Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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«Familia humana, comunidad de paz»
Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz
1 de enero de 2008
1. Al comenzar el nuevo año deseo hacer llegar a los hombres y
mujeres de todo el mundo mis fervientes deseos de paz, junto con
un caluroso mensaje de esperanza. Lo hago proponiendo a la
reflexión común el tema que he enunciado al principio de este
mensaje, y que considero muy importante: Familia humana,
comunidad de paz. De hecho, la primera forma de comunión
entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y
una mujer decididos a unirse establemente para construir juntos
una nueva familia. Pero también los pueblos de la tierra
están llamados a establecer entre sí relaciones de solidaridad y
colaboración, como corresponde a los miembros de la única
familia humana: « Todos los pueblos -dice el Concilio
Vaticano II- forman una única comunidad y tienen un mismo
origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano
sobre la entera faz de la tierra (cf. Hch 17,26); también
tienen un único fin último, Dios »[1].
Familia, sociedad y paz
2. La familia natural, en cuanto comunión íntima de vida y amor,
fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer[2], es el
« lugar primario de ‘‘humanización'' de la persona y de la
sociedad »[3], la « cuna de la vida y del amor »[4].
Con razón, pues, se ha calificado a la familia como la primera
sociedad natural, « una institución divina, fundamento de la
vida de las personas y prototipo de toda organización social »[5].
3. En efecto, en una vida familiar « sana » se experimentan
algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor
entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad
manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros
más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la
ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad
para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por
eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la
paz. No ha de sorprender, pues, que se considere
particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la
familia. Por tanto, cuando se afirma que la familia es « la
célula primera y vital de la sociedad »[6], se dice algo
esencial. La familia es también fundamento de la sociedad
porque permite tener experiencias determinantes de paz. Por
consiguiente, la comunidad humana no puede prescindir del
servicio que presta la familia. El ser humano en formación,
¿dónde podría aprender a gustar mejor el « sabor » genuino de la
paz sino en el « nido » que le prepara la naturaleza? El
lenguaje familiar es un lenguaje de paz; a él es necesario
recurrir siempre para no perder el uso del vocabulario de la paz.
En la inflación de lenguajes, la sociedad no puede perder la
referencia a esa « gramática » que todo niño aprende de los
gestos y miradas de mamá y papá, antes incluso que de sus
palabras.
4. La familia, al tener el deber de educar a sus miembros, es
titular de unos derechos específicos. La misma
Declaración universal de los derechos humanos, que
constituye una conquista de civilización jurídica de valor
realmente universal, afirma que « la familia es el núcleo
natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser
protegida por la sociedad y el Estado »[7]. Por su parte, la
Santa Sede ha querido reconocer una especial dignidad
jurídica a la familia publicando la
Carta de
los derechos de la familia. En el Preámbulo se
dice: « Los derechos de la persona, aunque expresados como
derechos del individuo, tienen una dimensión fundamentalmente
social que halla su expresión innata y vital en la familia »[8].
Los derechos enunciados en la Carta manifiestan y
explicitan la ley natural, inscrita en el corazón del ser humano
y que la razón le manifiesta. La negación o restricción de los
derechos de la familia, al oscurecer la verdad sobre el hombre,
amenaza los fundamentos mismos de la paz.
5. Por tanto, quien obstaculiza la institución familiar, aunque
sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad,
nacional e internacional, sea frágil, porque debilita lo que, de
hecho, es la principal « agencia » de paz. Éste es un
punto que merece una reflexión especial: todo lo que contribuye
a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y
una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su
disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo
que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la
educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el
camino de la paz. La familia tiene necesidad de una casa, del
trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de
los padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria
básica para todos. Cuando la sociedad y la política no se
esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de
un recurso esencial para el servicio de la paz. Concretamente,
los medios de comunicación social, por las potencialidades
educativas de que disponen, tienen una responsabilidad especial
en la promoción del respeto por la familia, en ilustrar sus
esperanzas y derechos, en resaltar su belleza.
La humanidad es una gran familia
6. La comunidad social, para vivir en paz, está llamada a
inspirarse también en los valores sobre los que se rige la
comunidad familiar. Esto es válido tanto para las comunidades
locales como nacionales; más aún, es válido para la comunidad
misma de los pueblos, para la familia humana, que vive en esa
casa común que es la tierra. Sin embargo, en esta
perspectiva no se ha de olvidar que la familia nace del « sí »
responsable y definitivo de un hombre y de una mujer, y vive del
« sí » consciente de los hijos que poco a poco van formando
parte de ella. Para prosperar, la comunidad familiar necesita el
consenso generoso de todos sus miembros. Es preciso que esta
toma de conciencia llegue a ser también una convicción
compartida por cuantos están llamados a formar la común
familia humana. Hay que saber decir el propio « sí » a esta
vocación que Dios ha inscrito en nuestra misma naturaleza. No
vivimos unos al lado de otros por casualidad; todos estamos
recorriendo un mismo camino como hombres y, por tanto, como
hermanos y hermanas. Por eso es esencial que cada uno se
esfuerce en vivir la propia vida con una actitud responsable
ante Dios, reconociendo en Él la fuente de la propia existencia
y la de los demás. Sobre la base de este principio supremo se
puede percibir el valor incondicionado de todo ser humano y,
así, poner las premisas para la construcción de una humanidad
pacificada. Sin este fundamento trascendente, la sociedad es
sólo una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de
hermanos y hermanas, llamados a formar una gran familia.
Familia, comunidad humana y medio ambiente
7. La familia necesita una casa a su medida, un ambiente donde
vivir sus propias relaciones. Para la familia humana, esta
casa es la tierra, el ambiente que Dios Creador nos ha dado
para que lo habitemos con creatividad y responsabilidad.
Hemos de cuidar el medio ambiente: éste ha sido confiado al
hombre para que lo cuide y lo cultive con libertad responsable,
teniendo siempre como criterio orientador el bien de todos.
Obviamente, el valor del ser humano está por encima de toda la
creación. Respetar el medio ambiente no quiere decir que la
naturaleza material o animal sea más importante que el hombre.
Quiere decir más bien que no se la considera de manera egoísta,
a plena disposición de los propios intereses, porque las
generaciones futuras tienen también el derecho a obtener
beneficio de la creación, ejerciendo en ella la misma libertad
responsable que reivindicamos para nosotros. Y tampoco se ha de
olvidar a los pobres, excluidos en muchos casos del destino
universal de los bienes de la creación. Hoy la humanidad teme
por el futuro equilibrio ecológico. Sería bueno que las
valoraciones a este respecto se hicieran con prudencia, en
diálogo entre expertos y entendidos, sin apremios ideológicos
hacia conclusiones apresuradas y, sobre todo, concordando juntos
un modelo de desarrollo sostenible, que asegure el bienestar de
todos respetando el equilibrio ecológico. Si la tutela del medio
ambiente tiene sus costes, éstos han de ser distribuidos con
justicia, teniendo en cuenta el desarrollo de los diversos
países y la solidaridad con las futuras generaciones. Prudencia
no significa eximirse de las propias responsabilidades y
posponer las decisiones; significa más bien asumir el compromiso
de decidir juntos después de haber ponderado responsablemente la
vía a seguir, con el objetivo de fortalecer esa alianza entre
ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor
creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos.
8. A este respecto, es fundamental « sentir » la tierra como «
nuestra casa común » y, para ponerla al servicio de todos,
adoptar la vía del diálogo en vez de tomar decisiones
unilaterales. Si fuera necesario, se pueden aumentar los ámbitos
institucionales en el plano internacional para afrontar juntos
el gobierno de esta « casa » nuestra; sin embargo, lo que más
cuenta es lograr que madure en las conciencias la convicción de
que es necesario colaborar responsablemente. Los problemas que
aparecen en el horizonte son complejos y el tiempo apremia. Para
hacer frente a la situación de manera eficaz es preciso actuar
de común acuerdo. Un ámbito en el que sería particularmente
necesario intensificar el diálogo entre las Naciones es el de la
gestión de los recursos energéticos del planeta. A este
respecto, se plantea una doble urgencia para los países
tecnológicamente avanzados: por un lado, hay que revisar los
elevados niveles de consumo debidos al modelo actual de
desarrollo y, por otro, predisponer inversiones adecuadas para
diversificar las fuentes de energía y mejorar la eficiencia
energética. Los países emergentes tienen hambre de energía, pero
a veces este hambre se sacia a costa de los países pobres que,
por la insuficiencia de sus infraestructuras y tecnología, se
ven obligados a malvender los recursos energéticos que tienen. A
veces, su misma libertad política queda en entredicho con formas
de protectorado o, en todo caso, de condicionamiento que se
muestran claramente humillantes.
Familia, comunidad humana y economía
9. Una condición esencial para la paz en cada familia es que se
apoye sobre el sólido fundamento de valores espirituales y
éticos compartidos. Pero se ha de añadir que se tiene una
auténtica experiencia de paz en la familia cuando a nadie le
falta lo necesario, y el patrimonio familiar -fruto del trabajo
de unos, del ahorro de otros y de la colaboración activa de
todos- se administra correctamente con solidaridad, sin excesos
ni despilfarro. Por tanto, para la paz familiar se necesita, por
una parte, la apertura a un patrimonio trascendente de
valores, pero al mismo tiempo no deja de tener su importancia un
sabio cuidado tanto de los bienes materiales como de las
relaciones personales. Cuando falta este elemento se deteriora
la confianza mutua por las perspectivas inciertas que amenazan
el futuro del núcleo familiar.
10. Una consideración parecida puede hacerse respecto a esa otra
gran familia que es la humanidad en su conjunto. También la
familia humana, hoy más unida por el fenómeno de la
globalización, necesita además un fundamento de valores
compartidos, una economía que responda realmente a las
exigencias de un bien común de dimensiones planetarias. Desde
este punto de vista, la referencia a la familia natural se
revela también singularmente sugestiva. Hay que fomentar
relaciones correctas y sinceras entre los individuos y entre los
pueblos, que permitan a todos colaborar en plan de igualdad y
justicia. Al mismo tiempo, es preciso comprometerse en
emplear acertadamente los recursos y en distribuir la
riqueza con equidad. En particular, las ayudas que se dan a
los países pobres han de responder a criterios de una sana
lógica económica, evitando derroches que, en definitiva, sirven
sobre todo para el mantenimiento de un costoso aparato
burocrático. Se ha de tener también debidamente en cuenta la
exigencia moral de procurar que la organización económica no
responda sólo a las leyes implacables de los beneficios
inmediatos, que pueden resultar inhumanas.
Familia, comunidad humana y ley moral
11. Una familia vive en paz cuando todos sus miembros se
ajustan a una norma común: esto es lo que impide el
individualismo egoísta y lo que mantiene unidos a todos,
favoreciendo su coexistencia armoniosa y la laboriosidad
orgánica. Este criterio, de por sí obvio, vale también para
las comunidades más amplias: desde las locales a la
nacionales, e incluso a la comunidad internacional. Para
alcanzar la paz se necesita una ley común, que ayude a la
libertad a ser realmente ella misma, en lugar de ciega
arbitrariedad, y que proteja al débil del abuso del más fuerte.
En la familia de los pueblos se dan muchos comportamientos
arbitrarios, tanto dentro de cada Estado como en las relaciones
de los Estados entre sí. Tampoco faltan tantas situaciones en
las que el débil tiene que doblegarse, no a las exigencias de la
justicia, sino a la fuerza bruta de quien tiene más recursos que
él. Hay que reiterarlo: la fuerza ha de estar moderada por la
ley, y esto tiene que ocurrir también en las relaciones entre
Estados soberanos.
12. La Iglesia se ha pronunciado muchas veces sobre la
naturaleza y la función de la ley: la norma jurídica que
regula las relaciones de las personas entre sí, encauzando los
comportamientos externos y previendo también sanciones para los
transgresores, tiene como criterio la norma moral basada
en la naturaleza de las cosas. Por lo demás, la razón humana es
capaz de discernirla al menos en sus exigencias fundamentales,
llegando así hasta la Razón creadora de Dios que es el origen de
todas las cosas. Esta norma moral debe regular las opciones de
la conciencia y guiar todo el comportamiento del ser humano.
¿Existen normas jurídicas para las relaciones entre las Naciones
que componen la familia humana? Y si existen, ¿son eficaces? La
respuesta es sí; las normas existen, pero para lograr que sean
verdaderamente eficaces es preciso remontarse a la norma
moral natural como base de la norma jurídica, de lo
contrario ésta queda a merced de consensos frágiles y
provisionales.
13. El conocimiento de la norma moral natural no es imposible
para el hombre que entra en sí mismo y, situándose frente a su
propio destino, se interroga sobre la lógica interna de las
inclinaciones más profundas que hay en su ser. Aunque sea con
perplejidades e incertidumbres, puede llegar a descubrir, al
menos en sus líneas esenciales, esta ley moral común que,
por encima de las diferencias culturales, permite que los seres
humanos se entiendan entre ellos sobre los aspectos más
importantes del bien y del mal, de lo que es justo o injusto. Es
indispensable remontarse hasta esta ley fundamental empleando en
esta búsqueda nuestras mejores energías intelectuales, sin
dejarnos desanimar por los equívocos o las tergiversaciones. De
hecho, los valores contenidos en la ley natural están presentes,
aunque de manera fragmentada y no siempre coherente, en los
acuerdos internacionales, en las formas de autoridad reconocidas
universalmente, en los principios del derecho humanitario
recogido en las legislaciones de cada Estado o en los estatutos
de los Organismos internacionales. La humanidad no está « sin
ley ». Sin embargo, es urgente continuar el diálogo sobre
estos temas, favoreciendo también la convergencia de las
legislaciones de cada Estado hacia el reconocimiento de los
derechos humanos fundamentales. El crecimiento de la cultura
jurídica en el mundo depende además del esfuerzo por dar siempre
consistencia a las normas internacionales con un contenido
profundamente humano, evitando rebajarlas a meros procedimientos
que se pueden eludir fácilmente por motivos egoístas o
ideológicos.
Superación de los conflictos y desarme
14. La humanidad sufre hoy, lamentablemente, grandes divisiones
y fuertes conflictos que arrojan densas nubes sobre su futuro.
Vastas regiones del planeta están envueltas en tensiones
crecientes, mientras que el peligro de que aumenten los países
con armas nucleares suscita en toda persona responsable una
fundada preocupación. En el Continente africano, a pesar de que
numerosos países han progresado en el camino de la libertad y de
la democracia, quedan todavía muchas guerras civiles. El Medio
Oriente sigue siendo aún escenario de conflictos y atentados,
que influyen también en Naciones y regiones limítrofes, con el
riesgo de quedar atrapadas en la espiral de la violencia. En un
plano más general, se debe hacer notar, con pesar, un aumento
del número de Estados implicados en la carrera de armamentos:
incluso Naciones en vías de desarrollo destinan una parte
importante de su escaso producto interior para comprar armas.
Las responsabilidades en este funesto comercio son muchas:
están, por un lado, los países del mundo industrialmente
desarrollado que obtienen importantes beneficios por la venta de
armas y, por otro, están también las oligarquías dominantes en
tantos países pobres que quieren reforzar su situación mediante
la compra de armas cada vez más sofisticadas. En tiempos tan
difíciles, es verdaderamente necesaria una movilización de todas
las personas de buena voluntad para llegar a acuerdos concretos
con vistas a una eficaz desmilitarización, sobre todo en
el campo de las armas nucleares. En esta fase en la que el
proceso de no proliferación nuclear está estancado, siento el
deber de exhortar a las Autoridades a que reanuden las
negociaciones con una determinación más firme de cara al
desmantelamiento progresivo y concordado de las armas nucleares
existentes. Soy consciente de que al renovar esta llamada me
hago intérprete del deseo de cuantos comparten la preocupación
por el futuro de la humanidad.
15. Hace ahora sesenta años, la Organización de las Naciones
Unidas hacía pública de modo solemne la Declaración universal
de los derechos humanos (1948-2008). Con aquel documento la
familia humana reaccionaba ante los horrores de la Segunda
Guerra Mundial, reconociendo la propia unidad basada en la igual
dignidad de todos los hombres y poniendo en el centro de la
convivencia humana el respeto de los derechos fundamentales de
los individuos y de los pueblos: fue un paso decisivo en el
camino difícil y laborioso hacia la concordia y la paz. Una
mención especial merece también la celebración del 25
aniversario de la adopción por parte de la Santa Sede de la
Carta de
los derechos de la familia (1983-2008), así como
el 40 aniversario de la celebración de la
primera
Jornada Mundial de la Paz (1968-2008). La
celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial
del Papa Pablo VI, y retomada con gran convicción por mi amado y
venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, ha ofrecido a la
Iglesia a lo largo de los años la oportunidad de desarrollar, a
través de los Mensajes publicados con ese motivo, una doctrina
orientadora en favor de este bien humano fundamental.
Precisamente a la luz de estas significativas efemérides, invito
a todos los hombres y mujeres a que tomen una conciencia más
clara sobre la común pertenencia a la única familia humana y a
comprometerse para que la convivencia en la tierra refleje cada
vez más esta convicción, de la cual depende la instauración de
una paz verdadera y duradera. Invito también a los creyentes a
implorar a Dios sin cesar el gran don de la paz. Los cristianos,
por su parte, saben que pueden confiar en la intercesión de la
que, siendo la Madre del Hijo de Dios que se hizo carne para la
salvación de toda la humanidad, es Madre de todos.
Deseo a todos un feliz Año nuevo.
Vaticano, 8 de diciembre de 2007.
Notas
[1] Decl.
Nostra
aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con
las religiones no cristianas, 1.
[2] Cf.
Conc. Vat. II, Const. past.
Gaudium
et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 48.
[3] Juan Pablo II, Exhort. ap.
Christifideles laici, 40: AAS 81 (1989)
469.
[4] Ibíd.
[5] Cons. Pont. Justicia y Paz,
Compendio
de la doctrina social de la Iglesia, 211.
[6] Conc. Vat. II, Decr.
Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de
los laicos, 11.
[7] Art. 16/ 3.
[8] Cons. Pont. para la Familia,
Carta de
los derechos de la familia, 24 noviembre 1983,
Preámbulo, A.
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