Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2007
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Santa Teresa de Jesús
Siempre tan dispuesta para la Verdad, el Bien, el Amor y el
heroísmo, a través de años de intensa lucha para comunicarse con
el Señor, es y será siempre: Maestra de oración.
P. Jesús Martí Ballester
Aficionado era su padre a leer buenos libros, y así los tenía
para que los leyesen sus hijos. Especial interés puso su madre
en que sus hijos numerosos rezasen y fueran devotos de la
Virgen. Seis años de Teresa. Asimila rápido e intensamente.
Ejemplo de toda virtud halla en sus padres. Y todos sus
hermanos, personas de calidad. Es decir, nos encontramos en una
excelente cantera familiar.
Cuando en el corazón del hogar se lee, Teresa escucha con
avidez. Niña y todo, tiene ya un alma profunda con un instinto
divino insobornable. Lo capta todo. Y, comunicativa como es,
contagia, sobre todo a los hombres. Su hermano Rodrigo, siete
años, manejado por ella, lee con ella vidas de santos. Y se
escapan a tierras de moros para que los descabezasen por Cristo.
Como esta hazaña fue interceptada , se conformó con que los dos
serían ermitaños. En consecuencia, construían ermitas en el
huerto, jugando con creatividad y audacia y eficacia. Y repetían
un “mantra” interesante: “para siempre, siempre, siempre”. La
eternidad va a pesar mucho en su vida.
Las gestas y heroísmos de los santos, leídos en el hogar, al
calor del fuego, releídos después en atmósfera fraterna y
amorosa, calaron hondo en aquella tierra, tan dispuesta para la
Verdad, el Bien, el Amor y el heroísmo. Ese es el hontanar
prometedor de la Maestra de oración. Cuando sea mayor, los
hombres de Iglesia no se lo pondrán muy fácil para que pueda
realizar sus impulsos, responder a sus llamadas, consumar sus
ideales.
Teólogos unilaterales , para quienes el ejercicio del intelecto
es el supremo acto humano y religioso, como Melchor Cano,
profesor de prima en la Universidad de Salamanca, escribirán que
“si quien se da a la oración, Dios le da noticia del cielo y de
la tierra y prudencia para obrar, cerremos los libros, mueran
los estudios, y démonos todos a la oración". Desgraciadamente
muchas cátedras ocupadas lo fueron por sabiduría, sensatez,
valores humanos y divinos, magnanimidad y tolerancia. Mucho ha
habido de amaño, arribismo, de hombre ascendido porque supo
encontrar la clave del sistema, y también porque la astucia
otorgadas por la naturaleza a quienes no proveyó de derecha,
como un medio de sobrevivir. ¡Y, qué sobrevivir a veces, que
colapsó el pálpito devino de genios que quedaron estériles! “No
hay hombre sin hombre”, escribió Benavente en “Los intereses
creados”, y ese es el leiv-motiv de la comedia, tan real y
repetido. Lo del “carnet del partido” sólo es sombra de la
verdad tan actual y de siempre y también siempre causa de
descenso degenerativo.
Si Jesús no le hubiera dado a Teresa “libro vivo”, no hubiera
sido la que fue, y la Maestra, Doctora de la Iglesia, de una
Iglesia que le cortó el paso, que le segó la hierba bajo sus
pies por obra, esta vez, del Inquisidor Valdés, Arzobispo de
Sevilla, que prohibió la lectura de todos los libros de autores
que hoy están en los altares, como los de San Francisco de Borja
y San Pedro de Alcántara, y de otros que no lo están pero sí
estuvieron en la cárcel, como el Arzobispo de Toledo, Bartolomé
Carranza, ya que toda la teología de aquél y su saber de Dios,
se encerraba en esta frase que escribió despreciando las obras
de Fray Luís de Granada: “La contemplación para mujeres de
carpinteros”. Y en parte tenía razón, porque María, la gran
mujer contemplativa, era mujer del carpintero.
La contemplación, como inicio de la oración mística, siempre ha
sido motivo de escándalo, precisamente porque todo lo que se
sale de lo ordinario y normal, lo causa. Pero no se piensa que
la Iglesia nació mística. ¿Qué otra cosa fue Pentecostés? Tras
los Hechos de los Apóstoles, con el recuerdo del Esposo vivo
todavía, la comunidad paleocristiana vivió con intensidad
enamorada la fe, y se valoró la oración por encima de todas las
actividades y de todos los ministerios. Quedaba aún la Tradición
de los Apóstoles que habían decidido abandonar la administración
temporal, para dedicarse en plenitud “a la oración y al
ministerio de la palabra” (He 6,4).
Y con la oración florecen los dones del Espíritu Santo, cuyo
ejercicio precisamente constituye la oración mística, en la que
la persona no es movida por virtudes que exigen esfuerzo humano,
sino por fuerzas divinas, que por eso se llaman místicas, es
decir mistéricas, es decir que llegan del misterio. Vinieron
después los Padres y cuando falló su predicación, se sucedieron
unos siglos de decadencia.
En los siglos XII y XIII se retornó a la oración, y retornó de
nuevo la decadencia de los siglos XIV y XV. Después de esta
larga noche y oscura, comienza de nuevo a despuntar la aurora en
el siglo XVI, que es el de Teresa, que tuvo que enfrentarse aún
con reductos de los siglos anteriores, como he señalado antes.
Es el momento en que Jesús le da a Teresa “libro vivo”. La
vocación a la santidad de todos los cristianos, pues, no nace en
el primer tercio del siglo XX, sino que nace con la Iglesia,
aunque tras el paso de varias vicisitudes el Espíritu ha
suscitado apóstoles como el Padre Arintero y a Garrigou Lagrange,
su continuador, para quienes la santidad pasa por la mística y
es llamada universal, como ha proclamado el Vaticano II. Es
natural que si hoy nos basamos en la inspiración paupérrima de
libritos de cuarta o quinta división serviremos hamburguesas,
pero no manjares sólidos, que sólo promueven una vida lánguida
pasota y rutinaria. Es necesario volver a los maestros
acreditados, a los guías nativos: a los místicos.
A Santa Teresa. Teresa es maestra y ¡qué Maestra! A la lengua se
nota a quienes se formaron en su escuela. ¡Qué anchura! Los
forja como águilas. Y también se ve a la legua la
superficialidad humana y cristiana de los que ni la saludaron
por el camino. Son los que se entretiene en cazar lagartijas
cuando hay tanto espacio para volar. Entre tanto el pueblo de
Dios, casi todito, desorientado, envejecido, esclerotizado,
enervado, vegeta en el raquitismo átono y aferrado a la
costumbre rutinaria y ramplona. “Donde no hay amor, pon amor y
cosecharás amor”.
Esta es la doctrina magistral de los hombres de Dios, de los
auténticos hombres. Pero ¿no salió Diógenes a buscar uno con un
candil? El pueblo se muere de hambre. Y no es porque no nos
reunimos y hablamos y hablamos y hablamos…Es que no se va a la
raiz. Cuando Jesús venga no nos encontrará unidos; nos
encontrará “reunidos”. Estos días los medios nos decían de una
madre italiana que se había expuesto a morir de cáncer si seguía
el embarazo. He oido decir a algunas madres que estaban
dispuestas a dar la vida por un hijo. Y ¿qué otra cosa nos dice
el Concilio que “la Virgen en su vida fue ejemplo de aquel
afecto materno, con el que es necesario que estén animados todos
los que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan para
regenerar a los hombres” (LG VIII, 65). El Cura de Ars decía a
sus feligreses: todavía no he dado la sangre por vosotros”.
Mientras no lleguemos a gozar de ese espíritu, poco podemos
esperar. El pueblo vive en una mediocridad que no hay quien la
pare. Teresa la puede parar. Tiene mucho que enseñarnos y
tenemos mucho que aprender.
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