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Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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Viaje a Tierra Santa
Dora
Amador
Noviembre de 2005
Meses antes de ir a Tierra
Santa a finales de octubre empecé a prepararme para el
largo viaje con el que había soñado tanto. Estudié mapas
bíblicos y actuales; leí diarios de viajes y testimonios
de peregrinos de diferentes épocas que, como yo,
anhelaban llegar al lugar elegido por Dios para hacerse
hombre y vivir con nosotros. Tierra donde María le dijo
``sí'' al ángel y dio a luz a la luz del mundo. Espacio
sagrado donde nació, vivió, murió y resucitó el Jesús de
la historia y el Cristo de la fe. Parte de mi
preparación espiritual fue la carta de Juan Pablo II
sobre su peregrinación a los lugares vinculados con la
historia de Salvación, escrita y publicada en ocasión
del Gran Jubileo del 2000. Esa carta fue fuente vital de
mi oración a medida que se acercaba el gran día.``En
la concreta actuación del misterio de la Encarnación, la
dimensión del ``espacio'' no es menos importante que la
del tiempo. Así como el tiempo puede estar acompasado
por el kairoi, momentos especiales de gracia, el espacio
está marcado análogamente por particulares
intervenciones salvíficas de Dios. Esta intuición está
presente en todas las religiones, en las cuales no
solamente hay tiempos, sino también lugares sagrados, en
donde puede experimentarse el encuentro con lo divino
más intensamente de lo que sucede habitualmente en la
inmensidad del cosmos.'' |
| Nueve horas de Miami a
Madrid y cuatro de allí a Tel-Aviv. Tuve tiempo de
releer los evangelios y partes de Isaías. Mi libro de
viaje era, por supuesto, la Biblia. Allá nos esperaba el
padre Sergio Olmedo, un joven fraile franciscano chileno
que desde hace 13 años forma parte de la Custodia
Franciscana de Tierra Santa. Tenerlo de guía fue otro
regalo que el Señor nos tenía. Inherente a toda
experiencia de Dios es la imposiblidad humana de
expresarla. El lenguaje tiene su limite en lo sagrado,
lo santo. Y el corazón carece de espacio y de tiempo
-que se mide con cada latido- para recibir tanto,
guardar tanto; sólo la gracia de Dios hace posible que
sintamos su presencia, que trasciende todo tiempo y
espacio, en esta vasija de barro que somos; únicamente
la gracia de nuestro Creador nos hace capaces de
comprender en un instante, no con la razón, sino con el
alma, lo que dijo el salmista: para Dios un día son mil
años y mil años como una vela nocturna. Navegué en el
Mar de Galilea; me sumergí en el Río Jordán; subí al
Monte Tabor, al de las Bienaventuranzas, al Carmelo;
entré en la Basílica de la Natividad, en Belén; caminé
por Cafarnaúm y entré en la casa de Pedro, que hizo suya
Jesús; fui a la casa de la Virgen María, en Nazaret; a
Qum Ram en el desierto, donde se hallaron los Rollos del
Mar Muerto; al Jardín de los Olivos; la Vía Dolorosa, el
Gólgota, el Santo Sepulcro, lugar bendito de la muerte y
resurrección de nuestro redentor.
¡Jerusalén! ¿Cómo describirte? Tu hermosura y tu poder
simbólico son reflejo del autor de la belleza y del
misterio de la fe. Peregrinar a ti es vivencia de
conversión y penitencia, de gozo y gracia jamás vividas.
No hay ciudad que se te pueda comparar; eres el corazón
del mundo.Fue leyendo el evangelio de San Juan una
noche en la bien llamada Ciudad Santa que comprendí que
sólo hay una manera de responder a la pregunta de qué se
experimenta al seguir literalmente las huellas de Jesús
en Israel y Palestina. ``Al día siguiente, Juan se
encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos.
Fijándose en Jesús que pasaba, dice: `He ahí el Cordero
de Dios'. Los dos discípulos lo oyeron hablar así y
siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo
seguían, les dice: `Qué buscan?' Ellos le respondieron
`Rabí -que quiere decir maestro- ¿dónde vives?' Les
respondió: `Vengan y lo verán'. Fueron, pues, vieron
dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran más o
menos las cuatro de la tarde''. (Juan 1, 35-39)
Yo sólo puedo decirles a los lectores cristianos: vayan
y vean. Recomiendo peregrinar en grupo y tener como guía
-y compañero espiritual de viaje- a un fraile. La Orden
Franciscana está a cargo de la Custodia de Tierra Santa
desde hace 700 años. Cada uno de ellos les explicará los
Santos Lugares teniendo como base la arqueología, la
tradición -memorial de peregrinaciones que se remonta a
los siglos II y III- y la fe. Todos los días celebrará
misa en uno de ellos.Lo que quiere la Custodia franciscana es que los cristianos vayamos a Tierra
Santa, que no es sólo de musulmanes y de judíos
israelíes, también es nuestra. Nos lo pide urgentemente: vayamos a dar testimonio entre aquellas
piedras vivas que hablan. |
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