Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de
2007
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Hijo de Hombre. Historia de Jesús Galileo
Xavier Pikaza
Tras estudio y reflexión de muchos años, en diálogo con los
investigadores más significativos sobre el tema, acabo de
publicar una historia de Jesús. Los asiduos de mi blog conocen
en parte su contenido, pues lo he venido introduciendo a lo
largo del último año. Ahora tengo el gusto de presentar ya el
libro que se titula, Hijo de Hombre. Historia de Jesús
Galileo. Lleva un icono en la portada y ha sido publicado en
la colección Diáspora de Tirant lo Blanch, Valencia 2007, y
consta de 504 págs.
Dos libros sobre Jesús, uno del Papa, otro mío.
Ésta es la historia de Jesús Galileo, el personaje más
significativo de la historia occidente. Sus seguidores actuales
le llaman Hijo de Dios, Señor divino, pero la tradición más
antigua le presentó como Hijo del Hombre (un ser humano). De su
mensaje y destino depende lo que somos y podemos ser.
Desgraciadamente, su vida resulta poco conocida fuera de los
ambientes religiosos. Por eso, X. Pikaza ha querido presentarla
de un modo unitario, partiendo de los textos antiguos y de las
investigaciones más recientes.
Éste no es un libro de fe eclesial, como el que acaba de
escribir el Papa Benedicto XVI, resaltando la identidad divina
de Jesús, sino un manual de historia, interesado en resaltar el
ambiente social y las opciones históricas de Jesús Galileo. Por
eso se sitúa en una línea distinta a la del Papa, poniendo de
relieve aspectos y motivos que Benedicto XVI ha dejado en un
segundo plano. No lo hace para negar la divinidad de Jesús, sino
para destacar mejor su humanidad, pues sólo conociendo bien lo
humano de Jesús podrá hablarse también de lo divino.
Jesús, nuevo Josué
Vivió hace dos mil años y pensó que Dios le había confiado la
tarea de actuar como Mesías de su pueblo, siendo un simple ser
humano, hijo de hombre. Se llamaba Jesús Galileo, era de Nazaret
y su nacimiento marca el año cero del era común (de la que se
cumplen ahora los 2007 años). Llevaba el nombre de Josué (=Dios
o Yahvé salva), un conquistador, que había introducido a los
hebreos en la Tierra Prometida, según el libro de su nombre
(=Jos). Pero Jesús Galileo no fue conquistador, sino un Cristo o
Mesías (Jesús-Cristo) que anunció y promovió en un tiempo duro
la llegada del Reino de Dios: la justicia y la paz entre los
hombres.
En un sentido fracasó, pues los dirigentes romanos, con la ayuda
de algunos sacerdotes judíos de Jerusalén, capital religiosa de
Israel, pensaron que su proyecto resultaba peligroso y le
condenaron a morir crucificado, para escarmiento de posibles
seguidores o imitadores. Pero, en otro sentido, su propuesta
siguió y sigue vigente, pues, como dijo F. Josefo, historiador
judío, “la tribu de aquellos que le habían amado le siguió
amando”, de manera que mantuvo su doctrina y expandió su
movimiento (cf. Ant XVI, 63; de los seguidores de Jesús tataré
en la segunda parte de este libro: Historia de los primeros
cristianos).
El primer Jesús-Josué había sido un vencedor y se dice que el
mismo cielo le ayudó a ganar la guerra, pues el sol se detuvo y
el día se alargó, mientras caía el pedrisco sobre los palestinos
“perversos”, a quienes los soldados de Israel debían rematar,
para que la tierra quedara libre de “malvados” (cf. Jos 10,
12-13). Podemos recordar que esta leyenda del sol quieto y
parado a la voz de mando de Josué sirvió para condenar en el
siglo XVII las teorías de un científico llamado también Galileo,
que empezó a decir que la tierra gira en torno al sol y no al
contrario. En una línea muy distinta, pero también de forma
simbólica, los evangelios dirán que cuando el Cristo murió
clavado en cruz, llamando a un Dios en apariencia ausente, no
cayó pedrisco para matar a los verdugos, ni se detuvo el sol,
sino que la tierra se cubrió de un velo de oscuridad (cf. Mc 15,
33-34; Lc 23, 45), como si estuviera triste y no pudiera
soportar aquella muerte.
La vida del primer Jesús-Josué, conquistador, es casi solamente
una leyenda victoriosa, destinada a resaltar la protección de
Yahvé sobre un pueblo victorioso, que conquista por las armas
una tierra ajena (¡prometida!), para establecer allí su Santo
Estado. Pero el Josué cristiano fue distinto: Jesús Galileo no
quiso conquistar por armas una tierra, ni expulsar a sus
“perversos” habitantes, ni llamar a las legiones de un posible
Dios guerrero (cf. Mt 26, 53), sino que anunció y abrió, con su
misma fe en Dios, un camino de paz (Reino divino) para todos los
hombres y mujeres, empezando por las ovejas perdidas de la casa
de Israel (cf. Mt 10, 6), los pobres y excluidos de la sociedad
galilea de su tiempo.
Los elementos de la historia de Jesús
Desde ese fondo he querido contar y comentar los elementos
principales de la historia de Jesús Galileo, recogidos con
bastante amplitud y fidelidad en los evangelios canónicos
(Marcos, Mateo, Lucas y Juan) y en menor escala en otros textos,
dentro y fuera de la Biblia (Hechos y cartas de Pablo, historias
de judíos y romanos, apócrifos, papiros etc.). Ciertamente, los
mismos evangelios incluyen también algunas “leyendas”
(narraciones simbólicas) de tipo ejemplar, destinadas a mostrar
la importancia de Jesús; pero ellas no sirven para justificar la
guerra, sino que están al servicio de la justicia, el perdón y
la esperanza de los hombres, especialmente de los pobres.
Jesús creció y maduró en Galilea, dentro de una familia que le
transmitió su identidad israelita. Quizá sabía leer, pero no era
letrado (escriba, hombre de letras), aunque tampoco era
analfabeto, en el sentido moderno, pues tenía gran cultura
social y religiosa. Fue, como su padre, un artesano
(albañil-carpintero) y por su oficio (con trabajo o en el paro)
estuvo en contacto con la miseria de una situación social y
religiosa opuesta a las promesas de Israel, pues creaba cada vez
más pobres y los expulsaba del orden social. Un día, siendo ya
maduro y, al parecer, sin haberse casado, abandonó el trabajo
(quizá no lo tenía) y se retiró al desierto, al otro lado del
Jordán (Perea), donde fue discípulo de Juan, un profeta bautista
que anunciaba el juicio de Dios, la destrucción del “orden”
reinante y la nueva entrada en la tierra prometida, como en
tiempos de Jesús-Josué, al principio de la historia israelita.
Fue Mesías de los pobres, los expulsados y enfermos, los
ilegales y manchados, y con ellos (pero también con otros que
tenían tierras y les acogían en sus casas), intentó crear un
movimiento de familia universal (de amigos de Dios), actuando
como Cristo.
Formó un grupo de seguidores, que asumieron, al menos en
principio, su proyecto. Tuvo cierto éxito y logró crear grupos
mesiánicos en diversos lugares de la periferia campesina de
Galilea. Pero suscitó el rechazo de la autoridad establecida. A
pesar de ello (o por ello) subió a Jerusalén, para culminar su
proyecto, esperando que Dios respondiera a su mensaje y
ratificara su obra. Pero las autoridades de Jerusalén (y el
representante del Imperio) tuvieron miedo de su movimiento y le
mataron, como habían matado al Bautista. Así murió, rechazado
por unos sacerdotes, crucificado por Roma, abandonado, según
muchos, por el mismo Dios, sin más dignidad ni título que ser
hijo de hombre, representante humano de Dios.
Sus jueces pensaron que habían acallado su voz y detenido su
movimiento. Pero sucedió al contrario, porque muchos discípulos
y amigos, que parecían haberle abandonado en su muerte,
retomaron su mensaje y comenzaron a extender con más fuerza su
proyecto, afirmando, además, que le habían “visto” y que se
hallaba vivo, pues Dios le había resucitado. De esa forma, con
el paso del tiempo, recrearon su recuerdo de Jesús y lo fijaron
en unos libros ejemplares, llamados evangelios.
División del libro. Diez capítulos y un apéndice
No todos los relatos incluidos en los evangelios canónicos
(Marcos, Mateo, Lucas, Juan) y en otros libros, públicos y
apócrifos (más o menos escondidos) de aquel tiempo son
igualmente fiables en sentido crítico (científico), pues la
historia de Jesús ha sido interpretada desde una perspectiva
creyente (dentro o fuera de la gran iglesia), partiendo de la
esperanza israelita y de la experiencia pascual de sus
discípulos. De todas formas, si estudiamos su vida con los
métodos usuales de la crítica histórico/literaria, podemos
afirmar que conocemos muchas cosas ella, como indicarán los
temas y capítulos que siguen:
1. Introducción. Un judío de libro. Fue un “judío mesiánico” y
su vida se hallaba definida, de algún modo, de antemano por el
“libro” de la historia y profecía israelita. No surgió del
vacío, como si debiera encontrar a solas la respuesta a los
problemas de su identidad y de su trama existencial. Al
contrario, a él le dijeron en su educación lo que había de ser,
de forma que el guión de su vida se hallaba de alguna forma
escrito en la Escritura.
2. Principio. Hijo de María, artesano de Galilea. Nació
probablemente en Nazaret, en una familia de clase baja, hacia el
año 6 a. C. Tenía varios hermanos y hermanas y su madre se
llamaba María. Recibió una buena educación judía, pero la
tradición le recuerda sobre todo como artesano-campesino (no
propietario). Nació y creció en un tiempo de crisis fuerte y se
educó de una manera especial en la escuela del trabajo.
3. Maduración. Jesús y Juan Bautista. La problemática social y
personal le llevó hasta Juan Bautista, cuya doctrina compartió,
aceptando su mensaje de juicio, al otro lado del Jordán, pues él
al “desierto” del principio de la historia israelita, para
iniciar otra vez el camino de Dios hacia la tierra prometida.
Creyó que era inminente el fin de la historia antigua. Pero
después de haber sido bautizado en el Jordán, volvió a Galilea.
4. Se ha cumplido el tiempo. Profeta del Reino. Volvió a
Galilea, anunciando que la etapa anterior se había cumplido, de
manera que Dios actúa ya de un modo directo, como fuente de
amor, no de juicio. Así anunció y expresó la llegada del Reino
de Dios, que se manifiesta en el pan compartido, es decir, en la
comunicación gratuita y amorosa entre los hombres. Dios no fue
para él puro Señor de juicio, ni simple futuro, sino, sino
Presencia creadora de vida.
5. Amor en acción. Hombre carismático. Juan había anunciado la
llegada del “más fuerte”, para realizar el juicio. Jesús sabe
que el “más fuerte” (el mismo Dios) ha llegado y le ha dado
poder, pero no para juzgar, sino para sanar a los enfermos y
endemoniados. Así aparece y actúa como carismático, en la línea
del profeta Elías, de manera que sus sanaciones y exorcismos
aparecen como signo de la llegada del Reino de Dios.
6. Amor en palabras. Maestro del Reino. La llegada del Reino y
sus signos (curaciones) se expresan como palabra de amor
dirigida, de un modo especial, a los enfermos, mendigos, impuros
y pecadores, que así aparecen como destinatarios y portadores
del mismo Reino. Jesús anuncia y anticipa de esa forma, con
parábolas y enseñanzas de sabiduría, la transformación de los
hombres, a quienes ofrece y pide amor: pide que se perdonen y se
amen entre sí, amando a los mismos enemigos (sin juzgarles).
7. Amigos de Jesús. La gente del Reino. Fue un célibe, abierto a
todos en amor, en especial a los más necesitados. Quiso unir a
los pobres (itinerantes, sin casa o trabajo) con los
sedentarios, más ricos, de manera que los pobres curaran a los
ricos y los ricos acogieran a los pobres, superando el modelo de
familia patriarcal que dominaba entre los “buenos” israelitas.
Escogió un grupo de discípulos, simbolizados y centrados en los
Doce, a quienes invitó a compartir su obra y a proclamar la
llegada del Reino al conjunto de Israel.
8. Decisión mesiánica. Subir a Jerusalén. Su manera de optar por
los excluidos y su experiencia de ruptura y creación de una
nueva familia, se tradujo y expresó en un choque fuerte con las
instituciones religiosas y sociales de su pueblo. En un momento
dado, para culminar su proyecto, Jesús decidió subir a
Jerusalén, a fin de plantear allí su mensaje, como “hijo de
hombre”, dispuesto a morir por la causa del Reino. No se
enfrentó a los soldados del César, ni conquistó el templo de los
sacerdotes con las armas, pero su gesto de autoridad mesiánica
suscitó el rechazo de todas las autoridades.
9. Destino mesiánico. Morir en Jerusalén. Otros profetas
anunciaban grandes prodigios externos. Jesús sólo ofreció el
signo de su vida, al servicio de los pobres. No subió a
Jerusalén para morir, sino para iniciar el Reino de Dios, pero
aceptó la muerte. Subió esperando que Dios se manifestaría y que
las autoridades pudieran acogerle, pero no le acogieron y así
tuvo que morir, rechazado por los sacerdotes, condenado por Roma
y abandonado por la mayoría de sus discípulos. Pero antes de
morir ofreció a sus amigos una copa de esperanza, prometiéndoles
que la siguiente la tomarían en el Reino.
10. Tumba vacía y apariciones. Los primeros cristianos. La
muerte de Jesús fue tan distinta e “inesperada” que sus
discípulos y amigos no pudieron ni siquiera sepultarle con
honor, para mantener su memoria en una tumba. Pero algunos de
ellos, a partir del testimonio de unas mujeres amigas,
descubrieron que no había recuerdo de tumba (o que su tumba se
hallaba vacía), pues Dios le había “resucitado” y él estaba
vivo, haciéndoles vivir y anunciar su Buena Nueva de Reino.
Ellos iniciaron así la nueva historia de Jesús, el camino del
Resucitado, del que tratará el siguiente libro (Historia de los
primeros cristianos).
11. Apéndice. Cuatro excursus. Para ampliar y precisar algunos
temas anteriores, he querido introducir al final del libro
cuatro breves apéndices, que sirven para evocar brevemente los
argumentos más conflictivos o teóricos sobre el origen (historia
de María, concepción virginal, función de José y genealogía) y
sobre la identidad y conciencia de Jesús (hijo del hombre). Son
argumento que pueden parecer marginales en un libro como este
pero que, a mi juicio, merecen ser tratados, aunque sea de paso
Una historia abierta
Ésta es una historia real, la vida de un hombre (que pudo haber
sido igualmente mujer, por lo que hizo), que no destacó por las
cosas que más suelen destacarse (poderío militar, político,
económico), sino por su humanidad: quiso que hombres y mujeres
fueran lo que son, seres humanos, capaces de quererse y
entenderse de un modo gratuito, compartiendo desde Dios (en
Dios) bienes y vida, en este mismo mundo, porque ha empezado el
Reino. Careció de poder, pero tuvo una inmensa autoridad; por
eso le mataron los poderes que fundan la vida sobre bases de
violencia o de dinero, los que temen a los hombres y mujeres que
son simplemente lo que son: humanos.
Este Jesús Galileo, a quien he querido presentar, con la
tradición más antigua, como Hijo del Hombre (Ben Adam, Bar
Henosh, Gizaseme), sigue siendo la figura quizá más
significativa de occidente, un personaje fundamental de la
historia humana, de manera que sus devotos y amigos, le invocan
y veneran como Hijo de Dios, Señor divino. De su mensaje y
destino dependen muchas de las cosas que somos y podemos ser y
su vida resulta fascinante, por poco que entremos en ella, como
intentaré mostrar a los lectores, sean o no creyentes. He
querido contar, razonando brevemente, los “hechos” de esa
historia, procurando que los mismos lectores evalúen, respondan
y decidan.
Ésta es una historia de transformación, de creación humana, más
que de pura religión o teología, aunque también incluye
elementos de religión y teología. Tengo la esperanza de que
podrá servir para creyentes que quieran conocer mejor la
identidad y las obras de Jesús Galileo en quien confían; también
podrá servir para aquellos no creyentes que quieran comprender
mejor la figura de un hombre que ha cambiado y puede cambiar la
historia de la humanidad. He querido que el libro se pueda leer
de corrido, sin necesidad de acudir constantemente a discusiones
de detalle y precisiones de bibliografía, aunque incluye algunas
notas eruditas y supone (e introduce al final) una abundante
bibliografía, a veces anotada y valorada, para aquellos que
quieran seguir leyendo sobre el tema.
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