Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de
2007
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Histórico
28 de
octubre de 2007 en la Plaza San Pedro
El domingo 28 de octubre de 2007 pasará a la historia como la
fecha en que la Iglesia Católica celebró en Roma, en la plaza de
San Pedro, la beatificación del mayor número de mártires en una
sola ceremonia.
Federico Müggenburg y Rodríguez Vigil
Ante una plaza pletórica de fieles, el Cardenal Saraiva presidió
la ceremonia, ya que el Papa Benedicto XVI restauró la tradición
cambiada por Juan Pablo II, en el sentido de que el Papa sólo
preside las canonizaciones, dejando las beatificaciones a un
obispo designado para cada caso. En esta ceremonia estuvieron
presentes todos los obispos españoles con excepción de tres que
están enfermos.
Les acompañaron miles de sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos, entre los que había un considerable número de
contemporáneos de las víctimas de las atrocidades de los
comunistas, anarquistas, jacobinos y masones republicanos. En
forma racional y emocional, todos los asistentes estuvieron
adheridos al principio fundamental que dice: «La sangre de los
mártires es semilla de nuevos cristianos».
El Cardenal Saraiva recordó la enseñanza de Juan Pablo II cuando
dijo en su homilía: «Si se perdiera la memoria de los cristianos
que han entregado su vida por confesar su fe, el tiempo presente
perdería una de sus características más valiosas, ya que los
grandes valores humanos y religiosos dejarían de estar
corroborados por un testimonio concreto inscrito en la
historia». Más adelante señaló, corroborado por salvas de
aplausos: «El mensaje de los mártires de fe y amor, también debe
manifestarse heroicamente en nuestra vida». «Una heroicidad que
requiere cristianos coherentes que no deben inhibirse en su
deber de contribuir al bien común y moldear la sociedad siempre
según la justicia, defendiendo —en un diálogo informado por la
caridad- nuestras convicciones».
Todo esto, identificado con la misma línea que S.S. Benedicto
XVI ha enseñado en «Sacramentum Caritatis», cuando indica la
existencia de una serie de «valores innegociables», como lo son
las convicciones sobre la dignidad de la persona, sobre la vida
desde su concepción hasta la muerte natural, sobre la familia
fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un
hombre y una mujer y sobre el derecho y el deber primarios de
los padres en lo que se refiere a la educación de sus hijos.
Valores conculcados por gobiernos socialdemócratas y
socialtecnócratas.
Terminada la ceremonia de beatificación, al filo del medio día,
el Papa salió a la ventana de su estudio privado, como lo hace
todos los domingos, para dirigir el rezo del «Angelus» y, una
vez concluido, dirigió un mensaje en español a todos los fieles
que no se habían movido de la plaza de San Pedro. El Papa
destacó la siguiente frase: «Los mártires impulsan la
reconciliación y la convivencia pacífica. El testimonio de los
mártires nos alienta a entregar nuestra vida como ofrenda de
amor a Dios y a los hermanos».
La inmensa mayoría de los asistentes coincidieron en la
expresión de fortaleza que implicó a los mártires de siempre,
los del tiempo de Calígula y Nerón del primer siglo, y de los «calígulas
y nerones del siglo veinte»: ser siempre fuertes cuando eran
insultados, maltratados, vejados, torturados y mutilados,
concediendo simultáneamente el perdón para sus verdugos y
abriendo así las puertas para la reconciliación. Particular
alegría hubo entre los mexicanos y cubanos que acompañaban a los
españoles de toda la penínsulas ibérica, sin distinciones
«autonómicas».
De los 498 mártires beatificados, dos eran mexicanos y uno
cubano. Los mexicanos, Manuel Escoto Ruíz, nacido en 1878 en un
rancho de Atotonilco, Jalisco, siendo el séptimo de doce hijos.
En 1926 se casó con Rosa Orozco en la ciudad de México. Luego de
ocho años de ejemplar matrimonio sin poder tener hijos, se
trasladaron a Roma para solicitar el «indulto apostólico»,
otorgado en 1935, para ingresar él en la orden de los Carmelitas
Descalzos, con el nombre de José María y, ella, con las
religiosas salesas en Barcelona. En julio de 1936 él fue
apresado y fusilado a los 57 años. El segundo de los mexicanos
fue Luciano Hernández Ramírez, nacido en 1909 en San Miguel El
Alto, en Jalisco. Ingresó al seminario diocesano de Guadalajara
pero, debido a la persecución de Plutarco Elías Calles, fue
enviado a España en donde ingresó a la orden de Santo Domingo de
Guzmán. Pudo acogerse a los derechos que le otorgaría la
embajada mexicana, sin embargo por su calidad de sacerdote le
fue negada, por lo que «quiso emular a los sacerdotes
perseguidos y ejecutados por la fe en su país natal».
El jovencito cubano, Fray José López Piteira, no quiso acogerse
a su condición de extranjero en España y no renunció a su fe;
ofrendó su vida al enfrentarse a sus victimarios en el paredón
al grito de: ¡Viva Cristo Rey!
El bellísimo cartel que tapizaba las paredes y vitrinas de las
calles de Roma, estaba rubricado con la frase «Vosotros sois la
luz del mundo». En verdad, un día memorable en la historia de la
Iglesia Católica en España y en el mundo entero.
Coordinador
General del FEM y director del Centro de Estudios Políticos y
Sociales de México.
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