Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2007
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Vida breve de
Francisco
Dicen que a San Francisco lo declaró santo el
pueblo, antes de que el Sumo Pontífice le concediera ese honor,
y que si se hace una votación entre los cristianos (aún entre
los protestantes) todos están de acuerdo en declarar que es un
verdadero santo. Todos, aun los no católicos, lo quieren y lo
estiman.
Nació en Asís (Italia) en 1182. Su madre se
llamaba Pica y fue sumamente estimada por él durante toda su
vida. Su padre era Pedro Bernardone, un hombre muy admirador y
amigo de Francia, por la cual le puso el nombre de Francisco,
que significa: "el pequeño francesito". Cuando joven a Francisco
lo que le agradaba era asistir a fiestas, paseos y reuniones con
mucha música. Su padre tenía uno de los mejores almacenes de
ropa en la ciudad, y al muchacho le sobraba el dinero. Los
negocios y el estudio no le llamaban la atención. Pero tenía la
cualidad de no negar un favor o una ayuda a un pobre siempre que
pudiera hacerlo. Tenía veinte años cuando hubo una guerra entre
Asís y la ciudad de Perugia. Francisco salió a combatir por su
ciudad, y cayó prisionero de los enemigos. La prisión duró un
año, tiempo que él aprovechó para meditar y pensar seriamente en
la vida. Al salir de la prisión se incorporó otra vez en el
ejército de su ciudad, y se fue a combatir a los enemigos. Se
compró una armadura sumamente elegante y el mejor caballo que
encontró. Pero por el camino se le presentó un pobre militar que
no tenía con qué comprar armadura ni caballería, y Francisco,
conmovido, le regaló todo su lujoso equipo militar. Esa noche en
sueños sintió que le presentaban en cambio de lo que él había
obsequiado, unas armaduras mejores para enfrentarse a los
enemigos del espíritu.
Francisco no llegó al campo de batalla porque se
enfermó y en plena enfermedad oyó que una voz del cielo le
decía: "¿Por qué dedicarse a servir a los jornaleros, en vez de
consagrarse a servir al Jefe Supremo de todos?". Entonces se
volvió a su ciudad, pero ya no a divertirse y parrandear sino a
meditar en serio acerca de su futuro. La gente al verlo tan
silencioso y meditabundo comentaba que Francisco probablemente
estaba enamorado. Él comentaba: "Sí, estoy enamorado y es de la
novia más fiel y más pura y santificadora que existe". Los demás
no sabían de quién se trataba, pero él sí sabía muy bien que se
estaba enamorando de la pobreza, o sea de una manera de vivir
que fuera lo más parecida posible al modo totalmente pobre como
vivió Jesús. Y se fue convenciendo de que debía vender todos sus
bienes y darlos a los pobres. Paseando un día por el campo
encontró a un leproso lleno de llagas y sintió un gran asco
hacia él. Pero sintió también una inspiración divina que le
decía que si no obramos contra nuestros instintos nunca seremos
santos. Entonces se acercó al leproso, y venciendo la espantosa
repugnancia que sentía, le besó las llagas. Desde que hizo ese
acto heroico logró conseguir de Dios una gran fuerza para
dominar sus instintos y poder sacrificarse siempre a favor de
los demás. Desde aquel día empezó a visitar a los enfermos en
los hospitales y a los pobres. Y les regalaba cuanto llevaba
consigo.
Un día, rezando ante un crucifijo en la iglesia
de San Damián, le pareció oír que Cristo le decía tres veces:
"Francisco, tienes que reparar mi casa, porque está en ruinas".
Él creyó que Jesús le mandaba arreglar las paredes de la iglesia
de San Damián, que estaban muy deterioradas, y se fue a su casa
y vendió su caballo y una buena cantidad de telas del almacén de
su padre y le trajo dinero al Padre Capellán de San Damián,
pidiéndole que lo dejara quedarse allí ayudándole a reparar esa
construcción que estaba en ruinas. El sacerdote le dijo que le
aceptaba el quedarse allí, pero que el dinero no se lo aceptaba
(le tenía temor a la dura reacción que iba a tener su padre,
Pedro Bernardone) Francisco dejó el dinero en una ventana, y al
saber que su padre enfurecido venía a castigarlo, se escondió
prudentemente. Pedro Bernardone demandó a su hijo Francisco ante
el obispo declarando que lo desheredaba y que tenía que
devolverle el dinero conseguido con las telas que había vendido.
El prelado devolvió el dinero al airado papá, y Francisco,
despojándose de su camisa, de su saco y de su manto, los entregó
a su padre diciéndole: "Hasta ahora he sido el hijo de Pedro
Bernardone. De hoy en adelante podré decir: Padrenuestro que
estás en los cielos". El Sr. Obispo le regaló el vestido de uno
de sus trabajadores del campo: una sencilla túnica, de tela
ordinaria, amarrada en la cintura con un cordón. Francisco trazó
una cruz con tiza, sobre su nueva túnica, y con ésta vestirá y
pasará el resto de su vida. Ese será el hábito de sus religiosos
después: el vestido de un campesino pobre, de un sencillo
obrero.
Se fue por los campos orando y cantando. Unos
guerrilleros lo encontraron y le dijeron: "¿Usted quién es? – Él
respondió: - Yo soy el heraldo o mensajero del gran Rey". Los
otros no entendieron qué les quería decir con esto y en cambio
de su respuesta le dieron una paliza. Él siguió lo mismo de
contento, cantando y rezando a Dios. Después volvió a Asís a
dedicarse a levantar y reconstruir la iglesita de San Damián. Y
para ello empezó a recorrer las calles pidiendo limosna. La
gente que antes lo había visto rico y elegante y ahora lo
encontraba pidiendo limosna y vestido tan pobremente, se burlaba
de él. Pero consiguió con qué reconstruir el pequeño templo. La
Porciúncula. Este nombre es queridísimo para los franciscanos de
todo el mundo, porque en la capilla llamada así fue donde
Fracisco empezó su comunidad. Porciúncula significa "pequeño
terreno". Era una finquita chiquita con una capillita en ruinas.
Estaba a 4 kilómetros de Asís. Los padres Benedictinos le dieron
permiso de irse a vivir allá, y a nuestro santo le agradaba el
sitio por lo pacífico y solitario y porque la capilla estaba
dedicada a la Sma. Virgen
En la misa de la fiesta del apóstol San Matías,
el cielo le mostró lo que esperaba de él. Y fue por medio del
evangelio de ese día, que es el programa que Cristo dio a sus
apóstoles cuando los envió a predicar. Dice así: "Vayan a
proclamar que el Reino de los cielos está cerca. No lleven
dinero ni sandalias, ni doble vestido para cambiarse. Gratis han
recibido, den también gratuitamente". Francisco tomó esto a la
letra y se propuso dedicarse al apostolado, pero en medio de la
pobreza más estricta. Cuenta San Buenaventura que se encontró
con el santo un hombre a quien un cáncer le había desfigurado
horriblemente la cara. El otro intentó arrodillarse a sus pies,
pero Francisco se lo impidió y le dio un beso en la cara, y el
enfermo quedó instantáneamente curado. Y la gente decía: "No se
sabe qué admirar más, si el beso o el milagro".
El primero que se le unió en su vida de
apostolado fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de
Asís, el cual invitaba con frecuencia a Francisco a su casa y
por la noche se hacía el dormido y veía que el santo se
levantaba y empleaba muchas horas dedicado a la oración
repitiendo: "mi Dios y mi todo". Le pidió que lo admitiera como
su discípulo, vendió todos sus bienes y los dio a los pobres y
se fue a acompañarlo a la Porciúncula. El segundo compañero fue
Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís. El tercero,
fue Fray Gil, célebre por su sencillez. Cuando ya Francisco
tenía 12 compañeros se fueron a Roma a pedirle al Papa que
aprobara su comunidad. Viajaron a pie, cantando y rezando,
llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas que la gente les
daba. En Roma no querían aprobar esta comunidad porque les
parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un
cardenal dijo: "No les podemos prohibir que vivan como lo mandó
Cristo en el evangelio". Recibieron la aprobación, y se
volvieron a Asís a vivir en pobreza, en oración, en santa
alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la
Porciúncula. Dicen que Inocencio III vio en sueños que la
Iglesia de Roma estaba a punto de derrumbarse y que aparecían
dos hombres a ponerle el hombro e impedir que se derrumbara. El
uno era San Francisco, fundador de los franciscanos, y el otro,
Santo Domingo, fundador de los dominicos. Desde entonces el Papa
se propuso aprobar estas comunidades.
A Francisco lo atacaban a veces terribles
tentaciones impuras. Para vencer las pasiones de su cuerpo, tuvo
alguna vez que revolcarse entre espinas. Él podía repetir lo del
santo antiguo: "trato duramente a mi cuerpo, porque él trata muy
duramente a mi alma".
Clara, una joven muy santa de Asís, se entusiasmó
por esa vida de pobreza, oración y santa alegría que llevaban
los seguidores de Francisco, y abandonando su familia huyó a
hacerse moja según su sabia dirección. Con santa Clara fundó él
las Damas Pobres o Clarisas, que tienen hoy conventos en todo el
mundo.
Francisco tenía la rara cualidad de hacerse
querer de los animales. Las golondrinas le seguían en bandadas y
formaban una cruz, por encima de donde él predicaba. Cuando
estaba solo en el monte una mirla venía a despertarlo con su
canto cuando era la hora de la oración de la medianoche. Pero si
el santo estaba enfermo, el animalillo no lo despertaba. Un
conejito lo siguió por algún tiempo, con gran cariño. Dicen que
un lobo feroz le obedeció cuando el santo le pidió que dejara de
atacar a la gente.
Francisco se retiró por 40 días al Monte Alvernia
a meditar, y tanto pensó en las heridas de Cristo, que a él
también se le formaron las mismas heridas en las manos, en los
pies y en el costado. Los seguidores de San Francisco llegaron a
ser tan numerosos, que en el año 1219, en una reunión general
llamado "El Capítulo de las esteras", se reunieron en Asís más
de cinco mil franciscanos. Al santo le emocionaba mucho ver que
en todas partes aparecían vocaciones y que de las más diversas
regiones le pedían que les enviara sus discípulos tan fervorosos
a que predicaran. Él les insistía en que amaran muchísimo a
Jesucristo y a la Santa Iglesia Católica, y que vivieran con el
mayor desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no
se cansaba de recomendarles que cumplieran lo más exactamente
posible todo lo que manda el santo evangelio.
Francisco recorría campos y pueblos invitando a
la gente a amar más a Jesucristo, y repetía siempre: "El Amor no
es amado". Las gentes le escuchaban con especial cariño y se
admiraban de lo mucho que sus palabras influían en los corazones
para entusiasmarlos por Cristo y su religión.
Dispuso ir a Egipto a evangelizar al sultán y a
los mahometanos. Pero ni el jefe musulmán ni sus fanáticos
seguidores quisieron aceptar sus mensajes. Entonces se fue a
Tierra Santa a visitar en devota peregrinación los Santos
Lugares donde Jesús nació, vivió y murió: Belén, Nazaret,
Jerusalén, etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya los
franciscanos están encargados desde hace siglos de custodiar los
Santos Lugares de Tierra Santa. Por no cuidarse bien de las
clientísimas arenas del desierto de Egipto se enfermó de los
ojos y cuando murió estaba casi completamente ciego. Un
sufrimiento más que el Señor le permitía para que ganara más
premios para el cielo.
San Francisco, que era un verdadero poeta y le
encantaba recorrer los campos cantando bellas canciones, compuso
un himno a las criaturas, en el cual alaba a Dios por el sol, y
la luna, la tierra y las estrellas, el fuego y el viento, el
agua y la vegetación. "Alabado sea mi Señor por el hermano sol y
la madre tierra, y por los que saben perdonar", etc. Le agradaba
mucho cantarlo y hacerlo aprender a los demás y poco antes de
morir hizo que sus amigos lo cantaran en su presencia. Su saludo
era "Paz y bien".
Cuando sólo tenía 44 años sintió que le llegaba
la hora de partir a la eternidad. Dejaba fundada la comunidad de
Franciscanos, y la de hermanas Clarisas. Con esto contribuyó
enormemente a enfervorizar la Iglesia Católica y a extender la
religión de Cristo por todos los países del mundo. Los
seguidores de San Francisco (Franciscanos, Capuchinos, Clarisas,
etc.) son el grupo religioso más numeroso que existe en la
Iglesia Católica. El 3 de octubre de 1226, acostado en el duro
suelo, cubierto con un hábito que le habían prestado de limosna,
y pidiendo a sus seguidores que se amen siempre como Cristo los
ha amado, murió como había vivido: lleno de alegría, de paz y de
amor a Dios.
Cuando apenas habían transcurrido dos años
después de su muerte, el Sumo Pontífice lo declaró santo y en
todos los países de la tierra se venera y se admira a este
hombre sencillo y bueno que pasó por el mundo enseñando a amar
la naturaleza y a vivir desprendido de los bienes materiales y
enamorados de nuestra buen Dios. Fue él quien popularizó la
costumbre de hacer pesebres para Navidad.
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