Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2007
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Jesús de
Nazaret ayer y hoy
Carlo Maria Martini
El arzobispo emérito de Milán hace una reseña para 30 días del
libro Gesù di Nazaret de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI
Muchos son los libros sobre Jesús que han sido publicados en los
últimos tiempos, en varios idiomas y desde distintos puntos de
vista. Esto subraya la extraordinaria actualidad de la figura de
Jesús y la multiplicidad de los enfoques posibles. Pero hasta
ahora no había ocurrido que saliera sobre Jesús un libro de un
Papa. El papa Juan Pablo II nos había acostumbrado a algunas
narraciones sobre su vida. Pero es la primera vez que sale un
libro de un Papa que afronta un tema tan arduo y amplio. Es
verdad que en este volumen se tratan sólo algunos aspectos de la
vida de Jesús, que van desde el Bautismo a la Transfiguración.
El autor espera completar su obra en no mucho tiempo. Con todo,
es obligatoria la pregunta: ¿son las palabras contenidas en este
volumen las de un Papa, con toda su fuerza magisterial, o son
las reflexiones de un estudioso que expresa sus convicciones
personales, aunque procedan de una larga familiaridad con su
tema y a partir de su implicación personal en la vida de la
Iglesia y en el seguimiento de Cristo?
El mismo Papa resuelve esta posible ambigüedad diciendo: «Creo
que no es necesario decir expresamente que este libro no es en
absoluto un acto magisterial, sino la expresión de mi búsqueda
personal del “rostro del Señor” (cf. Sal 27, 8). Por lo tanto,
cada cual tiene libertad para contradecirme. Sólo pido a las
lectoras y a los lectores el adelanto de simpatía sin el cual no
existe comprensión posible» (p. 20). Nos proponemos, pues, hacer
una recensión del libro con simpatía y libertad de espíritu.
El autor durante el periodo de sus estudios y de enseñanza en
varias universidades alemanas (recuerdo que yo también asistí a
sus clases en la Universidad de Münster, en Westfalia) pudo
seguir las distintas vicisitudes de la investigación histórica
sobre Jesús. Él mismo había escrito sobre ello en los años
sesenta y me acuerdo que leí esas páginas con mucho interés.
Mientras tanto, han continuado los debates sobre la posibilidad
de saber algo que fuera históricamente seguro sobre la vida de
Jesús, con la tendencia a separar el Cristo histórico del Cristo
de la fe.
Leyendo estas páginas se hallan a menudo referencias a este
trasfondo, empezando por la distancia que el autor toma de un
gran exégeta católico contemporáneo, como Rudolf Schnackenburg,
desde las páginas del prefacio: «Está claro que con esta visión
de la figura de Jesús voy más allá de lo que dice, por ejemplo,
Schnackenburg en representación de una buena parte de la
exégesis contemporánea». Ésta «nos ha hecho conocer una gran
cantidad de fuentes y de concepciones a través de las cuales la
figura de Jesús puede hacerse presente con una vivacidad y una
profundidad que sólo hace unas pocas décadas no podíamos ni
siquiera imaginar». Y, sin embargo, el autor quiere aplicar «los
nuevos criterios metodológicos, que nos permiten una
interpretación propiamente teológica de la Biblia y que
naturalmente requieren de la fe, sin que por ello quiera yo
renunciar en absoluto a la seriedad histórica» (p. 19).
Se empieza así a delinear el método propio del autor, sobre el
que volveremos luego. Pero ocupémonos ahora del libro en sí. Se
titula Gesù di Nazaret, y se ocupa, como dije antes, de los
hechos de la vida de Jesús desde el Bautismo a la
Transfiguración. La obra lleva por título Gesù di Nazaret, pero
creo que el verdadero título debería ser más concretamente
“Jesús de Nazaret ayer y hoy”. De hecho el autor pasa con
facilidad de la consideración de los hechos relativos a Jesús a
la importancia que estos tienen para los siglos siguientes y
para nuestra Iglesia. Por eso el libro está lleno de alusiones a
las cuestiones contemporáneas.
Por ejemplo, hablando de la tentación en el desierto, cuando
Satanás le ofrece a Jesús el dominio del mundo, el autor afirma
que «su verdadero contenido se hace visible cuando constatamos
cómo cada vez toma nueva forma en el decurso de la historia. El
imperio cristiano trató muy pronto de transformar la fe en un
factor político para la unidad del imperio. El reino de Cristo,
por tanto, debía tomar la forma de un reino político y de su
esplendor. La debilidad de la fe, la debilidad terrenal de
Jesucristo tenía que estar sostenida por el poder político y
militar. En el transcurso de los siglos esta tentación –asegurar
la fe mediante el poder– se ha ido presentando continuamente, de
diferentes maneras, y siempre la fe ha corrido el peligro de
quedar sofocada por el abrazo del poder» (pp. 62-63).
Este tipo de consideraciones sobre la historia posterior a Jesús
y sobre la actualidad le da al libro una amplitud y un sabor que
otros libros sobre Jesús, preocupados por el debate meticuloso
sólo de los acontecimientos de la vida, no poseen.
El autor muestra que sin la realidad de Jesús, hecha de carne y
sangre, el cristianismo se convierte en un simple moralismo y en
un asunto del intelecto. Por eso se preocupa también de anclar
la fe cristiana en las raíces judías, y lo hace tanto
refiriéndose a la profecía de Dt 18, 15, de la que parte el
tratado del libro, como recordando otros muchos pasajes del
Antiguo Testamento que son citados por Jesús y que, además de
constituir el marco dentro del cual entender sus palabras, le
dan un contexto preciso a su historia.
Pero lo que le interesa sobre todo es el hecho de que este Jesús
tiene una visión de Dios que no tiene ningún otro hombre. Cita
por eso el prólogo del Evangelio de san Juan: «A Dios nadie le
ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él
lo ha revelado» (Jn 1, 18). Es el punto de inicio a partir del
cual es posible comprender la figura de Jesús. Esto comporta
cierta compenetración entre conocimientos históricos y
conocimientos de fe. Cada uno de estos caminos, tanto el de la
razón como el de la fe, conservan su dignidad, libertad y método
propio, sin mezclas ni confusiones.
De todo ello trasluce claramente también el método de trabajo.
El autor está totalmente en contra de lo que recientemente,
sobre todo en la literatura americana anglosajona, ha sido
definido como “el imperialismo del método histórico-crítico”
(véase por ejemplo W. Brueggemann, Teologia dell’Antico
Testamento, 2002). El autor reconoce que dicho método es
importante, pero que tiene el peligro de desmembrar el texto y
de hacer incomprensibles los hechos a los que el texto hace
referencia. Se propone, pues, leer los diferentes textos en el
marco de la totalidad de la Escritura. Resulta así claro «que en
el conjunto hay una dirección, que el Antiguo y el Nuevo
Testamento están íntimamente unidos entre ellos. Está claro que
la hermenéutica cristológica, que ve en Jesucristo la clave del
todo y, partiendo de Él, aprende a comprender la Biblia como
unidad, presupone una decisión de fe y no puede derivarse del
puro método histórico. Pero esta decisión de fe tiene de su
parte la razón –una razón histórica– y permite ver la unidad
íntima de la Escritura y comprender así de una manera nueva
también cada trecho de camino, sin quitarles su propia
originalidad histórica» (p. 15).
El autor rechaza,
pues, la contradicción entre fe e historia, porque está
convencido de que el Jesús de los Evangelios es una figura
históricamente sensata y coherente y que la fe de la Iglesia no
puede renunciar a cierta base histórica. Todo esto significa en
la práctica que el autor, como dice él mismo, tiene confianza en
los Evangelios, aunque integra todo lo que la exégesis moderna
dice de ellos. De esto resulta un Jesús real, un Jesús histórico
en el sentido propio y verdadero del término, cuya figura es
mucho más lógica e históricamente comprensible que las
reconstrucciones con las que hemos tenido que confrontarnos en
los últimos decenios (cf. pp. 17-18).
El autor está convencido de que «sólo si sucedió algo
extraordinario, sólo si la figura y las palabras de Jesús
superaban radicalmente todas las esperanzas y las expectativas
de la época, se explica su crucifixión y su eficacia» (p. 18).
Esa eficacia que veinte años después hizo que sus discípulos le
reconocieran el nombre que el profeta Isaías había reservado
sólo a Dios.
Como consecuencia de esto el autor expresa su convicción de «que
el tema más profundo del anuncio de Jesús era su misterio
personal, el misterio del Hijo, en que Dios está entre nosotros
y mantiene su palabra» (p. 224). Esto es verdad en especial para
el sermón de la montaña, al que el autor dedica dos capítulos,
como para el mensaje de las parábolas y para las otras grandes
palabras de Jesús.
Si este es el método del autor, ¿qué hemos de pensar del
resultado global de esta obra? El autor confiesa que el libro es
el resultado de un largo camino interior (pp. 7 y 20). Comenzó a
trabajar en él durante las vacaciones del año 2003. El libro es,
sin embargo, el fruto maduro de una meditación y de un estudio
que han ocupado toda su vida.
La consecuencia que saca el autor es que Jesús no es un mito,
sino un hombre de carne y sangre, una presencia real en la
historia. Podemos seguir los caminos que él recorrió. Podemos
oír sus palabras gracias a los testigos. Él murió y resucitó.
Este libro es el ardiente testimonio de un gran estudioso, que
hoy tiene un puesto de primer plano en la Iglesia católica,
sobre Jesús de Nazaret y sobre su significado para la historia
de la humanidad y para la percepción de la verdadera figura de
Dios. Es siempre alentador leer testimonios como este. Para mí
el libro es muy hermoso y se deja leer con cierta facilidad (le
aconsejaría al lector que empiece por los capítulos sobre los
discursos de Jesús). No es un libro pesado, pero sí un libro que
hace pensar.
El libro no se limita sólo al aspecto intelectual. Nos muestra
el camino del amor de Dios y del prójimo, como dice muy bien
explicando la parábola del buen samaritano: «Ahora nos damos
cuenta de que todos necesitamos el don del amor salvífico de
Dios mismo, para poder ser nosotros también personas que aman.
Necesitamos siempre a Dios que se hace prójimo nuestro, para
poder, a nuestra vez, hacernos prójimos» (p. 238).
El autor afronta también el tema del “fracaso del profeta”, de
todo verdadero profeta: «Su mensaje contradice demasiado la
opinión común, las costumbres corrientes. Sólo a través del
fracaso su palabra se torna eficaz. Este fracaso del profeta
flota como una oscura pregunta sobre toda la historia de Israel
y se repite de alguna manera continuamente en la historia de la
humanidad. Es sobre todo cada vez de nuevo también el destino de
Jesucristo: Él acaba en la cruz. Pero precisamente de la cruz
deriva la gran fecundidad» (p. 226).
Llegados hasta aquí conviene esperar el segundo volumen, que
tratará del misterio de la pasión, muerte y resurrección de
Jesús. La lectura de este libro nos invita, pues, a esperar con
deseo el que seguirá.
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