Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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Benedicto XVI’
Mensaje Urbi et Orbi
Navidad, martes 25 de diciembre de 2007
«Nos ha amanecido un día sagrado:
venid, naciones, adorad al Señor, porque
hoy una gran luz ha bajado a la tierra»
(Misa del día de Navidad, Aclamación al Evangelio).
Queridos hermanos y hermanas: «Nos ha amanecido un día sagrado».
Un día de gran esperanza: hoy el Salvador de la humanidad ha
nacido. El nacimiento de un niño trae normalmente una luz de
esperanza a quienes lo aguardan ansiosos. Cuando Jesús nació en
la gruta de Belén, una «gran luz» apareció sobre la tierra; una
gran esperanza entró en el corazón de cuantos lo esperaban: «lux
magna», canta la liturgia de este día de Navidad. Ciertamente no
fue «grande» según el mundo, porque, en un primer momento, sólo
la vieron María, José y algunos pastores, luego los Magos, el
anciano Simeón, la profetisa Ana: aquellos que Dios había
escogido. Sin embargo, en lo recóndito y en el silencio de
aquella noche santa se encendió para cada hombre una luz
espléndida e imperecedera; ha venido al mundo la gran esperanza
portadora de felicidad: «el Verbo se hizo carne y nosotros hemos
visto su gloria» (Jn 1,14)
«Dios es luz –afirma san Juan– y en él no hay tinieblas» (1 Jn
1,5). En el Libro del Génesis leemos que cuando tuvo origen el
universo, «la tierra era un caos informe; sobre la faz del
Abismo, la tiniebla». «Y dijo Dios: “que exista la luz”. Y la
luz existió» (Gn 1,2-3). La Palabra creadora de Dios es Luz,
fuente de la vida. Por medio del Logos se hizo todo y sin Él no
se hizo nada de lo que se ha hecho (cf. Jn 1,3). Por eso todas
las criaturas son fundamentalmente buenas y llevan en sí la
huella de Dios, una chispa de su luz. Sin embargo, cuando Jesús
nació de la Virgen María, la Luz misma vino al mundo: «Dios de
Dios, Luz de Luz», profesamos en el Credo. En Jesús, Dios asumió
lo que no era, permaneciendo en lo que era: «la omnipotencia
entró en un cuerpo infantil y no se sustrajo al gobierno del
universo» (cf. S. Agustín, Serm 184, 1 sobre la Navidad). Aquel
que es el creador del hombre se hizo hombre para traer al mundo
la paz. Por eso, en la noche de Navidad, el coro de los Ángeles
canta: «Gloria a Dios en el cielo / y en la tierra paz a los
hombres que Dios ama» (Lc 2,14).
«Hoy una gran luz ha bajado a la tierra». La Luz de Cristo es
portadora de paz. En la Misa de la noche, la liturgia
eucarística comenzó justamente con este canto: «Hoy, desde el
cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de
entrada). Más aún, sólo la «gran» luz que aparece en Cristo
puede dar a los hombres la «verdadera» paz. He aquí por qué cada
generación está llamada a acogerla, a acoger al Dios que en
Belén se ha hecho uno de nosotros.
La Navidad es esto: acontecimiento histórico y misterio de amor,
que desde hace más de dos mil años interpela a los hombres y
mujeres de todo tiempo y lugar. Es el día santo en el que brilla
la «gran luz» de Cristo portadora de paz. Ciertamente, para
reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se necesita
humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del
Señor, y que fue la primera que, inclinada ante el pesebre,
adoró el Fruto de su vientre; la humildad de José, hombre justo,
que tuvo la valentía de la fe y prefirió obedecer a Dios antes
que proteger su propia reputación; la humildad de los pastores,
de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del
mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde
encontraron al niño recién nacido y, llenos de asombro, lo
adoraron alabando a Dios (cf. Lc 2,15-20). Los pequeños, los
pobres en espíritu: éstos son los protagonistas de la Navidad,
tanto ayer como hoy; los protagonistas de siempre de la historia
de Dios, los constructores incansables de su Reino de justicia,
de amor y de paz.
En el silencio de la noche de Belén Jesús nació y fue acogido
por manos solícitas. Y ahora, en esta nuestra Navidad en la que
sigue resonando el alegre anuncio de su nacimiento redentor,
¿quién está listo para abrirle las puertas del corazón? Hombres
y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a
nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién
vela en la noche de la duda y la incertidumbre con el corazón
despierto y orante? ¿Quién espera la aurora del nuevo día
teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene tiempo para
escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante?
Sí, su mensaje de paz es para todos; viene para ofrecerse a sí
mismo a todos como esperanza segura de salvación.
Que la luz de Cristo, que viene a iluminar a todo ser humano,
brille por fin y sea consuelo para cuantos viven en las
tinieblas de la miseria, de la injusticia, de la guerra; para
aquellos que ven negadas aún sus legítimas aspiraciones a una
subsistencia más segura, a la salud, a la educación, a un
trabajo estable, a una participación más plena en las
responsabilidades civiles y políticas, libres de toda opresión y
al resguardo de situaciones que ofenden la dignidad humana. Las
víctimas de sangrientos conflictos armados, del terrorismo y de
todo tipo de violencia, que causan sufrimientos inauditos a
poblaciones enteras, son especialmente las categorías más
vulnerables, los niños, las mujeres y los ancianos. A su vez,
las tensiones étnicas, religiosas y políticas, la inestabilidad,
la rivalidad, las contraposiciones, las injusticias y las
discriminaciones que laceran el tejido interno de muchos países,
exasperan las relaciones internacionales. Y en el mundo crece
cada vez más el número de emigrantes, refugiados y deportados,
también por causa de frecuentes calamidades naturales, como
consecuencia a veces de preocupantes desequilibrios ambientales.
En este día de paz,
pensemos sobre todo en donde resuena el fragor de las armas: en
las martirizadas tierras del Dafur, de Somalia y del norte de la
República Democrática del Congo, en las fronteras de Eritrea y
Etiopía, en todo el Medio Oriente, en particular en Irak, Líbano
y Tierra Santa, en Afganistán, en Pakistán y en Sri Lanka, en
las regiones de los Balcanes, y en tantas otras situaciones de
crisis, desgraciadamente olvidadas con frecuencia. Que el Niño
Jesús traiga consuelo a quien vive en la prueba e infunda a los
responsables de los gobiernos sabiduría y fuerza para buscar y
encontrar soluciones humanas, justas y estables. A la sed de
sentido y de valores que hoy se percibe en el mundo; a la
búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de toda la
humanidad; a las expectativas de los pobres, responde Cristo,
verdadero Dios y verdadero Hombre, con su Natividad. Que las
personas y las naciones no teman reconocerlo y acogerlo: con Él,
«una espléndida luz» alumbra el horizonte de la humanidad; con
Él comienza «un día sagrado» que no conoce ocaso. Que esta
Navidad sea realmente para todos un día de alegría, de esperanza
y de paz.
«Venid, naciones, adorad al Señor». Con María, José y los
pastores, con los Magos y la muchedumbre innumerable de humildes
adoradores del Niño recién nacido, que han acogido el misterio
de la Navidad a lo largo de los siglos, dejemos también
nosotros, hermanos y hermanas de todos los continentes, que la
luz de este día se difunda por todas partes, que entre en
nuestros corazones, alumbre y dé calor a nuestros hogares, lleve
serenidad y esperanza a nuestras ciudades, y conceda al mundo la
paz. Éste es mi deseo para quienes me escucháis. Un deseo que se
hace oración humilde y confiada al Niño Jesús, para que su luz
disipe las tinieblas de vuestra vida y os llene del amor y de la
paz. El Señor, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de
misericordia, os colme con su felicidad y os haga mensajeros de
su bondad. ¡Feliz Navidad!
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