Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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La devoción a los difuntos en los primeros cristianos
Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han
venido…?
Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus
estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero.
Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en
su templo.
Apocalipsis 7,13-15
La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros
cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de
respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha
tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos:
culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como
un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte
de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida
futura.
El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para
con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo
consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido
trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del
alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que
durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de
Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la
transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a
los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración
como las cosas más santas.
Este respeto se ha manifestado, en primer lugar, en el modo
mismo de enterrar los cadáveres. Vemos, en efecto, que a
imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea,
Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con
frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en
aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.
En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo
mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y
envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia
apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo
encerraba, vestido con riquísimas ropas.
Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo
de la piedad y culto profesados por los cristianos a los
difuntos, también la sepultura material es una expresión
elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro
especialmente en la veneración que desde la época de los
primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían
flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las
tumbas de los seres queridos.
En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas
concesiones y donaciones, los cristianos empezaron a enterrar a
sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas
de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros
de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los
reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus
hermanos en la fe.
Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces
por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las
catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su
administración y organización, con carácter comunitario.
Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores
Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos
dejaron de sufrir persecución. Podían profesar su fe libremente,
construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las
murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de
que se les confiscasen. Sin embargo, las catacumbas siguieron
funcionando como cementerios regulares hasta el principio del
siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en
la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires
importantes.
Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en
las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas
donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto
especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada
a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna
manera, quedó realzada.
En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir,
víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte
de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica
gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores
protectores que estos amigos de Dios? Los fieles así lo
entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar
después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos
mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.
Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que
ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de
enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.
Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la
inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del
difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda
del santo. Así fue como las basílicas e iglesias, en general,
llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto
obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las
sepulturas en las mismas.
Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y
veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus
hijos difuntos. De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se
vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad
de honrarlos. Y así se estableció que, antes de ser enterrado,
el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del
altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo. Esta
práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San
Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de
su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta
nuestros días.
San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo
los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a
los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales
de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la
piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas
el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un
lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos
favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio
del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis
gerenda, 3 y 4).
Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la
preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus
hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos
espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo,
quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer
en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente
llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de
nuestro rescate. Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de
San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la
tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la
autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y
reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre
los sepulcros de los mártires.
Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las
liturgias la memoria de los difuntos. Es decir, que además de
algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las
tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como
se sigue haciendo todavía, memoria —memento— de los difuntos.
Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las
oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias.
La Iglesia hoy en día recuerda de manera especial a sus hijos
difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la
“Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de
noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio
por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1
de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos
aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en
esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se
encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos.
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