Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de
2007
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La Vida ha vencido a la muerte
Xavier Pikaza
Hace dos semanas reflexioné sobre la fe. Estos últimos días he
tratado de los mártires y de los muertos ("almas del
purgatorio"). Hoy, Día de Difuntos, quiero colgar un texto de mi
amigo, primer Decano de la Facultad de Teología de San Dámaso de
Madrid. Él me ayudó a vivir. Yo tuve la inmensa gracia de
acompañarle, con otros amigos y amigas, en el camino de la
muerte, que fue camino de vida y que culminó en la Navidades del
1996. Por eso, al recordarle este día entre mis amigos difuntos,
quiero abrir en mi blog, un hueco a su palabra.
Amigo Eliseo
Murió como había vivido: como creyente cristiano, como amigo de
sus amigos, sin odiar a nadie, martirizado por muchos, en
esperanza de resurrección, alimentado por la certeza emocionada
de la Ciudad Futura de Ap 21-22.Me había pedido que le comentara
ese texto que habla de la Gloria de la Vida (Cielo Nuevo, Nueva
Tierra). Me había pedido que terminara de escribir un trabajo
que él había comenzado sobre el "logion escatológico" de Mc 14,
25, donde Jesús invita a sus amigos y les dice: ¡La próxima copa
en el Reino de los Cielos!
Amigo Eliseo, déjame que te hable, hoy, día de los difuntos, es
decir, de los vivientes en Dios, como tu decías. Sabes que
tenemos una copa pendiente, aquella de la que tú me hablabas, la
copa de Jesús, con vino nuevo, en el Reino final de la justicia
y de los ojos bellos de Dios y de la vida, que tú me enseñaste a
mirar... Sabes que terminé tu trabajo sobre la vida y lo
publiqué en tu nombre, como seguirás sabiendo, en el homenaje a
E. Vilanova (¡también fallecido, aunque más tarde que tú!). No
hará falta que te diga que conservo gran parte de sus escritos,
que elaboramos muchas veces juntos. Forman parte del tesoro de
mi vida, en la que estabas y sigues estando tú, porque creías en
la Vida y con esa fe acabaste tu jornada. Presentaré algún día
tu semblanza en este blog, el sentido de conjunto de tu obra,
con algunos trabajos especialmente significativos. Hoy recojo tu
reflexión sobre la fe en la vida por encima de la muerte.
Éste es un buen trabajo para ese Día de Difuntos, día de Fe en
el Dios que acoge a los que mueren y, en especial, a los que
mueren por amor a la justicia, como tú,Eliseo. Tú ofreciste una
visión amplia del tema aparece en tu libro: Escatología
Cristiana, San Pio X, Madrid 1990. Fue un libro que nos hizo
gozar y sufrir, porque algunos lo criticaron sin causa,
cerrándote puertas que debían estar abiertas para tí, por tu
humanidad, por tu sabiduría, por tu amistad. Adiós por hoy,
Eliseo. Recuérdame a los amigos comunes que están del lado tuyo
de la Vida.
La fe de Israel
Hay una cosa chocante en la fe religiosa de Israel si se la
compara a otros pueblos religiosos pero politeístas. Es su falta
de esperanza más allá de la muerte, a pesar de ser el único
pueblo monoteísta que ha hecho su opción por el Dios vivo como
único Dios. Un horror especial se extendía entre ellos en
referencia a la muerte y al lugar y destino de los muertos (el
«sheol»). Allí iban a parar todos sin distinción de clases ni
calificación ética o religiosa: pobres y ricos, sabios e
ignorantes, poderosos y plebeyos, justos y pecadores. Allí eran
como sombras, incapaces de hacer nada. La muerte los pastoreaba.
Otros pueblos politeístas creían en la supervivencia de los
muertos y hasta les rendían culto como dioses manes. Egipto, con
quien tuvo Israel una relación de vida y muerte, había
embalsamado a sus faraones y altos funcionarios como soporte a
la inmortalidad de sus almas, que vagaban por el otro mundo
hasta llegar a la morada inmortal de los dioses.
Grecia tuvo a filósofos como Sócrates y sobre todo Platón que
propugnaron la fe filosófica en la inmortalidad del alma
separada. El último escribió dos admirables diálogos -el Fedón y
el Banquete- para colocar en boca del gran maestro Sócrates esta
idea luminosa de la inmortalidad del alma. Israel, sin embargo,
permanecía mudo y horrorizado ante la muerte, anclado a este
mundo, aunque sin perder de vista su fe en Dios. La muerte para
este pueblo monoteísta era el máximo escándalo de su fe en
Yahvé. La muerte era el antípoda y la antítesis de Dios. Sólo en
esta vida cifraba su experiencia y comunión de alianza con Dios.
Aquí se percibían sus dones y bendiciones y eran fiables y
verificables sus promesas. Probablemente rechazaron la esperanza
egipcia en la inmortalidad, porque iba ligada al politeísmo y
porque los dioses de Egipto habían legitimado la opresión y la
esclavitud de los hebreos al legitimar a sus faraones y su
sistema de dominación. Los hebreos odiaron una y otra cosa.
Más tarde y en otro contexto los hebreos a través de los iraníes
o persas después de la cautividad babilónica se abrirán a la
esperanza de la resurrección, pero pasando por su fe monoteísta
y también a la inmortalidad de los griegos, como refleja el
tardío libro de la Sabiduría, pero acoplándolo a su esperanza
israelita.
En el entretanto, Israel respira por el salmo 88 su horror y su
escándalo ante la muerte y esto en boca de un piadoso israelita.
Hasta entonces desconoce qué relación y qué poder puede tener
Yahvé con la muerte o el «sheol». El piadoso creyente del salmo
experimenta a ésta como una triple excomunión: le aparta de
Dios, de los suyos y de su tierra. Por eso exclama en un grito
desgarrador: «¿Harás maravillas por los muertos? ¿Se alzarán las
sombras para alabarte? ¿Se anuncia en el sepulcro tu
misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte? ¿Se
conocen tus maravillas en la tiniebla o tu justicia en el país
del olvido?» (Sal 88,11 -13).
Estos gritos son súplicas y búsqueda de una más consoladora y
victoriosa revelación del Dios de Israel sobre la muerte y el
«sheol».
La crisis de Israel en el exilio
Si la enfermedad grave, la persecución por parte de los enemigos
y sobre todo la misma muerte son los enemigos del alma o de la
vida de un israelita creyente, el exilio babilónico, primero con
la caída del reino del norte (Israel) en tiempos de Sargón II en
el 721 a.C. y después el reino del sur (Judá) con Nabucodonosor
en el 587 a.C, fue la hecatombe del pueblo. Conllevó la
destrucción del país e incontables muertos y la destrucción de
las instituciones religiosas y políticas, columna vertebral de
Israel: el templo, el sacerdocio y la monarquía. Israel
experimentó la ira de Dios, la antítesis del éxodo y de la
entrada y posesión de la tierra prometida. El ángel
exterminador, que antes asoló a los egipcios, ahora se cebó en
las filas de los judíos, arrasando y sembrando la muerte. Era el
precio del pecado e infidelidad de Israel y Judo a su Dios.
En un contexto más personalizado, pero suponiendo la doble
crisis religiosa, individual y colectiva, se sitúan dos libros
del Antiguo Testamento. La transmiten y ahondan. Son Job y el
Qohelet o Eclesiastés. Corresponden a un período posterior al
exilio: el siglo V a.C. para el primero y el siglo III a.C. para
el segundo.
Job, un contencioso con Dios
Job es un jeque árabe o edomita, creyente, justo, no israelita,
lleno de hijos y de rebaños, figura emblemática de la vida
patriarcal de Israel. En un consejo de Dios con su corte de
ángeles asiste también el adversario de Job, Satán. Representa
algo así como «el rostro oscuro de Dios» que golpea al hombre.
Se decide en el consejo divino a instancias del adversario Satán
someter a prueba al justo Job. Existe una sospecha que la
manifiesta aquél: Job es justo y creyente en Dios por puro
interés, porque le va bien. Pero si cambiasen las tornas, si le
menudeasen desgracias, es posible que dejase de creer en Dios y
de bendecirle. Entonces pasaría a ser un difamador, adversario y
blasfemo de Dios.
Están también en juego en este libro el porqué y el para qué de
los sufrimientos y desgracias del fiel justo y creyente en Dios,
mientras al malvado e impío le va viento en popa.
Satán arranca de Dios el permiso para probar a Job con
diferentes desgracias, desde el robo de ganados por cuatreros y
destrucción de sus alquerías hasta la muerte de sus hijos e
hijas. Pero la última prueba, la peor de todas, que se reserva
Satán, le afectará a su propia vida, le tocará la piel. Una
lepra galopante irá corroyendo su piel y su carne hasta dar con
él en un estercolero. Pero del justo y paciente Job no se oye
ningún lamento contra Dios, sino por el contrarío una total
sumisión a la voluntad soberana de Dios, que está por encima del
mal y del bien: «Dios me lo dio, Dios me lo quitó, bendito sea
Dios» (1,21). Algo así dirá Teresa de Jesús en fórmula propia y
amorosa: «Sólo Dios basta». Job todavía se atreve a balbucear
teológicamente: «Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no
aceptaremos también los males?» (2,10). Por donde pone a Dios
fuera de toda sospecha y al reparo de la fe del creyente.
Pero, aunque Job aparece fiel y paciente en el texto en prosa,
otra cosa es en sus diálogos en verso con los tres personajes
amigos, Bildad, Elifaz y Elihú, que en líneas generales se
mantienen ligados a la imagen tradicional de Dios, que premia a
los buenos y castiga a los malos en esta vida. Para ellos Job es
un recalcitrante que pretende ocultar ante Dios algún pecado,
por mantener enhiesta su inocencia. Si confesara su culpa, de
otra manera le irían las cosas. Dios le volvería a bendecir en
esta vida. Pero Job prefiere seguir con su pleito con Dios,
quiere llegar al fondo de su dolor. Con un grito de maldición
para el día de su nacimiento (3,2) inicia su queja que abre su
desconcierto por la serie sin fin de males que han caído sobre
él y por la muerte que le ronda, sin haber causado mal a nadie y
haber sido fiel a Dios. El se siente incomprendido de todos y lo
que es peor, sin que Dios dé la cara en el asunto del justo
castigado. Esto es lo que quiere arrancar de Dios: ¿Cuál es el
motivo y sentido de sus males? ¿Por qué Dios se comporta tan
duramente con el justo ¡nocente? ¿Qué sentido tiene el mal en
esta vida y qué salida hay para él? (9,32-35; 13,8-16).
En este contencioso humano-divino con Dios, Job arranca de El
una revelación o experiencia nueva. No es tematizada en forma de
resurrección de los muertos como respuesta justa y salvadora de
Dios al justo sufriente, perseguido por la injusticia o que
sucumbe ante la enfermedad mortal, pero está en camino de ello.
Es el texto más admirable, fruto de su búsqueda angustiosa, pero
confiada, en Dios. Esta esperanza gozosa y triunfal en el Dios
de la vida, plenamente justo y misericordioso, emerge a través
del despliegue de la creación (Job 38-42,5). No es una respuesta
teórica, no es un tópico ideológico. Es una experiencia
reveladora y salvífica. Dirá: «Yo te conocía sólo de oídas, más
ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento
en el polvo y en la ceniza» (42,5).
Esta esperanza experimentada en el Dios creador, que todo lo
puede y es sabio y bueno, le impulsa a Job a explayarla con tal
vigor y belleza que la liturgia cristiana de la muerte se adueñó
de ella para expresar la esperanza del cristiano en la
resurrección en virtud del Cristo resucitado, su Redentor: «Yo
sé que está vivo mi redentor («Go’el», el vengador y defensor) y
que al final se alzará sobre el polvo; después que me arranquen
la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro,
mis propios ojos lo verán» (Job 19,25ss). El texto de Job ha
dicho menos que la liturgia cristiana, pero ha abierto la brecha
de la esperanza que con creces corroborará Jesús con su pasión y
resurrección.
Qohelet o el escepticismo creyente
El Qohelet o Eclesiastés no hace más que abundar en la crisis
del exilio desde una perspectiva particular. Esta vida está
sometida a la alternancia de los contrarios (nacer-morir,
plantar-arrancar, guerra-paz, verano-invierno, día-noche...) y
además no se ve clara la frontera entre el bien y el mal en esta
vida. Por eso los justos no siempre prosperan en esta vida,
mientras que a los impíos y malvados les va bien. Por eso ante
este desnivel, ante esta ambigüedad en los grandes éxitos por
los que se desviven los hombres -riquezas, sabiduría, placeres-
el Qohelet proclama que todo eso es «cazar viento» y que es
«vanidad de vanidades». En cambio, sólo mantiene la fe
inquebrantable en Dios, cuyos secretos son inescrutables. Más
allá de la fe en Dios nada se sabe con seguridad. Y menos acerca
de la muerte y su más allá (Ecl 12,7). Frente a su escepticismo
ante los grandes valores ofrece su estima por los goces caseros:
la mujer, los hijos y la tierra. Una «áurea mediocritas» baña
suavemente sus dudas y la basa en su fe en Dios (12,13).
La salida del túnel: esperanza en la resurrección final Al final
de este largo y azaroso trayecto, expuesto a la crisis colectiva
y personal, cuando parecía que todas las compuertas de la vida
se cerraban, sale Israel triunfante y esperanzado en su Dios en
gran parte por los profetas, pero también por los místicos de la
alianza y por los mártires.
Dios ofrece a su pueblo sufriente y maltratado la promesa de la
resurrección. La promesa de la vida se amplía, se abre a una
promesa mayor y más definitiva. Y así Israel, el pueblo más
madrugador en el Dios vivo, pero más tardío en formular la
esperanza en la otra vida, suficientemente probado aquí después
de estimar como ninguno los bienes de esta vida como bienes de
la alianza, se abre por fin a una esperanza trascendente en
Dios.
La experiencia totalmente gratificante del amor de Yahvé La
muerte y el «sheol» no son obstáculos irremontables para Dios
que ha creado de la nada, que ha «llamado del no ser a la
existencia» a todo cuanto existe. Resurrección de los hombres y
«unos cielos nuevos y una tierra nueva» (Is 65,17; 66,22; cf 2
Pe 3,13) son la promesa y la salida que nos ofrece el Dios
creador, que es al mismo tiempo el Dios remunerador y
resucitador. El hombre sometido a la angustia de la muerte,
herido por el pecado y las injusticias, el mundo sometido a la
corrupción, al drama y a la vanidad, la historia final amenazada
de muerte y de destrucción encuentran en Dios la clave de su
esperanza, la razón para la lucha por la justicia y la paz.
Israel en sus profetas, sabios, apocalípticos y mártires ofreció
desde Dios una esperanza en que confiar.
Así lo confiesan los salmos místicos (Sal 16,49,73) los cuales
no pueden concebir que la alianza de Dios con el justo y piadoso
creyente se rompa o interrumpa por la muerte. Ese amor
experimentado en la alianza de Yahvé encierra ya aquí un gozo
inefable. Es el lote del justo y su heredad. La fidelidad de
Dios y su amor es más fuerte que la muerte. Así se canto en el
Cantar de los Cantares 8,6-7. Y el piadoso salmista puede
expresar su confianza en Yahvé de esta forma: «por eso mi carne
descansa serena, porque no dejarás a tu siervo conocer la
corrupción (del sepulcro)» (Sal 16,9-10). No es extraño que este
salmo se haya visto en la primitiva comunidad apostólica como
Histológico y mesiánico y se le haya aplicado a la resurrección
de Jesús (Hch 2,25-28). Pero además ven en estos salmos (49,16;
73,23-24) motivos para pensar en el mismo destino de Menoc y de
Elias. El primero «por andar con Dios desapareció, porque Dios
se lo llevó» (Gn 5,24; Sb 4,10-11). Y Elias, el profeta luchador
por la fe monoteísta de su pue-blo en Yahvé frente a los Baales,
mereció ser «arrebatado al cielo» (2 Re 2; Eclo 44,16; 48,
9-11). En los tiempos de Jesús la creencia popular tenía a estos
dos personajes como vivientes con Dios.
Los profetas de la resurrección de Israel
Los profetas, que experimentaron la muerte y el exilio de su
pueblo, encontraron en el mismo Dios que los había herido y
castigado, al que les podía vendar la herida y sanar del todo.
Así lo profetiza Oseas con palabras como estas: «al tercer día
nos resucitará y viviremos en su presencia» (6,1-2). Palabras
que le sirvieron a Jesús para auto-biografiar su ministerio y
profetizar su fin, cuando recibió un aviso de parte de los
fariseos advirtiéndole que Herodes Antipas andaba buscándole
para matarlo: «Decidle a ese zorro que hoy y mañana curo a los
enfermos y expulso demonios y al tercer día me consumo» (Le
13,32). Ahí está también esa impresionante profecía de Ezequiel
(37,1-14), que inspiró las escenas de Miguel Ángel en el Juicio
Final de la Capilla Sixtina. Todo el pueblo de Israel en el
exilio es un montón caótico de huesos calcinados en un inmenso
cementerio que es la estepa. Sobre ellos se vuelve el profeta
por mandato de Dios para que los ponga en pie, los articule, los
revista de carne y tendones y finalmente les insufle un espíritu
de vida. Es como una nueva creación. Esa profecía se cumplió en
el retorno de su pueblo después de la cautividad. Pero esta
resurrección histórica tan importante no agotó todo su sentido.
Una vez pasada, siguió siendo este texto uno de los preferidos
por Israel y por los cristianos (Mt 27,52-53) para representar
la resurrección final y universal (escatológica). En esta misma
línea están los apocalipsis de Isaías (26,19) y sobre todo el de
Daniel (12,2-3).
Fe en la resurreciòn, fe desde el martirio
Serán los mártires de Israel los que, como los siete hermanos y
la madre viuda refrenden con su sangre la esperanza en la
resurrección final, cuando Yahvé los resucite y les devuelva la
vida a los que han muerto por él (2 Mac 7). Esto último es
sumamente elocuente para rebatir a los maestros de la sospecha y
de la secularización, Freud y Feuerbach, que interpretan que la
fe en la resurrección es un impulso burgués por prolongar esta
vida, una supervivencia como revanchismo o como premio a la
consolación de una vida frustrada. Fue, en cambio, una generosa
entrega de la vida, que en el caso de Jesús, que convalida y
supera toda la esperanza del Antiguo Testamento, entrega su vida
libremente, sin retener nada de ella, en favor de Dios y de sus
hermanos, los hombres pecadores. Este hombre que es el Hijo lo
ha dejado todo en su muerte en manos de su Padre. Y Este le
respondió con un amor más fuerte que la muerte, resucitándolo de
entre los muertos y constituyéndolo Señor de vivos y muertos.
Al final resume muy bien Pablo toda esta esperanza victoriosa de
Jesús: «La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde
esta, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» (1
Cor 15,55). La muerte ha sido colocada contra las cuerdas de la
vida y resurrección de Jesús y lo mortal se ha revestido de la
inmortalidad de la resurrección de Jesús «primicias de los
resucitados».
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