Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, septiembre de
2007
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San Juan de la Cruz: Maestro en la fe
Juan Pablo II
Introducción
1. Maestro en la fe y testigo del Dios vivo, san
Juan de la Cruz se hace presente en la memoria de la Iglesia,
particularmente hoy, al celebrarse el IV Centenario de su
tránsito a la gloria, que tuvo lugar el 14 de diciembre de 1591,
cuando desde su convento de Úbeda fue llamado a la casa del
Padre.
Es un gozo para toda la Iglesia comprobar los frutos abundantes
de santidad y sabiduría que este hijo suyo sigue dando con el
ejemplo de su vida y la luz de sus escritos. En efecto, su
figura y sus enseñanzas atraen el interés de los más variados
ambientes religiosos y culturales, que en él hallan acogida y
respuesta a las aspiraciones más profundas del hombre y del
creyente. Abrigo, pues, la esperanza de que esta celebración
jubilar sirva para dar más realce y difusión a su mensaje
central: la vida teologal en fe, esperanza y amor.
Este mensaje, dirigido a todos, es herencia y tarea apremiante
para el Carmelo Teresiano que, con razón, lo considera padre y
maestro espiritual. Su ejemplo es ideal de vida; sus escritos
son tesoro a compartir con cuantos buscan hoy el rostro de Dios;
su doctrina es también palabra actual, en especial para España,
su patria, cuyas letras y nombre honra con su magisterio de
alcance universal.
2. Yo mismo me he sentido atraído especialmente por la
experiencia y enseñanzas del santo de Fontiveros. Desde los
primeros años de mi formación sacerdotal encontré en él un guía
seguro en los senderos de la fe. Este aspecto de su doctrina me
pareció de importancia vital para todo cristiano,
particularmente en una época como la nuestra, exploradora de
nuevos caminos, pero también expuesta a riesgos y tentaciones en
el ámbito de la fe.
Mientras continuaba aún vivo el clima espiritual suscitado por
la celebración del IV Centenario del nacimiento del santo
carmelita (1542-1942) y Europa renacía de sus cenizas, tras
haber experimentado la noche oscura de la guerra, elaboré en
Roma mi tesis doctoral en Teología acerca de La fe según san
Juan de la Cruz
[1]
. En ella analizaba y destacaba la afirmación central
del doctor místico: la fe es el medio único, próximo y
proporcionado para la comunión con Dios. Ya entonces intuía
que la síntesis de san Juan de la Cruz contiene no solamente una
sólida doctrina teológica sino, sobre todo, una exposición de la
vida cristiana en sus aspectos básicos como son la comunión con
Dios, la dimensión contemplativa de la oración, la fuerza
teologal de la misión apostólica, la tensión de la esperanza
cristiana.
Durante mi visita a España, en noviembre de 1982, tuve el gozo
de exaltar su memoria en Segovia, ante el sugestivo escenario
del acueducto romano, y venerar sus reliquias junto a su
sepulcro. Pude proclamar de nuevo allí el gran mensaje de la fe,
como esencia de su enseñanza para toda la Iglesia, para España,
para el Carmelo. Una fe viva y vigorosa que busca y encuentra a
Dios en su Hijo Jesucristo, en la Iglesia, en la belleza de la
creación, en la oración callada, en la oscuridad de la noche y
en la llama purificadora del Espíritu
[2] .
3. Al celebrar ahora el IV Centenario de su muerte es
conveniente, una vez más, ponerse a la escucha de este maestro.
Por una feliz coincidencia se hace nuestro compañero de camino
para este período de la historia, en los umbrales del año 2000
cuando acaban de cumplirse los 25 años de la clausura del
Concilio Vaticano II, que impulsó y favoreció la renovación de
la Iglesia en lo que se refiere a pureza de doctrina y santidad
de vida. "A la Iglesia -afirma el Concilio- toca hacer presentes
y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado, con la
continua renovación y purificación propias bajo la guía del
Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el
testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder
percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer"
[3] .
Presencia de Dios y de Cristo, purificación renovadora bajo la
guía del Espíritu, experiencia de una fe iluminada y adulta. ¿No
es éste en realidad el contenido central de la doctrina de san
Juan de la Cruz y su mensaje para la Iglesia y los hombres de
hoy? Renovar y reavivar la fe constituye la base imprescindible
para afrontar cualquiera de las grandes tareas que se presentan
hoy con mayor urgencia a la Iglesia: experimentar la presencia
salvífica de Dios en Cristo, en el centro mismo de la vida y de
la historia, redescubrir la condición humana y la filiación
divina del hombre, su vocación a la comunión con Dios, razón
suprema de su dignidad
[4] , llevar a cabo
una nueva evangelización a partir de la reevangelización de
los creyentes, abriéndose cada vez más a las enseñanzas y a
la luz de Cristo.
4. Muchos son los aspectos por los que Juan de la Cruz es
conocido en la Iglesia y en el mundo de la cultura: como
literato y poeta de la lengua castellana, como artista y
humanista, como hombre de profundas experiencias místicas,
teólogo y exégeta espiritual, maestro de espíritus y director de
conciencias. Como maestro en el camino de la fe, su figura y
escritos iluminan a cuantos buscan la experiencia de Dios por
medio de la contemplación y del abnegado servicio a los
hermanos. En su elevada producción poética, en sus tratados
doctrinales -Subida del Monte Carmelo, Noche Oscura,
Cántico Espiritual, y Llama de Amor viva-, así como
en sus escritos breves y enjundiosos -Dichos de luz y amor,
Avisos y Cartas-, el santo nos ha dejado una gran
síntesis de espiritualidad y de experiencia mística cristiana.
Sin embargo, entre tanta riqueza de temas y contenidos, quiero
fijar la atención en su mensaje central: la fe viva, guía
del cristiano, única luz en las noches oscuras de la prueba,
llama ardiente alimentada por el Espíritu.
La fe como bien demuestra el santo con su vida inspira la
adoración y la alabanza, confiere a toda la existencia realismo
humano y sabor de trascendencia. Deseo, pues, con la luz del
"Espíritu Santo enseñador"
[5] y en sintonía con
el estilo sapiencial de fray Juan de la Cruz, comentar algunos
aspectos de su doctrina acerca de la fe, compartiendo su mensaje
con los hombres y mujeres que viven hoy en esta hora de la
historia llena de retos y esperanzas.
I. Maestro en la fe
El marco histórico
5. Las condiciones históricas en que le tocó vivir
ofrecían a fray Juan de la Cruz un denso panorama de
posibilidades e incentivos para el desarrollo pleno de su fe.
Durante su vida (1542-1591), España, Europa y América se abren a
una época de religiosidad intensa y creativa; es el tiempo de la
expansión evangelizadora y de la reforma católica; pero es
también tiempo de desafíos, de rupturas de la comunión eclesial,
de conflictos internos y externos. La Iglesia, en esos momentos,
tiene que dar respuesta a graves y urgentes tareas: un gran
Concilio, el de Trento, doctrinal y reformador; un nuevo
continente, América, por evangelizar; un viejo mundo, Europa,
por vigorizar en sus raíces cristianas.
La vida de Juan de la Cruz se desarrolla en este marco histórico
denso en situaciones y experiencias. Vive su niñez y juventud en
extrema pobreza, abriéndose camino con el trabajo de sus manos
en Fontiveros, Arévalo y Medina del Campo. Sigue la vocación
carmelitana y recibe la formación superior en las aulas de la
Universidad de Salamanca. A raíz del encuentro providencial con
santa Teresa de Jesús, abraza la reforma del Carmelo e inicia la
nueva forma de vida en el primer convento de Duruelo. Primer
carmelita descalzo vive las vicisitudes y dificultades de la
naciente familia religiosa, como maestro y pedagogo, así como
confesor en la Encarnación de Avila. La cárcel de Toledo, las
soledades de El Calvario y La Peñuela en Andalucía, su
apostolado en los monasterios, su tarea de superior van
curtiendo su personalidad, que se refleja en la lírica de su
poesía y en los comentarios de sus escritos, en la vida
conventual sencilla y en un apostolado itinerante. Alcalá de
Henares, Baeza, Granada, Segovia y Úbeda son nombres que evocan
una plenitud de vida interior, de ministerio sacerdotal y de
magisterio espiritual.
Con esta rica experiencia de vida, frente a la situación
eclesial de su tiempo, toma una actitud abierta. Conoce los
acontecimientos, hace alusión en sus escritos a las herejías y
desviaciones. Al final de su vida se ofrece para ir a México a
anunciar el Evangelio; hace los preparativos para cumplir sus
propósitos pero la enfermedad y la muerte se lo impiden.
6. A las graves urgencias espirituales de su tiempo Juan
de Yepes responde abrazando una vocación contemplativa. Con ese
gesto no se desentiende de sus responsabilidades humanas y
cristianas; por el contrario, al dar ese paso se dispone a vivir
con plena conciencia el núcleo central de la fe: buscar el
rostro de Dios, escuchar y cumplir su palabra, entregarse al
servicio del prójimo.
El nos demuestra cómo la vida contemplativa es una forma de
realizarse plenamente el cristiano. El contemplativo no se
limita únicamente a largos ratos de oración. Los compañeros y
biógrafos del santo carmelita nos ofrecen de él una imagen
dinámica: en su juventud aprendió a ser enfermero y albañil, a
trabajar en la huerta y aderezar la Iglesia. Ya adulto,
desempeñó responsabilidades de gobierno y de formador, atento
siempre a las necesidades espirituales y materiales de sus
hermanos. A pie recorrió largos caminos para asistir
espiritualmente a sus hermanas, las Carmelitas Descalzas,
persuadido del valor eclesial de su vida contemplativa. En él
todo puede resumirse en una honda convicción: es Dios y sólo
él quien da valor y sabor a toda actividad, "porque donde no
se sabe a Dios, no se sabe nada"
[6] .
El mejor servicio a las necesidades de la Iglesia lo prestó,
pues, con su vida y escritos, desde su peculiar vocación de
carmelita contemplativo. Así vivió fray Juan en compañía de sus
hermanos y hermanas en el Carmelo: en la oración y el silencio,
en el servicio, la sobriedad y la renuncia. Imbuido todo ello
por la fe, la esperanza y el amor. Con santa Teresa de Jesús
realizó y compartió la plenitud del carisma carmelitano. Juntos
siguen siendo en la Iglesia testigos eminentes del Dios vivo.
La tarea de formar creyentes
7. La fe fomenta la comunión y el diálogo con los
hermanos para ayudarles a recorrer los senderos que conducen a
Dios. Fray Juan fue un auténtico formador de creyentes. Supo
iniciar a las personas en el trato familiar con Dios,
enseñándoles a descubrir su presencia y su amor en las
circunstancias favorables o desfavorables, en los momentos de
fervor y en los períodos de aparente abandono. Se acercaron a él
espíritus egregios como Teresa de Jesús, a quien hace de guía en
las últimas etapas de su experiencia mística; y también personas
de gran espiritualidad, representantes de la fe y de la piedad
popular, como Ana de Peñalosa, a quien dedicó la Llama de
Amor viva. Dios le dotó de cualidades apropiadas para esa
misión de guía espiritual y forjador de creyentes.
Juan de la Cruz tuvo que realizar en su tiempo una auténtica
pedagogía de la fe para librarla de algunos peligros que la
acechaban. Por una parte, el peligro de una excesiva credulidad
en quienes, sin ningún discernimiento, se fiaban más de visiones
privadas o de movimientos subjetivos que del Evangelio y de la
Iglesia; por otra, la increencia como actitud radical y la
dureza de corazón que incapacitan para abrirse al misterio. El
doctor místico, superando esos escollos, ayuda con su ejemplo y
doctrina a robustecer la fe cristiana con las cualidades
fundamentales de la fe adulta, como pide el Concilio
Vaticano II: una fe personal, libre y convencida,
abrazada con todo el ser, una fe eclesial, confesada y
celebrada en la comunión de la Iglesia; una fe orante y
adorante, madurada en la experiencia de comunión con Dios;
una fe solidaria y comprometida, manifestada en
coherencia moral de vida y en dimensión de servicio. Esta es
la fe que necesitamos y de la que el santo de Fontiveros nos
ofrece su testimonio personal y sus enseñanzas siempre actuales.
II. Testigo del Dios vivo
Hondura y realismo de su fe personal
8. Juan de la Cruz es un enamorado de Dios. Trataba
familiarmente con él y hablaba constantemente de él. Lo llevaba
en el corazón y en los labios, porque constituía su verdadero
tesoro, su mundo mas real. Antes de proclamar y cantar el
misterio de Dios, es su testigo; por eso habla de él con pasión
y con dotes de persuasión no comunes: "Ponderaban los que le
oían, que así hablaba de las cosas de Dios y de los misterios de
nuestra fe, como si los viera con los ojos corporales"
[7] . Gracias al don
de la fe, los contenidos del misterio llegan a formar para el
creyente un mundo vivo y real. El testigo anuncia lo que ha
visto y oído, lo que ha contemplado, a semejanza de los profetas
y de los apóstoles (cf. 1 Jn 1, 1-2).
Como ellos, el santo posee el don de la palabra eficaz y
penetrante; no sólo por la capacidad de expresar y comunicar su
experiencia en símbolos y poesías, transidos de belleza y
lirismo, sino por la exquisitez sapiencial de sus "dichos de luz
y amor", por su propensión a hablar "palabras al corazón,
bañadas en dulzor y amor", "de luz para el camino y de amor en
el caminar"
[8] .
Cristo, plenitud de la revelación
9. La viveza y el realismo de la fe del doctor místico
estriban en la referencia a los misterios centrales del
cristianismo. Una persona contemporánea del santo afirma: "Entre
los misterios que me parece tenía grande amor era al de la
Santísima Trinidad y también al del Hijo de Dios humanado"
[9] . Su fuente
preferida para la contemplación de estos misterios era la
Escritura, como tantas veces atestigua; en particular el
capítulo 17 del Evangelio de san Juan, de cuyas palabras se hace
eco: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn
17, 3).
Teólogo y místico, hizo del misterio trinitario y de los
misterios del Verbo Encarnado el eje de la vida espiritual y el
cántico de su poesía. Descubre a Dios en las obras de la
creación y en los hechos de la historia, porque lo busca y acoge
con fe desde lo más íntimo de su ser: "El Verbo Hijo de Dios,
juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y
presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma...
Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le
tienes tan cerca. Ahí le desea, ahí le adora"
[10] .
Dinamismo de la vida teologal
10. ¿Cómo consigue el místico español extraer de la fe
cristiana toda esa riqueza de contenidos y de vida?
Sencillamente dejando que la fe evangélica despliegue todas sus
capacidades de conversión, amor, confianza, entrega. El secreto
de su riqueza y eficacia estriba en que la fe es la fuente de la
vida teologal: fe, caridad, esperanza. "Estas tres virtudes
teologales andan en uno"
[11]
Una de las aportaciones más valiosas de san Juan de la Cruz a la
espiritualidad cristiana es la doctrina acerca del desarrollo de
la vida teologal. En su magisterio escrito y oral centra su
atención en la trilogía de la fe, la esperanza y el amor, que
constituyen las actitudes originales de la existencia cristiana.
En todas las fases del camino espiritual son siempre las
virtudes teologales el eje de la comunicación de Dios con el
hombre y de la respuesta del hombre a Dios.
La fe, unida a la caridad y a la esperanza, produce ese
conocimiento íntimo y sabroso que llamamos experiencia o sentido
de Dios, vida de fe, contemplación cristiana. Es algo que va más
allá de la reflexión teológica o filosófica. Y la reciben de
Dios, mediante el Espíritu, muchas almas sencillas y entregadas.
Al dedicar el Cántico Espiritual a Ana de Jesús, anota el
autor: "Aunque a Vuestra Reverencia le falte el ejercicio de
teología escolástica con que se entienden las verdades divinas,
no le falta el de la mística que se sabe por amor en que, no
solamente se saben, mas juntamente se gustan"
[12] . Cristo se les
revela como el Amado, aún más, como el que ama con anterioridad,
como canta el poema de "El Pastorcico".
III. Los caminos de la vida de fe
Fe y existencia cristiana
11. "El justo vivirá por la fe" (Rm 1, 17; cf.
Ha 2, 4). Vive de la fidelidad de Dios a sus dones y
promesas, de la entrega confiada a su servicio. La fe es
principio y plenitud de vida. Por eso el cristiano se llama
fiel, fiel de Cristo ("Christifideles"). El Dios de la
revelación penetra toda su existencia. La vida entera del
creyente se rige, como criterio definitivo, por principios de
fe. Lo advierte el doctor místico: "Para todo ello conviene
presuponer un fundamento, que será como un báculo en que nos
habemos de ir siempre arrimando; y conviene llevarle entendido,
porque es la luz por donde nos habemos de guiar y
entender en esta doctrina y enderezar en todos estos bienes el
gozo a Dios; y es que la voluntad no se debe gozar sino sólo de
aquello que es gloria y honra de Dios, y que la mayor honra que
le podemos dar es servirle según la perfección evangélica, y lo
que es fuera de esto es de ningún valor y provecho para el
hombre"
[13] .
Entre los aspectos que el santo pone de relieve en la educación
de la fe quiero destacar dos que tienen hoy una particular
importancia en la vida de los cristianos: la relación entre
razón natural y fe, y la vivencia de la fe a través de la
oración interior.
12. Pudiera sorprender que el doctor de la fe y de la
noche oscura ensalce con tanto encarecimiento el valor de la
razón humana. Suyo es el célebre axioma: "Un sólo pensamiento
del hombre vale más que todo el mundo; por tanto, sólo Dios es
digno de él"
[14] . La
superioridad del hombre racional sobre el resto de la realidad
mundana no debe llevar a pretensiones de dominio terreno, sino
que se ha de orientar hacia su fin mas propio: la unión con
Dios, a quien se asemeja en dignidad. Por tanto, no cabe el
desprecio de la razón natural en el campo de la fe, ni la
oposición entre la racionalidad humana y el mensaje divino. Al
contrario, actúan en íntima colaboración: "Hay razón natural y
ley y doctrina evangélica, por donde muy bastantemente se pueden
regir"
[15] . La fe se
encarna y actúa en el hombre, ser racional, con sus luces y
sombras; el teólogo y el creyente no pueden renunciar a su
racionalidad, sino que deben abrirla a los horizontes del
misterio
[16] .
13. La vivencia de la fe a través de la oración interior
es otro aspecto que san Juan de la Cruz pone particularmente de
relieve en sus escritos. A este propósito, es una constante
preocupación de la Iglesia en la educación de la fe la promoción
cultural y teológica de los fieles, para que lleguen a
profundizar en su vida interior y sean capaces de dar razón de
sus creencias. Pero esa promoción intelectual ha de pasar por
un desarrollo de la dimensión contemplativa de la fe cristiana,
fruto del encuentro con el misterio de Dios. Es ahí precisamente
adonde apuntan las grandes preocupaciones pastorales del místico
español.
Juan de la Cruz ha educado generaciones de fieles en la oración
contemplativa, como "noticia o advertencia amorosa" de Dios y de
los misterios que él nos ha revelado. Las páginas que el santo
ha dedicado a este tipo de oración son bien conocidas
[17] . Él invita a
vivir con mirada de fe y amor contemplativo la celebración
litúrgica, la adoración de la Eucaristía -eterna fuente
escondida en el pan vivo-, la contemplación de la Trinidad y de
los misterios de Cristo, la escucha amorosa de la Palabra
divina, la comunión orante mediante las imágenes sagradas, el
estupor ante la belleza de la creación con "bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado"
[18] . En este
contexto educa al alma a una forma simplificada de unión
interior con Cristo: "Que, pues, Dios entonces, en modo de dar,
trata con ella con noticia sencilla y amorosa, también el alma
trate con Él en modo de recibir, con noticia o advertencia
sencilla y amorosa, para que así se junten noticia con noticia y
amor con amor"
[19] .
La noche oscura de la fe y el silencio de Dios
14. El doctor místico llama hoy la atención de muchos
creyentes y no creyentes por la descripción que hace de la
noche oscura como experiencia típicamente humana y cristiana.
Nuestra época ha vivido momentos dramáticos en los que el
silencio o ausencia de Dios, la experiencia de calamidades y
sufrimientos, como las guerras o el mismo holocausto de tantos
seres inocentes, han hecho comprender mejor esta expresión,
dándole además un carácter de experiencia colectiva, aplicada a
la realidad misma de la vida y no sólo a una fase del camino
espiritual. La doctrina del santo es invocada hoy ante ese
misterio insondable del dolor humano.
Me refiero a ese mundo específico del sufrimiento del que
he hablado en la carta apostólica
Salvifici doloris.
Sufrimientos físicos, morales o espirituales, como la
enfermedad, la plaga del hambre, la guerra, la injusticia, la
soledad, la carencia del sentido de la vida, la misma fragilidad
de la existencia humana, la conciencia dolorosa del pecado, la
aparente ausencia de Dios, son para el creyente una experiencia
purificadora que podría llamarse noche de la fe.
A esta experiencia Juan de la Cruz le ha dado el nombre
simbólico y evocador de noche oscura, con una referencia
explícita a la luz y oscuridad del misterio de la fe. Sin
pretender dar al angustioso problema del sufrimiento una
respuesta de orden especulativo, a la luz de la Escritura y de
la experiencia, va descubriendo y entresacando algo de la
transformación maravillosa que Dios lleva a cabo en la
oscuridad, pues "sabe él tan sabia y hermosamente sacar de los
males bienes"
[20] . Se trata, en
definitiva, de vivir el misterio de la muerte y resurrección en
Cristo con toda verdad.
15. El silencio o ausencia de Dios, como acusación o como
simple queja, es un sentimiento casi espontáneo cuando se
experimenta el dolor y la injusticia. Los mismos que no
atribuyen a Dios la causa de las alegrías, lo responsabilizan a
menudo del dolor humano. De manera diferente, pero tal vez con
mayor profundidad el cristiano vive el tormento de la pérdida de
Dios o su alejamiento de él; hasta puede sentirse arrojado en
las tinieblas del abismo.
El doctor de la noche oscura halla en esta experiencia
una amorosa pedagogía de Dios. El calla y se oculta a veces
porque ya ha hablado y se ha manifestado con suficiente
claridad. Incluso en la experiencia de su ausencia puede
comunicar fe, amor y esperanza a quien se abre a él con humildad
y mansedumbre. Escribe el santo: "Esta blancura de fe llevaba el
alma en la salida de esta noche oscura cuando, caminando... en
tinieblas y aprietos interiores, ...sufrió con constancia y
perseveró, pasando por aquellos trabajos sin desfallecer y
faltar al Amado; el cual en los trabajos y tribulaciones prueba
la fe de su Esposa, de manera que pueda ella después con verdad
decir aquel dicho de David, es a saber: Por las palabras de tus
labios, yo guardé caminos duros (Sal 16, 4)"
[21] .
La pedagogía de Dios actúa en este caso como expresión de su
amor y de su misericordia. Devuelve al hombre el sentido de la
gratuidad, haciéndose para él don libremente aceptado. Otras
veces le hace sentir todo el alcance del pecado, que es ofensa a
él, muerte y vacío del hombre. Lo educa también a discernir
sobre la presencia o ausencia divina: el hombre ya no tiene que
guiarse por sentimientos de gusto o disgusto, sino por fe y
amor. Dios es igualmente Padre amoroso, en las horas del gozo y
en los momentos del dolor.
La contemplación de Cristo crucificado
16. Sólo Jesucristo, Palabra definitiva del Padre, puede
revelar a los hombres el misterio del dolor e iluminar con los
destellos de su cruz gloriosa las más tenebrosas noches del
cristiano. Juan de la Cruz, consecuente con sus afirmaciones
acerca de Cristo nos dice que Dios tras la revelación de su Hijo
"ha quedado como mudo y no tiene más que hablar"
[22] ; el silencio de
Dios tiene su más elocuente palabra reveladora de amor en Cristo
crucificado.
El santo de Fontiveros nos invita a contemplar el misterio de la
cruz de Cristo, como él lo hacía habitualmente, en la poesía de
"El Pastorcico" o en su célebre dibujo del Crucificado, conocido
como el Cristo de san Juan de la Cruz. Sobre el misterio del
abandono de Cristo en la cruz escribió ciertamente una de las
páginas más sublimes de la literatura cristiana
[23] . Cristo vivió
el sufrimiento en todo su rigor hasta la muerte de cruz. Sobre
Él se concentran en los últimos momentos las formas más duras
del dolor físico, psicológico y espiritual: "¡Dios mío, Dios
mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46). Este
sufrimiento atroz provocado por el odio y la mentira, tiene un
profundo valor redentor. Estaba ordenado a que "puramente pagase
la deuda y uniese al hombre con Dios"
[24] 24 . Con su
entrega amorosa al Padre, en el momento del mayor desamparo y
del amor más grande, "hizo la mayor obra que en toda su vida
con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el
cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia
con Dios"
[25] 25 . El misterio
de la cruz de Cristo desvela así la gravedad del pecado y la
inmensidad del amor del Redentor del hombre.
En la vida de fe, el misterio de la cruz de Cristo es referencia
habitual y norma de vida cristiana: "Cuando se le ofreciere
algún sinsabor y disgusto, acuérdese de Cristo crucificado y
calle. Viva en fe y esperanza, aunque sea a oscuras, que en esas
tinieblas ampara Dios al alma"
[26] . La fe se
convierte en llama de caridad, más fuerte que la muerte, semilla
y fruto de resurrección: "No piense otra cosa -escribe el santo
en un momento de prueba- sino que todo lo ordena Dios; y
adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor"
[27] . Porque, en
definitiva: "A la tarde te examinarán en el amor"
[28] .
IV. Un mensaje de proyección universal
Guía para los que buscan a Dios
17. Es motivo de gozo constatar, al conmemorar el IV
Centenario de la muerte de san Juan de la Cruz, la multitud de
personas que, desde las más variadas perspectivas, se acercan a
sus escritos: místicos y poetas, filósofos y psicólogos,
representantes de otros credos religiosos, hombres de cultura y
gente sencilla.
Hay quienes se acercan a él atraídos por los valores humanistas
que representa, como pueden ser el lenguaje, la filosofía, la
psicología. A todos habla de la verdad de Dios y de la vocación
trascendente del hombre. Por eso muchos, que leen sus escritos
sólo por la hondura de su experiencia o la belleza de su poesía,
asimilan consciente o inadvertidamente sus enseñanzas. Por otra
parte, los místicos, como nuestro santo, son los grandes
testigos de la verdad de Dios y los maestros a través de los
cuales el Evangelio de Cristo y la Iglesia católica encuentran,
a veces, acogida entre los seguidores de otras religiones.
Pero es también guía de los que buscan una mayor intimidad con
Dios en el seno de la Santa Iglesia. Su magisterio es denso en
doctrina y vida. De él pueden aprender tanto el teólogo,
"llamado a intensificar su vida de fe y a unir siempre la
investigación científica y la oración"
[29] , como los
directores de conciencia, a los cuales ha dedicado páginas de
gran clarividencia espiritual
[30] .
Un mensaje actual para España, su patria
18. Me complace dirigirme, de modo especial en esta
ocasión, a la Iglesia en España, que celebra el IV Centenario de
la muerte del santo como un acontecimiento eclesial, que ha de
proyectarse en los individuos, en las familias, en la sociedad.
En la época en que vivió Juan de la Cruz, España era un foco
irradiante de fe católica y de proyección misionera. Estimulado
y, a la vez, ayudado por aquel ambiente, el santo de Fontiveros
supo elaborar una síntesis armónica de fe y cultura, experiencia
y doctrina, construida con los más sólidos valores de la
tradición teológica y espiritual de su patria y con la belleza
de su lenguaje y poesía. En él tienen los pueblos de España uno
de sus representantes más universalmente conocidos.
Hoy la Iglesia española afronta tareas graves e indeclinables en
el campo de la fe y de la vida pública, como han destacado con
acierto sus obispos en algunos de los documentos más recientes.
Sus esfuerzos deben, pues, orientarse a la revitalización de la
vida cristiana, a hacer que la fe católica, convencida y libre,
se exprese personal y comunitariamente en profesión abierta,
en vida coherente, en testimonio de servicio. En una
sociedad pluralista como la actual, la opción personal de fe de
los cristianos exige una nueva actitud de coherencia con la
gracia bautismal, y una adhesión consciente y amorosa a la
Iglesia, al tener que afrontar el riesgo del anonimato y la
tentación de la increencia.
La Iglesia en España está llamada también a prestar un servicio
a la sociedad fomentando una adecuada armonía entre el
mensaje cristiano y los valores de la cultura. Se trata de
suscitar una fe abierta y viva que lleve la savia nueva del
Evangelio a los diversos ámbitos de la vida pública. Síntesis
que ha de ser llevada a cabo también por los laicos cristianos
comprometidos en los variados sectores de la cultura. Para esa
profunda renovación interior, comunitaria y cultural, Juan de la
Cruz ofrece el ejemplo de su vida y la riqueza de sus escritos.
A los hijos e hijas del Carmelo
19. El creciente interés que san Juan de la Cruz
despierta en nuestros contemporáneos es motivo de legítima
satisfacción particularmente para los hijos e hijas del Carmelo
Teresiano, de quienes él es padre, maestro y guía. Es también un
signo de que el carisma de vida y de servicio que Dios os ha
encomendado en la Iglesia sigue teniendo pleno vigor y validez.
Mas el carisma no es posesión material o herencia asegurada de
una vez para siempre. Es una gracia del Espíritu que exige de
vosotros fidelidad y creatividad, en comunión con la Iglesia,
mostrándoos siempre atentos a sus necesidades. A todos los que
sois hijos y hermanos, discípulos y seguidores de santa Teresa
de Jesús y de san Juan de la Cruz, os recuerdo que vuestra
vocación es motivo de grave responsabilidad, más que de gloria.
Es ciertamente un valioso servicio a la Iglesia la solicitud y
esmero con que cuidáis la presentación de sus escritos y la
difusión del mensaje de vuestro padre y doctor de la Iglesia. Y
lo es también el esfuerzo por facilitar la comprensión de su
doctrina con estudios adecuados y la pedagogía necesaria para
iniciar en su lectura y aplicación concreta. La respuesta del
Carmelo Teresiano, sin embargo, ha de ir aún mas allá. Tenéis
que responder con el testimonio fecundo de una rica experiencia
de vida personal y comunitaria. Cada carmelita descalzo, cada
comunidad, la Orden entera, están llamados a encarnar los rasgos
que resplandecen en la vida y en los escritos del que es como
"la imagen viva del carmelita descalzo": la austeridad, la
intimidad con Dios, la oración intensa, la fraternidad
evangélica, la promoción de la oración y de la perfección
cristiana mediante el magisterio y la dirección espiritual, como
específico apostolado vuestro en la Iglesia.
¡Qué bendición sería encontrar la palabra y la vida del santo
carmelita encarnadas y personificadas en cada hijo e hija del
Carmelo! Así lo han hecho tantas hermanas y hermanos vuestros
que, a lo largo de estos cuatro siglos, han sabido vivir la
intimidad con Dios, la mortificación, la fidelidad a la oración,
la ayuda espiritual fraterna, incluso las noches oscuras de la
fe. De ellos, Juan de la Cruz ha sido maestro y modelo con su
vida y sus escritos.
20. En esta oportunidad no puedo dejar de dirigir una
palabra de agradecimiento y de exhortación a todas las
Carmelitas Descalzas. El santo las hizo objeto de su
predilección al dedicarles lo mejor de su apostolado y de sus
enseñanzas. Sabía formarlas una a una y en comunidad,
instruyéndolas y orientándolas con su presencia y el ministerio
de la confesión. La madre Teresa de Jesús lo había presentado a
sus hijas con las mejores credenciales de director espiritual,
como "hombre celestial y divino", "muy espiritual y de grandes
experiencias y letras", a quien podían abrir sus almas para
progresar en la perfección, "pues le ha dado nuestro Señor para
esto particular gracia"
[31] .
Son innumerables las Carmelitas Descalzas que meditando
amorosamente los escritos del santo doctor han alcanzado altas
cimas en la vida interior. Algunas de ellas son universalmente
conocidas como hijas y discípulas suyas. Baste recordar los
nombres de Teresa Margarita del Corazón de Jesús, María de Jesús
Crucificado, Teresa de Lisieux, Isabel de la Trinidad, Teresa
Benedicta de la Cruz (Edith Stein), Teresa de los Andes. Seguid,
pues, buscando con ahínco, mis queridas Carmelitas Descalzas,
esparcidas por el mundo entero, ese amor puro de la intimidad
con Dios, que tan fecunda hace vuestra vida en la Iglesia.
Conclusión
21. La evocación de san Juan de la Cruz, con ocasión del
IV Centenario de su muerte, me ha permitido compartir algunas
reflexiones acerca de uno de los mensajes centrales de su
magisterio: las dimensiones de la fe evangélica. Un
mensaje que él, desde las condiciones históricas de su tiempo,
encarnó en su corazón y en su vida, y que continúa siendo
fecundo en la Iglesia.
Al concluir esta carta me hago peregrino hasta su pueblo natal
de Fontiveros donde con el bautismo recibió las primicias de la
fe, hasta el convento andaluz de Úbeda donde pasó a la gloria,
hasta su sepulcro en Segovia. Estos lugares que evocan su vida
terrestre, son también para todo el pueblo de Dios templos de
veneración del santo, cátedra permanente desde donde sigue
proclamando su mensaje de vida teologal.
Al presentarlo hoy de forma solemne ante la Iglesia y ante el
mundo, quiero invitar a los hijos e hijas del Carmelo a los
cristianos de su patria, España, así como a cuántos buscan a
Dios por los caminos de la belleza, de la teología, de la
contemplación, a que escuchen su testimonio de fe y de vida
evangélica, para que se sientan atraídos, como él, por la
hermosura de Dios y por el amor de Cristo, el Amado.
A nuestro Redentor y a su Santísima Madre encomiendo las
actividades que durante este año jubilar tendrán lugar para
conmemorar el tránsito a la gloria de san Juan de la Cruz,
mientras imparto de corazón mi bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el día 14 de diciembre, fiesta
de san Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia, del año 1990,
decimotercero de mi Pontificado.
IOANNES PAULUS PP. II
Notas
[1] Edición en lengua
española, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1979.
[2] Cf. AAS LXXV
(1983), págs. 293-299.
[3] Conc. Ecum. Vat.
II, const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 21.
[4] Conc. Ecum. Vat.
II, const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 19.
[5] Subida del
Monte Carmelo, II, 29, 1.
[6] Cántico
espiritual B, 26, 13.
[7] Procesos de
Beatificación y Canonización, Declaración de fray Alonso de
la Madre de Dios, en Biblioteca Mística Carmelitana, XIV,
Burgos, 1931, pág. 370.
[8] Dichos de luz
y amor, prólogo.
[9] Procesos de
Beatificación y Canonización, Declaración de María de la
Cruz, en Biblioteca Mística Carmelitana, XIV, Burgos,
1931, pág. 121.
[10] Cántico
Espiritual B, 1, 6 y 8.
[11] Subida del
Monte Carmelo, II, 24, 8.
[12] Cántico
Espiritual B, prólogo, 3.
[13] Subida del
Monte Carmelo, III, 17, 2.
[14] Dichos de luz
y amor, 34.
[15] Subida del
Monte Carmelo, II, 21, 4.
[16] Cf. Congregación
para la doctrina de la fe, Instrucción sobre la vocación
eclesial del teólogo, (24-V-1990), 6.
[17] Cf. Subida
del Monte Carmelo, II, 13-14; Llama de amor viva 3,
32 ss.; cf. Congregación para la doctrina de la fe, Carta a
los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la
meditación cristiana (15-X-1989), 19.
[18] Cántico
Espiritual B, 4.
[19] Llama de amor
viva, 3, 34.
[20] Cántico
Espiritual, B, 23, 5.
[21] Noche oscura,
II, 21, 5.
[22] Subida del
Monte Carmelo, II, 22, 4.
[23] Cf. Subida
del Monte Carmelo, II, 7, 5-11.
[24] Cf. Subida
del Monte Carmelo, II, 7, 5-11.
[25] Cf. Subida
del Monte Carmelo, II, 7, 5-11.
[26] Carta n.
20.
[27] Carta n.
26.
[28] Dichos de luz
y amor, 59.
[29] Congregación
para la doctrina de la fe, Instrucción sobre la vocación
eclesial del teólogo (24-V-1990), 8.
[30] Cf. Llama de
amor viva, 3, 30 y ss.
[31] Carta a Ana
de Jesús, noviembre-diciembre de 1578.
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