpugnable como nexo fiduciario. Nuestra definición
inicial de la pareja credibilidad-dar crédito no cesa de
aflorar. Será necesario recordarlo en la conclusión.
Dicho esto, el debate relativo a la autoridad política, debía
desarrollarse en otro escenario: el de la censura y la libertad
de pensar, de expresarse, de publicar. En esta batalla por lo
que Kant llama la Öffentlichkeit, la “publicidad”,
anti-tipo de la “ecumenicidad” eclesial, es toda la Europa de la
Ilustración la que está comprometida. Este otro escenario es el
de la autoridad propiamente institucional, la del Estado.
¿ Cómo ha tratado, en efecto, la Revolución francesa, la
cuestión de la autoridad y qué herencia nos ha dejado a este
respecto?. Hay que reconocer que este mensaje sigue estando
confuso. Por un lado, tenemos una voluntad indómita de no
reconocer más que una fuente de poder, el del pueblo, del pueblo
considerado como una unidad indivisible de voluntad, la del
pueblo soberano; y la
Revolución francesa tuvo sus pensadores para pensarlo. Pierre
Nora tiene razón cuando comienza sus gruesos volúmenes sobre los
Lugares de memoria, por el propósito loco de recomenzar
el calendario en el año cero. Todo se borra y se recomienza a
partir de nada. En el vocabulario de Hannah Arendt, es el poder
del pueblo sin la autoridad de los Antiguos. O si lo prefieren,
es la autoridad que surge del poder, identificado éste con la
voluntad general.
En términos filosóficos es el equivalente político de la
autonomía en el plano moral. Se trata de la libertad que se da a
sí misma su ley. De ahí el recurso al modelo contractualista,
cuya función, en efecto, es reabsorber la autoridad en el poder.
A este respecto se puede hablar de autorización
auto-referencial, el pueblo autorizándose a sí mismo. Pero, ¿ es
válido el paralelismo con la autonomía moral ?. Esta última ¿ no
está cargada de oscuridad, como lo atestiguan los atolladeros de
Kant, obligado a tratar como un “hecho de razón” (factum
rationis) el fundamento del juicio sintético a priori,
por el cual una libertad se da una ley y ésta procede de aquélla
?.
¿ Cuál sería el equivalente político del factum rationis
?. Contra esta dificultad choca toda la teoría contractualista
del origen del poder político y de su soberanía.
Históricamente hablando, las condiciones de ejercicio de una
autofundación de soberanía, se han revelado draconianas: ha sido
necesario, como lo había hecho Rousseau en el Contrato social,
distinguir la voluntad general, una e indivisible, de la suma de
las voluntades individuales. Además, ha habido que considerar
esta voluntad general, no sólo como ilustrada, sino también
infalible, inerrante (de ahí, hasta muy recientemente, la
ausencia de apelación contra las decisiones de nuestras salas
criminales, decisiones tomadas en nombre del pueblo infalible).
Pero, sobre todo, la Revolución no logró jamás dar un
equivalente histórico al contrato social a-histórico, bajo la
forma de una constitución capaz de dar estabilidad y duración al
poder revolucionario. Es lo que Hegel denunció en las páginas de
la Fenomenología del espíritu en las que deshonra el
terror, calificándolo de libertad sin ley. Ahora bien, el propio
Rousseau había percibido la dificultad de inscribir el contrato
social en el tiempo histórico, al recurrir a la figura del
legislador fundador. Legitimar el principio es una cosa, otra es
inscribir en los hechos esta legitimidad, como se sabía desde
Maquiavelo, fascinado, no por la cuestión de la legitimación,
sino por la de la fundación, y más precisamente, por la del
fundador, pivote de esta pragmática del poder. En este punto
resurge el problema de la autoridad de los Antiguos. No es en
modo alguno un azar, el que retornen, con fuerza, en el curso de
la Revolución, las figuras de la Roma republicana e imperial,
erigidas en modelos, en paradigmas. Todo ocurre como si la
historia de la autoridad funcionase como una fuente distinta y
acumulativa, susceptible de dar al poder actual, instantáneo,
frágil, perecedero, la aureola que la novedad no sabría
asegurarle, pero que sólo la vetustez de la historia pasada de
la autoridad parece capaz de conferir al poder actual. Guglielmo
Ferrero[3],
un autor contemporáneo que Emmanuel Le Roy Ladurie se complace
en citar en un artículo de la revista Commentaire[4],
se arriesga a sostener la tesis de que sólo la vetustez confiere
autoridad. De hecho, una revolución que ha sobrevivido a las
luchas de la conquista, una revolución que se ha instalado, se
sucede a sí misma, porque ella ha trasmutado su propia
antigüedad en argumento de autoridad. Por mi parte, yo no
estaría lejos de creer que ningún poder está asegurado de
estabilidad y duración, si no logra capitalizar, en beneficio
propio, la historia anterior de la autoridad.
¿ Puede uno contentarse con eso?. ¿Se puede dejar que los mitos
de fundación, convertidos en mitos de vetustez, reemplacen la
necesidad racional de legitimación?. ¿Puede uno resignarse a
eliminar de la definición de la autoridad el factor de
reconocimiento, en virtud del cual la credibilidad del poder
está dialécticamente equilibrada por el acto de dar crédito?.
Ahora bien, este nexo de naturaleza fiduciaria es el que
constituye la última diferencia entre autoridad y violencia en
el núcleo mismo de la relación jerárquica de dominación.
Entonces, ¿a qué damos crédito en última instancia?. ¿A la
autoridad en cuanto tal, a la vetustez del poder, a la autoridad
de la tradición, equiparada a la tradición de la autoridad?.
Confieso que no me decido, pese a la cínica confesión de
Talleyrand que Emmanuel Le Roy Ladurie nos reporta[5].
O bien, solución radical, ¿es necesario, como lo hacen Claude
Lefort y su escuela, asumir el vacío de fundación como un
destino de la democracia, con todas las debilidades inherentes a
lo que hemos llamado auto-autorización, autorización
auto-referencial?. También aquí me resisto y no me rindo. O
bien, dando más crédito a la idea misma de crédito, ¿ hay que
admitir, a la manera del último Rawls, una multifundación, una
diversidad de tradiciones religiosas y laicas, racionales y
románticas, que se reconocen mutuamente como dignas de ser
cofundadoras bajo el doble auspicio del “recubrimiento por
consentimiento” (****) y del “reconocimiento de los desacuerdos
razonables”?.
En el marco de ese doble principio podría reencontrársele una
tarea a la autoridad de las Escrituras bíblicas y a la de las
instituciones eclesiásticas. Pero no sería cuestión de volver a
dar vigor al paradigma perdido de la cristiandad; se trataría,
más bien, para las comunidades cristianas, de asumir, sin
complejo, su parte de cofundación, en competencia abierta con
tradiciones heterogéneas, también ellas revivificadas y
reprovistas en cuanto a sus promesas incumplidas. En fin - y
esta última observación no debe ser considerada como la menos
significativa – debería reservársele un lugar al disenso
y al derecho de responder, a la oferta de credibilidad de las
autoridades vigentes, con un rechazo de dar crédito. Este riesgo
calculado, en el que le serían reconocidos lugar y tarea a una
marginalidad soportable, forma parte, después de todo, de la
idea misma de crédito, de dar crédito.
NOTA DEL TRADUCTOR:
Se trata de una conferencia pronunciada en Lyon
(Francia) en Noviembre de 1996, y recogida en el libro,
del autor, “Le Juste 2”, Edit.
ESPRIT, París, 2001, pp. 107-123.
NOTAS
(*)
Texto
presentado en la conferencia dada en Lyon en Noviembre
de 1996 y publicado en Quelle place pour la morale ?
.Editado a cargo de la Ligue de l´enseignement, del
periódico La Vie y los Cercles Condorcet,
París, Desclée de Brouwer, 1996, pp. 75-86.
(**)
Del
contexto se deduce que, en vez de “anunciativa”, como
está en el texto, hay que leer enunciativa.
(***)
En
el texto aparece mencionada la p. 109, tal vez
perteneciente a las ediciones de 1961 y 1977 mencionadas
por el autor en la cita 1 a continuación. En todo caso,
en la 3ª. edición, de 1971, la referencia se encuentra
en la p. 119.
(****) El
texto francés traduce el original inglés “overlapping
consensus”.
[1] Hannah
Arendt, “What is Authority ?”, Between Past and
Future, Penguin Books/Viking Press, 1961 (reed.
1977).
[2]
Gérard
Leclerc, Histoire de l´autorité. L´assignation des
énoncés culturels et la généalogie de la croyance,
París, PUF, col. « Sociologie d´aujourd´hui », 1986.
[3]
Guglielmo
Ferrero, Pouvoir, les génies invisibles de la cite,
París, Le livre de poche, 1988.
[4]« Sur
l´histoire de l´État moderne : de l´Ancien Régime à la
démocratie. Libres réflexions inspirées de la pensée de
Guglielmo Ferrero », Commentaire, n°
75, otoño 1996, pp. 619-629.
[5] “Un
gobierno legítimo…es siempre aquél cuya existencia,
forma y modo de acción están consolidados y consagrados
por una larga sucesión de años, y yo diría, de buena
gana, por una prescripción secular...La legitimidad de
la potencia soberana resulta del antiguo estado de
posesión” (“Sur l´histoire de l´État moderne...”,
artículo citado, p. 620).
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