Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2007
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La
experiencia mística: Marta Robin
Görres
Jean
Guitton
El libro de J. J. Von Görres sobre La Mística Cristiana,
aparecido entre 1836 y 1845, me ayudó a completar los puntos de
vista de Bergson. La hostilidad de este autor al espíritu
francés explica que esta obra capital sea poco conocida entre
nosotros. El pensador alemán abre nuevos caminos.
Leyendo a Bergson y a William James nos podría parecer que la
experiencia de los místicos es en realidad un fenómeno anormal
que se superpone a la vida psíquica normal y que no concierne
más que a escasos privilegiados. Si la vida mística no está
ligada con el psiquismo tenderemos a tenerla por un producto de
la imaginación y, a la postre por una «alienación" en el sentido
de Marx y de Feuerbach. Freud veía en ella una transposición del
instinto. Así, sobre todo, se realiza la "crítica". Pero luego
llega el momento en el que, a su vez, la "crítica" se realiza
sobre sí misma y critica a la crítica.
Para Görres, que está en la tradición de Plotino, la vida
mística no es una vida superpuesta a la vida sensible: es la
sublimación, la plenitud de esta vida. Nuestros sentidos pueden
adentrarse en los dominios del espíritu sin dejar de ser
sentidos. Dicho de otra manera: Görres tiene la opinión de que
podemos usar de los sentidos en dos direcciones posibles. Por la
primera los sentidos nos ponen en relación con un objeto
exterior. Por la segunda, los sentidos nos pueden poner en
relación con un objeto de una calidad superior a lo que llamamos
"materia" o "vida". Hay así dos maneras de usar de la vista: una
primera que es corporal, utilitaria, ordinaria; otra que es la
de "vidente" por la que quien ve, o cree ver, capta una realidad
escondida a los demás e invisible. Este doble uso es, sin duda,
posible para los demás sentidos, aun para aquellos que son más
interiores. Lo difícil es distinguirlo de las alucinaciones. El
médico, el psiquiatra, el psicoanalista tenderá, casi
necesariamente, a clasificar a los "visionarios" de enfermos.
Pero ¿qué es la salud? Si la salud se define, no por la opinión
que se tiene de ella, sino por su irradiación, por sus efectos,
por la adaptación inmediata a la realidad, por la eficacia, por
una cierta alegría triunfante siempre aún en los fracasos
—llamémosla genio— entonces se deberá crear para estos anormales
un término específico. Será necesario reconocer clínica y
psiquiátricamente que existe una anormalidad sobrenormal que es
lo contrario de la enfermedad.
Admitamos que para ciertos privilegiados existe una segunda
función de los sentidos. Estos no harían sino despertar una
facultad, virtual en cada hombre y susceptible de aflorar un
día, de suerte que todos seríamos místicos que se ignoran. Si
pudiéramos provocar en nosotros esta segunda percepción, de un
modo imperfecto, en algunos momentos muy escasos —como en el
último de la vida— entonces, la conciencia del universo se
modificaría. Tendríamos la impresión de salir de la realidad y
entrar en el sueño. Este es el caso de los místicos: cuando
vuelven a la vida después del éxtasis creen estar soñando; los
seres les parecen irreales, lejanos, fantasmagóricos; pues han
entrado en esa mezcla de sombra y de luz que la Escritura llama
"una nube".
Un contemporáneo, Andrés Frossard, ha expresado bien el estado
de su espíritu después de una especie de éxtasis que transformó
su vida y que jamás se le borró de la memoria:
"Los escombros de mis construcciones interiores cubrían el
suelo. Yo miraba a los viandantes que marchaban sin ver, y
pensaba qué sorpresa sería la suya cuando tuvieran a su vez el
encuentro que yo acababa de tener. Seguro de que la misma
aventura les sucedería pronto o tarde, me divertía por
adelantado de la sorpresa de los incrédulos y de los que dudaban
sin dudar de sí mismos"[2].
Para intentar, pues, comprender de modo intelectual el fenómeno
de Marta, proyectaba sobre ella mis esquemas y moldes. Pero era
mucho más indicado consultarla a ella misma y procuraba
interrogarla sobre los estados de su conciencia de acuerdo con
las distinciones que usa la teología mística donde todos los
estados han recibido un nombre y han sido clasificados según su
jerarquía. Y encontraba siempre alguna diferencia entre su
experiencia propia y la designación clásica. O mejor, siempre la
oía decir: "He conocido eso que me dice y lo he superado".
Yo me veía atado a los conceptos, a las abstracciones, a los
sistemas de los filósofos, a las distinciones de los términos, a
los discursos vacíos, a las palabras frívolas o mundanas, a las
formas corteses. Como los prisioneros de la caverna de quien
habla Platón en su mito, veía yo desfilar las imágenes de las
cosas sin poder escapar y contemplar fuera de la caverna, bajo
el sol, a las cosas mismas. Pero, he aquí que, escuchando a
Marta, tenía la impresión (difícil de definir) de encontrarme
simplemente en presencia de... de eso... de ese no sé qué, para
lo que no tenemos palabras, excepto si se usa la más ordinaria,
la palabra ser. ¡Cuántos ilustres pensadores contemporáneos,
retomando las investigaciones de los primeros griegos después de
Heráclito o Parménides, intentan reencontrar el SER, y nos
obligan a reflexionar sobre el ser y el no ser, si queremos
tener algún contacto, a colocarnos, como Husserl, ante "la cosa
misma"! ¡Es tan cierto que entre nuestra cultura, nuestro
silencio y "lo que es" se interponen opacos velos! Y qué
deseable sería —pienso yo— encontrarse de modo totalmente simple
ante un ser sencillo, que me dijera sobre cada acontecimiento,
sobre cada destino, lo que es. Este tipo de genio se encuentra
más potente entre las mujeres, más ligadas inmediatamente a la
naturaleza y a la vida. Se puede decir que Marta era mujer hasta
el sumo grado. Las pantallas, los velos, las mentiras
desaparecían. Ella estaba allí, totalmente sencilla, totalmente
familiar. Y, sin embargo, era una fuera de serie y tan extraña a
las ciencias que había sido abandonada por los médicos, los
psiquiatras, los psicoanalistas, quienes habían renunciado a
examinarla, menos por escepticismo que por impotencia. Sólo
faltaba detenerla por el delito, no inscrito en las leyes, de no
comer, de no vivir como todo el mundo.
Antes de haberla conocido dudaba de lo que se me contaba de
ella. Después de visitarla no era capaz de concebir que lo que
había visto en su cámara fuera verdad. Tan extraordinaria,
Marta, y tan ordinaria. Más que nadie fuera del mundo y más que
nadie y más sencillamente como todo el mundo.
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