Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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SPE SALVI
La fe de los sencillos
Victoria Llopis
Se ha dicho estos días que nunca las sandalias del Pescador
habían sido calzadas por el más grande intelectual vivo. No
puedo estar más de acuerdo. La lectura de la Spe Salvi produce
la sensación de que definitivamente fe y razón constituyen el
más fructuoso binomio posible.
Juntas, pero no revueltas; en armonía o mejor aún, en perfecta
simbiosis, son capaces de ofrecer "la" respuesta que la
Humanidad busca desde hace milenios. La habilidad de Joseph
Raztinger, Benedicto XVI, para unir elementos que podrían ser
brillantes, interesantes, cada uno aisladamente considerados,
pero que inconexos no dan cuenta cabal del asunto, hacen que
este hombre sea único. Como único es el hecho de ver desfilar
por una Encíclica papal los nombres de pensadores alejados de la
fe cristiana: Adorno, Kant, Marx...; y sin embargo, el genio de
su pluma hace que participen de la melodía, a su modo, para
ofrecer un acorde más que nos permita entender mejor. Al fin y
al cabo, Ratzinger siempre coincidió con su amigo Von Balthasar
en que "la Verdad es sinfónica".
Conocí a Joseph Ratzinger en 1982, cuando me encontré con su
Introducción al Cristianismo. En ese momento, el autor era
pintado por los medios como el panzercardinal; pero al leer sin
prejuicios su libro, comprendí enseguida que era un faro
luminoso en el proceloso mar de las convulsiones y
desorientaciones del postconcilio. Luego vinieron su Informe
sobre la fe, La sal de la tierra, Dios y el mundo, Mirar a
Cristo, El Dios de los cristianos, Fe, verdad y tolerancia,
Verdad, valores, poder, Caminos de Jesucristo...y así hasta más
de una treintena de títulos, a cuál más apasionante y
esclarecedor.
Si hay algo que no se le puede negar es la coherencia, la
honestidad intelectual de ser consecuente en arrostrar las
incomodidades de buscar y sostener la verdad, esa Veritatis
Splendor, en algunas de cuyas líneas se puede ver su mano.
Las ideas ya apuntadas en sus libros, han culminado como
apoteosis final en esta bellísima Encíclica. He podido reconocer
en ella muchas frases textuales de sus anteriores obras. Y un
culmen así no se crea de un día para otro, sino que precisa el
lento fuego de la reflexión –y la oración– durante décadas. Toda
la reflexión personal del Papa sobre la fe –una fe que, en
definitiva, no produce sino esperanza– están condensadas en
estas páginas. Es una Summa Teológica, un verdadero regalo.
Dijo en una ocasión que frente a los teólogos arrogantes, él
buscaba proteger la fe de los sencillos. Y aunque la altura
intelectual es evidente, una vez más se dirige a los sencillos,
para explicarles y confirmarles en la fe. En sus párrafos
encontramos al hermano que habiendo dispuesto de mayores
capacidades para escrutar la Verdad del Evangelio, la ofrece con
sencillez a los demás.
Dijo Péguy que la esperanza es una pequeñísima hija, la niña
esperanza; Spe Salvi es un canto a lo esencial en la fe
cristiana, a lo pequeño y frágil, pero que constituye el centro
y la consecuencia de la misma. Un canto que responde, sin lugar
a dudas, a los interrogantes más profundos del hombre. Él mismo
ha animado a leerla para "descubrir la belleza, la profundidad
de la esperanza cristiana, que está inseparablemente ligada al
conocimiento del rostro de Dios"; un rostro que también acaba de
ayudarnos a desvelar mejor en su Jesús de Nazareth, otro libro
imprescindible.
Presentando su Encíclica, el Papa ha dicho que desde los
primeros años de la era apostólica, era evidente que "algo
diferente sostenía y animaba a aquellos hombres y mujeres", en
su mayoría sencillos, pobres, incultos:
Una nueva esperanza distinguía a los primeros cristianos de
cuantos vivían la religiosidad pagana. Sin esa esperanza anclada
en el Dios de Jesucristo, es como si faltase la dimensión de la
profundidad y todo se aplanase, privado de su relieve respecto a
la mera materialidad. Y Dios sabe que quien lo rechaza es porque
no ha conocido su verdadero rostro; por eso no cesa de llamar a
nuestra puerta, como humilde peregrino en búsqueda de acogida...
¿Qué, sino la confianza que Dios tiene en el hombre, es lo que
lleva adelante el mundo?
Y con San Agustín nos recuerda que "habríamos podido creer que
tu Palabra está lejos del contacto del hombre y desesperar de
nosotros, si esta Palabra no se hubiera hecho carne y no hubiera
vivido entre nosotros".
Ojalá la comunidad cristina acoja y asimile esta maravilla como
un texto definitivo para explicar la belleza de la fe cristiana
a las próximas generaciones. Y ojalá Dios nos deje disfrutar de
Benedicto XVI muchos años más. El desorientado corazón del
hombre postmoderno necesita de un testigo semejante.
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