Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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La ideología y la utopía: Dos expresiones
del imaginario social
Paul
Ricoeur
Traducción de Nazario Vivero
Mi
objetivo en este texto es relacionar dos fenómenos fundamentales
que desempeñan un papel decisivo en nuestra forma de situarnos
en la historia, de religar nuestras expectativas
orientadas hacia el futuro, nuestras tradiciones heredadas del
pasado y nuestras iniciativas en el presente. Es, por demás,
notable, que realicemos esta toma de conciencia por medio de la
imaginación, y de una imaginación no sólo
individual, sino también colectiva. Pero lo que me
ha parecido tema de una investigación interesante es el hecho de
que este imaginario social o cultural no sea simple sino doble.
Opera a veces bajo la forma de la ideología, a veces bajo la de
la utopía. He aquí un enigma que merece la atención tanto de los
educadores y los politólogos como de los sociólogos o etnólogos,
y, por supuesto, de los filósofos. Con este imaginario doble
llegamos a la estructura esencialmente conflictiva
del mismo.
Ahora bien, es imprescindible reconocer que todo intento por
pensar juntas y comprender, una por la otra, la ideología y la
utopía, se enfrenta con dificultades considerables. En primer
lugar, cada uno de estos dos polos, tomado por sí mismo, suele
considerarse muy a menudo en un sentido polémico y, a veces,
peyorativo, lo que impide comprender la función social del
imaginario colectivo. Pero esta primera dificultad refleja otra.
Si es tan fácil servirse de estos dos términos en un sentido
polémico, es porque, inclusive para los sociólogos que prefieren
las descripciones simples, cada uno de dichos términos presenta
un aspecto positivo y un aspecto negativo o, si lo prefieren,
una función constructiva y otra destructiva. Vayamos más lejos.
Al hacer un estudio superficial, lo primero que emerge, en cada
una de estas dos funciones, es el aspecto casi patológico. Así,
nos contentamos fácilmente con definir la ideología como un
proceso de distorsiones y disimulos mediante los cuales nos
ocultamos a nosotros mismos, por ejemplo, nuestra posición de
clase y, en términos más generales, nuestra forma de pertenencia
a las distintas comunidades en las cuales participamos. De
manera que se identifica, pura y simplemente, a la ideología,
con la mentira social o, lo que es más grave, con la ilusión
protectora de nuestro status social junto con todos los
privilegios y las injusticias que comporta. Pero, en sentido
inverso, acusamos sin titubeos a la utopía de no ser sino una
evasión de la realidad, una especie de ciencia ficción aplicada
a la política. Denunciamos la rigidez casi geométrica de los
proyectos utópicos y la rechazamos, más aún cuando no parece
manifestar la menor preocupación por los primeros pasos que
habría que dar en su dirección y, en general, por todo lo que
constituye la lógica de la acción. La utopía, entonces, no es
sino una manera de soñar con la acción, evitando reflexionar
sobre las condiciones de posibilidad de su inserción en la
situación actual.
El
análisis que les propongo consiste en ordenar las distintas
funciones y los significados reconocidos a cada una de esas dos
modalidades del imaginario social, estableciendo un paralelismo
entre los niveles de una y otra; en última instancia, buscar una
correlación más profunda en el nivel más fundamental de ambas.
Procederé, entonces, a hacer un análisis por niveles que nos
conducirá desde el más superficial al más profundo. Me esforzaré
por conservar la misma estructura en ambos análisis paralelos,
de la ideología y la utopía, como preparación para la reflexión
aplicada a sus correlaciones profundas.
I LA IDEOLOGÍA
Propongo examinar tres usos, igualmente legítimos, del concepto
de ideología, correspondientes a tres niveles de profundidad:
1) La ideología como distorsión - disimulación.
Comenzaré por el uso del término ideología popularizado por los
escritos del joven Marx en la época de los Manuscritos
económico-políticos, de 1843-44, y, sobre todo, de la
Ideología alemana. Señalo, de paso, que la palabra
misma fue tomada de filósofos muy respetables, que se llamaban a
sí mismos ideólogos y que eran, en Francia, los herederos de
Condillac. Para ellos, la ideología era un análisis de las ideas
formadas por el espíritu humano. Napoleón acusó a esos ideólogos
inofensivos de ser una amenaza para el orden social e instauró
el sentido peyorativo del término. Quizás haya un Napoleón
oculto en toda denuncia de la ideología, pero esta es una
cuestión sobre la cual volveremos más adelante. Es totalmente
sorprendente, que el joven Marx haya intentado hacer comprender
lo que entendía por ideología, por medio de una metáfora. Se
sirvió de la metáfora de la inversión de la imagen en un cuarto
oscuro, punto de partida de la fotografía. En consecuencia, la
primera función atribuida a la ideología es la de producir una
imagen invertida de la realidad. ¿Qué designa esta metáfora?
Encontramos, en Marx, al mismo tiempo, una aplicación precisa y
un uso generalizado de la misma. La aplicación precisa viene de
Feuerbach. Es el tratamiento de la religión como
distorsión-disimulación de la realidad. En su Esencia del
Cristianismo, Feuerbach había postulado que, en la
religión, las propiedades (que él llamaba los predicados)
pertenecientes al sujeto humano eran proyectadas en un sujeto
divino imaginario, de manera tal que los predicados divinos del
hombre sujeto se convertían en predicados humanos de un sujeto
divino. Marx vio en esta inversión el modelo de todas las
inversiones de carácter ideológico. En este sentido, la crítica
de la religión, en Feuerbach, constituye el ejemplo modelo, el
paradigma, para la interpretación de la metáfora de la imagen
invertida en la camera obscura. Lo que es
propiamente marxista, entonces, en este retomar a Feuerbach, es
la relación que establece Marx entre las representaciones y la
realidad de la vida, que él llama praxis. Se pasa
así del sentido restringido de la palabra ideología al sentido
general. Según este sentido, hay, primero, una vida real de los
hombres: es su praxis. Después, hay un reflejo de esa
vida en su imaginación: es la ideología. La ideología se
convierte así en el procedimiento general mediante el cual el
proceso de la vida real, la praxis, se falsifica por
medio de la representación imaginaria que los hombres se hacen
de ella. Se percibe de inmediato de qué manera la tarea
revolucionaria se relaciona con la teoría de la ideología. Si la
ideología es una imagen deformada, una inversión, una
disimulación de la vida real, lo que hay que hacer es volver a
parar sobre sus pies al hombre que camina sobre su cabeza -Hegel
en primer lugar-, y hacer descender las ideas, desde el cielo de
lo imaginario, a la tierra de la praxis. Tenemos ahí, en
términos muy generales, la primera definición del materialismo
histórico que no tiene ninguna pretensión de cubrir el conjunto
de las cosas, sino exclusivamente la intención de relacionar el
mundo de las representaciones con el mundo de la vida real, la
praxis. En este primer estadio del desarrollo del marxismo, la
ideología todavía no se opone a la ciencia, pues esta ciencia
mencionada recién existirá en El Capital. Sólo más
tarde, cuando el marxismo se constituye en cuerpo doctrinal,
especialmente entre los sucesores de Marx en la social
democracia alemana, la ideología será globalmente opuesta a la
ciencia y no ya simplemente, como en el primer Marx, a la
praxis. Podemos comprender cómo pudo producirse el
deslizamiento: si se admite que el marxismo es la verdadera
ciencia del proceso económico-social, no hay duda de que la
praxis humana recibe un estatuto científico con el marxismo,
en oposición a las representaciones imaginarias en las cuales
quedan enterradas todas las otras concepciones de la vida social
y política.
Mi
problema a partir de aquí no es refutar este primer concepto
marxista de la ideología, sino ubicarlo en relación con una
función más fundamental y, sobre todo, más constitutiva de la
realidad social y de la misma praxis.
¿Por
qué no hay que limitarse a ese primer concepto de ideología? La
metáfora de la inversión, oculta, a su vez, una laguna grave en
la explicación. Si se admite que la vida real, la praxis,
precede de hecho y de derecho a la conciencia y sus
representaciones, no se puede entender cómo la vida real puede
producir una imagen de sí misma y, menos aún, una imagen
invertida. Esto no se puede comprender, a menos que uno
discierna, en la estructura misma de la acción, una mediación
simbólica que puede pervertirse. Dicho de otro modo, si la
acción no está ya imbuida de lo imaginario, no se ve cómo
podría nacer una imagen falsa de la realidad. Ya sabemos cómo
se enredaron los marxistas ortodoxos en la noción de conciencia
reflejo, que no es sino una repetición de la vieja metáfora de
la imagen invertida. De manera que es menester que comprendamos
en qué sentido el imaginario es coextensivo al proceso mismo de
la praxis.
2) La ideología como justificación o legitimación
Nos
vemos conducidos, así, a un segundo nivel, en el cual, la
ideología parece menos parasitaria y falsificadora que
justificadora. Marx mismo se acercó a este sentido
al declarar que las ideas de la clase dominante se convierten en
ideas dominantes, haciéndose pasar por ideas universales. De ese
modo, los propios intereses particulares de una clase particular
se convierten en universales. Marx ha tocado aquí un fenómeno
más interesante que la mera noción de inversión y disimulo, a
saber, la tentativa de justificación que acompaña el fenómeno
mismo de la dominación. Este problema supera, de forma
considerable, el de las clases sociales. Hemos aprendido,
principalmente por la experiencia del fenómeno totalitario, que
el fenómeno de la dominación, sobre todo cuando se convierte en
terror, es un fenómeno más vasto y más temible inclusive que el
de las clases y la lucha de clases. Toda dominación trata de
justificarse y lo hace recurriendo a nociones capaces de
aparecer como universales, es decir, válidas para todos
nosotros. Ahora bien, existe una función del lenguaje que
responde a esta exigencia: la retórica, proveedora
de ideas pseudo-universales. Hace tiempo que se conocen los
nexos entre dominación y retórica. Platón es, sin duda, el
primero que subrayó que no existe la tiranía sin la ayuda de un
sofista. La fuerza bruta no triunfa sin un ejercicio de
persuasión confiado a sofistas públicos. Para explorar esta
relación entre dominación y retórica puede resultar útil
recurrir a la sociología de la cultura. Esta última demuestra
que ninguna sociedad funciona sin normas, reglas y todo un
simbolismo social que, a su vez, requiere una retórica del
discurso público. ¿Cómo alcanza éste su objetivo de persuasión?
Mediante el uso constante de figuras y de tropos,
tales como la metáfora, la ironía, la ambigüedad, la paradoja,
la hipérbole. Tal como se puede comprobar con esta enumeración,
se trata de todas las figuras de estilo que resultan familiares
a la crítica literaria y a la antigua retórica de los griegos y
los romanos. No hay duda de que no se puede concebir una
sociedad que no se proyecte a sí misma y no se dé una
representación de sí, sin recurrir a esta retórica del discurso
público, sus figuras y sus tropos. No hay en ello ninguna
debilidad y mucho menos un vicio, sino un funcionamiento normal
del discurso interrelacionado con la acción, esa acción que Marx
llamaba la praxis. ¿En qué momento se puede decir,
entonces, que esta retórica del discurso público se convierte en
una ideología? Según mi opinión, a partir del momento en que se
la pone al servicio del proceso de legitimación de la autoridad.
Conviene advertir que hay en esto, antes de toda artimaña y todo
disimulo, un funcionamiento, lleno de trampas, por cierto, pero
ineludible e indispensable. En Economía y Sociedad,
Max Weber había demostrado, a principios de este siglo, que
todo grupo social desarrollado alcanza necesariamente el estadio
en el cual se produce una distinción entre gobernantes y
gobernados y en el que esta relación asimétrica requiere
indefectiblemente una retórica de persuasión, aunque sólo sea
para limitar el uso de la fuerza en la imposición del orden. En
este sentido, todo sistema de control social descansa sobre un
funcionamiento ideológico destinado a legitimar su
reivindicación de la autoridad. Esto es verdad no sólo del poder
que Max Weber denominaba carismático e incluso del basado en las
tradiciones, sino también del Estado moderno que él
caracterizaba como Estado burocrático. ¿Por qué es así? Porque
la pretensión de legitimidad de un sistema de poder siempre
supera nuestra inclinación a creer en su legitimidad natural.
Hay allí una distancia que se debe llenar, una especie de
plusvalía de creencia, que toda autoridad necesita extraer de
sus subordinados. Cuando digo plusvalía aludo, se entiende, al
concepto que Marx aplicó exclusivamente a las relaciones entre
el capital y el trabajo, es decir, al campo de la producción,
pero que considero se aplica, de manera más general, a toda
relación de dominio. Donde hay poder, hay una reivindicación de
legitimidad. Y donde hay reivindicación de legitimidad, se
recurre a la retórica del discurso público con un objetivo de
persuasión. En mi opinión, este fenómeno constituye el segundo
nivel del fenómeno ideológico. Lo caracterizo con la noción de
legitimación y ya no con la de disimulo, como en el nivel
precedente. Insisto una vez más sobre la naturaleza del
fenómeno. Podemos sospechar de él, y sin duda es menester que
siempre sospechemos, pero no podemos evitarlo: todo sistema de
autoridad implica un requerimiento de legitimidad que excede lo
que sus miembros pueden ofrecer en términos de creencia. Con
respecto a esto, sería interesante discutir las teorías más
famosas del contrato social desde Hobbes a Rousseau: cada una
implica, en un momento dado de una historia, por lo demás
ficticia, una especie de salto mediante el cual se pasa, del
estado de guerra, a la paz civil, por una especie de
renunciación. Ninguna teoría del contrato social explica este
salto: implica, en efecto, el surgimiento de una autoridad y el
comienzo de un proceso de legitimación. Esa es la razón por la
cual no tenemos acceso ninguno al grado cero del contrato
social, a saber, al momento cuando nace un orden social, sea
cual fuere el nombre que se le dé. Solamente conocemos sistemas
de autoridad que derivan de sistemas de autoridad anteriores,
pero no asistimos jamás al nacimiento del fenómeno de la
autoridad.
3) La ideología como integración
No
obstante, si no podemos engendrar el fenómeno de autoridad,
podemos comprender sobre qué bases aún más hondas descansa. Y
allí es donde se descubre un tercer nivel, más profundo, del
fenómeno ideológico. Me parece que su función es de integración,
más fundamental todavía que la precedente de
legitimación y, con mayor razón, que la de disimulo. A fin de
hacer comprender de qué se trata, partiré de un uso particular
de la ideología, en el cual resulta evidente su función de
integración. Se trata de las ceremonias de conmemoración,
gracias a las cuales una comunidad cualquiera reactualiza, de
alguna manera, los acontecimientos que considera como fundantes
de su propia identidad: es, en consecuencia, una estructura
simbólica de la memoria social. No se sabe si existen sociedades
sin relación alguna con acontecimientos inaugurales que,
después, aparecen como el origen de la comunidad
misma. Pienso en fenómenos como la Declaración de la
Independencia de los Estados Unidos de América, o la toma de la
Bastilla durante la Revolución Francesa, o la Revolución de
Octubre para la Rusia comunista. En todos estos casos, al
conmemorar el acontecimiento la comunidad mantiene una relación
con sus propias raíces en dicho acontecimiento fundador. ¿Cuál
es aquí, entonces, el papel de la ideología? El de difundir la
convicción de que esos acontecimientos fundacionales son
constitutivos de la memoria social y, a través de ella, de la
identidad misma de la comunidad. Si cada uno de nosotros se
identifica ya con la historia que puede relatar sobre sí mismo,
sucede lo mismo con toda sociedad, con la siguiente diferencia:
que debemos identificarnos con acontecimientos que ya no son el
recuerdo directo de nadie, y que lo fueron, tan sólo, del
círculo limitado de los padres fundadores. De manera que la
función de la ideología consiste en servir de relevo a la
memoria colectiva, a fin de que el valor inaugural de los
acontecimientos fundadores se convierta en objeto de la creencia
de todo el grupo. Resulta de ello que el propio acto fundador no
puede ser revivido y reactualizado más que por medio de
interpretaciones que no cesan de remodelarlo después que ha
sucedido y que el acontecimiento fundador se representa
ideológicamente a la conciencia del grupo. Tal vez no exista
grupo social, ya sea una clase o un pueblo, sin una tal relación
indirecta con los acontecimientos a los cuales el grupo adjudica
el significado de acontecimiento inaugural, es decir, fundador.
Este ejemplo privilegiado de la relación entre la conmemoración
y el acontecimiento inaugural a través de una representación
ideológica, se presta fácilmente a la generalización. Todo grupo
se sostiene, quiero decir, se mantiene en pie, adquiere una
consistencia y una permanencia, gracias a la imagen estable y
duradera que se da de sí mismo. Esta imagen estable y duradera
expresa el nivel más profundo del fenómeno ideológico.
Sin embargo, se ve de inmediato, cómo ese nivel básico, al cual
accedimos con un método regresivo, no se perpetúa sino a través
de los otros dos. Dicho de otra manera, la función de
integración se prolonga en la de legitimación y ésta en la de
disimulo. Me explico. Partamos una vez más de nuestro ejemplo,
aquel de la conmemoración, por parte de una comunidad, de los
acontecimientos que considera fundantes de su existencia. Es
difícil que se mantenga el fervor de los orígenes. Muy pronto la
convención, la ritualización, la esquematización se mezclan con
la creencia, contribuyendo así a una especie de domesticación
del recuerdo. Todo sucede como si la ideología solamente
mantuviera su poder movilizador convirtiéndose en justificadora
de la autoridad, que permite que la comunidad se exprese como un
gran individuo en la escena mundial. Esto se ve en la forma en
que la conmemoración se transmuta con tanta facilidad en
argumentación estereotipada: mediante esta última afirmamos que
está bien que seamos como somos. La ideología continúa
degenerándose, si se considera mediante qué simplificación, a
menudo burda, y por medio de qué esquematización, con frecuencia
arrogante, el proceso de integración se prolonga en el de
legitimación. Poco a poco la ideología se convierte en un
esquema de lectura artificial y autoritario, no solamente de la
forma de vida del grupo, sino también de su lugar en la historia
del mundo. Al convertirse en visión del mundo, la ideología se
codifica de alguna manera; me refiero a que se convierte en un
código universal para interpretar todos los acontecimientos del
mundo. Poco a poco, la función justificante contamina la ética,
la religión y hasta la ciencia. ¿Acaso no conocimos aquella idea
loca, inventada por los marxistas después de Marx y aceptada por
Lenín, según la cual habría una ciencia burguesa y una otra
proletaria, un arte burgués y otro proletario? Esta
contaminación no deja fenómeno social alguno indemne. Habermas,
en uno de sus escritos más famosos, señaló el carácter
ideológico de la representación científica y tecnológica que
damos de la realidad. Ella es ideológica en el sentido de que
una sola función, la de manipulación y control utilitario,
reemplaza a todas las otras: la de comunicación, de apreciación
ética, de meditación metafísica y religiosa. Todo el sistema de
nuestro pensamiento se encuentra transmutado en una creencia
colectiva sustraída a la crítica. Pero esta degeneración de la
ideología no debería hacernos perder de vista el papel
esencialmente positivo, constructivo y benéfico, de la ideología
tomada en su sentido fundamental. Vuelvo a repetir, el grupo se
representa su propia existencia a través de una idea, de una
imagen idealizada de sí mismo, y esta imagen, a su vez, es la
que refuerza su identidad. Lo que no se puede negar después de
los análisis más críticos y más peyorativos del fenómeno
ideológico, es que esta imagen idealizada no puede dejar de
engendrar aquello que, en el lenguaje psicoanalítico, se
llamaría racionalización, de la cual da testimonio la
ritualización propia de toda celebración. A la retórica del
discurso público se agregan las máximas, los slogans, las
fórmulas lapidarias, que hacen del discurso un arma a menudo
criminal.
De manera que es necesario poder recorrer en ambos sentidos la
jerarquía de niveles y sostener, con la misma fuerza, la idea de
que la ilusión no es el fenómeno más fundamental, sino una
corrupción del proceso de legitimación, el cual está enraizado
en la función integradora de la ideología; así como la tesis
inversa, según la cual toda idealización se transforma,
inexorablemente, en distorsión, en disimulo, en mentira.
II LA UTOPÍA
¿De
qué manera el análisis precedente de la ideología plantea un
análisis paralelo de la utopía? Por la razón fundamental de que
las tres funciones que reconocimos a la ideología tienen un
rasgo común: constituyen una interpretación de la vida real.
Eso es lo que percibió perfectamente el joven Marx. Pero
esta función de refuerzo de la realidad no es
forzosamente mentirosa: es inherente también a la función de
legitimación y más aún a la función de integración. Dijimos que
por la ideología el grupo cree en su propia identidad. Así, bajo
sus tres formas, la ideología refuerza, redobla, preserva y, en
este sentido, conserva al grupo social tal cual es.
La función de la utopía es, entonces, la de proyectar la
imaginación fuera de lo real, en un otra parte,
que es, también, un ninguna parte. He ahí el primer sentido de
la palabra utopía: un lugar que es otro lugar, un otra parte que
es un ninguna parte. Aquí habría que hablar no sólo de utopía,
sino también de ucronía, a fin de subrayar no sólo la
exterioridad espacial de la utopía (otro lugar) sino también su
exterioridad temporal (otro tiempo).
A fin de hacer comprender la función complementaria de la utopía
con respecto a la ideología, hay que recorrer tres significados
paralelos de la utopía que, esta vez, analizaremos en sentido
inverso, partiendo desde abajo hacia arriba. En efecto, es más
fácil mostrar cómo la utopía en su sentido fundamental es el
complemento necesario de la ideología en su sentido fundamental.
Si la ideología preserva y conserva la realidad, la utopía
esencialmente la cuestiona. En ese sentido, la utopía es la
expresión de todas las potencialidades de un grupo, que se
encuentran reprimidas por el orden existente. La utopía es un
ejercicio de la imaginación para pensar un “de otro modo que
ser” de lo social. La historia de las utopías nos muestra que
ningún ámbito de la vida en sociedad ha sido excluido por ella:
la utopía es el sueño de otro modo de existencia familiar, de
otra forma de apropiarse de las cosas y de consumir los bienes,
otra manera de organizar la vida política, otra forma de vivir
la vida religiosa. No hay que sorprenderse que las utopías no
hayan dejado de producir proyectos opuestos entre sí: es que
tienen en común la característica de minar desde dentro el orden
social en todos sus aspectos. Ahora bien, el orden tiene
necesariamente muchos contrarios. Así, con respecto a la
familia, se encuentran una gran cantidad de utopías que van
desde la hipótesis de la continencia monacal hasta la de la
promiscuidad, la comunidad y la orgía sexual. En el plano
propiamente económico, las utopías varían desde la apología del
ascetismo más riguroso hasta la del consumo suntuario y festivo.
La política misma encuentra su impugnación tanto en los delirios
anarquizantes como en las proyecciones de un orden social
concebido geométricamente e implacablemente coercitivo. En el
nivel religioso, la utopía oscila entre el ateísmo y la
festividad, el sueño de un cristianismo nuevo y el de una
sacralidad primitiva. No resulta sorprendente que no se pueda
definir la utopía por su contenido y que la comparación de las
utopías entre sí, resulte decepcionante: es que la unidad del
fenómeno utópico no es el resultado de su contenido, sino de su
función, que consiste siempre en proponer una sociedad
alternativa. Es a través de esta propuesta que la utopía
constituye la réplica más radical a la función integradora de la
ideología. El “en otra parte” y “de otro modo que ser” de la
utopía, responde, rigurosamente, al “ser así y no de otro
modo”, pronunciado por la ideología, tomada en su raíz.
Encontraremos una confirmación de este paralelismo riguroso
entre ideología y utopía si consideramos ahora el segundo nivel
de esta última. Si es exacto que la función central de la
ideología es la legitimación de la autoridad, hay que esperar
también que la utopía -toda utopía- juegue su destino en el
plano mismo donde se ejerce el poder. Lo que la utopía cuestiona
en cada compartimento de la vida social que acabamos de evocar,
es, en última instancia, la manera de ejercer el poder: poder
familiar y doméstico, poder económico y social, poder político,
cultural y religioso. En este sentido, se podría afirmar que las
utopías constituyen variaciones imaginativas sobre el poder. Por
otra parte, así es como definió la utopía Karl Mannheim en su
famoso libro Ideología y Utopía: un
distanciamiento entre lo imaginario y lo real que constituye una
amenaza pata la estabilidad y la permanencia de esa realidad. La
tipología de las utopías, propuesta por Mannheim, satisface
plenamente ese criterio. Antes que hacer partir el fenómeno
utópico de Thomas More, inventor del término, prefiere partir de
Thomas Münzer a quien Ernst Bloch, por su parte, presenta como
"teólogo de la revolución". En efecto, con Thomas More la utopía
se mantiene dentro de la categoría de un fenómeno literario, un
ejercicio de estilo, como máximo. Con Thomas Münzer, representa
la reivindicación mayor de una realización, aquí y ahora, de
todos los sueños acumulados por la imaginación a través del
judaísmo y el cristianismo, en las representaciones del fin de
la historia. La utopía pretende ser una escatología realizada.
Todo aquello que la predicación cristiana ubica al final de la
historia, Münzer quiere realizarlo en el curso de la misma, hoy.
Todas las distinciones que nos hacen oponer, a propósito de la
conciencia histórica, la espera, la memoria y la iniciativa;
todas esas distinciones se borran, en una exigencia sin
compromisos, de hacer descender el reino de Dios, de los cielos
a la tierra, del fin de la historia al curso de la misma.
Sin
embargo, si bien comprendemos y, por qué no, admiramos, el
radicalismo de la utopía, también percibimos inmediatamente sus
debilidades. En el instante mismo en que la utopía engendra
poderes, anuncia tiranías futuras que amenazan ser peores que
aquellas que quiere eliminar. Esta paradoja desconcertante se
relaciona con una laguna fundamental de aquello que Karl
Mannheim llamaba la mentalidad utópica, a saber, la ausencia de
toda reflexión de carácter práctico y político sobre los apoyos
que puede encontrar la utopía en la realidad existente, en las
instituciones y en lo que yo denomino lo creíble disponible de
una época determinada. La utopía nos hace dar un salto hacia
otra parte, con todos los riesgos de un discurso loco y, tal
vez, sanguinario. Se construye en el imaginario una prisión
diferente de la correspondiente a la realidad, alrededor de
esquemas que son tanto más coactivos para el pensamiento cuanto
que no existen coacciones impuestas por la realidad. En
consecuencia, no debe resultar sorprendente que la mentalidad
utópica vaya acompañada de un desprecio por la lógica de la
acción y de una incapacidad innata para señalar cuál es el
primer paso que debe darse en pos de su realización, a partir de
la realidad existente. Así es cómo el segundo nivel de la utopía
conduce a un tercero, en el cual la patología de la utopía se
manifiesta inversa a la de la ideología. Mientras la patología
de la ideología consistía en su afinidad por la ilusión, el
disimulo, la mentira, la patología de la utopía consiste en una
locura inversa. En aquellos puntos donde la ideología refuerza
aquello que el joven Marx llamaba la vida real, la praxis, la
utopía hace desvanecer la realidad misma en pos de esquemas
perfeccionistas, últimamente irrealizables. Una especie de
lógica loca del todo o nada reemplaza a la lógica de la acción,
que sabe siempre que lo deseable y lo realizable no coinciden, y
que la acción engendra contradicciones ineludibles, por ejemplo,
para nuestras sociedades modernas, entre la exigencia de
justicia y la de igualdad. La lógica de la utopía se convierte,
entonces, en una lógica del todo o nada, que conduce a algunos
a huir hacia la escritura, a otros a encerrarse en la nostalgia
del paraíso perdido y a los otros a matar sin discriminación.
Sin embargo, no quisiera detenerme en esta visión negativa de la
utopía; muy por el contrario, quisiera reencontrar su función
liberadora, disimulada en sus propias caricaturas.
Imaginar el no -lugar es mantener abierto el campo de lo
posible. O, a fin de conservar la terminología que adoptamos en
nuestra meditación sobre el sentido de la historia, la utopía es
aquello que impide que el horizonte de expectativas se fusione
con el campo de la experiencia. Es lo que mantiene la distancia
entre la esperanza y la tradición.
La
doble serie de reflexiones que acabamos de consagrar
sucesivamente a la ideología y a la utopía nos conducen a
reflexionar sobre el entrecruce necesario entre ideología y
utopía en el imaginario social.
Todo
sucede como si este imaginario se apoyara sobre la tensión entre
una función de integración y una función de subversión. En este
aspecto, el imaginario social no difiere fundamentalmente de lo
que conocemos sobre la imaginación individual: a veces la imagen
suplanta la ausencia de una cosa existente, a veces la reemplaza
por una ficción. Así es como Kant pudo construir la noción de
imaginación trascendental sobre la base de esta alternancia
entre la imaginación reproductora y la imaginación productora.
La ideología y la utopía son figuras de la imaginación
reproductora y de la imaginación productora. Todo sucede como si
el imaginario social no pudiera ejercer su función excéntrica,
sino a través de la utopía, y su función de reduplicación de lo
real, sino por el canal de la ideología. Pero eso no es todo.
Las cosas suceden como si no pudiéramos alcanzar el imaginario
social más que a través de sus formas patológicas, que son
figuras inversas, la una de la otra, de aquello que György
Luckács llamaba, en una línea marxista, la conciencia falsa.
Parece que solamente tomamos posesión del poder creador de la
imaginación en una relación crítica con estas dos figuras de la
conciencia falsa. Si esta sugerencia es exacta, llegamos aquí a
un punto en el cual la ideología y la utopía son
complementarias, ya no exclusivamente en razón de su
paralelismo, sino debido a sus mutuos intercambios. Parece, en
efecto, que siempre tenemos necesidad de la utopía, en su
función fundamental de impugnación y de proyección en un otra
parte radical, a fin de llevar adelante una crítica igualmente
radical de las ideologías. Pero lo recíproco también es cierto.
Todo sucede como si, a fin de curar a la utopía de la locura en
la cual siempre corre el riesgo de perderse, hubiera que apelar
a la función sana de la ideología, a su capacidad de
proporcionar, a una comunidad histórica, el equivalente de lo
que podríamos llamar una identidad narrativa. Me detengo cuando
la paradoja del imaginario social es mayor: a fin de poder soñar
con un otra parte, es necesario haber conquistado ya, mediante
una interpretación siempre nueva de las tradiciones de las
cuales procedemos, algo así como una identidad narrativa, pero,
por otra parte, las ideologías en las cuales se disimula esta
identidad, apelan a una conciencia capaz de mirarse a sí misma
sin tropezar a partir de ninguna parte.
Notas del traductor.
La presente
traducción consiste sólo en algunos retoques o correctivos
efectuados a la publicada en el volumen P. Ricoeur:
Educación y Política: de la historia personal a la
comunión de libertades, sin precisión específica ni del
traductor ni del original francés. El volumen recoge varias
conferencias del autor en Universidades argentinas, fue editado
por el Centro de Investigación y Acción Educativa (CINAE), y
publicado por la Editorial Docencia, B. Aires, 1984. El ensayo
que presentamos traduce el original francés L´idéologie et
l´utopie: deux expressions de l´imaginaire social,
publicado inicialmente en Philosophical Exchange, N.Y. 1976,
n°
2, con
el título “Ideology and Utopia”, y posteriormente en francés en
Cahiers du CPO (Centre Protestant de l´Ouest, 79370 Celle-sur-Belle),
n°49-50,
diciembre 1983 , recogido más tarde en el libro Du texte à
l´action.
Essais
d´herméneutique, II,
Seuil, Paris, 1986, pp. 379-392. NV.
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Jamás se debe perder de vista en la discusión, que la utopía y
la ideología son conceptos polémicos y, en consecuencia, que
resulta difícil emplearlos de manera puramente descriptiva. Si
se pudo afirmar, con Karl Mannheim, que un estado de espíritu es
utópico cuando carece de congruencia con el estado de cosas en
cuyo seno se produce, hay que agregar, de inmediato, que el
fenómeno aparece con colores totalmente opuestos según que dicha
utopía sea reivindicada por un grupo privado de poder o
denunciada por el grupo que se ve amenazado por ella. Está en el
límite utópico todo aquello que los representantes de un orden
dado consideran como peligroso para éste e irrealizable en
cualquier orden.
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