Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de 2007

 

Mi hermano Francisco

Dora Amador

Dos años antes de morir, san Francisco recibió en su carne las heridas de Cristo. Se hallaba en la cima del Monte La Verna haciendo un ayuno de 40 días, cuando de pronto se sintió inmerso en una delicia nunca antes experimentada de la contemplación del Reino de los Cielos.

Qué anhelo de Dios sería el que lo poseyó que vio con sus propios ojos lo que parecía ser un ángel con seis alas, deslumbrante como el fuego, que descendía desde el cielo. A medida que se le acercaba, Francisco vio que el ángel con alas estaba crucificado. Ante aquel fascinante espectáculo, el santo sintió que en su pecho se mezclaban dolor y gozo, y a la vez, un amor inmenso y misterioso, como una compasión llena de dicha dulcísima al ver al Señor crucificado tan cerca de él.

Según atestiguan sus hermanos -el acontecimiento de los estigmas está ampliamente documentado, es un hecho histórico- cuando la visión se desvaneció, su cuerpo, como cera caliente sobre la cual se imprimiera un sello, quedó marcado con las llagas del Crucificado. Los clavos eran visibles en sus manos y sus pies, y el costado derecho tenía una herida desde donde fluía sangre con frecuencia, como si hubiese sido atravesado por un puñal.

Francisco descendió de la montaña transformado, era un hombre nuevo, casi resucitado, después de agonizar por mucho tiempo al ver cómo fracasaba el gran sueño fundacional de su congregación religiosa. El pobrecito de Asís sabía lo que era sufrir, llorar amargamente, pero ahora era la felicidad: no sabía que se acercaba la muerte ni que la orden de los frailes menores, religiosas y laicos de espiritualidad franciscana llenarían la tierra ocho siglos después. El sólo sabía que sobre su carne ardiente de amor llevaba talladas las heridas de la Pasión del Señor.

No hay Dios más celoso que nuestro Dios: nos hunde en el más profundo de los fracasos para que probemos lo que es el desamparo absoluto, el destrozo total de todo proyecto que antepongamos a él y desde el abismo de ese desasosiego de muerte nos abandonemos en sus brazos y confiar, corazón de herida tal que sólo se sana cuando sanamos a otros: eso somos.

El 17 de septiembre la Iglesia celebró este acontecimiento en la vida de Francisco conocido como la stigmata. Yo, que vivo en una comunidad franciscana, también la celebré desde temprano en la mañana. La lectura de Laudes de ese día había sido escrita en el siglo I, poderosa metáfora de san Pablo que cobró vida en san Francisco: ``En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús''. (Gálatas, 6, 14-17).

Qué difícil es entender esta entrega de amor de san Francisco, de santa Clara, de san Pablo y de tantos otros cristianos y cristianas que desde hace más de 2,000 años dan la vida día a día por esa aventura loca que es seguir a Jesús. A esos pasos de escandalosa contracultura los acompañan siempre ataques, burlas, privaciones de todo tipo y la dolorosa incomprensión. Pero el alto precio vale la pena, el corazón se siente tan agradecido por los dones inmerecidos.

En medio de esta pequeñez consuela mirar a los primeros discípulos: Pedro, el que negó a su Señor tres veces, el que cuando se calentaba las manos al fuego en una fría noche de Jerusalén vio pasar a Jesús casi desnudo rumbo al escarnio, los látigos y la cruz; Pablo, el que persiguió y mató a cristianos; María Magdalena, la que tenía siete demonios dentro; la samaritana, mujer de cinco amantes; Juan y Santiago, ambiciosos de poder; Mateo, el cobrador de impuestos al servicio de los romanos; ¿y Francisco, no era un frívolo que iba de fiesta en fiesta sólo detrás de diversión, vino y amores?

``¡Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual alumbras la noche!'', dice un verso del Cántico de las criaturas, esa obra maravillosa de san Francisco que releo ahora que llega de nuevo el 4 de octubre, día en que celebramos su tránsito hacia el Reino que soñó, y yo me preparo para emprender un viaje también soñado.

Regreso a Tierra Santa este mes de octubre de 2007. Allá llegó Francisco en 1219, dándole, con su fe y su humildad un giro radical a la historia: durante su estadía en este territorio bajo dominio musulmán, el santo quiso convertir al cristianismo al sultán Mélek-el-Kamel, algo que no logró, pero fue tal la impresión que su valor y sus palabras causaron en el sultán, que éste le concedió a Francisco y a sus compañeros predicar libremente, donde quisieran. En el 2009 se celebra el 800 aniversario a la Custodia Franciscana de Tierra Santa. Gracias a San Francisco de Asís los Santos Lugares donde nació, vivió, predicó, murió y resucitó el Señor no fueron destruidos por los musulmanes. Gracias a Francisco de Asís, tenemos los católicos una presencia viva, un lugar sagrado de peregrinación. Qué hermoso es ver, al caminar por las calles de esa amada y santa tierra, a los frailes franciscanos con sus hábitos carmelitas, sus sandalias y sus cuerdas blancas atadas a la cintura.

Tras las huellas de este maestro pobre, inmenso portador de riqueza, amante apasionado de la flora y fauna de Asís fui también hace unos años. Quise caminar por donde caminó el que me ha enseñado cosas hondas y sabias, como haber experimentado lo que él experimentó, “la alegría perfecta”, y saber llamarle hermanas también a la fragilidad, la vejez y a la muerte.