Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2007
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¿Cómo pudo
arraigar en la sociedad romana la fe cristiana, que defendía
postulados éticos contrarios a los que regían las relaciones
entre los hombres?
Una revolución gigantesca
Juan Manuel de Prada
Una visita a Roma, siguiendo las huellas del cristianismo
primitivo, me ha impuesto un motivo de reflexión. ¿Cómo pudo
arraigar en la sociedad romana una fe como la cristiana, que se
sustentaba sobre una visión monoteísta de la divinidad y
defendía postulados éticos totalmente extraños, incluso
adversos, a los que por entonces regían las relaciones entre los
hombres? Basta leer la brevísima Carta de San Pablo a Filemón,
en la que le propone que manumita a su esclavo Onésimo y lo
acoja como si de un «hermano querido» se tratase, para que
advirtamos que la conversión a la nueva fe proponía una
subversión radical de los valores vigentes. La esclavitud no era
tan sólo una situación plenamente reconocida por la ley; era
también el cimiento de la organización económica romana. Podemos
entender que un esclavo se sintiese seducido por la prédica de
un cristiano que le aseguraba que ningún otro hombre podía
ejercer dominio sobre él. Pero, ¿cómo un patricio que funda su
fortuna sobre el derecho de propiedad que posee sobre otros
hombres se aviene a amarlos «no sólo humanamente sino como
hermanos en el Señor», no porque ninguna obligación legal se lo
imponga, sino «por propia voluntad», como San Pablo le aconseja
a Filemón que haga con Onésimo? Semejante cambio de mentalidad
exige una revolución interior gigantesca.
Pongámonos en el pellejo de un patricio romano de los primeros
siglos de nuestra era. Sabemos que por aquella época el culto a
las divinidades del Olimpo era cada vez más laxo y protocolario.
Sabemos también que los sucesivos emperadores que siguieron a
Julio César se nombraron a sí mismos dioses, en un acto de
arrogancia megalómana que a cualquier patricio romano con
inquietudes espirituales le resultaría repugnante. Probablemente
ese patricio romano al que tratamos de evocar hubiese dejado de
creer en los dioses paganos, cuyas andanzas se le antojarían una
superchería; pero su mentalidad seguía siendo politeísta. La
creencia en un Dios único se le antojaría un desatino propio de
razas híspidas y fanáticas, oriundas de geografías desérticas,
ajenas a la belleza multiforme del mundo.
Pero entonces nuestro patricio romano repara en la novedad del
cristianismo. Dios se ha hecho hombre: no para encumbrarse en un
trono y para que los demás hombres se prosternen a su paso, como
hacían los degenerados emperadores a quienes le repugnaba
adorar, ni para disfrutar de tal o cual gozo mundano, como
hacían los habitantes del Olimpo; sino para participar de las
limitaciones humanas, para probar sus mismas penalidades, para
acompañar a los hombres en su andadura terrenal. Y, al hacerse
hombre, Dios hace que la vida humana, cada vida humana, se torne
sagrada; a través de su encarnación, el Dios de los cristianos
logra que cada ser humano, cada uno de esos «pequeñuelos» a los
que se refiere el Evangelio, sea reflejo vivo, portador de
divinidad. De repente, ese patricio romano siente que por fin ha
hallado una fe que le permite adorar a un Dios único y seguir
venerando la belleza multiforme del mundo de un modo, además,
mucho más exigente, puesto que ahora esa belleza es sagrada,
está poseída por ese Dios que ha querido compartir su misma
naturaleza humana.
Para ese imaginario patricio romano que ahora tratamos de evocar
en su proceso de conversión desde la mentalidad politeísta tuvo
que desempeñar un papel decisivo el culto a los santos. En ellos
debió encontrar una simbiosis perfecta entre aquella «virtus»
que cultivaron sus ancestros y la nueva fe que hacía de cada
hombre un portador de divinidad. Y, sobre todos ellos, la figura
de María. Los dioses del Olimpo elegían a las mujeres más bellas
y distinguidas para disfrutar de un placentero revolcón y
enseguida abandonar el lecho, con los primeros clarores del
alba; el Dios de los cristianos había elegido a la mujer más
humilde, una paria de Judea, casada con un carpintero
zarrapastroso, para quedarse con ella, para quedarse en ella,
para hacerse visible ante los hombres, para hacerse uno de
ellos, a través de ella. En la sociedad romana, la mujer ocupaba
un lugar vicario del hombre; al haber confiado en una mujer como
depositaria de su divinidad, el Dios cristiano había encumbrado
la naturaleza femenina hasta cúspides inimaginables.
De repente, nuestro patricio romano supo que Dios estaba en él,
que Dios estaba dentro de cada hombre y de cada mujer. Y se
dispuso a abrazar esa revolución gigantesca con un ardor hasta
entonces desconocido.
Publicado en
la revista XLSemanal
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