Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de 2007

 

San Francisco y el sultán de Babilonia

Adele González
 

San Francisco de Asís es sin duda uno de los santos más queridos de la cristiandad. Lo conocemos como el patrón de los animales y, más recientemente, de la ecología. Hemos escuchado historias que nos hablan de su sensibilidad tan profunda por toda la creación, que le permitía hablarle a los pájaros del amor de Dios y ganarse la confianza del lobo que rondaba la aldea de Gubbio. Sin embargo, hay una anécdota franciscana de la que no se habla a menudo, y que tiene una gran relevancia en nuestro tiempo: la visita de Francisco al sultán de Babilonia.

Francisco de Asís vivió en la Edad Media, en la época de las Cruzadas, la guerra en contra de los moros o herejes. Esta sangrienta guerra había comenzado por el deseo de los cristianos de rescatar los Santos Lugares del poder musulmán. Podría hablar de la valentía de Francisco y de su deseo de martirio. Podría también contar hazañas que mostraran sus poderes extraordinarios, pero prefiero ir más adentro y escudriñar las motivaciones que llevaron a este santo a tierras hostiles y lo que hoy podemos aprender de su experiencia.

Una de las cualidades más sobresalientes de Francisco es haber descubierto en Jesús crucificado la imagen visible del Dios invisible. Ver en Jesús el rostro sufriente y amoroso de Dios mismo provocó que su vida no tuviera ya otro fin que corresponder a ese amor y tratar de que otros también lo hicieran.

De personalidad apasionada y espontánea, Francisco sintió que una manera de responder radicalmente a la entrega de Jesús en la cruz era convertirse en un mártir en tierras hostiles. Este deseo hizo que en el sexto año de su conversión decidiera embarcarse a Siria con el fin de predicar el Evangelio de Cristo a los sarracenos.

Después de fracasar en su intento a causa de vientos fuertes que casi provocaron un naufragio, trató de llegar hasta Marruecos con el mismo propósito. Esta vez fue una enfermedad grave lo que tronchó sus planes. No fue hasta siete años después que Francisco logró llegar hasta la presencia de Melek-el-Kamel, sultán de Babilonia.

Babilonia era el nombre que se daba en Europa por aquel tiempo a la capital de Egipto, El Cairo. La guerra entre los cruzados cristianos y los musulmanes era implacable. El sultán había ofrecido oro como recompensa al que le presentara la cabeza de un cristiano. Ningún peligro logró detener a Francisco, quien ardía en deseos de compartir el Evangelio y morir por Cristo si fuera necesario. Acompañado por un hermano emprendió la marcha hacia Egipto. Cerca del campamento de Melek-el-Kamel, quien fue sultán del año 1218 al 1238, se encontraron con guardias moros que, según nos cuentan los biógrafos “se precipitaron sobre ellos como lobos sobre ovejas y los trataron con crueldad y desprecio… afligiéndoles con azotes y atándolos con cadenas.

Finalmente, después de haber sido maltratados y atormentados de mil formas… los llevaron a la presencia del sultán” (San Buenaventura, Leyenda mayor, 9,8). El encuentro entre Francisco y el sultán ocurrió probablemente en 1219, durante una tregua decretada por un mes.

Nos dicen los relatos de la época que cuando el sultán les preguntó quién los había enviado y cómo habían podido llegar hasta allí, Francisco respondió que no había sido enviado por hombre alguno, sino por el mismo Dios, para mostrarles a él y a su pueblo el camino de la salvación y anunciarles el Evangelio de la verdad. Impresionado el sultán por el fervor y la virtud de Francisco, lo escuchó con gusto y le invitó insistentemente a que permaneciera con él. Francisco le puso como condición que sólo lo haría si el sultán abandonaba la ley de Mahoma a cambio de la fe de Cristo, él y su compañero accederían a quedarse entre ellos.

Después de un extenso diálogo el musulmán rechazó la invitación de Francisco, pero le ofreció muchos regalos valiosos, que el pobre de Asís se negó a recibir. Este gesto hizo que el sultán se sintiera aún más atraído hacia la postura de Francisco, y le rogó que aceptara los presentes para distribuirlos entre cristianos pobres o en las iglesias, y además le pidió que volviese a visitarle con frecuencia. Pero Francisco no quería nada con el dinero y la riqueza, y rechazó esta oferta. Defraudado en su deseo de convertir al sultán o de morir mártir, Francisco regresó a los países cristianos.

Me admira el respeto con que Francisco le habló al sultán. No perdió el tiempo en reproches ni en acusaciones. Con la sencillez característica del pobre de Asís, presentó el mensaje del Evangelio a los que en aquel tiempo se consideraban enemigos mortales del cristianismo.

Todos los esfuerzos humanos por responder a la inciativa de Dios, están afectados y limitados por nuestro contexto histórico, social y cultural. La actuación de Francisco nos puede parecer hoy atrevida y hasta ofensiva, dada la conciencia que hemos adquirido del respeto que los cristianos debemos tener hacia las personas de otras religiones. Sin embargo, no dejemos que el presente determine cómo leemos la historia. Aunque las reacciones de Francisco son fruto de su época, hay en ellas un mensaje para nuestro mundo de hoy.

En el siglo XIII, ante lo que parecía ser una ofensa a la fe cristiana, éstos se lanzaron a la guerra: ¡Peleemos,! ¡Aventurémonos en una “guerra santa”, en una Cruzada!

Francisco soñó primero con ser un cruzado y morir luchando por la defensa de Tierra Santa. Sin embargo, en su proceso de conversión, este sueño se transformó en un profundo deseo de convertir a los musulmanes al cristianismo. Cuando la oportunidad se presentó, Francisco le habló al sultán con respeto y paz, y contrario a lo que se podía esperar, salió ileso, siendo admirado por el líder musulmán. Finalmente, cuando sintió que sus esfuerzos no eran fructíferos, se retiró en paz a continuar su misión en los países cristianos.

¿Qué podemos aprender hoy de San Francisco de Asís? ¿Será posible que una visita de paz haya propiciado que la ciudad de Asís sea hoy un lugar de encuentro para líderes religiosos de todo el mundo, como un lugar para proclamar, buscar y hablar de paz? ¿Habrá sido el histórico encuentro interreligioso celebrado en Asís el 24 de enero de 2002 un fruto del respeto con que Francisco trató al pueblo musulmán hace más de siete siglos?

No tengo respuestas a mis preguntas, pero lo que sí sé es que muchos cruzados murieron luchando por Cristo, y muchos musulmanes murieron luchando por Mahoma. Sin embargo, la historia no recuerda sus nombres. El probrecito de Asís, el que se enamoró perdidamente del Crucificado, continúa siendo hoy una de las figuras más respetadas por todos, y su mensaje de paz y armonía con toda la creación, una voz que toca profundamente el corazón herido de nuestro mundo.