Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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Carta de Juan Pablo II sobre la peregrinación a los lugares
vinculados a la Historia de Salvación
A cuantos se preparan a celebrar en la fe el Gran Jubileo
1. Después de años de preparación, nos encontramos ya en el
umbral del Gran Jubileo. En estos años se han hecho muchas cosas
en toda la Iglesia para preparar este acontecimiento de gracia.
Pero, como en vísperas de un viaje, ha llegado el momento de
ultimar los preparativos. En realidad, el Gran Jubileo no
consiste en una serie de cosas por hacer, sino en vivir una gran
experiencia interior. Las iniciativas exteriores sólo tienen
sentido en la medida que son expresiones de un profundo
compromiso que nace en el corazón de las personas. He querido
llamar la atención de todos precisamente sobre esta dimensión
interior, tanto en la Carta apostólica Tertio millennio
adveniente como en la Bula de convocación del Jubileo
Incarnationis mysterium. Ambas han tenido una amplia y cordial
acogida. Los Obispos han encontrado en ellas indicaciones
significativas y los temas propuestos para los diversos años de
preparación han sido largamente meditados. Por todo esto quiero
expresar mi gratitud al Señor y un sincero reconocimiento tanto
a los Pastores como a todo el Pueblo de Dios.
Ahora, la inminencia del Jubileo me sugiere proponer una
reflexión, que va unida a mi deseo de hacer personalmente, si
Dios quiere, una especial peregrinación jubilar, deteniéndome en
algunos de los lugares particularmente vinculados a la
encarnación del Verbo de Dios, que es el acontecimiento al que
se refiere directamente el Año Santo del 2000.
Por tanto, mi meditación lleva a los «lugares» de Dios, a
aquellos espacios que Él ha elegido para poner su «tienda» entre
nosotros (Jn 1,14; cf. Ex 40,34-35; 1 Re 8,10-13), con el fin de
permitir al ser humano un encuentro más directo con Él. De este
modo, completo en cierto sentido la reflexión de la Tertio
millennio adveniente, donde, con el trasfondo de la historia de
la salvación, la perspectiva dominante era la relevancia
fundamental del «tiempo». En realidad, en la concreta actuación
del misterio de la Encarnación, la dimensión del «espacio» no es
menos importante que la del tiempo.
2. A primera vista, hablar de determinados «espacios» en
relación con Dios podría suscitar cierta perplejidad. ¿Acaso no
está el espacio, al igual que el tiempo, sometido enteramente al
dominio de Dios? En efecto, todo ha salido de sus manos y no hay
lugar donde Dios no esté: «Del Señor es la tierra y cuanto la
llena, el orbe y todos sus habitantes, él la fundó sobre los
mares, él la afianzó sobre los ríos» (Sal 23 [24],1-2). Dios
está igualmente presente en cada rincón de la tierra, de tal
modo que todo el mundo puede ser considerado como «templo» de su
presencia.
Sin embargo, esto no impide que, así como el tiempo puede estar
acompasado por kairoi, momentos especiales de gracia, el espacio
pueda estar marcado análogamente por particulares intervenciones
salvíficas de Dios. Por lo demás, ésta es una intuición presente
en todas las religiones, en las cuales no solamente hay tiempos,
sino también lugares sagrados, en donde puede experimentarse el
encuentro con lo divino más intensamente de lo que sucede
habitualmente en la inmensidad del cosmos.
3. En relación con esta tendencia religiosa general, la Biblia
ofrece un mensaje específico, situando el tema del «espacio
sagrado» en el horizonte de la historia de la salvación. Por una
parte, advierte sobre los peligros inherentes a la definición de
dicho espacio, cuando ésta se hace en la perspectiva de una
divinización de la naturaleza -a este propósito, se ha de
recordar la fuerte polémica antiidolátrica de los profetas en
nombre de la fidelidad a Yahveh, Dios del Éxodo- y, por otra, no
excluye un uso cultual del espacio, en la medida en que esto
expresa plenamente la intervención específica de Dios en la
historia de Israel. El espacio sagrado se ve así progresivamente
«concentrado» en el templo de Jerusalén, donde el Dios de Israel
quiere ser venerado y, en cierto sentido, encontrado. Hacia el
templo se dirigen los ojos del peregrino de Israel y grande es
su alegría cuando llega al lugar donde Dios ha puesto su morada:
«¡Qué alegría cuando me dijeron: "vamos a la casa del Señor"! Ya
están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén» (Sal 121
[122],1-2).
En el Nuevo Testamento, esta «concentración» del espacio sagrado
alcanza su punto culminante en Cristo, que se convierte ahora en
el nuevo «templo» (cf. Jn 2,21), en el que habita la «plenitud
de la divinidad» (Col 2,9). Con su venida, el culto está llamado
a superar radicalmente los templos materiales para llegar a ser
un culto «en espíritu y verdad» (Jn 4,24). Asimismo, en Cristo,
también la Iglesia es considerada «templo» por el Nuevo
Testamento (cf. 1 Co 3,17), como lo es incluso cada discípulo de
Cristo, en cuanto habitado por el Espíritu Santo (cf. 1 Co 6,19;
Rm 8,11). Evidentemente, como demuestra la historia de la
Iglesia, todo esto no excluye que los cristianos puedan tener
lugares de culto; es necesario, sin embargo, que no se olvide su
carácter funcional respecto a la vida cultual y fraterna de la
comunidad, sabiendo que la presencia de Dios, por su naturaleza,
no puede ser circunscrita a ningún lugar, puesto que los
impregna todos, teniendo en Cristo la plenitud de su expresión y
de su irradiación.
Por tanto, el misterio de la Encarnación transforma la
experiencia universal del «espacio sagrado», por un lado
restringiéndola y, por otro, resaltando su importancia con
nuevos términos. En efecto, la referencia al espacio está
implicada en el mismo «hacerse carne» del Verbo (cf. Jn 1,14).
Dios ha asumido en Jesús de Nazaret las características propias
de la naturaleza humana, incluida la ineludible pertenencia del
hombre a un pueblo concreto y a una tierra determinada. «Hic de
Virgine Maria Iesus Christus natus est». Esta expresión colocada
en Belén, precisamente en el lugar en que, según la tradición,
nació Jesús, adquiere una peculiar resonancia: «Aquí, de la
Virgen María, nació Jesucristo». La concreción física de la
tierra y de su emplazamiento geográfico está unida a la verdad
de la carne humana asumida por el Verbo.
4. Por eso, en la perspectiva del año bimilenario de la
Encarnación, siento un deseo muy grande de ir personalmente a
orar a los principales lugares que, desde el Antiguo al Nuevo
Testamento, han conocido las intervenciones de Dios, hasta
llegar a la cima del misterio de la Encarnación y de la Pascua
de Cristo. Estos lugares están ya indeleblemente grabados en mi
memoria, desde que en 1965 tuve la oportunidad de visitar Tierra
Santa. Fue una experiencia inolvidable. Aún hoy hojeo de buena
gana las emotivas páginas que escribí entonces. «Llego a estos
lugares que Tú has llenado de ti de una vez para siempre... ¡Oh,
lugar! ¡Cuántas veces, cuántas veces te has trasformado antes de
que, de suyo, se hiciera también mío! Cuando Él te llenó la
primera vez, no eras aún ningún lugar exterior; eras sólo el
seno de su Madre. ¡Oh! saber que las piedras sobre las que
caminó en Nazaret son las mismas que su pie tocaba cuando Ella
era aún tu lugar, el único en el mundo. ¡Encontrarte a través de
una piedra que fue tocada por el pie de tu Madre! ¡Oh lugar,
lugar de Tierra Santa, qué espacio ocupas en mí! Por eso no
puedo pisarte con mis pasos; debo arrodillarme. Y así dejar
constancia de que has sido para mí un lugar de encuentro. Yo me
arrodillo y pongo así mi huella. Quedarás aquí con mi huella
-quedarás, quedarás- y yo te llevaré conmigo, te transformaré
dentro de mí en un lugar de nuevo testimonio. Yo me voy como un
testigo que dará testimonio de ti a través de los milenios»
(Karol Wojtyla, Poezje. Poems, Wydawnictwo Literackie, Cracovia
1998, p. 169).
Cuando escribía estas palabras, hace más de treinta años, no
podía imaginar que el testimonio al que entonces me comprometía
lo daría hoy como Sucesor de Pedro, puesto al servicio de toda
la Iglesia. Es un testimonio que me inserta en una larga cadena
de personas que desde hace dos mil años han ido en busca de las
«huellas» de Dios en aquella tierra, con razón llamada «santa»,
como recorriéndolas en las piedras, en los montes y las aguas
que hicieron de escenario a la vida terrena del Hijo de Dios. Ya
desde la antigüedad es conocido el diario de viaje de la
peregrina Egeria. ¡Cuántos peregrinos, cuántos santos han
seguido su itinerario a lo largo de los siglos! Aún cuando las
circunstancias históricas perturbaron el carácter esencialmente
pacífico de la peregrinación a Tierra Santa, dándole una
fisionomía que, más allá de las intenciones, concuerda bien poco
con la imagen del Crucificado, los cristianos más sensatos
intentaban sólo encontrar en aquella tierra el recuerdo vivo de
Cristo. Quiso la Providencia que, junto con los hermanos de las
Iglesias orientales, fueran sobre todo los hijos de Francisco de
Asís, santo de la pobreza, de la mansedumbre y de la paz, los
que, de parte de la cristiandad de occidente, interpretaran en
modo genuinamente evangélico el legítimo deseo cristiano de
custodiar los lugares en los que están nuestras raíces
espirituales.
5. Con este espíritu tengo intención de recorrer, si Dios
quiere, con ocasión del Gran Jubileo del 2000, las huellas de la
historia de la salvación en la tierra en la que ésta se ha
desarrollado.
El punto de partida serán algunos lugares destacados del Antiguo
Testamento. Con ello deseo manifestar la conciencia que tiene la
Iglesia de su permanente vínculo con el antiguo pueblo de la
alianza. Abraham es también para nosotros «padre de la fe» por
antonomasia (cf. Rm 4; Ga 3,6-9; Hb 11,8-19). En el Evangelio de
Juan se leen las palabras que Cristo pronunció un día sobre él:
«Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró»
(8,56).
Precisamente a Abraham se refiere la primera etapa del viaje que
planeo en mis deseos. En efecto, me gustaría, si ésta es la
voluntad de Dios, ir a Ur de los Caldeos, la actual Tal al
Muqayyar, en el sur de Irak, ciudad donde, según la narración
bíblica, Abraham oyó la palabra del Señor que lo arrancaba de su
tierra, de su pueblo, y en cierto modo de sí mismo, para hacer
de él el instrumento de un designio de salvación que abarcaba el
futuro del pueblo de la alianza e, incluso, todos los pueblos
del mundo: «Yahveh dijo a Abram: "Vete de tu tierra, y de tu
patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te
mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré.
Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición [...]. Por ti se
bendecirán todos los linajes de la tierra"» (Gn 12,1-3). Con
estas palabras comienza el gran camino del Pueblo de Dios. En
Abraham ponen sus ojos no solamente los que se precian de ser
descendencia física suya, sino también cuantos -y son
innumerables- se consideran su descendencia «espiritual», porque
comparten con él la fe y el abandono sin reservas a la
iniciativa salvífica del Omnipotente.
6. Las vicisitudes del pueblo de Abraham se desarrollaron
durante centenares de años en muchos lugares del próximo
Oriente. Pero han quedado como centrales los acontecimientos del
Éxodo, cuando el pueblo de Israel, tras una dura experiencia de
esclavitud, se puso en marcha bajo la guía de Moisés hacia la
Tierra de su libertad. Aquel camino estuvo marcado por tres
momentos, vinculados a lugares montañosos llenos de misterio. En
la fase preliminar destaca, ante todo, el monte Oreb, otra
denominación bíblica del Sinaí, donde Moisés tuvo la revelación
del nombre de Dios, signo de su misterio y de su eficaz
presencia salvífica: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14). También a
Moisés, al igual que a Abraham, se le pedía confiar en el
designio de Dios y ponerse a la cabeza de su pueblo. Comenzaron
así los dramáticos acontecimientos de la liberación, que
permanecerían en la memoria de Israel como una experiencia
fundamental para su fe.
Durante el camino por el desierto, también el Sinaí fue el
escenario en el que se estipuló la alianza entre Yahveh y su
pueblo. Este monte queda así unido al don del Decálogo, las
«diez palabras» que comprometían a Israel a una vida de total
adhesión a la voluntad de Dios. En realidad, estas «palabras»
expresaban los pilares de la ley moral de carácter universal
escrita en el corazón de cada hombre, pero que a Israel le
fueron consignadas en el marco de un pacto recíproco de
fidelidad, con el cual el pueblo se comprometía a amar a Dios,
recordando las maravillas realizadas por Él en el Éxodo,
mientras que Dios garantizaba su perenne benevolencia: «Yo,
Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la
casa de servidumbre» (Ex 20,2). Dios y el pueblo se comprometían
recíprocamente. Si en la visión de la zarza ardiente el Oreb, el
lugar del «nombre» y del «proyecto» de Dios, había sido sobre
todo el «monte de la fe», ahora, para el pueblo peregrino en el
desierto, se convierte en el lugar del encuentro y del pacto
recíproco, en cierto sentido el «monte del amor». ¡Cuántas
veces, a lo largo de los siglos, denunciando la infidelidad del
pueblo a la alianza, los profetas la han descrito como una
especie de infidelidad «conyugal», una verdadera traición del
pueblo-esposa respecto a Dios, su esposo! (cf. Jr 2,2; Ez
16,1-43).
Al final del camino del Éxodo se yergue otra cumbre, el monte
Nebo, desde el que Moisés pudo contemplar la Tierra prometida
(cf. Dt 32,49), sin el gozo de estar en ella, pero con la
certeza de haberla alcanzado finalmente. Su mirada desde el Nebo
es el símbolo mismo de la esperanza. Desde aquel monte pudo
constatar que Dios había mantenido sus promesas. Sin embargo,
una vez más debía abandonarse confiadamente a la omnipotencia
divina para el cumplimiento definitivo del designio anunciado.
Probablemente no me será posible detenerme en todos estos
lugares durante mi peregrinación. Pero al menos, si Dios quiere,
desearía visitar Ur, lugar de los orígenes de Abraham, y hacer
después una etapa en el célebre Monasterio de Santa Catalina, en
el Sinaí, el monte de la Alianza, que resume en cierto modo todo
el misterio del Éxodo, paradigma perenne del nuevo Éxodo que
tendrá su pleno cumplimiento en el Gólgota.
7. Si éstos y otros itinerarios similares del Antiguo Testamento
son tan ricos de significado para nosotros, es obvio que el Año
jubilar, conmemoración solemne de la encarnación del Verbo, nos
invita a detenernos sobre todo en los lugares en los que se
desarrolló la vida de Jesús.
Muy intenso es mi deseo de ir ante todo a Nazaret, ciudad unida
al momento mismo de la Encarnación y tierra en la que Jesús
creció «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante
los hombres» (Lc 2,52). Allí se oyó el saludo del Ángel a María:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28).
Allí pronunció Ella su fiat, «sí», al anuncio que la llamaba a
ser madre del Salvador y, por obra del Espíritu Santo, seno
acogedor para el Hijo de Dios.
Y, ¿cómo no acercarme a Belén, donde Cristo vio la luz, donde
los pastores y los Magos dieron voz a la adoración de toda la
humanidad? En Belén se oyó también, por primera vez, aquel
anuncio de paz que, proclamado por los Ángeles, continuaría
resonando de generación en generación hasta nuestros días.
Jerusalén, el lugar de la muerte en cruz y de la resurrección
del Señor Jesús, será una etapa particularmente significativa.
Ciertamente, los lugares que evocan la vida terrena del Salvador
son mucho más numerosos y hay tantos que merecerían ser
visitados. ¡Cómo olvidar, por ejemplo, el monte de las
Bienaventuranzas, el monte de la Transfiguración o Cesarea de
Filipo, región en la cual Jesús confió a Pedro las llaves del
Reino de los cielos, constituyéndole fundamento de su Iglesia!
(cf. Mt 16,13-19). Se puede decir que en Tierra Santa, de norte
a sur, todo recuerda a Cristo. Pero deberé contentarme con los
lugares más representativos y Jerusalén, en cierto modo, los
resume todos. Allí, si Dios quiere, tengo intención de sumirme
en oración, llevando en el corazón a toda la Iglesia. Allí
contemplaré los lugares en los que Cristo dio su vida y la
recuperó después en la resurrección, haciéndose don de su
Espíritu. Allí quisiera gritar una vez más la inmensa y
consoladora certeza de que «tanto amó Dios al mundo que dio a su
Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que
tenga vida eterna» (Jn 3,16).
8. Entre los lugares de Jerusalén a los que están más unidos los
acontecimientos terrenos de Cristo, es casi obligada la visita
al Cenáculo, donde Jesús instituyó la Eucaristía, fuente y
cumbre de la vida de la Iglesia. Allí, según la tradición,
estaban reunidos en oración los Apóstoles, junto con María,
madre de Cristo, cuando el día de Pentecostés recibieron el
Espíritu Santo. Entonces comenzó la última etapa en el camino de
la historia de la salvación, el tiempo de la Iglesia, cuerpo y
esposa de Cristo, pueblo peregrino en el tiempo, llamada a ser
signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).
La visita al Cenáculo quiere ser, pues, una vuelta a las fuentes
mismas de la Iglesia. El Sucesor de Pedro, que vive en Roma, el
lugar donde el Príncipe de los Apóstoles afrontó el martirio, ha
de volver constantemente al lugar en el que Pedro, el día de
Pentecostés, comenzó a proclamar en voz alta, con la fuerza
embriagadora del Espíritu, la «buena noticia» de que Jesucristo
es el Señor (cf. Hch 2,36).
9. La visita a los Santos Lugares de la vida terrena del
Redentor introduce, lógicamente, en los lugares que fueron
significativos para la Iglesia naciente y conocieron el empuje
misionero de la primera comunidad cristiana. Éstos serían
muchos, si seguimos la narración de san Lucas en los Hechos de
los Apóstoles. Pero, en particular, me gustaría poder detenerme
a meditar también en dos ciudades singularmente relacionadas con
la vida de Pablo, el Apóstol de los Gentiles. Pienso ante todo
en Damasco, lugar que evoca su conversión. En efecto, el futuro
apóstol se dirigía a aquella ciudad como perseguidor cuando
Cristo mismo se interpuso en su camino: «Saulo, Saulo, ¿por qué
me persigues?» (Hch 9,4). El celo de Pablo, una vez conquistado
por Cristo, se extendió con una progresión incontenible hasta
alcanzar gran parte del mundo entonces conocido. Muchas fueron
las ciudades que él evangelizó. En particular, desearía pasar
por Atenas, en cuyo Areópago Pablo pronunció un discurso
memorable (cf. Hch 17,22-31). Teniendo en cuenta el papel de
Grecia en la formación de la cultura antigua, se comprende por
qué aquel discurso puede ser considerado en cierto modo como el
símbolo mismo del encuentro del Evangelio con la cultura humana.
10. Abandonándome totalmente a lo que disponga la divina
voluntad, me gustaría que, al menos en sus puntos esenciales,
pudiera llevarse a cabo este proyecto. Se trata de una
peregrinación exclusivamente religiosa, tanto por su naturaleza
como por su finalidad, y me desagradaría que a este proyecto mío
se le atribuyeran otros significados diferentes. Más aún, ya
desde ahora lo estoy recorriendo en sentido espiritual, puesto
que ir a esos lugares, aunque sólo sea con el pensamiento,
significa en cierto modo releer el Evangelio mismo, hacer las
rutas que ha seguido la Revelación.
Ir con espíritu de oración de un lugar a otro, de una ciudad a
otra, en el espacio particularmente marcado por la intervención
de Dios, no solamente nos ayuda a vivir nuestra vida como un
camino; también nos presenta plásticamente la idea de un Dios
que nos ha anticipado y nos precede, que se ha puesto él mismo
en camino por las sendas de los hombres, que no nos mira desde
lo alto, sino que se ha hecho nuestro compañero de viaje.
La peregrinación a los Santos Lugares se convierte así en una
experiencia extraordinariamente significativa, evocada en cierto
modo por cualquier otra peregrinación jubilar. En efecto, la
Iglesia no puede olvidar sus raíces; más aún, debe volver a
ellas continuamente para mantenerse fiel al designio de Dios.
Por eso escribí en la Bula Incarnationis mysterium que el
Jubileo, celebrado simultáneamente en Tierra Santa, en Roma y en
las Iglesias locales de todo el mundo, «tendrá, por decirlo de
algún modo, dos centros: por una parte la Ciudad donde la
Providencia quiso poner la sede del Sucesor de Pedro y, por
otra, Tierra Santa, en la que el Hijo de Dios nació como hombre
tomando carne de una Virgen llamada María» (n. 2).
Esta atención a Tierra Santa, a la vez que expresa el recuerdo
obligado de los cristianos, quiere poner de relieve la profunda
relación que éstos siguen teniendo con el pueblo judío, del cual
Cristo proviene según la carne (cf. Rm 9,5). En estos últimos
decenios, especialmente después del Concilio Vaticano II, se han
dado muchos pasos para establecer un diálogo fecundo con el
pueblo que Dios ha elegido como primer destinatario de sus
promesas y de la alianza. El Jubileo debe ser una ocasión
ulterior para hacer crecer la conciencia de los vínculos que nos
unen, contribuyendo a disipar definitivamente las
incomprensiones que, por desgracia, han marcado tantas veces
amargamente a lo largo de los siglos las relaciones entre
cristianos y judíos.
Además, no podemos
olvidar que también para los seguidores del Islam la Tierra
Santa es un lugar importante y le tributan una especial
veneración. Espero ardientemente que mi visita a los Santos
Lugares pueda ofrecer también la oportunidad de un encuentro con
ellos, para que, incluso en la claridad del testimonio, se
acrecienten los motivos de un conocimiento y estima recíprocos,
así como de colaboración en el esfuerzo por dar testimonio del
valor del compromiso religioso y el anhelo por una sociedad más
conforme al designio de Dios, en el respeto de cada ser humano y
de la creación.
11. En este caminar por las tierras que Dios ha elegido para
plantar su «tienda» entre nosotros, deseo vivamente ser acogido
como peregrino y hermano, no sólo por las comunidades católicas
que tendré el gozo de encontrar, sino también por las otras
Iglesias que han vivido ininterrumpidamente en los Santos
Lugares y los han custodiado con fidelidad y amor al Señor.
Esta peregrinación que me preparo a realizar a Tierra Santa con
ocasión del Año jubilar, estará marcada, más que cualquier otro
de mis viajes, por el anhelo de la oración dirigida por Cristo
al Padre para que todos sus discípulos «sean uno» (Jn 17,21);
una oración que interpela, de manera aún más vigorosa, si cabe,
en el momento excepcional que abre el nuevo milenio. Por eso
desearía que todos los hermanos de fe, con docilidad al Espíritu
Santo, puedan ver en mis pasos de peregrino en la tierra hollada
por Cristo una «doxología» para la salvación que todos hemos
recibido, y sería una dicha para mí si pudiéramos reunirnos
juntos en los lugares de nuestro origen común, para testimoniar
a Cristo que es uno (cf. Ut unum sint, n. 23) y confirmar el
compromiso mutuo hacia el restablecimiento de la plena comunión.
12. No me queda, pues, sino invitar fervientemente a toda la
comunidad cristiana a ponerse idealmente en camino para la
peregrinación jubilar. Esta podrá celebrarse en las múltiples
formas que he indicado en la Bula de convocación. Pero
ciertamente serán muchos los que lo vivirán poniéndose
concretamente en marcha hacia aquellos lugares que han tenido un
relieve particular en la historia de la salvación. En cualquier
caso, todos debemos hacer ese viaje interior que tiene por
objeto separarnos de lo que, en nosotros y en torno a nosotros,
es contrario a la ley de Dios, para ponernos en disposición de
encontrar plenamente a Cristo, confesando nuestra fe en él y
recibiendo la abundancia de su misericordia.
En el Evangelio, Jesús se nos presenta siempre en camino. Parece
que tuviera prisa de ir de una parte a otra para anunciar la
cercanía del Reino de Dios. Anuncia y llama. Su «sígueme» obtuvo
la pronta adhesión de los Apóstoles (cf. Mc 1,16-20). Sintámonos
todos alcanzados por su voz, su invitación, su llamada a una
vida nueva.
Lo digo sobre todo a los jóvenes, ante los cuales la vida se
abre como un camino rico de sorpresas y de promesas.
Lo digo a todos: ¡Vayamos tras las huellas de Cristo!
Que el viaje que deseo hacer en el Año jubilar represente el
viaje de toda la Iglesia, deseosa de estar cada vez más
disponible a la voz del Espíritu, para ir con agilidad al
encuentro con Cristo, el Esposo: «El Espíritu y la novia dicen:
"¡Ven!"» (Ap 22,17).
Vaticano, 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo, del
año 1999.
[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del
2-VII-99]
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