Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2007
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Santa Teresa de Ávila: Doctora de la Iglesia
Homilía pronunciada por el Papa Pablo VI, en al basílica de San
Pedro, durante el acto de la proclamación de Santa Teresa como
doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.
Acabamos de conferir o, mejor dicho, acabamos de reconocer a
Santa Teresa de Jesús el título de doctora de la Iglesia.
El solo hecho de mencionar en este lugar y en esta
circunstancia, el nombre de esta santa tan singular y tan
grande, suscita en nuestro espíritu un cúmulo de pensamientos.
El primero es la evocación de la figura de Santa Teresa. La
vemos ante nosotros como una mujer excepcional, como a una
religiosa que, envuelta toda ella de humildad, de penitencia y
de sencillez, irradia en torno a sí la llama de la vitalidad
humana y de su dinámica espiritualidad; la vemos, además, como
reformadora y fundadora de una histórica e insigne Orden
religiosa, como escritora genial y fecunda, como maestra de vida
espiritual, como contemplativa incomparable e incansable alma
activa. ¡Qué grande, única y humana, que atrayente es esta
figura!
Antes de hablar de otra cosa, nos sentimos tentados a hablar de
ella, de esta santa interesantísima bajo tantos aspectos. Pero
no esperéis que, en este momento, os hablemos de la persona y de
la obra de Teresa de Jesús. Sería suficiente la doble biografía
recogida en el volumen preparado con tanto esmero por nuestra
Sagrada Congregación para las causas de los santos para
desanimar a quien pretendiese condensar en breves palabras la
semblanza histórica y biográfica de esta santa, que parece
desbordar las líneas descriptivas en las que uno quisiera
encerrarlas. Por otra parte, no es precisamente en ella donde
quisiéramos fijar durante un momento nuestra atención, sino más
bien en el acto que ha tenido lugar hace poco, en el hecho que
acabamos de grabar en la historia de la Iglesia y que confiamos
a la piedad y a la reflexión del Pueblo de Dios, en la confesión
del título de doctora a Teresa de Avila, a Santa Teresa de
Jesús, la eximia carmelita.
El significado de este acto es muy claro. Un acto que quiere ser
intencionalmente luminoso, y que podría encontrar su imagen
simbólica en una lámpara encendida ante la humilde y majestuosa
figura de la Santa. Un acto luminoso por el haz de luz que ese
mismo título doctoral proyecta sobre ella; un acto luminoso por
el otro haz de luz que ese mismo título doctoral proyecta sobre
nosotros.
Significación del título concedido a Santa Teresa
Hablemos primero sobre ella, sobre Teresa. La luz del título
doctoral pone de relieve valores indiscutibles que ya le habían
sido ampliamente reconocidos; ante todo, la santidad de vida,
valor este oficialmente proclamado el 12 de marzo de 1622 -
Santa Teresa había muerto 30 años antes- por nuestro predecesor
Gregorio XV en el célebre acto de la canonización que incluyó en
el libro de los santos, junto con esta santa carmelita, a
Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Isidro Labrador, todos
ellos gloria de la España católica, y al mismo tiempo al
florentino-romano Felipe Neri. Por otra parte, la luz del título
doctoral pone de relieve la eminencia de la doctrina y esto de
un modo especial.
Los carismas de la doctrina teresiana
La doctrina de Teresa de Avila brilla por los carismas de la
verdad, de la fidelidad a la fe católica, de la utilidad para la
formación de las almas. Y podríamos resaltar de modo particular
otro carisma, el de la sabiduría, que nos hace pensar en el
aspecto más atrayente y al mismo tiempo más misterioso del
doctorado de Santa Teresa, o sea, en el influjo de la
inspiración divina en ésta prodigiosa y mística escritora.
¿De dónde le venía a Teresa el tesoro de su doctrina?. Sin duda
alguna, le venía de su inteligencia y de su formación cultural y
espiritual, de sus lecturas, de su trato con los grandes
maestros de la teología y de espiritualidad, de su singular
sensibilidad, de su habitual e intensa disciplina ascética, de
su meditación contemplativa, en una palabra de su
correspondencia a la gracia acogida en su alma,
extraordinariamente rica y preparada para la práctica y para la
experiencia de la oración. Pero¿ era ésta la única fuente de su
eminente doctrina?.¿ O acaso no se encuentran en Santa Teresa
hechos, actos y estados en los que ella no es el agente, sino
más bien el paciente, o sea, fenómenos pasivos y sufridos,
místicos en el verdadero sentido de la palabra, de tal forma que
deben ser atribuidos a una acción extraordinaria del Espíritu
Santo?.
Estamos, sin duda alguna, ante un alma en la que se manifiesta
la iniciativa divina extraordinaria del Espíritu Santo? .
Estamos, sin duda alguna, ante un alma en la que se manifiesta
la iniciativa extraordinaria, sentida y posteriormente descrita
llana, fiel y estupendamente por Teresa con un lenguaje
literario peculiarísimo.
Una vida consagrada a la contemplación y comprometida en la
acción
Al llegar aquí, las preguntas se multiplican. La originalidad de
la acción mística es uno de los fenómenos psicológicos más
delicados y más complejos, en los que pueden influir muchos
factores, y obligan al estudioso a tomar las más severas
cautelas, al mismo tiempo que en ellos se manifiestan de modo
sorprendente las maravillas del alma humana, y entre ellas la
más comprensiva de todas: el amor, que encuentra en la
profundidad del corazón sus expresiones más variadas y más
auténticas; ese amor que llegamos a llamar matrimonio
espiritual, porque no es otra cosa que el encuentro del amor
divino inundante, que desciende al encuentro del amor humano,
que tiende a subir con todas sus fuerzas.
Se trata de la unión con Dios más íntima y más fuerte que sea
dado experimentar a un alma viviente en esta tierra, de una
unión que se convierte en luz y en sabiduría, sabiduría de las
cosas divinas y sabiduría de las cosas humanas.
De todos estos secretos nos habla la doctrina de Santa Teresa.
Son los secretos de la oración. Esta es su enseñanza. Ella tuvo
el privilegio y el mérito de conocer estos secretos por vía de
la experiencia, vivida en la santidad de una vida consagrada a
la contemplación y, al mismo tiempo, comprometida en la acción,
por vía de experiencia simultáneamente sufrida y gozada en la
efusión de carismas espirituales extraordinarios. Santa Teresa
ha sido capaz de contarnos estos secretos, hasta el punto de que
se la considera como uno de los supremos maestros de la vida
espiritual. No en vano la estatua de la fundadora Teresa
colocada en la basílica lleva la inscripción que tan bien define
a la Santa: Mater spiritualium.
Maestra de oración
Todos reconocían, podemos decir que con unánime consentimiento,
ésta prerrogativa de Santa Teresa de ser madre y maestra de las
personas espirituales. Una madre llena de encantadora sencillez,
una maestra llena de admirable profundidad. El consentimiento de
la tradición de los santos, de los teólogos, de los fieles y de
los estudiosos, se lo había ganado ya. Ahora lo hemos confirmado
nosotros, a fin de que, nimbada por este título magistral, tenga
en adelante una misión más autorizada que llevar a cabo dentro
de su familia religiosa, en la Iglesia orante y en el mundo, por
medio de su mensaje perenne y actual: el mensaje de la oración.
Esta es la luz, hecha hoy más viva y penetrante, que el título
de doctora conferido a Santas Teresa reverbera sobre nosotros.
El mensaje de oración nos llega a nosotros, hijos de la Iglesia,
en una hora caracterizada por un gran esfuerzo de reforma y de
renovación de la oración litúrgica; nos llega a nosotros,
tentados, por el reclamo y por el compromiso del mundo exterior,
a ceder al trajín de la vida moderna y a perder los verdaderos
tesoros de nuestra alma por la conquista de los seductores
tesoros de la tierra.
Este mensaje llega a nosotros, hijos de nuestro tiempo, mientras
no sólo se va perdiendo la costumbre del coloquio con Dios, sino
también el sentido y la necesidad de adorarlo y de invocarlo.
Llega a nosotros el mensaje de la oración, canto y música del
espíritu penetrado por la gracia y abierto al diálogo de la fe,
de la esperanza y de la caridad, mientras la exploración
psicoanalítica desmonta el frágil y complicado instrumento que
somos, no para escuchar la voces de la humanidad dolorida y
redimida, sino para escuchar el confuso murmullo del
subconsciente animal y los gritos de las indomadas pasiones y de
la angustia desesperada.
Llega ahora a nosotros el sublime y sencillo mensaje de la
oración de parte de la sabia Teresa, que nos exhorta a
comprender "el gran bien que hace Dios a un alma que la dispone
para tener oración con voluntad…,que no es otra cosa la oración
mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas
veces tratando a solas con quien sabemos nos ama".
Este es, en síntesis, el mensaje que nos da Santa Teresa de
Jesús, doctora de la santa Iglesia. Escuchémoslo y hagámoslo
nuestro.
La mujer no está destinada a tener en el Iglesia funciones
jerárquicas
Debemos añadir dos observaciones que nos parecen importantes. En
primer lugar hay que notar que santa Teresa de Avila es la
primera mujer a quien la Iglesia confiere el título de doctora;
y esto no sin recordar las severas palabras de S. Pablo: "Las
mujeres cállense en las iglesias"( 1 Cor 14,34); lo cual quiere
decir todavía hoy que la mujer no está destinada a tener en la
Iglesia funciones jerárquicas de magisterio y de ministerio. ¿Se
habrá violado entonces el precepto apostólico?.
Podemos responder con claridad: no. Realmente no se trata de un
título que compromete funciones jerárquicas de magisterio, pero
a la vez debemos señalar que este hecho no supone en ningún modo
un menosprecio de la sublime misión de la mujer en el seno del
Pueblo de Dios.
Por el contrario, ella, al ser incorporada a la Iglesia por el
bautismo, participa de ese sacerdocio común de los fieles, que
la capacita y la obliga a "confesar delante de los hombres la fe
que recibió de Dios mediante la Iglesia".
Y en esa confesión de fe de tantas mujeres han llegado a las
cimas más elevadas, hasta el punto que su palabra y sus escritos
han sido luz y guía de sus hermanos. Luz alimentada cada día en
el contacto íntimo con Dios, aún en las formas más elevadas en
la oración mística, para la cual San Francisco de Sales llega a
decir que poseen una especial capacidad. Luz hecha vida de
manera sublime para el bien y el servicio de los hombres.
Por eso el concilio ha querido reconocer la preciosa
colaboración, con la gracia divina, que las mujeres están
llamadas a ejercer para instaurar el Reino de Dios en la tierra,
y, al exaltar la grandeza de su misión, no duda en invitarlas
igualmente a ayudar " a que la humanidad no decaiga", "a
reconciliar a los hombres con la vida", "a salvar la paz del
mundo".
Teresa, santa española con temple de reformadora
En segundo lugar, no queremos pasar por alto el hecho de que
Santa Teresa era española, y con razón España la considera una
de sus grandes glorias. En su personalidad se aprecian los
rasgos de su patria: la reciedumbre de espíritu, la profundidad
de sentimientos, la sinceridad de alma, el amor a la Iglesia. Su
figura se centra en una época gloriosa de santos y de maestros
que marcan su siglo con el florecimiento de la espiritualidad.
Los escucha con la humildad de la discípula, a la vez que sabe
juzgarlos con la perspicacia de una gran maestra de vida
espiritual, y como tal la consideran ellos.
Por otra parte, dentro y fuera de las fronteras patrias se
agitan violentos los aires de la Reforma, enfrentando entre sí a
los hijos de la Iglesia. Ella, por su amor a la verdad y por el
trato íntimo con el Maestro, hubo de afrontar sinsabores e
incomprensiones de toda índole, y no sabía como dar paz a su
espíritu ante la rotura de la unidad: "Fatiguéme mucho- escribe-
y, como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y
le suplicaba redimiese tanto mal"
Este su sentir con la Iglesia, probado en el dolor que consumía
sus fuerzas, la llevó a reaccionar con toda la entereza de su
espíritu castellano en un afán de edificar el reino de Dios;
ella decidió penetrar en el mundo que la rodeaba con una visión
reformadora para darle un sentido, una armonía, un alma
cristiana.
Hija de la Iglesia
A distancia de cinco siglos, Santa Teresa de Avila sigue
marcando las huellas de su misión espiritual, de la nobleza de
su corazón, sediento de catolicidad; de su amor, despojado de
todo apego terreno para entregarse totalmente a la Iglesia. Bien
pudo decir, antes de su último suspiro, como resumen de su
vida:" En fin, soy hija de la Iglesia".
En esta expresión, presagio y gusto de la gloria de los
bienaventurados para Teresa de Jesús, queremos adivinar la
herencia espiritual por ella legada a España entera. Debemos ver
asimismo una llamada dirigida a todos a hacernos eco de su voz,
convirtiéndola en lema de nuestra vida para poder repetir con
ella: ¡Somos hijos de la Iglesia!
Con nuestra bendición apostólica.
PP.PAVLO VI
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