Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, septiembre de 2007

 

J. Gelpi: Joseph y las parábolas de Jesús

F. Javier Gelpi es un amigo santiagués al que ya conocemos en el blog por sus intervenciones sobre diversos temas de vida cristiana. Joséph es el Papa.

Gelpi nos escribe (a Mabel y a mí) deseándonos un buen otoño y añade: "Tu serie de artículos sobre el tema de "Jesús poeta y profeta" ha coincidido con mi lectura del libro de J. Ratzinger "Jesús de Nazaret". He seguido también todos los comentarios y he tenido que frenarme para no entrar". Ahora me envía este comentario sobre las parábolas de Joseph. Yo seguiré con el tema, ya el próximo domingo. Hoy le cedo la palabra. Gracias Gelpi, por hablarnos del libro de Joseph. Podíase chamar Pepe, pero le decimos Joseph... e le queremos. Graciñas.

Sigue carta de Gelpi

No es un tema para discutir, sino para la reflexión personal y comunitaria y dar una respuesta personal y comunitaria, como exige el "Padre nuestro".

Yo he entresacado unos párrafos del capítulo 7 sobre "el mensaje de las parábolas" del mencionado libro. Los he dispuesto en unidades y titulado. Creo que he seguido tu esquema de trabajo. No pretendo dar lecciones a nadie, sino ayudar a leer este capítulo a aquellos que no tengan ocasión de leer el libro y así, al tiempo, ayudar a entender tu serie de artículos, porque, tanto en la forma como en el fondo y en el sentido final, hay mucha coincidencia entre tu pensamiento y tus artículos, con el pensamiento y el libro de Joseph. Incluso creo que tenéis el mismo método de trabajo y sois buenos teólogos, buenos maestros y, sobre todo, buenos hombres de fe.Yo te adjunto mi resumen, léelo y juzga si merece la pena que lo cuelgues.
Un abrazo a los dos
[[Lo que sigue es el trabajo de Javier sobre Jospeh]]

Un hombre en gesto humilde

Nos ofrece sus reflexiones personales sobre “Jesús de Nazaret” en un libro diciéndonos que “no es un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal del rostro del Señor. Por eso, cualquiera es libre de contradecirme. Pido sólo a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay comprensión posible” (p. 20). Este hermano en el Señor, llamado Joseph, así a secas, en plan anónimo, leyendo la parábola del sembrador en Mc 4, 1-12 se plantea y, a la vez, nos pregunta ¿qué es realmente una parábola?, ¿qué busca quien la narra? (p. 232). Realmente son dos grandes cuestiones y si la primera es básica, la segunda nos parece trascendental.

¿Qué es realmente una parábola?:

Esta es la cuestión básica y Joseph afirma: “Las parábolas son indudablemente el corazón de la predicación de Jesús [y a pesar del] cambio de civilización nos llegan siempre al corazón con su frescura y humanidad. En las parábolas, [aun] teniendo en cuenta la singularidad lingüística que deja traslucir el texto arameo, sentimos inmediatamente la cercanía de Jesús, cómo vivía y enseñaba”. Palabras hermosas, sencillas, precisas y claras, para definir las parábolas de Jesús y todos entendemos su profundidad. Pero “nos ocurre lo mismo que a sus contemporáneos y a sus discípulos: debemos preguntarle una y otra vez qué nos quiere decir con cada una de las parábolas (cf. Mc 4, 10 cuál es el significado de la parábola [del sembrador o] de la simiente, según la queramos ver)” (p 223).

Joseph es un estudioso académico:

Que valora la importancia de los métodos histórico-crítico y exegético para estudiar los textos sagrados, y considera que sus aportaciones son indiscutibles e indispensables, en cuanto que para la fe bíblica es fundamental referirse a hechos históricos reales. Esta fe no cuenta leyendas como símbolos de verdades que van más allá de la historia, sino que se basa en la historia ocurrida sobre la faz de esta tierra. El “factum historicum” no es para ella una clave simbólica, sino un fundamento constitutivo, pues, a través de unos hechos reales entra Dios en nuestra historia real. Luego, la fe misma exige afrontar esa historia con el método histórico-crítico (Cf el Prólogo de su libro).

Y, desde esta perspectiva, nos introduce en este tipo de análisis citando a Adolf Jülicher, quien, en su día, propuso una fórmula que parecía definitiva para explicar el sentido de las parábolas. Este autor proponía diferenciar entre “alegoría” y “parábola” considerando que “la alegoría se habría desarrollado en el ámbito de la cultura helenística como forma de interpretación de antiguos textos religiosos autoritativos que, tal como estaban, ya no se podían asimilar, [pero entendiendo] el lenguaje de estos textos como una exposición en metáforas [e] interpretadas parte por parte, [podían darnos] la manifestación figurada de una visión filosófica que, por fin, desvelaba su contenido verdadero. En el entorno de Jesús, la alegoría era la forma habitual del lenguaje en imágenes y, por tanto, era obvio que se interpretaran las parábolas como alegorías, siguiendo este modelo. En los Evangelios encontramos a menudo interpretaciones alegóricas de las parábolas puestas en boca de Jesús; por ejemplo, la parábola del sembrador, cuya semilla cae parte en el camino, parte en terreno pedregoso, parte entre espinas y parte en suelo fértil (Mc 4, 1-20). [Pero], las interpretaciones alegóricas puestas en boca de Jesús se consideran como añadidos posteriores, ya debidas a malentendidos (p 224s). Al tiempo, decía que “la parábola no es alegoría, sino un fragmento de vida real en el que se trata de reflejar sólo una idea, entendida en su forma más común, [y desde] un único “punto dominante” (p 225).

Pero a Joseph no le satisface este planteamiento, pues, si bien admite que la distinción entre parábola y alegoría -¿en cuanto “forma” de expresión?- está justificada, la separación radical entre ambas -¿en cuanto a su “capacidad de” expresión?- no tiene fundamento ni en el plano histórico ni en el textual. Además afirma que el judaísmo también conocía el lenguaje alegórico, de modo especial en la literatura apocalíptica; por tanto, parábola y alegoría se pueden entremezclar. Y busca apoyo en Joachim Jeremías que ha demostrado que “la palabra hebrea mashal (parábola, dicho enigmático) abarca los más diversos géneros: “la parábola, la comparación, la alegoría, la fábula, el proverbio, el símbolo, la figura ficticia, el ejemplo (el modelo), el motivo, la justificación, la disculpa, la objeción, la broma” [y señalaba que] ya antes [que él], la historia de las formas (Formgeschichte) había intentado progresar dividiendo las parábolas en categorías distinguiendo entre “imagen, comparación, semejanza, parábola, alegoría, relato ejemplar”. [Luego], resultaba desacertado adscribir la parábola a un solo tipo literario (p 225).

Advertidos de estas sutilezas sobre las formas y su capacidad de expresión, nos dice que también se ha superado la teoría de [establecer un] “punto dominante”, como el único que cuenta en la [interpretación de la] parábola. Y nos pone dos ejemplos: La parábola del rico necio (Lc 12, 16ss) y la del administrador infiel (Lc 16, 1ss), [mientras en la primera se] querría decir [que] “el hombre, incluso el más rico, depende por completo en cada instante del poder y de la gracia de Dios”, [en la segunda se propondría] “aprovechar con decisión el presente para lograr así un futuro satisfactorio” (p 225s). Joseph coincide nuevamente con J Jeremías, en que “las parábolas anuncian un verdadero humanismo religioso ... Inadvertidamente Jesús se convierte en el “apóstol del progreso”, en sabio maestro que expone máximas éticas y una teología simplificada con imágenes e historias fáciles de retener. ¡Pero Jesús no era así!” (p 226) y recurre a Charles W. F. Smith [que] lo expresa de un modo más drástico: “Nadie crucificaría a un maestro que relata historias amenas para reforzar la inteligencia moral” (p 226).

Joseph es un teólogo “cristológico”:

Nos dice que un tal Charles H. Dodd establecía como punto central de su exégesis la orientación de las parábolas hacia el tema del Reino del Dios, pero rechazando la concepción de la “escatología inminente” de los exegetas alemanes y vinculando escatología con cristología [en su propuesta de] “escatología realizada”: el Reino de Dios llega en la persona de Cristo. En la medida en que las parábolas hacen alusión al reino, señalan a Cristo como a la auténtica forma del reino (p 227). Por su parte, el ya mencionado J Jeremias [rechaza este] planteamiento de la “escatología realizada” y, en su lugar, habla de “escatología que se realiza”, conservando así la idea de fondo de la exégesis alemana, según la cual Jesús habría anunciado la proximidad temporal de la llegada del Reino de Dios y la habría presentado a sus oyentes de diferentes maneras en las parábolas (p 227). Es como si estuvieran jugando con los matices, pero éstos tienen su importancia, pues, como decía Don Camilo José Cela, “no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo”. Nuestro Joseph lo ve de esta forma: “Desde la perspectiva del hombre de hoy, parece un error la perspectiva de una escatología inminente en aquel tiempo, pues el Reino de Dios, entendido como el cambio radical del mundo por obra de Dios, no ha llegado todavía; [no obstante], la espera de la llegada inmediata del fin del mundo [sí era] un aspecto de la primitiva recepción del mensaje de Jesús, pero, al mismo tiempo, se ha visto que esto no puede aplicarse en modo alguno a todas las palabras de Jesús ni erigirse en el contenido auténtico de su mensaje (p 228). Y añade: “[Como hemos destacado al hablar del Sermón de la Montaña y del Padrenuestro, capítulos anteriores de su libro mencionado], hemos visto que el tema más profundo del anuncio de Jesús era su propio misterio, el misterio del Hijo, en el que Dios está entre nosotros y cumple fielmente su promesa; hemos visto también que el Reino de Dios está por venir y que ha llegado en su persona. En este sentido, hay que dar la razón a –Dodd en lo esencial: el Sermón de la Montaña es “escatológico”, si se quiere, pero escatológico en el sentido de que el Reino de Dios se “realiza” en la venida de Jesús. Por tanto, podemos hablar verdaderamente de una “escatología que se realiza”; Jesús, el que ha llegado, es también a lo largo de toda la historia el que llega; es de esta “llegada” de la que, en el fondo, nos habla. Por tanto, podemos estar plenamente de acuerdo con las palabras conclusivas del libro de J Jeremias “Ha empezado el año de gracia de Dios, puesto que ha aparecido Aquél, el Salvador, cuya majestad oculta resplandece tras cada palabra y cada parábola” (p 228)

Un Joseph creyente se pregunta cuál es el sentido de las parábolas para Jesús:
Quizás estas discusiones metodológicas, exegéticas y teológicas previas parezcan un desvío respecto de las dos cuestiones iniciales planteadas, pero, tienen su lógica y, sobre todo, creo que Joseph nos prepara y dispone para penetrar en “la respuesta dada por Jesús a sus discípulos cuando éstos le preguntaron por el significado de la parábola del sembrador [o de la simiente], en el centro de la cual se encuentran unas palabras de Isaías (Is 6, 9s) que los tres sinópticos reproducen con diversas variantes” y nos obliga a preguntarnos:

- ¿Qué significan [estas palabras]?
- ¿Sirven las parábolas del Señor para hacer su mensaje inaccesible y reservarlo sólo a un pequeño grupo de elegidos, a los que Él mismo se las explica?
- ¿Acaso las parábolas no quieren abrir, sino cerrar?
- ¿Es Dios partidista, que no quiere la totalidad, a todos, sino sólo a una elite? (p 229)

Joseph sabe que, si conseguimos entender “el mensaje” escondido en “la forma” de parábola, no sólo podremos contestar la cuestión básica planteada con la pregunta de “¿qué es una parábola?, sino que seremos capaces de descubrir qué es lo que busca Jesús de nosotros a través de sus parábolas, con lo cual aquella segunda cuestión de carácter “retórico” y trascendental de entender la intención del autor de la parábola, se transforma, de pronto, en una interpelación moral y espiritual trascendental para cada uno de nosotros. Y aquí ya poco importan los análisis exegéticos y teológicos, es preciso dar una respuesta personal: ¿Como la de Pedro?, ¿como la de Tomás?, ¿como la de Saulo?, ¿como la del Centurión: Señor, yo no soy digno ...?. Es nuestra respuesta personal, con fe o sin fe, y no hay otra salida.

Joseph nos propone “leerlas a partir del [propio] texto de Isaías que [Jesús] cita porque resultan más impresionantes”, y nos propone “leerlas en la perspectiva de [la] vida personal [de Jesús], cuyo final Él conoce. Con esta frase, Jesús se sitúa en la línea de los profetas; su destino es el de los profetas ... Llama la atención la importancia que adquiere la imagen de la semilla en el conjunto del mensaje de Jesús. El tiempo de Jesús, el tiempo de los discípulos, es el de la siembra y de la semilla. El “Reino de Dios” está presente como una semilla. Vista desde fuera, la semilla es algo muy pequeño. A veces, ni se la ve ... La semilla es presencia del futuro. En ella está escondido lo que va a venir. Es promesa ya presente en el hoy. El Domingo de Ramos, el Señor ha resumido las diversas parábolas sobre las semillas y desvelado su pleno significado: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Él mismo es el grano. Su “fracaso” en la cruz supone precisamente el camino que va de los pocos a los muchos, a todos: “Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Este “fracaso de los profetas, [el propio] fracaso [de Jesús], aparece ahora bajo otra luz. Es precisamente el camino para lograr “que se conviertan y Dios los perdone”. Es el modo de conseguir, por fin, que todos los ojos y oídos se abran. En la cruz se descifran las parábolas. En los sermones de despedida dice el Señor: “Os he hablado de esto en comparaciones: viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente” (Jn 16, 25) (p. 230s).

La conclusión final de Joseph:

“En las parábolas, Jesús no es sólo el sembrador que siembra la semilla de la palabra de Dios, sino que es semilla que cae en la tierra para morir y así poder dar fruto” (p 231). Y nosotros somos la tierra, la piedra, la zarza, la pisada.

Si podéis leer este libro de Joseph, sin prejuicios, hacedlo, os hará bien. Os lo digo con el espíritu del Salmo 130:

“Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
Ahora y por siempre”