Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de
2007
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Día de difuntos: Las "almas" del purgatorio
Xavier Pikaza
Según la teología tradicional, purgatorio es (en sentido
figurado) el estado o tiempo de purificación de aquellos que han
muerto sin hallarse aún preparados para alcanzar la
bienaventuranza eterna. Tiene un sentido básicamente medicinal:
las purgas se empleaban antiguamente para curar a los enfermos
de cuerpo. Del mismo modo, los enfermos de alma, necesitarían
una purga especial, a fin de limpiarse por dentro, para así
recibir el amor de Dios y responderle igualmente en amor, amando
a los demás hombres y mujeres, llegando de esa forma al cielo.
Esta experiencia del pugatorio tiene sus límites, pero incluye
también grandes valores. Sobre ella quiero reflexionar este día
de difuntos.
Principio
Estrictamente hablando, el símbolo del purgatorio no aparece en
la Biblia, aunque se conocen y aceptan en ella las oraciones por
los difuntos, como aparece no sólo en 2 Macabeos 12, 43-46 (que
es el texto clásico sobre el tema), sino en el conjunto de la
piedad israelita y cristiana. En esa misma línea se puede
entender un pasaje de Pablo (1 Cor 15, 29), donde se habla de
aquellos que se “bautizan” (es decir, se purifican) por los
muertos. Pero más que en unos textos aislados, la experiencia y
teología del purgatorio ha de entenderse desde la visión
completa de la fe cristiana, que es una fe en la vida, en la
transformación y resurrección de los creyentes, es decir, de
todos los hijos de Dios, por medio de Jesús.
En ese sentido, creo que el purgatorio forma parte del proceso
de muerte y resurrecciòn de Cristo. Integrarse en el camino de
muerte de Jesús, para resucitar con él (desde Dios) a la vida
eterna (que es Dios todo en todos): so es en principio el
purgatorio.
1. Reflexión básica.
El purgatorio puede vincularse con las “pruebas de purificación”
que aparecen en diversas religiones: ellas son como pasos que el
novicio o candidato a la madurez debe superar, a fin de alcanzar
la perfección y adquirir de esa manera el conocimiento perfecto
del misterio y la integración en el grupo de los purificados.
a. Cárcel penitencial. El purgatorio tras la muerte se ha
comparado con una cárcel temporal, donde los delincuentes expían
por los pecados que han cometido y se purifican, con el fin de
integrarse de nuevo en la sociedad, viviendo en ella en una
situación de limpieza. Entendida así, la cárcel responde no sólo
a la justicia del "talión" (cada uno debe “pagar” por lo que ha
hecho), sino también a una exigencia de maduración personal. Los
hombres, especialmente aquellos que son reos de una determinada
culpa, tienen que compensar por el mal que han realizado y
alcanzar de esa manera la madurez personal que se necesita para
vivir en situación de libertad; no es una cuestión de justicia
exterior, sino de plenitud interna.
b. Purgatorio tras la muerte. Aparece básicamente como una
interpretación teológica de la necesidad de purificación de
aquellos que han muerto sin haber logrado una pacificación
interior y una maduración personal. Las religiones de la
interioridad (hinduismo, budismo) tienden a interpretar esta
necesidad de purificación a través de la doctrina de las
reencarnaciones: los espíritus que no han llegado a estar
pacificados y no han alcanzado su nivel de perfección, tienen
que volver a introducirse en los ciclos de la vida, para así
purificarse, hasta alcanzar el estado de inmersión total en lo
divino (o en lo nirvana). Por el contrario, los cristianos
católicos han desarrollado la doctrina del purgatorio como medio
de purificación individual (para cada hombre o mujer) y lo han
concebido como un estado de vida intermedia entre este mundo y
el cielo. Los que mueren en estado de imperfección no nacen de
nuevo en la tierra, ni van directamente al “cielo” (ni son
destruidos para siempre, como los posibles condenados del
→
infierno), sino que han de ser “purificados” tras la muerte, en
un tipo de vida intermedia, que tiene precisamente esa función
purgativa de limpieza.
c. Culto a las almas del purgatorio. Es de doble tipo, conforme
a la doctrina de la “comunión de los santos”, que vincula a las
tres “iglesias”: militante (de la tierra), purgante (del
purgatorio) y triunfante (de los que han alcanzado el cielo,
culminando de esa forma su camino de lucha).La visión de esa
iglesia purgante, cuyos miembros difuntos (almas del purgatorio)
pueden orar por los vivos de la iglesia militante y recibir la
ayuda que ellos les ofrezcan (especialmente a través del
sacrificio de la misa) ha formado una parte esencial de la
piedad católica de la Edad Media y Moderna. Ese culto por las
almas del purgatorio se ha realizado, según eso, en una doble
dirección: los vivos han rogado por los muertos (para que
culmine su purificación y salgan del purgatorio, triunfando en
la vida superior del cielo); los difuntos del purgatorio han
rogado por los vivos, protegiéndoles en los diversos peligros de
la vida.
2. Disputa sobre el purgatorio.
Está vinculada, sobre todo, con las formas externas de culto a
las almas del purgatorio y, en especial, con las indulgencias.
Fue una disputa que nació en torno al siglo XIII y culminó en el
siglo XVI, con la crítica de los protestantes y las
declaraciones del Concilio de Trento. Una gran parte de los
católicos medievales vivieron muy preocupados (incluso
obsesionados) por la idea de la salvación eterna, vinculada a la
superación del purgatorio donde se suponía que penaban las almas
de gran parte de los hombre y mujeres que habían fallecido, como
puso de relieve Dante (1265-1321), de manera impresionante, en
la segunda parte de la Divina Comedia, dedicada en especial al
Purgatorio. Conforme a la visión común de aquel tiempo, el poeta
pudo imaginar las diversas formas y tiempos de purificación de
los muertos, hasta alcanzar la salvación eterna.
En este contexto, ha tenido (y sigue teniendo) una importancia
especial la celebración de la Eucaristía como “sacrificio” por
los muertos. Podemos recordar que, al menos en la mente de
muchos creyentes devotos, la eucaristía dejó de ser celebración
comunitaria de la muerte y de la vida de Jesús (expresada en la
comunión de plegaria y de comida de los creyentes), para
convertirse en un medio de expiación y remisión de los pecados
de los difuntos. Con esta finalidad se multiplicó la celebración
de “misas” y muchos tuvieron la impresión de que la superación
del purgatorio estaba vinculada al número de veces que pudieran
celebrarse a favor los difuntos (con los aspectos económicos,
sociales y litúrgicos que esa suponía). En esa misma línea ha
venido a situarse la concesión de “indulgencias” que papas y
obispos han decretado, con el fin de ayudar a los difuntos a
través de la recitación de determinadas oraciones o de la
realización de algunos ejercicios de piedad e, incluso, de
prestaciones económicas.
En contra de esta doctrina de las indulgencias y de la
celebración de misas por los difuntos se empezó elevando la
Reforma de Lutero, con sus 95 tesis del año 1517. Estrictamente
hablando, en su raíz, el protestantismo no ha negado la
posibilidad (o la existencia) de un purgatorio, entendido como
signo (¿estado?) de purificación y transformación de los hombres
y mujeres a los que Dios llama a su Reino por Cristo. Pero esa
purificación no es algo que se pueda medir ni cuantificar en
tiempos específicos (¡diaz años de purgatorio!) a través de un
tipo y tiempo de indulgencias (¡plenarias, de cien años…!) o de
celebraciones rituales, sino que forma parte del misterio de la
“comunión” de los santos, es decir, de la comunicación creyente
(mesiánica) de todos los hombres y mujeres de la historia.
3. Reflexión de conjunto.
El purgatorio ha sido (y en parte sigue siendo) uno de los
elementos fundamentales de la visión religiosa de muchos
católicos, especialmente en los medios populares. A pesar de los
excesos que se han podido cometer en este campo, el purgatorio
constituye uno de los símbolos más importantes de la experiencia
cristiana, pues nos sitúa ante la puerta de la muerte y de la
resurección, con sus sus grandes paradojas, con su inmanesa
esperanza.
(a) Por un lado, aquellos que mueren (¡todos los hombres!)
quedan en manos de la misericordia de Dios, que les ofrece su
salvación en Cristo.
(b) Pero, al mismo tiempo, ellos quedan ante todo aquello que
han sido y son (en sí mismos y desde los otros), de manera que
necesitan rehacer su vida, desde el don de Dios, en comunicación
con todos los restantes hombres y mujeres de la tierra.
(c) El purgatorio nos sitúa en el lugar donde se distinguen y
encuentra las dos “comunidades” de creyentes: los que caminan en
este mundo y los que ya han muerto. De un modo lógico, el
recuerdo y el culto a los muertos formas parte de la vida y
esperanza de aquellos que viven.
Ésta es una doctrina que sigue siendo importante para el
cristianismo. Desde ese fondo podemos citar algunos números que
el Catecismo de la Iglesia Católica ha dedicado al tema:
«Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero
imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna
salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin
de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del
cielo. «La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de
los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los
condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe
relativa al purgatorio sobre todo en los concilios de Florencia
[1439] y de Trento [1563]. La tradición de la Iglesia, haciendo
referencia a ciertos textos de la Escritura -por ejemplo, 1
Corintios 3,15; 1 Pedro 1,7-, habla de un fuego purificador.
Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por
los difuntos, de la que ya habla la Escritura: «Por eso mandó
[Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los
muertos, para que quedaran liberados del pecado» (2 Mac 12, 46).
Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de
los difuntos, y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular
el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan
llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia recomienda las
limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de
los difuntos» (CEC 1030-1032).
«La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión
de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros
tiempos del cristianismo, honró con gran piedad el recuerdo de
los difuntos, y también ofreció por ellos oraciones, «pues es
una idea santa y provechosa orar por los difuntos, para que se
vean libres de sus pecados» (2 Mac 12,45)». Nuestra oración por
ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su
intercesión en nuestro favor». «La indulgencia es la remisión
ante Dios de la pena temporal por los pecados ya perdonados, en
cuento a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo
determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia,
la cual, como administradora de la redención, distribuye y
aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y
de los santos» (CEC 958 y 1371).
Ésta es la doctrina oficial del catecismo. Ella refleja la
tradición venerable de la Iglesia católica. A partir de ella se
puede avanzar, en la experiencia y en la teología.
Quizá se pueda decir que el “purgatorio” es el amor de Dios que
será capaz de hacer que todos los hombres amen; no será
“penorio” (lugar de penas), sino amatorio (experiencia y camino
de de felicidad y amor, porque sólo aquellos que aprenden a amar
(se dejan transformar en amor y por amor para la felicidad)
podrán vivir plenamente en Dios. En ese sentido, el purgatorio
forma parte de la experiencia cristiana de un Dios que quiere
ser amor total, todo en todos por gracia. El purgatorio es la
experiencia y certeza de un excedente de gracia; es la certeza
de que el infierno no podrá dominar sobre la Vida de Dios. La
forma de “orar” por las almas de purgatorio y de acompañarlas (y
de dejarnos acompañar por ellas) en el camino de la vida eterna
forma parte del misterio de la comunión de los santos. Pero hay
un modo infalible de ayudar a las almas del purgatorio (almas
son las “personas”, en cuerpo y alma: es ayudar a vivir en amor
y solidaridad a los hombres y mujeres de este mundo; es procurar
que ese infierno de mundo se vuelva lugar de purificación para
la vida y la esperanza, en ese mundo en que habitamos los hijos
de Dios.
Sobre el auor: Vasco de Orozko (1941), experto en Biblia y
religiones. Ha sido religioso de la Merced, es mercedario de
corazón. Ha sido presbítero, es católico convencido y
practicante. Ha sido profesor en la Universidad Pontificia de
Salamanca, le gustaría ser Maestro en teología, como le
nombraron sus amigos de Orden. Da gracias a Dios por lo que ha
sido y lo que es: cristiano de a pie y teólogo seglar, casado
con M.Isabel. Habla donde le llaman, escribe lo que sabe,
publica donde puede. Ha enseñado en varias universidades, ha
escrito algunos libros. Le gustaría que este blog fuera espacio
de encuentro de teólogos y amigos de la vida, se consideren o no
cristianos. Sobre su obra, cf. Panorama de la teología española,
Verbo Divino, Estella 1999, 499-516; J. Bosch (ed), «Pikaza», en
Diccionario de teólogos contemporáneos, Monte Carmelo, Burgos
2004.
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