Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, septiembre de 2007

 

La noche oscura de la Madre Teresa

Junto con los conocimientos oscuros, existe el amor oscuro, que no es menos ardiente por verse privado de toda imagen sensata y espiritual del Ser amado.

Carol Zaleski

El 19 de octubre tuvo lugar en Roma la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta. Durante los tres años y medio que llevó la investigación de su causa, se estudió cada detalle de su vida a fin de acreditar que, en efecto, era la gran santa, el Mahatma cristiano que el mundo ya había advertido. La tarea no dejó de ser intensa, a pesar de verse acelerada por la dispensa recibida de no esperar los consabidos cinco años para la apertura de su causa de canonización. La fecha elegida para su beatificación, el domingo de la Jornada Mundial de las Misiones, fue el más cercano a las bodas de plata del pontificado de Juan Pablo II y a la terminación del Año del Rosario. Acaso sea esto un signo de cuan próxima al corazón del Papa está la causa de la Madre Teresa. De todos modos, su beatificación es el sello perfecto para la era de turbulencia y gracia con que siempre se asociará al nombre del Pontífice. Desde el pontificado de Gregorio el Grande (590-604) casi todas las generaciones cristianas han sentido que viven en una Iglesia demasiado antigua para producir santos heroicos. Si en los días de Juan Pablo II nos hemos inclinado hacia un desaliento similar, sólo debemos recordar a la Madre Teresa para darnos cuenta de lo joven que es la Iglesia en realidad y de cuánta capacidad de ser una fiel y apasionada testigo de Cristo.

Cabía esperar que el proceso de canonización fuera equilibrado, convincente y no controvertido –aparte de algunos detractores marginales– pues ningún santo ha estado tan a la vista del público. En su vida de servicio a Cristo entre los más pobres de los pobres, y en sus simples y coherentes enseñanzas sobre la ley del amor, ella era un libro abierto. Siempre intentó ser transparente ante Cristo, y en esa misma transparencia se ocultaba su vida interior. Por ello resultaba un personaje difícil para los biógrafos.

Malcolm Muggeridge comentó que el momento en que Agnes Gonxha Bojaxhiu, una joven de 18 años, dejó a su familia para unirse a las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, puede considerarse “el final de su biografía y el principio de su vida”. Solamente ahora con el final de su vida y el comienzo de su causa puede retomarse su biografía y se revelan las nuevas dimensiones de su personalidad.

En noviembre y diciembre del año pasado, la agencia de noticias Zenit publicó en cuatro entregas un estudio sobre El alma de la Madre Teresa: aspectos ocultos de su vida interior, escrito por el postulador de la causa, el padre Brian Kolodiejchuk. De este estudio emerge un nuevo retrato de la vida interior de la Madre Teresa, extraído principalmente de misivas que envió a sus directores espirituales. Quería que las cartas fueran destruidas con la intención de que no quedara registro alguno de su vida espiritual (“Quiero que el trabajo sea solamente de Él”) pero de todos modos fueron preservadas. ¿Y quién de nosotros se atrevería a destruirlas? El estudio de Kolodiejchuk es simplemente la punta del iceberg –la documentación presentada tiene ocho volúmenes– pero nos muestra a la Madre Teresa como una cristiana mística y tradicional cuya vida interior se quemó en el fuego de la caridad y cuya fidelidad fue puesta a prueba y purificada por una intensa confrontación de fe, en una noche verdaderamente oscura del alma.

Cuatro fases en la vida de la Madre Teresa

1. Infancia y juventud. Desde el momento de su Primera Comunión, a la edad de cinco años y medio, sintió que su corazón había sido cautivado por el amor a Jesús y al prójimo y descubrió ese llamado que la llevaría a unirse a la Orden de las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto. Aunque le resultaba difícil dejar a su familia, halló sumamente gratificante sus momentos como monja de Loreto, enseñando en la escuela del Convento en Calcuta. Fue una monja feliz aunque no particularmente brillante. Esta etapa se caracteriza por la alegría y el fervor juveniles.

2. Los votos de 1942. A la edad de treinta y dos años, al finalizar su retiro anual, y con el permiso de su director espiritual, la Madre Teresa hizo la promesa de brindarse enteramente y sin reservas a Cristo: “Darle a Dios lo que Él pida... no negarle nada”.

3. Otro llamado dentro del llamado. El 10 de septiembre de 1946, el día en que los Misioneros de la Caridad celebran el Día de la Inspiración, la Madre Teresa viajaba en tren desde Calcuta a una casa de retiro en Darjeeling. Durante este viaje se dio cuenta de que Jesús la llamaba para servirlo entre los más pobres de los pobres. Solamente en las misivas personales enviadas a su director espiritual, el jesuita C. Van Exem, y al arzobispo Ferdinand Périer reveló que ese llamado fue mucho más que un impulso interno. Jesús le habló a través de una serie de locuciones e imágenes internas. “¿No ayudarías?”, le preguntó. “¿De qué forma?”, respondió la Madre Teresa, expresando su temor por hacer el ridículo y caer en la soledad, la privación y el fracaso si tuviera que dejar su vida feliz como monja de Loreto, cambiar su hábito por un sari tosco y entregarse a la vida incierta que Jesús le exigía. Una y otra vez Jesús le preguntó: “¿Te negarás? Te has convertido en mi esposa en el amor. Has venido a la India por mí. La sed de alma que tienes te ha traído hasta aquí. ¿Tienes miedo ahora de dar un paso más por tu esposo, por mí, por las almas?”. Y una vez más: “Quiero monjas indias, Misioneras de la Caridad, quienes serán mi fuego de amor entre los pobres, los enfermos, los moribundos y los niños pequeños...”. Como decía ella a menudo, la principal motivación de los Misioneros de la Caridad no era realizar las tareas sociales, sino adorar a Cristo a través de los niños más frágiles y pequeños y llevarle a Cristo las almas que anhela.

4. La noche oscura. Durante 1946 y 1947 la Madre Teresa experimentó una profunda unión con Cristo. Pero poco después de dejar el convento y comenzar a trabajar entre los marginales y moribundos en las calles, desaparecieron las imágenes y locuciones, y experimentó una oscuridad espiritual que permanecería con ella hasta su muerte. Es difícil saber qué nos ha de maravillar más: si que esta comandante de un apostolado y de un ejército de caridad mundial en el siglo XX haya sido una visionaria contemplativa de corazón; o que haya persistido en la irradiación de una fe y un amor invencibles mientras sufría interiormente por la pérdida de su consuelo espiritual. En las misivas escritas durante las décadas de los ‘50 y ‘60 al padre Van Exem, al arzobispo Périer y a sus sucesivos directores espirituales, los sacerdotes L.T. Picachy y J. Neuner, reveló sentimientos de duda, soledad y abandono. Dios parecía ausente, el cielo vacío y, lo más amargo de todo, su propio sufrimiento no parecía valer nada: “... solamente ese terrible dolor de la pérdida, de Dios que no me quería, de Dios no siendo Dios, de Dios no existiendo en realidad”.

La noche oscura de la Madre Teresa nos plantea un desafío de interpretación aún mayor que las imágenes que veía y las voces que escuchaba. Significa que la fundadora de las misioneras, que se llamaba a sí misma “El lápiz de Dios”, no era la santa embriagada de Dios que muchos suponíamos que era. Quizás preferimos pensar que pasaba sus días en un estado de éxtasis de unión con Dios pues eso a nosotros, seres ordinarios de este mundo, nos enloquecería. ¿De qué otro modo podría soportar esta mujer, que no es distinta del resto, entregarse a los más pobres entre los pobres, compartiendo la dieta magra de esta gente y su vestimenta desprolija, curando las heridas de los leprosos y soportando la agonía de los moribundos durante tantos años sin respiro si no estuviese de alguna manera elevada por sobre todo ello, protegida por las endorfinas espirituales? De todos modos contamos con su propio testimonio donde explica que lo que hizo posible ese trabajo en que se negaba a sí misma no fue una experiencia subjetiva de éxtasis sino una relación objetiva con Dios, despojada de la conciencia sensata de su presencia.

Historias de oscuridad divina

En la historia de la teología y espiritualidad cristianas hubo muchas historias de oscuridad divina, con una serie de implicancias distintas. Es una doctrina antigua, enfatizada por los teólogos y místicos apofáticos, la que sostiene que Dios vive en una luz inaccesible, una luz tan tremendamente absoluta que borra todas las imágenes e ideas que podamos formarnos de él, ocultando la gloria divina en una oscura “nube del desconocimiento”. Esta tradición le debe mucho al cristiano neoplatónico Dionisio el Areopagita (el Pseudo Dionisio) y su imagen inspirada en la liturgia de la ascensión al trono divino; como tal nos transmite más sobre la trascendencia divina que sobre la desolación humana.

Entre los escritores monásticos que florecieron durante los años gloriosos del siglo XII, la oscuridad divina era esencialmente una idea alegre. Guillermo de St. Thierry se deleitaba positivamente con la incapacidad de nuestras mentes de ver que Dios está presente, pues dependía del amor para corregir las deficiencias de nuestro débil intelecto. El amor es el ojo con el que observamos a Dios, expresó Guillermo; el amor en sí representa entendimiento. Pero el amor no debe confundirse con los meros sentimientos. Los sentimientos se desgastan demasiado fácilmente; pueden manipularse o seducirse. El amor a través del cual vemos a Dios debe ser un acto de voluntad más que un sentimiento pasajero del corazón.

Las generaciones subsiguientes de místicos cristianos se refirieron extensamente a los modos más desolados de oscuridad a los que puede conducir la vida espiritual: la oscuridad en la que todas las formas de oración y práctica espiritual se tornan áridas, y todo consuelo en el amor de Dios parece perdido. Aun en la noche oscura y desolada del alma, especialmente allí –enseñó San Juan de la Cruz–, Dios está presente, purificando el alma de toda pasión u obstáculo y preparándola para la maravillosa bendición de la unión divina. Junto con los conocimientos oscuros, existe el amor oscuro, que no es menos ardiente por verse privado de toda imagen sensata y espiritual del ser amado. Por lo tanto, San Juan puede decir:

¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche, amable más que el alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

Ha sido durante la era moderna que la noche oscura del alma ha tomado forma de duda radical, llevando a cuestionar no solamente el propio estado de gracia sino también las promesas de Dios y aun su existencia. John Chapman de Downside Abbey, un benedictino sabio, subrayó este punto en una carta de 1923 enviada a un amigo: “En los siglos diecisiete y dieciocho, las almas piadosas, en su mayoría, parecían atravesar un período en el que estaban seguras de que Dios las había reprobado... Aparentemente, esto no sucede hoy en día. No obstante, la prueba que le toca enfrentar a nuestros contemporáneos parece ser el sentimiento de no tener fe; y no precisamente tentaciones sobre algo en particular, sino el mero sentimiento de que la religión no es verdadera”.

Un acto de entrega a Dios

Frente a esta tentación aniquilante, Chapman expresó que “el único remedio es desdeñar todo el tema, y no prestarle atención, salvo (por supuesto) para asegurarle a Nuestro Señor que uno esta dispuesto a sufrir de ese mal por el tiempo que él lo desee”. El “sentimiento de no tener fe” es doloroso pues es una purga auténtica durante la cual “la fe es especialmente fuerte todo el tiempo” y uno es llevado a una unión más estrecha con el Cristo sufriente.

Este es el modo en que la Madre Teresa aprendió a lidiar con su prueba de fe: al convertir su sentimiento de abandono por parte de Dios en un acto de entrega hacia él. Llegó a creer que esto debía ser su Getsemaní y su participación en la sed que sufrió Cristo en la Cruz. Ello le dio acceso a la pobreza más profunda del mundo moderno: la pobreza de la insensatez y de la soledad. Si soportaba esta prueba de fe sería testigo de la fidelidad que añora el mundo. “Sigan sonriendo”, decía la Madre Teresa a su comunidad y a sus invitados. Dicho por ella, que siguió sonriendo en la noche de su fe, no parece algo trivial. Porque su gesto no fue una simulación sino una manifestación de su apacible resolución de ser “un apóstol de la alegría”.

Al leer El alma de la Madre Teresa se puede comprender mejor por qué insistía en que la adoración de Cristo presente en la eucaristía debía ocupar el centro de las tareas diarias de los misioneros; y por qué sentía que era necesario establecer comunidades puramente contemplativas que convirtiesen a las Misioneras de la Caridad en una orden de adoración, como así también en un servicio apostólico. Adorar a Cristo en el sacramento es además una forma de conocimiento oscuro y de amor oscuro. A todas luces, él está ausente, como dice Tomás de Aquino en el Tantum ergo Sacramentum por lo que la fe debe proveer lo que le falta a nuestros débiles sentidos. Hubo momentos en que la Madre Teresa se sentía humanamente consumida, pero la fe le brindada lo que precisamente le faltaba a su conflictuada fe; muchas veces se encontraba espiritualmente desolada pero su promesa seguía firme y su resplandor visible –todos dan cuenta de ello– no disminuía. Esta fidelidad de toda una vida no debe confundirse con la decisión estoica de seguir adelante frente a la derrota. Era algo totalmente distinto: una alegría cristiana objetiva.

Madre Teresa y Teresa de Lisieux

La Madre Teresa no es la única santa moderna que haya soportado semejante prueba de fe. También podemos nombrar precursores como San Pablo de la Cruz (1694-1775), fundador de los pasionistas, y Santa Juana Francisca de Chantal (1572-1641), fundadora de las visitandinas, pero por sobre todo a quien llevara su mismo nombre: Teresa de Lisieux (1873-1897), la carmelita francesa famosa por “su pequeña vía”. El paralelo entre la Madre Teresa (Teresa del Niño Jesús) y Santa Teresita (Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz) es realmente llamativo. Santa Teresita también hizo votos de no negarle nada a Jesús, informalmente como niña joven y dos veces formalmente como monja carmelita profesa. Al igual que la Madre Teresa, había anhelado que la enviaran al frente de las misiones como heraldo del amor de Dios. Dado que su fragilidad impedía que así fuera, sintió regocijo al serle asignados misioneros por los que debía rezar y a quienes consideraba con gran afecto sus hermanos espirituales. Ella también recibía múltiples llamados; en realidad, sintió todos los llamados al mismo tiempo: “Siento la vocación del guerrero, del sacerdote, del apóstol, del doctor, del mártir”, escribió. “Siento en mi alma el coraje de los Cruzados, de la Guardia Papal, y quisiera morir en el campo de batalla en defensa de la Iglesia”. No fue por razones feministas que expresó: “Siento en mí la vocación sacerdotal”, sino por un deseo juvenil de entregarse enteramente a Cristo. La “pequeña vía” era su solución: “Entendí que el amor comprendía todas las vocaciones, que el amor lo era todo... ¡mi vocación es el amor! ... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré Amor”. Sin embargo, si el amor dependiera de los meros sentimientos su vocación hubiese zozobrado, pues como escribió Teresa de Lisieux: “No crean que abundo en el consuelo; oh, no, mi consuelo es no tenerlo en la tierra”.

Desde la Pascua de 1896 hasta su muerte por tuberculosis el 30 de septiembre de 1897 a los veinticuatro años, Teresita soportó una prueba de fe al estilo moderno, que ella describe como estar en un túnel oscuro. Parecía escuchar a la oscuridad burlarse de ella: “Sueñas con la luz, con una patria perfumada con los aromas más dulces, sueñas con la eterna posesión de todas esas maravillas por parte del Creador; y ¡crees que algún día saldrás de las tinieblas que te rodean! Avanza, avanza; alégrate de la muerte que no te dará lo que esperas sino una noche todavía más profunda, la noche de la nada”. Según la tradición murió confiando en Dios y amándolo en la duda y prometiéndole ir al cielo por haber hecho el bien en la tierra.

¿Será ilusorio considerar la posibilidad de que la Madre Teresa –quien falleció el mismo mes pero cien años más tarde y sintió el mismo llamado ardiente, realizó la misma promesa de entrega, sufrió la misma desolación en la fe, y encarnó en el rostro de la noche oscura la misma enseñanza de la fidelidad a las pequeñas cosas– haya venido a completar de alguna forma la misión de Santa Teresita? ¿Es posible que esta misionera contemplativa y la contemplativa misionera hayan sido compañeras en un trabajo de gracia conjunto?

De una u otra forma, fue la misma meta de regocijo cristiano objetivo la que llevó a Agnes Gonxha Bojaxhiu a convertirse en la Santa Teresa de nuestros tiempos y en una hacedora de santos para el futuro. Cuando consideramos su vida y la vida actual de su comunidad, la Iglesia parece recuperar su juventud una vez más y todo parece posible. Si estos días son de alguna manera una noche oscura para la Iglesia, entonces la Madre Teresa nos muestra el camino hacia adelante: la confianza de que estamos atravesando una etapa de purificación más que una caída libre, y la fidelidad a las pequeñas y grandes cosas, a los votos que nos comprometen para darnos a su vez la libertad.

Texto de First Things.