Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de
2007
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“Bienaventurados los afligidos”
Carlo Maria Martini
Las bienaventuranzas, en el relate evangélico de Mateo, se
refieren, por lo general, a actitudes que el hombre trata de
expresar: la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la
misericordia, la paz, la pureza de corazón, el hambre y la sed
de justicia. Sin embargo, existen algunas que evocan situaciones
que no dependen directamente del hombre. El hombre las acepta,
las soporta, las sufre; tal es el caso de la bienaventuranza de
la aflicción.
Estar afligidos no es de ordinario una actitud que nosotros
elegimos: es un estado en el cual podemos hallarnos a pesar
nuestro, por motive de realidades, de hechos, de condiciones que
no son causadas por nosotros.
Por otra parte, son muchísimos los hombres y las mujeres que en
el mundo sufren.
Por eso nos preguntamos: ¿Cómo se explica que un sufrimiento que
nos viene encima y nos causa un mal, nos aflige, puede ser
fuente de bienaventuranza, de felicidad y de gozo? Es un gran
interrogante que supone otro: ¡La aflicción es de verdad
una situación que debemos aceptar pasivamente o bien podemos
vivirla inclusive como algo positivo?
Para comprender mejor las palabras de Jesús, tomaremos como
punto de partida la relectura del versículo evangélico para
preguntarnos: i Qué significa "afligidos" y por qué son
proclamados bienaventurados? ¿Qué significa que los afligidos
serán consolados? Luego al pasar al momento de la meditación,
trataremos de comprender la relación que existe entre la segunda
bienaventuranza de Mateo y nuestra vida.
Lectio: los afligidos son consolados
1. "Bienaventurados los afligidos" (Mt 5,
4)
Así reza la traducción de la Biblia de la Conferencia Episcopal
Italiana, mientras la de la Biblia Interconfesional dice:
"Bienaventurados los que se hallan en la tristeza, porque Dios
los consolará".
El termino griego —penthoûntes— incluye tanto la
aflicción como la tristeza y se refiere mas directamente al
luto, a las lágrimas que derramamos, por ejemplo, por la muerte
de una persona amada. La versión latina, en efecto, habla de los
que están en el llanto —"beati qui lugent".
El sentido del vocablo se amplía obviamente para abarcar todas
las realidades que causan dolor, sufrimiento, amargura y pena.
Una página del Antiguo Testamento presenta a los "afligidos" en
un contexto más amplio y nos permite así encontrar algunos
sinónimos de la aflicción.
"El Espíritu del Señor está sobre mí/... me ha enviado a
anunciar la Buena Nueva a los pobres, /a vendar los corazones
rotos, /a pregonar a los cautivos la liberación, / y a los
reclusos la libertad, / ...para consolar a los afligidos, /para
alegrar a los afligidos de Sión" (Is 61, 1-3).
Dos veces repite el profeta el término "afligidos", formando un
paralelo con los míseros, con los llagados, con aquellos que
tienen el corazón despedazado, con los esclavos, con los
prisioneros. Y continúa: "Para dales diadema en vez de
ceniza, /. aceite de gozo en vez de vestido de luto, / alabanza
en vez de espíritu abatido". Los afligidos son puestos en
comparación con personas que están de luto, con gente cuyo
corazón está triste. Por consiguiente, podemos entender la
palabra "afligidos" para significar a todos aquellos que sufren
una desgracia, que viven un dolor personal pero también social,
nacional, político, religioso.
Es significativo a este respecto el cántico de Tobías sobre la
ciudad de Jerusalén destruida: "Dichosos cuantos hombres
tuvieron tristeza en todos tus castigos, / pues se alegrarán en
ti / y verán por siempre toda tu alegría" (Tb 13,14).
Quien sufre y guarda luto a causa de una situación civil o
religiosa grave, difícil, penosa, un día reirá y saltará de gozo
porque esa situación cambiará.
Si miramos en estos días las pantallas de televisión, las
expresiones y los gestos de júbilo de numerosas ciudades del
Este europeo, hemos tenido la posibilidad de comprender este
paso extraordinario de una condición de tristeza, de llanto, a
una situación de gozo profundo a causa de la libertad finalmente
reconquistada.
El Nuevo Testamento ilumina otros significados del vocablo
"aflicción". En Lc 19, 41 Jesús llora sobre Jerusalén que
no ha comprendido el camino de la paz.
Jesús estalla en lágrimas ante la tumba de Lázaro (Jnll, 35),
y su llanto nace de un dramático contraste interior.
El ministerio de Pablo va acompañado de momentos de gran
sufrimiento: "He servido al Señor con humildad y lágrimas y
con las pruebas que me vinieron por las asechanzas de los
judíos". Además, "durante tres años no he cesado de
amonestaros día y noche con lágrimas a cada uno de vosotros"
(Hch 20, 19.31).
Afligirse a causa de los propios pecados, gemir en la
penitencia, es otro significado importante para el evangelista
Mateo.
Pedro, después de haber renegado a su Maestro, lloro amargamente
(Lc 22, 62), al descubrirse culpable.
Pablo escribe a la comunidad de Corinto una carta severa que
entristece a los fieles, pero es una tristeza que los lleva al
arrepentimiento, y luego produce, al final, la alegría (Cf.
2Co 7).
El apóstol Santiago subraya la necesidad de la penitencia:
"Purificaos, pecadores, las manos;... Lamentad vuestra miseria,
entristeceos y llorad. Que vuestra risa se cambie en llanto y
vuestra alegría en tristeza. Humillaos ante el Señor y El os
ensalzará" (St 4, 8-10).
La tradición cristiana, al comentar la segunda bienaventuranza
de Mateo, ha desarrollado particularmente está aflicción de la
penitencia, de aquel que siente dolor por sus pecados, por su
condición pecaminosa, y la detesta interiormente. Pensemos, por
ejemplo, en los santos que han pasado su vida llorando sus
propios pecados y los de toda la humanidad.
La aflicción proclamada como bienaventuranza nace, en efecto, de
una mirada contemplativa dirigida al misterio infinito de Dios y
al mismo tiempo de la consideración, tierna y compasiva, sobre
la fragilidad de la condición humana, sobre la contradicción
histórica del hombre.
Podemos entonces comprender por que los afligidos son
"bienaventurados". Bienaventurados son no por el hecho de estar
afligidos, no por la aflicción en sí misma, sino porque, al
vivirla como actitud positiva, serán consolados; aún más,
interpretando el sentido de esa bienaventuranza, "Dios los
consolará".
2. "Serán consolados", Dios los consolará
Volvamos a la página del profeta Isaías donde, al lado de los
sinónimos de la aflicción, hallamos los sinónimos de la
consolación.
"El Espíritu del Señor está sobre mí/ ...para consolar a todos
los afligidos,
/ para alegrar a los afligidos de Sión , I para darless
diadema en vez de ceniza, / aceite de gozo en vez de vestido de
Iuto, / alabanza en vez de espíritu abatido" (Is 61,1-3).
La consolación es aquel conjunto de alegría, de gozo, de
exultación y de victoria que llena el corazón hasta superar y
arrollar las olas de la aflicción. "Yo consolaré a los
afligidos"; dice el Señor por boca de su profeta. El libro
de Sirácida, al evocar la figura de Isaías recuerda que "con
el poder del espíritu vio el fin de los tiempos, y consolé a
los afligidos de Sión" (Si 48, 24).
La acción consoladora de Dios es subrayada por muchos pasajes
del Nuevo Testamento, por el libro del Apocalipsis, con palabras
admirables:
"Ya no tendrán hambre ni sed; /ya no los molestará el sol I ni
bochorno alguno, /porque el Cordero que está en medio del trono,
/ será su pastor / y los guiará a los manantiales de las aguas
de la vida./
Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos" (Ap 7, 16-17).
El autor repite esta afirmación en los capítulos finales del
libro: "Y no habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y
del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán
culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche
ya no habrá; no tendrán necesidad de luz de Iámpara ni de luz
del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los
siglos de los siglos" (22, 3-5).
Los que lloran, que se afligen por sus pecados y por los de los
hermanos, los que tienen el corazón desgarrado a causa de la
confrontación entre el deseo del Reino de Dios, su plenitud de
vida y de paz, con la visión contrastante de muerte que nos
rodea; los que sufren a causa de los males de la sociedad, la
corrupción, la inmoralidad política, los males de las naciones,
serán consolados. Dios enjugará toda lágrima de sus ojos, será
su consuelo. Así se describe en la Biblia el Reino definitivo de
Dios, en el cual todas las aflicciones desaparecerán.
Meditación: nuestras aflicciones y nuestras consolaciones
¿Qué valor tiene la bienaventuranza de la aflicción para
nuestra vida cotidiana?
Los invito a cuestionarse, delante de Jesús Eucaristía, ante
todo acerca de nuestros llantos y luego acerca de nuestras
consolaciones.
• 1. ¿Cuáles son las causes de nuestras
lágrimas, de nuestra tristeza?
Muchos podrán responder: estoy afligido a causa de sufrimientos
personales, ocultos. En efecto, existen sufrimientos visibles,
como la enfermedad o la pérdida de un amigo a quien queríamos
mucho, y existen sufrimientos morales interiores que con
frecuencia son más agudos, más profundos y mas aplastantes.
A veces lloramos a causa de situaciones particularmente penosas
que vemos en torno nuestro. ¡Cuántas lágrimas en las familias a
causa de mo-mentos dolorosos o difíciles que conciernen al uno o
al otro miembro, una u otra relación equivocada o deteriorada!
Además podemos estar afligidos por muchos hechos dolorosos de la
sociedad, por la violencia que se propaga, por los insultos a la
vida, por los abortos, por la droga, por las incorrecciones en
la política, por la decadencia de los valores morales.
Con frecuencia nos entristecemos, y con razón, a causa de los
males de la Iglesia, que no siempre es como debería ser, y que
no siempre da testimonio del misterio de Cristo, y muestra en
cambio en su interior mezquindades, litígios, envidias y celos.
Todo esto provoca en nosotros sufrimiento y lamentaciones. No
nos ha de parecer extraño que la Sagrada Escritura contenga un
libro entero dedicado a las lamentaciones, atribuido al profeta
Jeremías, el cual hace hablar los sufrimientos personales y
sociales. El libro comienza precisamente con las situaciones
desastrosas de la ciudad:
"Ay,
¡Cómo, yace solitaria I la ciudad populosa! / Como una viuda
se ha quedado I la grande entre las naciones /... Llora
que llora por la noche, / y las lágrimas surcan sus mejillas; /
ni uno hay que la consuele" (Lm 1,1-2). Luego Jeremías pasa
a ofrecer descripciones más personales, aunque pueden referirse
a la ciudad tomada como colectividad: "Yo soy el hombre que
ha visto la miseria / bajo el látigo de su furor. / El me ha
llevado y me ha hecho caminar / en tinieblas y sin luz. I Contra
mí solo vuelve El y revuelve / su mano todo el día. / Mi carne y
mi piel ha consumido, / ha quebrado mis huesos. /Ha levantado
contra mí en asedio /amargor y tortura./Me ha hecho morar en las
tinieblas, I como los muertos para siempre. /Me ha
emparedado y no puedo salir; / ha hecho pesadas mis cadenas. /
Aun cuando grito y pido auxilio, El sofoca mi súplica. Ha
cercado mis caminos con piedras sillares, / ha torcido mis
senderos..." (3,1-9).
Como lo ven, se trata de una oración de lamentación, elevada
ante Dios. La Biblia nos enseña por consiguiente que elevar
lamentaciones en presencia del Señor puede ser no sólo lícito
sino saludable y purificante. Tal vez no hemos descubierto
todavía el valor de consolación que posee esta oración humilde
de lamentación.
2. ¿Cuáles son nuestras consolaciones?
Ciertamente a ningún cristiano le faltan consolaciones, si
reflexiona con seriedad sobre la fe que vive. ¿Existen en
nosotros consolaciones que provienen de la esperanza en lo que
Dios nos prepara, cuando decimos, como san Pablo en la Carta a
los romanos: "Yo estimo que los sufrimientos del tiempo
presente no son comparables con la gloria que se ha de
manifestar en nosotros" (Rm 8,18)?
El apóstol escribe que no hay comparación: si piensa en los
sufrimientos de esta vida se siente abatido, pero si piensa en
la gloria futura que los barrerá por completo, que lo
recompensará todo, entonces su corazón está rebosante de
alegría.
La esperanza cristiana constituye por consiguiente la primera
gran consolación.
Sin embargo, para quien sufre con humildad y con abandono en
Dios, para quien está afligido a causa de sus propios pecados
con sentimiento de penitencia, existe desde ahora la consolación
de las visitas de Dios que la literatura espiritual llama las
"consolaciones espirituales". Se trata de momentos en los cuales
somos de improviso iluminados por una luz interior, nos sentimos
colmados de paz, de consuelo, experimentamos un abandono que nos
recompensa por muchas amarguras; son momentos en los cuales la
serenidad va acompañada de la oscuridad, y nos hace intuir que
Dios esta cerca de nosotros, que nos tiene de su mano a pesar de
las apariencias contrarias.
Estas consolaciones son concedidas, de manera particular, a
quien medita, con frecuencia y con amor, en la pasión de Cristo.
3. Concluyo con una pregunta concreta, que cada uno de ustedes
se planteará después de haber contemplado, en silencio, el
Crucifijo: ¿Sabemos desahogar nuestro sufrimiento ante Dios
antes que con los demás?
Cuando algo nos molesta, nosotros nos sentimos llevados
normalmente a comunicarlo con enojo y con nerviosidad a quien
está cerca de nosotros. ¡Por qué no aprendemos a quejarnos antes
con el Señor, en la fe y en la oración, como lo hacían los
profetas, como lo hacen los santos, como nos lo enseñan los
Salmos? Si abrimos el libro de los Salmos, no tardaremos en
encontrar un salmo que ponga en nuestros labios las palabras
precisas del desahogo en la fe, palabras que no solamente no
acrecientan la amargura, sino que le proporcionan desahogo y nos
ayudan a entrar poco a poco en la consolación de Dios.
Cuando logremos expresar ante el señor nuestras aflicciones, no
con enojo y con amargura, sino en la paz y en la humildad, nos
ahorraremos sufrimientos inútiles y experimentaremos la promesa
de las consolaciones divinas.
Presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz
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