Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de
2007
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Gocémonos amado. El placer místico
Xavier Pikaza
Éstas son las palabras centrales de la “persona enamorada”, que
responde al gozo de Dios (que vio que todas las cosas eran
buenas: Gen 1), invitándole y diciéndole que goce. Éste es el
momento del gran fiat, es decir, del hágase de la persona humana
que acepta y agradece el don de Dios y amorosamente le responde.
De esa forma, el “hágase tu voluntad” del Padrenuestro (cf.. Mc
14, 36; Mt 6, 10), se convierte en un hagamos y gocemos. Estas
palabras se encuentran en el culmen de la mística de San Juan de
la Cruz, Cántico Espiritual [CB] 36. Así pasamos de la mística
del cuerpo, que ayer hemos expuesto, a la mística del gozo.
Gocémonos, amado.
Así lo dice la persona amante, de forma emocionada, buscando el
placer compartido: gocémonos, Amado. Esta es la Palabra clave de
la humanidad. Todo lo anterior era un preludio. Los amantes se
habían ido disponiendo y preparando. Ahora, al final del camino,
ella, la persona amada, propone a Dios, en nombre de toda la
creación, un programa de gozo (CB 36):
Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.
Aquí habla la mujer del paraíso, que en otro tiempo quiso
“robar” la manzana de Dios, imponiendo su criterio (Gen 2-3).
Ahora no quiere “robar”, sino gozarse con Dios y ofrecerle su
gozo, descubriendo la vida como deleite compartido, uno en otro
y para el otro. Han hecho el camino, han llegado a una meta de
cielo, para amarse en plenitud y gozarse en la contemplación
mutua sin fin.
No gozan en común otra cosa, sino su propia vida, pues existen
sólo al compartirla, sobre todo deber, obligación o ley. No
tienen nada que hacer, nada que demostrar o conseguir, sino
amarse, pues el mismo ser es regalo de amor compartido. Por eso
dicen gocémonos, identificando ser y amor gozoso. Este es el
sentido, principio y meta de todo lo que existe. Los amantes no
buscan nada fuera, lo tienen todo en ellos, uno para el otro y
con el otro, disfrutándose al vivirse mutuamente. Así lo dice
ella, en nombre de los dos, respondiendo a Dios, su Amado, y
proponiéndole su plan ya para siempre, suponiendo que el Amado
lo acepta y colabora. En este contexto podemos y debemos
recordar, de forma esquemática, algunos pasos fundamentales de
nuestro recorrido de amor y existencia, que aquí culmina.
1.Gocémonos: más allá de la idea. Platón suponía que la amistad
consiste en caminar dos juntos hacia una Verdad común, que les
precede y llama, hacia un el Bien más alto, que se difunde (como
hemos visto) y retorna hacia sí mismo (conforme al esquema de
exitus y redditus, salida y retorno). Ese motivo se encuentra,
de algún modo, en el fondo del esquema de San Juan de la Cruz,
pero ahora es más fuerte el motivo del encuentro mutuo. Los
amantes no caminan juntos hacia una idea más alta, sino que
“son” ya esa Realidad más alta, caminando uno hacia el otro
(siendo uno en el otro), de tal forma que el ser mismo es
comunión personal, sobre todo platonismo.
2. Gocémonos: más allá de la ley. Kant había situado en el
centro de su discurso una ley o imperativo solitario, que se
impone sobre cada sujeto, diciéndole en el fondo de sí mismo:
“cumple, actúa, obedece”. En contra de eso, San Juan de la Cruz
ha descubierto y destacado una palabra más honda, que brota del
mismo corazón de las personas, que no escuchan una voz que dice
“cumple”, sino que dice “goza” o, mejor dicho, gozaos
mutuamente. Por eso, el hombre culminado no promete “gozaré”, de
un modo egoísta, ni siquiera “gozaremos” juntos siendo
independientes, sino “gocémonos” uno en el otro y para el otro,
descubriendo así la vida como felicidad compartida.
3.¡Qué hermosa dualidad! Más allá de la lucha. Conforme a la
visión de Hegel, la existencia del otro suponía una amenaza. Por
eso, allí donde se cruzaban dos personas tenían que enfrentarse,
hasta que una dominara sobre otra, de manera que la tierra se
extendía como campo de imposición, lucha sin fin de señores y
esclavos. Pues bien, en contra de eso, San Juan de la Cruz sabe
que lo primero que dicen dos seres humanos, signo y presencia de
Dios, no es ya luchemos, para ver quien vence, sino gocémonos,
siendo fuente de placer y vida mutua.
4.Gozo del amor, la realidad suprema. Ciertamente, Nietzsche y
Heidegger tienen razón cuando afirman que la vida es un duro
camino, que puede terminar siendo lucha de poder, angustia
opresora, miedo a la muerte. Pero les falta experiencia de gozo.
San Juan de la Cruz sabe, en contra de ellos, que el primer
signo del hombre en el mundo es el gozo por la existencia. Los
animales nacen y se desarrollan por imposición biológica, los
hombres, en cambio, lo hacen porque les gusta, por el placer de
ser y comunicarse. Por gozo de Dios (de la Vida) hemos nacido y
para gozarnos mutuamente somos sobre el mundo.
2. Y vámonos a ver en tu hermosura.
El primer gozo mutuo es la mirada: “Hizo Dios... y miró, viendo
que todo era bueno” Así puede resumirse el relato primigenio de
la creación (Gen 1). Pues bien, ella, la Amante, a la que Dios
ha criado para gozarse con ella, quiere mirar a su Amado y que
se vean ambos, como deseaba ya en CB 11: “Descubre tu
presencia”. Así, al mirarse, tendrán gozo cumplido. Ella, mujer
sabia y consciente, como Eva en Gen 2-3, propone a su Amado el
gran proyecto: “Vámonos a ver” ¿Quién es ella para hablar así?
¿No será una osada? Sin duda lo es, pero tiene la osadía de un
amor que agrada al mismo Dios Esposo a quien propone: "vámonos a
ver".
Este es el origen y sentido de la contemplación: mirarse en gozo
mutuo, donde cada uno encuentra su placer en el otro. Hay en
esta proposición y ejercicio de gozo dos niveles. (1) Uno es
dialogal: comunicación recíproca, en la que cada uno muestra su
hermosura al otro, de manera que ambos se descubren vinculados,
siendo iguales o equivalentes, como suele suceder en las parejas
humanas. (2) Otro de engendramiento (= maternal): la hermosura
del Amado es superior, de manera que con ella embellece a la
amante, como hemos señalado en CB 32-33. Ambos se miran (plano
dialogal), pero lo hacen desde la hermosura superior del Amado
(que es como padre-madre trascendente). Desde aquí citamos ya el
comentario que San Juan de la Cruz ha puesto en boca de la
amante. Es un comentario intenso, que traza los momentos y
claves de la contemplación mutua.
Y vámonos a ver en tu hermosura.
Que quiere decir: hagamos de manera que,
por medio de este ejercicio de amor ya dicho,
lleguemos hasta vernos en tu hermosura en la vida eterna.
Que de tal manera esté yo transformada en tu hermosura,
que, siendo semejante en hermosura,
nos veamos entrambos en tu hermosura,
teniendo ya tu misma hermosura;
de manera que, mirando el uno al otro,
vea cada uno en el otro su hermosura,
siendo la una y la del otro tu hermosura sola,
absorta yo en tu hermosura: y así,
te veré yo a ti en tu hermosura, y tú a mi en tu hermosura,
y yo me veré en ti en tu hermosura,
y tu te verás en mí en tu hermosura;
y así parezca yo tú en tu hermosura,
y parezcas tú yo en tu hermosura; y así
seré yo tú en tu hermosura, y serás tú yo en tu hermosura,
porque tu misma hermosura será mi hermosura;
y así, nos veremos el uno al otro en tu hermosura
(Coment 36, 5).
La hermosura de Dios (Cristo enamorado) es principio y belleza
de todo lo que existe. En ese contexto se identifican ser y
amor, amor y hermosura, como expresión de una vida que en
principio es gozo, sobre todo simple moralismo (esto es bueno,
esto es malo) y abstracción conceptual (esto es verdad y esto
mentira). Conocerse uno al otro en la mirada: eso es hermosura.
Verse en diálogo de amor: este es el ser, esta la belleza.
La hermosura y gozo de la vida se despliega y surge en el
encuentro personal, de manera que parezca yo tú en tu hermosura
y parezcas tú yo..., pues cada uno es en el otro descubriendo y
expresando en él su vida. No se trata sólo de que uno se parezca
al otro en hermosura, sino que sea el otro: y así seré yo tú y
serás tú yo, siendo cada uno el otros y ambos juntos al darse
mutuamente. De esa forma, podemos hablar de dos hermosuras,
Amado-Dios y Amante-Hombre (o dos hombres amantes), que se miran
y son una misma hermosura, que proviene de Dios y en la que Dios
se expresa.
3. Al monte y al collado do mana el agua pura…
Los amantes se habían visto en el huerto y bodega (cf. CB 23-23;
26-27). Ahora, para culminar su encuentro enamorado, amplían su
recorrido, introduciéndose en los misterios de la naturaleza,
que son experiencia de Dios, “recreando” en su gozo los lugares
de una tierra convertida en cielo. El Amado había aparecido ya
como montaña (cf. CB 14). Ahora son los dos, los que se ven y al
verse recrean, a partir de la montaña, los espacios de una
geografía hecha de encuentros, iluminando con su amor todo lo
que existe. Por eso pueden subir y suben descubriendo de nuevo
los lugares donde habían vivido y amado, con la belleza de su
comunión enamorada, descubriéndose en lo más alto
(monte-collado) y lo más bajo (fuente de agua).
Entremos más adentro en la espesura. En las espesuras del
comienzo del Cántico había descubierto la amante las huellas del
Ciervo Amado, entre los grandes árboles del bosque (CB 4). Ahora
que están juntos, ella quiere adentrarse con él en esas
espesuras más hondas del bosque de la realidad del mismo Dios.
Antes habían entrado en otros lugares y tiempos de amor: el
huerto deseado (CB 22), la interior bodega (CB 26). Pero ella
quiere penetrar más en la espesura de Dios, en el abismo de su
amor. Por eso dice entremos. No quiere ni puede ir sola: en este
último gran viaje que lleva a la Vida por la muerte, en el gozo
más pleno, necesita que la guíe y acompañe su Querido (cf. CB
35). Sólo así penetrará en la realidad de Dios, de modo que Dios
la haga divina.
Así empieza un amor que seguirá aumentando por siempre, pues nos
introduce en una espesura que jamás se acaba. De esta forma, el
gozo mutuo (¡gocémonos amado!), que se expresa en un encuentro
de miradas de hermosura (¡y vámonos a ver...!), viene a
mostrarse como descubrimiento y camino de Dios, vía de cielo.
Gozarse y mirarse, descubrirse y admirarse, significa iniciar un
camino que lleva al misterio de la realidad, que es encuentro de
amor, monte y collado, fuente y espesura.
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