Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
|
«La misa es como un poema, no soporta ningún maquillaje»
Adélia Prado, escritora brasileña, pide recuperar la belleza de
la liturgia
Alexandre Ribeiro
Traducido del portugués por Nieves San Martín
ZENIT
APARECIDA, 4 diciembre de 2007 – La escritora brasileña Adélia
Prado defiende el esmero en las celebraciones litúrgicas y la
belleza como una «necesidad vital» que debe permearlas, y afirma
que «una misa es como un poema, no soporta ningún maquillaje».
«La misa es la cosa más absurdamente poética que existe. Es
siempre lo absolutamente nuevo. Es Cristo encarnándose,
sufriendo su pasión, muriendo y resucitando. No tenemos que
añadir nada a eso, y sólo eso», enfatiza.
Poeta y prosista, una de las más conocidas escritoras brasileñas
actuales, Adélia Prado, 71 años, habló sobre lenguaje poético y
lenguaje religioso el pasado 29 de noviembre, en Aparecida, São
Paulo, en el festival musical y cultural «Vozes da Igreja»
(Voces de la Iglesia).
Al proponer un diálogo sobre el rescate de la belleza en las
celebraciones litúrgicas, Prado reconoció que es una
preocupación que siente desde «hace muchos años». «Como
cristiana de confesión católica, creo que tengo el deber de no
ignorar esta cuestión», dijo.
«Oigan --comentó con una mezcla de humor y queja--, tenemos
algunas celebraciones en las que la gente sale de la Iglesia con
deseos de buscar un lugar para rezar».
Como primer punto para el diálogo, Adélia propuso la cuestión
del canto de la liturgia. Especialmente el canto, «que tiene un
nuevo significado en cuanto a participación popular», «muchas
veces no ayuda a rezar».
«El canto no tiene unción, está hecho, confeccionado, fabricado.
Es indispensable redescubrir el canto oración», dijo, citando a
Max Thurian, que, tras ser observador en el Concílio Vaticano II
como calvinista, se convirtió al catolicismo y fue ordenado
sacerdote.
Adélia Prado reforzó sus observaciones subrayando que «el canto
con mucho barullo, con instrumentos ruidosos y micrófonos
altísimos, no facilita la oración sino que impide el espacio de
silencio, de serenidad contemplativa».
Según la poeta, «la palabra fue inventada para que cale. Sólo
después de que se profundiza la gente escucha. La belleza de una
celebración y de cualquier cosa, la belleza del arte, es puro
silencio y pura escucha»
«No encontramos nunca en nuestras iglesias el espacio de
silencio. Estoy hablando de mi experiencia, quiera Dios que no
sea esa la experiencia aquí --comentó--. Parece que hay un
horror al vacío. No se puede parar un minuto». «No hay silencio.
Y al no haber silencio, no hay escucha. No escucho la palabra
porque no escucho el misterio », dijo.
Según la escritora minera (natural de Divinópolis, Minas
Gerais), «muchos de nuestros métodos son un intento de
domesticar lo que es inefable, lo que no puede ser domesticado,
lo que es absolutamente otro».
«Porque el asunto es tan indecible, su magnitud es tal, que no
tengo palabras. Y no tener palabras ¿qué significa? Que existe
algo inefable a lo que debo tratar con toda reverencia».
Adélia Prado hizo críticas a las interpretaciones equivocadas
que se hicieron del Concilio Vaticano II en cuanto a reforma
litúrgica.
«No es el hecho de pasar del latín a la lengua vernácula, en
nuestro caso el portugués, no es eso. Sino que en ese paso hubo
un abaratamiento. Abaratamos el lenguaje y el culto se
empobreció en lo que es su propia natureza, la belleza».
¿Qué celebra la liturgia --se preguntó--. El misterio. ¿Y qué
misterio es ése? Es el misterio de una criatura que reverencia y
se prostra ante el Creador. Es el humano ante lo divino. No
tiene que situar esa actitud al nivel de las cosas banales o
comunes».
Según Prado, el error está en la suposición de que, para
acercarse al pueblo de Dios, hay que hablar el lenguaje del
pueblo.
«Pero ¿qué es el lenguaje del pueblo? Ahí mora el equívoco
--dijo--. No hay nadie que se acerque con mayor reverencia al
misterio de Dios que el propio pueblo».
«Es justo el pueblo el que tiene más reverencia por lo sagrado y
por el misterio», subrayó.
«¿Cómo puedo ofrecer a ese pueblo una música sin unción,
oraciones fabricadas, multiplicadas y colocadas en los bancos de
las iglesias, y que nada tienen que ver con esa dimensión que es
el hombre, humano, pecador, que se acerca al misterio».
Según la escritora brasileña, se ha abaratado el espacio de lo
sagrado y de la liturgia «con letras feas, con músicas feas,
comportamientos vulgares en la iglesia».
«Y está tan banalizado todo en nuestras iglesias que hasta la
gente ha cambiado el modo de hablar de Dios. Se habla del
"Jefe", "El que está allá arriba", el "Padrazo", el
"Compañero"».
«Dios no es un "Compañero", no es un "Padrazo", no es un "Jefe".
Estoy hablando de otra cosa. Se necesita un lenguaje diferente,
para que el pueblo de Dios pueda realmente experimentar o buscar
aquello que la Palabra anuncia», afirmó.
Para Adélia Prado, «lenguaje religioso es lenguaje de la
criatura que reconoce que es criatura, que Dios no es
manipulable, y que dependo de él para mover la mano».
Con ese espíritu, subrayó, «nuestra Iglesia puede crear
naturalmente ritos y actitudes, cantos absolutamente
maravillosos, porque son verdaderos».
Hay que destacar que la misa es como un poema y que no soporta
maquillajes, afirmó Adélia Prado, que la celebración de la
Eucaristía «es perfecta» en su sencillez.
«Nosotros creamos maquillajes, papeles por todos los lados,
procesión de esto, de lo otro, del ofertorio, de la Biblia, de
las palmas para Jesús. Son cosas que van rompiendo el ritmo. Y
una misa tiene un ritmo, es la liturgia de la Palabra, las
ofrendas, la consagración...».
«La gente no siente arte ni fe. Es algo dirigido al tercer
confín del alma, el sentimiento, la sensibilidad. No hay que
inventar nada, nada, nada», dijo la poeta brasileña.
Y cerró su intervención declamando un poema suyo, del cual
pesentamos este fragmento: «Nadie ve al cordero degollado sobre
la mesa,/ la sangre sobre los manteles,/su lancinante grito,/
ninguno».
|