Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de
2007
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Dios judío, Dios cristiano, Dios musulmán
¿Tres dioses o un Dios?
Xavier Pikaza
La experiencia israelita de Dios (¡Yo soy!, Soy el que soy), que
ayer comenté en mi post, está en la base de gran parte de las
interpretaciones posteriores de Dios, como indican las
reflexiones que ahora siguen. Por un lado, Dios no es judío, ni
cristiano, ni musulmán: Es el que Es. Por otrolado, es Dios de
los judíos, cristianos y musulmanes (y de todos los hombres) [Jesus]
[Allah] Esta reflexión se inscribe dentro del diálogo y
discusión que vengo manteniendo en este blog sobre el congreso
cristiano-musulmán que celebraremos en Cuando los próximos
15-16-17. Respondo aquí en parte a las observaciones de
compañeros de blog como Fernando, Disidente etc, con quienes
quiero seguir dialogando, no sólo por la importancia del tema,
sino por la hondura y pertinencia de sus aportaciones, desde
diversas perspectivas.
Punto de partida.
Para los judíos, Yahvé (Soy el que Soy)se ha hecho Nombre de
misterio, de manera que no lo pronuncian. Los gnósticos antiguos
y modernos se sienten molestos con Yahvé, no aceptan su
presencia liberadora, su opción por los pobres: prefieren un
Dios de interioridad, separado de la historia, sin comprometido
de justicia. La filosofía ilustrada intepretó el ¡Yo soy! como
ontología: expresión del Ser Supremo o de la Idea Fundante (de
la mente que se dice a sí misma), separando así a Yahvé de
nuestra historia de liberación humana. Los cristianos afirman
que el Nombre de Yahvé se ha expresado plenamente, como misterio
de liberación, por medio de Jesús, viniendo a presentarse al fin
como Padre… Los musulmanes identifican al “Yo soy el que Soy”
con Allah, de quien hablé con cierta extensión en un post
anterior, que ha sido enriquecido por muchos participantes y en
especial por Disidente y Fernando.
Las interpretaciones de esta palabra originaria (Yahvé: Yo-Soy)
han sido y siguen siendo diferentes, definiendo de algún modo
las más hondas visiones de Dios en occidente. Destacaremos las
más importantes, para fijarnos al final en la cristiana.
Evidentemente, ofrecemos una visión muy general del tema, que
debería matizarse con muchísimo cuidado.
1. Judaísmo
Los judíos han destacado el valor de este Nombre, condensando en
Yahvé su experiencia de misterio. Por un lado, han seguido
vinculándolo al pueblo, como dice el Shema (Escucha, Israel,
Yahvé, tu Dios es un Dios único....: Dt 6, 4-9), retomado por el
doble mandamiento de Mc 12, 28-34 par.. Por otro, lo han
sacralizado, de tal forma que procuran no escribirlo ya ni
pronunciarlo, en signo de respeto religioso. Yahvé [D''S, G’’D,
YHWH] es Dios en sí, en su absoluta plenitud y lejanía,
separándolo así de su pueblo.
De esa manera, al separar el Nombre de Dios y dejarlo fuera de
la "circulación" social y religiosa, los judíos posteriores han
tenido que buscarle "sustitutos". Por eso han dicho y siguen
diciendo en su lugar palabras más o menos equivalentes (pero
nunca iguales) como Adonai, Kyrios, Dominus o Señor (the Lord)
y, sobre todo, Ha-Shem (El Nombre). Así expresan de algún modo
la grandeza de Dios, pero sin expresarla. Estas palabras ya no
actúan como "nombres" (no expresan lo que es Dios), sino como
adjetivos que evocan de algún modo su grandeza. Los judíos han
optado por divinizar de algún modo el Nombre (Yahvé), dejándolo
así, distinto, separado, como expresión de absoluta
transcendencia.
Como guardianes de la Lejanía divina, testigos de la separación
inefable de su Dios, han querido mantenerse a lo largo de los
siglos los judíos. Este es su tesoro, esta su grandeza: ellos
conocen un Nombre que no puede pronunciarse, pero que les hace
distintos y ricos sobre el mundo. Las traducciones cristianas de
la Biblia han seguido la costumbre judía poniendo (y algunas lo
hacen todavía) Señor o su equivalente allí donde la Biblia
Hebrea dice Yahvé. Es buena esta reserva, si ayuda a descubrir y
explicitar mejor el contenido misterioso del Dios personal de la
historia israelita, pero quizá nos impide recordar que Yahvé es
ante todo un Nombre propio de redención, signo de la presencia
liberadora de Dios entre los humanos, como ha vuelto a
descubrirlo el evangelio.
2. Gnosis
Los gnósticos (quizá de origen judío y cristiano) de los siglos
II y III d. de C. han invertido esa visión del judaísmo,
interpretando el nombre de Yahvé no como señal del más alto
misterio, sino como expresión de un "dios opresor", que mantiene
a los humanos sometidos. Así tienden a identificar este Nombre
con el principio divino del error y el egoísmo, es decir, con un
Dios falso: Yahvé, Dios del AntiguoTestamento, sería en el fondo
un demonio (=Satanás); sólo el Padre de Jesús o un Dios
puramente espiritual es para ellos verdadero.
Por eso, allí donde en la Escritura israelita (Ex 3, 14) el Dios
Yahvé proclama Yo soy (o sus equivalentes), algunos textos
gnósticos hacen que se escuche la voz del "Verdadero Dios"
(superior y contrario al Dios israelita) que le responde ¡Te
equivocas, Samael, Dios ciego! . Así llaman a Yahvé con nombres
despectivos, como Dios de vergüenza (Samaél), Dios ciego de
lucha y egoísmo, Yavaot, Yaldabaot, Yaot, o salvador material
que sólo se ocupa de las cosas externas, incapaz de iluminar a
los humanos, ofreciéndoles una experiencia espiritual de
superación del mundo. En esa línea, podemos añadir que la
crítica del Dios israelita constituye el principio de todo
antisemitismo religioso. Conforme a la visión de esta Gnosis el
Dos judío sería seria egoísta, estaría vinculado sólo a un
pueblo, como fuerza irracional que mata con violencia a los
contrarios: a los egipcios en el Mar Rojo, a los cananeos en
Palestina. Los gnósticos entienden el ¡Yo soy! de Jahvé en la
línea de ¡Nosotros, los judíos, somos! como pueblo separado de
los otros). Por eso, frente al ¡Yo soy! judío, materialistra y
tribal, quieren situar el Absoluto de la divinidad universal
Conforme a la visión gnóstica carece de sentido la encarnación
cristiana: Dios no podría intorducirse de verdad en este mundo.
Precisamente para defendere la encarnación han aceptado los
cristianos el Antiguo Testamento, entendiendo el ¡Yo soy! de
Dios no en forma egoísta, sino liberadora. De todas formas,
debemos recordar con todos los auténticos judíos y cristianos
que el ¡Yo soy! no puede interpretarse en la línea de una
autoridad arrogante y egoísta, como expresión de un Señor que se
afirma a sí mismo en contra (a costa) de los otros. Al
contrario, nosotros sabemos que el Yahvé israelita sólo dice Yo
soy para afirmar Yo estaré con vosotros, os libraré devuestras
opresones. ("Sobre el origen del mundo" en J. M. Robinson (ed.),
The Nag Hammadi Library in English, Brill, Leiden 1977, II, 5,
103, 5-19. Para lectura ulterior: F. García Bazán, Gnosis.La
esencia del dualismo antiguo, Castañeda, Buenos Aires 1978; H.
Ch. Puech, En torno a la Gnosis I-II, Taurus, Madrid 1982).
3. Islam. Religiones monoteístas
Los musulmanes han evitado en general la hondura del "Yo soy",
afirmando que Dios se ha expresado para siempre por Mahoma, de
manera sencilla y segura, para todos los humanos, sin distinción
de razas o culturas. El mensaje teológico ha sido siempre el
mismo, desde Moisés hasta Jesús, pero los receptores no han
sabido conservarlo limpio, lo han mezclado con palabras que no
vienen de Dios, lo han adulterado. Por eso ha sido necesaria la
profecía de Mahoma, como hemos puesto de relieve en otro post.:
La piedad no estriba en que volváis vuestro rostro
hacia el Oiente o hacia el Occidente (=rezar mirando a Jerusalén
o la Meca)
-sino en crer en Dios y en el ültimo día,
-en los ángeles, en la Escritura y en los profetas,
-en dar de la hacienda, por mucho amor que se le tenga,
a los parientes, huérfanos, necesitados, viajeros, mendigos y
esclavos,
en hacer la azalá (oración) y el azaque (=la limosna)... (Corán
2, 177).
Estos son los pilares de la fe musulmana. En ella quedan
incluidas las Escrituras (las antiguas están contenidas en el
único Corán, manifestación suprema de la Suprema Verdad de Dios)
y los profetas (enviados de Dios, tal como culminan en el mismo
Mahoma), con los ángeles que son signo del misterio. De esa
forma, los musulmanes universalizan y simplifican de algún modo
la confesión de fe judía o Sahadá, diciendo: La ilaha illa
Allah: no hay más dios que Allah, no hay más divinidad que el
Divino.
En esa línea, el Islam se encuentra cerca del judaísmo. No hay
en el Islam teología intradivina: no puede haber especulación
sobre Dios, pues Él sigue siendo un misterio; ha revelado su
Libro/Palabra en el Corán, pero su esencia sigue estando
escondida, de tal forma que resulta imposible decir que
Jesucristo es su "Hijo", como afirman los cristianos. Para el
Islam la esencia de Dios sigue siendo misteriosa, incognoscible.
Lógicamente, judíos y musulmanes se sienten vinculados en su
teología más profunda, tanto en la visión del Dios trascendente
(no trinitario), como en la visión de su revelación (por la ley
de Moisés, por la profecía de Mahoma). Esta vinculación es tan
honda que algunos llegan a sostener que judaísmo e Islam son
variantes de una misma religión de fondo: afirman unos que el
Islam es herejía (simplificadora, universalizadora) del
judaísmo; añaden otros que el judaísmo es una herejía
(concretización nacional) del Islam eterno. Pero los judíos
siguen manteniendo en el fondo de su experiencia y recuerdo el
"Yo soy" de Yahvé en la montaña sagrada, como secreto de
libertad, mientras los musulmanes apelan al conjunto del Corán,
evitan ese misterio del Nombre secreto, limitándose a decir que
"no hay más dios que Allah".
Esta Sahada o confesión de fe musulmana, proclamada desde todos
los almuédanos y repetida sin cesar por los creyentes, resume la
fe musulmana. Ella sola basta para expresar la sumisión
religiosa y expresar que un hombre (o mujer) es musulmán. Dios
ya no tiene un nombre especial (como el Yahvé de los
israelitas), ni aparece vinculado de forma intradivina
(trinitaria) a su mesías o revelador (como el Padre de Jesús
para los cristianos). Pero debemos añadir que, siendo
transcendente, Dios habla (revela su Corán/Libro eterno) a su
profeta o enviado que es Mahoma. Esto es confesar la fe para un
musulmán: someterse a Dios y aceptar su manifestación por medio
de Mahoma
Es normal que judíos y musulmanes rechacen la encarnación de
Dios en Jesús, viendo en ella una especie de recaída en el
politeísmo pagano. Lógicamente, ellos rechazan también la
Trinidad: piensan que Dios se ha revelado, pero no ha penetrado
de verdad en el mundo, no se ha identificado con la persona y
obra de Jesús de Nazaret. En ese sentido, Judíos y musulmanes
parecen más humildes: piensan que Dios está arriba y que nunca
podemos conocerle del todo. Por el contrario, los cristianos se
atreven a definir a Dios como Padre de Jesús (Trinidad),
arriesgándose a penetrar en su misterio, afirmando que en el
origen y base de todo está el amor del Padre al Hijo en el
Espíritu.
4. Filosofía
La filosofía occidental, fundada en la experiencia griega del
Ser (vinculando así helenismo y judaísmo) ha interpretado el ¡Yo
soy! (Soy el que Soy) israelita en perspectiva de trascendencia
(Dios separado) y plenitud ontológica (el ser divino es lo
absoluto). De esa forma, el Nombre de Dios pierde su referencia
salvadora (su raíz israelita, su vinculación a Moisés) y viene a
convertirse en expresión de la Realidad en sí, de eso que
pudiéramos llamar la identidad ontológica.
Lógicamente, Yahvé deja de ser el Nombre propio de aquel con
quien debemos dialogar de un modo personal, presencia
liberadora, y viene a interpretarse como Ser en sí (=Aseidad
ontologica). Al presentarse como Yahvé, Soy el que soy, Dios se
vuelve Ser Supremo, Esencia pura y plena, el primero y más alto
de todos los Conceptos. Decir Yahvé es decir Divinidad, como
puede verse en San Anselmo: es el Ser más alto, la más perfecta
realidad que puede ser pensada.
Gran parte de la crítica moderna anti-teísta ha combatido al
Dios de la filosofía, que aparece como Gran Ser (ontología
original) y/o como Concepto Supremo (idea perfecta). Este es el
Dios separado de la historia (no es salvador), impasible (no
sufre con el sufrimiento de su pueblo), autosuficiente (no se
vincula a los humanos). Contra ese Dios en sí (Yo soy ontológico
o ideológico), contra ese Señor autosuficiente donde que se
vinculan (e identifican) un tipo de Ser del pensamiento griego y
un Yo soy israelita vaciado de su fuerza salvadora, se dirige
gran parte de la crítica religiosa de la modernidad
Gnosis antigua y filosofía moderna se vinculan de algún modo:
ambas vacían al Dios israelita (a su Yo soy) de la experiencia y
fuerza de la historia. La gnosis criticaba a Yahvé porque no
acepta su revelación en la historia y porque quiere elaborar una
visión religiosa partiendo de una sabiduría intimita, propia de
los iniciados sabios. La filosofía moderna ha rechazado a Yahvé
porque ha querido vincular a Dios con el Ser de su pensamiento y
de sus obras (con el Todo del Mundo) o con el propio
pensamiento, olvidando también el sufrimiento de los pobres.
Pues bien, en contra de eso, después de treinta siglos de dolor
y esperanza, judíos y cristianos (unidos en esto y separados de
los musulmanes) seguimos vinculados a la experiencia israelita
de Yahvé, a quien vemos como Dios liberador. Yahvé no es para
nosotros un simple signo de identidad ontológica o interioridad
sagrada, sino el Nombre personal de aquel que se revela
(despliega su presencia) liberando a los pobres y oprimidos de
la tierra. No es alguien que se impone desde arriba, exigiendo
sumisión (como parece buscar el Islam), sino Aquel que nos
quiere y por querernos dice Yo soy, es decir, Estoy con vosotros
en medio del camino de la vida. Sobre esta base seguimos
vinculados judíos y cristianos, aunque luego interpretemos a
Yahvé en perspectivas diferentes, como indicaremos en todo lo
que sigue ((No podemos entrar en la gran polémica entre Dios
judío y Dios filosófico. Siguen siendo significativos en este
campo trabajos como los de H. Mühlen, El concepto de Dios, en
Varios, Trinidad ¿mito o misterio?, Sec.Trinitario, Salamanca
1973, 153-179; E. Jüngel, Dios como misterio del mundo, Sígueme,
Salamanca 1985.))
5. Cristianismo
Los cristianos interpretamos a Yahvé como presencia salvadora
(liberadora) que se compromete en favor de todos los hebreos
oprimidos. Seguimos, por eso, en la línea de la Biblia
Israelita. Pero damos un paso más y añadimos que el mismo Yahvé,
Nombre supremo del Dios liberador, se identifica con el Padre de
Nuestro Señor. Jesucristo. Por eso, en un sentido, los
cristianos seguimos vinculados a la revelación del Sinaí: nos
situamos con Moisés ante la Zarza Ardiente, escuchamos su
palabra de liberación, nos comprometemos a seguir su camino.
Pero pensamos que eso resulta al fin insuficiente.
No es que la experiencia israelita de Yahvé sea falta, sino todo
lo contrario: es verdadera. Más aún, es de tal modo verdadera
que debe profundizarse, llegando hasta sus últimas
consecuencias, como ha hecho Jesús, nuevo Moisés, verdadero
intérprete y hermeneuta del Yahvé israelita Allí donde Moisés ha
escucha el Yo soy de Dios, que se dice a sí mismo salvando a los
oprimidos, Jesús ha seguido escuchando la voz más profunda que
sigue hablando, la misma voz que continúa y le dice ¡Tú eres mi
Hijo! porque yo mismo estoy contigo; tú Eres mi Hijo y yo quiero
que digas a todos que ellos son también mis hijos. En el Tú Eres
mi Hijo de Jesús se escucha la voz de Dios que dice “todos sois
mis hijos, todos sois hermanos”… De esa manera, la libertad que
ofrece el Yo-Soy del Dios presencia liberadora viene a
entenderse como presencia actuante, identidad en el camino (en
un camino que los cristianos han ido precisando con sus diversas
herramientas hermenéuticas, siempre deficientes, en Nicea,
Calcedonia etc. ))
En el paso y despliegue del ¡Yo soy! de Ex 3, 14 al ¡Tú eres,
vosotros sois! de la experiencia bautismal (cf. Mc 1, 9-11 par)
y pascual (cf. Rom 1, 3-4; Hebr 1,5) de Jesús culmina la
teología israelita, nace el cristianismo. Siendo el auténtico
¡Yo soy!, Dios viene a definirse para los cristianos como el
Padre de Nuestro Señor Jesucristo y de todos los hombres y
mujeres que han sido vinculados y recreados por ese mismo
Cristo. De esta forma se amplia el Yo de Dios, asumiendo en su
interior el Tú de Jesús (y el Tú-Nosotros de los humanos
oprimidos) en el Nosotros del misterio trinitario (del Espíritu
Santo), es decir, en el despliegue total de la Comunicación de
amor. En este contexto, los musulmanes sienten un gran respeto y
prefieron decir no hay mas dios que Allah. La experiencia de
base sigue siendo la misma: tanto el Yahvé de Moisés como el
Padre de Jesús se introducen en la historia humana, asumen el
dolor de los pobres, abren un camino de liberación. Pero los
cristianos creemos que esa presencia salvadora de Dios en el
mundo ha culminado en forma de encarnación: en el fondo de la
experiencia básica de Jesús (de su misterio de liberación y de
su comunión trinitaria) sigue estando el más profundo y
verdadero Yahvé del judaísmo; pero este es un Yahvé que ha
venido a desplegarse como Padre, abriéndose en amor, por medio
del mismo Jesús (que es su Hijo) a todos los humanos.
6. Conclusión. Moisés, Jesús, Mahoma
Conforme a la visión de Hebreos, que debería situarse en su
contexto, Moisés fue un Siervo, alguien que recibe la palabra de
Dios desde fuera; Jesús, en cambio, es Hijo y pertenece a la
Casa (=Familia) del Padre (cf. Heb 3, 5-6). En esa línea,
podríamos concluir diciendo que Mahoma es el representante de la
creación, el hombre de fuego que retoma las visiones de Moisés y
de Jesús para dejar de nuevo a Dios en su Trascendencia, como
Allah sentido y misterio de todo lo que existe.
Pienso que las tres experiencias pueden vincularse… El verdadero
Moisés del camino de la liberación nacional no puede oponerse al
Jesús de la filiación, ni al Mahoma del sometimiento radical.
Por eso, en el principio de Dios, en el mismo Yo-Soy (plano de
Antiguo Testamento), está el Tú-Eres que dice el Padre divino
suscitando desde el fondo de sí mismo al Hijo Jesucristo. Y en
el fondo de ese Tú-Eres de Dios a Jesús puede y debe escucharse
el “sólo Allah” de los musulmanes.
Eso significa que los cristianos podemos llamarnos israelitas,
pero israelitas que han reformulado el misterio del Dios de
Moisés a través de la palabra y experiencia del Dios de
Jesucristo. En el lugar donde estaba Moisés viene a situarse
Jesús, que más que un legislador/profeta es Palabra que brota
del misterio de Dios, pues pertenece a su identidad originaria
(está en el seno del Padre: cf. Jn 1, 18). Pero en el mismo
lugar donde están Moisés y Jesús hay un espacio para Mahoma/Muhammad
(¡Dios sea con él!), que recoge y resume desde la experiencia
milenaria de los pueblos la radicalidad de la trascendencia de
Dios, diciendo de nuevo: No hay más Dios que Allah, Sólo Dios es
Grande. No niego a Jesús cuando digo que “no hay más Dios que
Allah”, pero no destruyo tampoco a Allah cuando afirma que ese
Dios es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, siendo Ha-Shem, el
Nombre que no puede nombrarse y que dice “Yo soy”, es decir, “Yo
estoy con vosotros”. (En esta línea se sitúan mis reflexiones,
desde un libro antiguo titulado Dios como Espíritu y Persona,
Sec. Trinitario, Salamanca 1990, hasta uno más reciente,
Teodicea Cristiana, Sal Terrae, Santander 2003).
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