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Un día, después de su conversión, mientras Francisco oraba en la iglesia de San Damián en las afueras de Asís, oyó al crucifijo decirle tres veces: "Francisco, repara mi casa, pues ya ves que está en ruinas". El santo, viendo que la iglesia se hallaba en muy mal estado, creyó que el Señor quería que la reparase; así pues, partió inmediatamente, tomó una buena cantidad de vestidos de la tienda de su padre y los vendió junto con su caballo. Su padre, Don Pedro Bernardone, lo acusó de ladrón y le ordenó dejar esas locuras. Después de renunciar a la herencia de su padre públicamente para seguir a Cristo, el joven Francisco partió en busca de un sitio conveniente para establecerse. Luego de sufrir ataques de unos bandoleros, Francisco obtuvo limosna y trabajo en un monasterio como si fuese un mendigo. Después de dos años, vistiendo una túnica, un cinturón y unas sandalias de peregrino, Francisco regresó a San Damián para reparar la iglesia. Fue a pedir limosna en Asís, donde todos le habían conocido rico y, naturalmente, hubo de soportar las burlas y el desprecio de más de un mal intencionado. Él mismo se encargó de transportar las piedras que hacían falta para reparar la iglesia y ayudó en el trabajo a los albañiles. Una vez terminadas las reparaciones en la iglesia de San Damián, Francisco emprendió un trabajo semejante en la antigua iglesia de San Pedro y en una capillita llamada Porciúncula. Poco a poco, otros jóvenes se unían a su misión y a su sueño. En 1210, cuando el grupo contaba ya con doce miembros, Francisco redactó una regla breve e informal basada principalmente en los consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Con ella se fueron a Roma a presentarla para aprobación del Sumo Pontífice. Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas que la gente les daba.
En Roma, el Papa Inocencio III se mostró adverso al principio. Por otra parte, muchos cardenales opinaban que la nueva manera de concebir la pobreza era impracticable. Un cardenal alegó en favor de Francisco que su regla expresaba los mismos consejos con que el Evangelio exhortaba a la perfección. Más tarde, el Papa relató a su sobrino, quien a su vez lo comunicó a San Buenaventura, que había visto en sueños a un pobre joven sosteniendo con su cuerpo la basílica de Letrán que estaba a punto de derrumbarse. Inocencio III mandó, pues, llamar a Francisco y aprobó verbalmente su regla; en seguida le impuso la tonsura, y les dio por misión predicar la penitencia.
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