Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, septiembre de
2007
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El cristiano y la soledad
Monseñor Antonio González
El creyente cristiano que vive su fe hasta las raíces, hará su
vida en el mundo como habitante fuera del mundo, como quien no
es de este mundo, y para quien el mundo es un valle lleno de
lágrimas, en su fondo como noche y nada. Que pueda hacer
descansar la inquietud de su corazón en Dios pertenece a la
lógica de su fe. Pero esa abnegación no puede significar nunca
desentendimiento del mundo que lo rodea, porque el hombre es un
ser social, hecho naturalmente para la vida en sociedad. La
soledad no es un nombre de privación sino de desarrollo.
Solitario no es abandonado, sino centrado. La soledad y el
recogimiento se transforman en nombres de miseria si no se
administran rectamente. Para el cristiano, bienes mediadores que
conducen a la conversión y entrega a Dios.
Para alcanzar la sabiduría humana o la divina, hay que pasar por
el retiro, el silencio y la soledad. Petrarca muestra a la
soledad como lugar privilegiado e inexcusable para la
contemplación. El apartarse del mundo debe llevar a la entrada
de uno mismo, pero no para quedarse en la orgullosa y estéril
posesión de uno mismo, sino abriéndose a la verdad y a la
comunicación con el misterio divino, o como diría San Agustín,
el espíritu humano «es angosto para contenerse a sí mismo». O
sea, que en lo profundo del hombre habita quien es más que él
mismo, de donde, para ser uno mismo, ha de trascenderse a sí
mismo.
El hombre no es un sujeto hermético. El hombre vive recogido en
sí, pero tiene que responder por sí. El silencio que lo separa
de todo aquello a lo que se enfrenta, debe terminar en un plano
superior, que es donde se resuelve. Vida intelectual o vida
interior no quiere decir vida encerrada. La interioridad es el
único medio para alcanzar la trascendencia. El hombre no sería
humano si no se centrara en algo trascendente. El paso a lo
trascendente es arraigo en su propio suelo y se realiza a través
de la vida interior, porque el interior del hombre, más que a la
naturaleza externa, va directamente a lo divino. El hombre es
más humano abriéndose a lo infinito, poniendo en libertad lo que
hay divino en él.
El primer paso que el hombre se debe a sí mismo, en razón de su
dignidad, está en aquel precepto del poeta latino Horacio, que
decía: «Esforzarse por dominar las cosas, y no someterse a ellas».
El sabio verdadero es el que es libre, rey de las cosas, cercano
a lo divino. El equilibrio que ha de conseguirse en esa «no
sumisión» a las cosas y al cierto distanciamiento de los
hombres, sin deshumanizarse, lo debe lograr la inteligencia o la
razón. El hombre no debe perderse en lo exterior, no debe
trivializar su existencia, no debe ser mera comparsa de la
estructura social que lo rodea; su vida debe evolucionar, crecer;
en un teatro en el que la pieza representada, lo tiene a él por
agente, por actor, pero de la que es también autor. Este
encontrarse a sí mismo, pide el distanciamiento ascético de los
hombres y de las cosas, y la practicaron los expertos entre los
hombres, los creadores de ideales religiosos o profanos,
místicos y filósofos.
Solitario, en un sentido corriente, es un hombre que se aparta
de los demás hombres. El hombre se cansa de la civilización y
expresa su descontento refugiándose en la naturaleza. Pero esto
no es más que una manifestación de la capacidad de apartarse del
hombre. En medio de la cultura, el hombre sigue siendo capaz de
ponerse aparte, y cuando la cultura, en vez de ser una
superación es un marasmo, pierde su virtud de ser continente en
la vida y pierde su capacidad de amparara a los espíritus. Los
espíritus se repliegan en búsqueda del lugar natural perdido. De
este modo, su rebeldía no es sino una forma de expresar el deseo
de poseerse a sí mismo, cansado de la inflación académica y
separándose, se recobra. La historia puede concebirse
pendularmente. En rebeldía con la naturaleza, el hombre se
aferra al espíritu, pero en cuanto el espíritu se manifiesta
opresoramente, se vuelve de nuevo a la naturaleza.
Las sociedades o grupos humanos, organizándose, tienden a dar
seguridad al hombre y excluir el riesgo de soledad para los
individuos. Pero, esa seguridad así creada, suele convertirse en
pobreza de inventiva. Las sociedades humanas que no son abiertas,
viven bajo la amenaza de la disolución. La buena salud
intelectual y espiritual del hombre, dista por igual del
conformismo que de los cambios bruscos o revolución. Una
autenticidad ética no es compatible con el legalismo ritual.
Cierto grado de voluntad creativa es distintivo del hombre. Los
grandes hombres no fueron espíritus conformistas, tuvieron
espíritu de protesta y anhelos redentores. El aburguesamiento es
el peor ambiente para la grandeza moral, entendiendo como tal el
que proporciona un cuadro de normas fijadas, funcionalizadas,
empobrecedoras del patrimonio creativo del hombre. El hombre
verdadero es el que vive una actitud disponible, fuera de lo
rutinario y convencional, en manos de una vocación y
responsabilidad personales. La vida merecedora de vivirse hay
que concebirla como un compromiso, no como confort. La paz no es
del que la soporta sino del que la conquista.
La dignidad espiritual hace al hombre solitario, pero su
condición de tal le exige ser solidario. La existencia queda así
dominada por esta tensión. Emerson habla de la necesidad de
aislamiento que el genio siente. El genio es hijo del retiro, la
meditación y la perseverancia, y no es afecto de la suerte o de
la inspiración. Edison observa humorísticamente que el genio es
noventa y nueve por ciento transpiración y un uno por ciento
inspiración. Cuando a Newton le preguntaron cómo había podido
descubrir los principios mecánicos del universo, contestó: «dándole
vueltas en la cabeza día y noche». Pero si Edison y Newton
hubieran sido divertidos camaradas, amigos del baile o de
tertulias, no tendríamos hoy sus inventos. Ciertas calidades
humanas fecundan sólo en el silencio y en la soledad. Ninguna
isla descubrió Colón más solitaria que él mismo. Los espíritus
superiores fueron siempre, en un sentido o en otro, desterrados,
y las grandes obras de arte o literatura, fueron producidas en
ese ambiente de exclusión y destierro.
Sin embrago, el hombre sin la sociedad se encuentra indigente.
Las artes y las instituciones son para su espíritu tan
necesarias como el vestido y el confort para el cuerpo. Sin
soledad no se entra en el reino del hombre, y en soledad hay
peligro de encierro y asfixia. El hombre es una criatura
desdoblada, es el solitario que necesita del prójimo, pero
también requiere pensar a solas.
Santo Tomás habla de la soledad como instrumento de perfección.
La soledad de suyo no es ninguna perfección. Será valorada como
medio, según sirva o no a los fines de la existencia. La
existencia humana se manifiesta en vida contemplativa y activa.
La soledad es mediadora para la contemplación, pero para la
acción, el hombre necesita la integración en la sociedad y el
apoyo de ella. El hombre es social por naturaleza en el
desempeño de la vida activa, y es solitario por vocación a lo
divino, en el desempeño de la vida contemplativa.
El hombre ideal de los antiguos era el sabio. El hombre ideal de
los cristianos es el santo. Para alcanzar uno u otro, se exigen
entrenamientos que obligan a desprenderse de muchas cosas, y a
sortear toda clase de trampas y deducciones. La llegada a la
sabiduría o a la santidad tiene que recorrer insidiosas odiseas
o endiablados peregrinajes. Pero nada más alejado de ambas
mentalidades que concebir la existencia sin razón y sin sentido.
Pero alejado, ausentado o secularizado de Dios, el hombre
moderno trata de abrirse paso hacia una nueva edad, en la que
vivirá solo y tendrá que tomar a solas sus decisiones, para
abrirse a una nueva vida conquistada por su esfuerzo y su
inventiva. Estará en un futuro hacia el cual hay que progresar
para alcanzar un centro donde descansar. Para el hombre moderno
quedaron atrás las actitudes mentales apegadas a la tradición;
el lugar de la patria de los antiguos lo ocupará la fraternidad,
o sea, lugar de convocatoria ingeniado por el propio hombre y de
manifestación pluralista. El hilo que engarza esa libre acción
inventiva es la historia en proceso permanentemente abierto.
Algunos podrán creer que la soledad afecta solamente a
intelectuales, o a capas minoritarias de la sociedad, gente un
tanto rara, hastiada de la vida; pero nada tienen que ver con el
sano hombre de la calle, con la vida cotidiana repartida entre
ocupaciones y diversiones.
Nunca como en la actualidad la calle fue más ruidosa y
multitudinaria, hasta tal punto que es verdaderamente difícil
vivir solo; pero todo esto termina consumiéndose en ajetreos
vacíos e inútiles y esa es nuestra obligación, de hacerle
comprender a la masa que si se secan las fuentes de compensación
interior, se disminuye como hombre. Además, el pecado del vulgo
es la pereza, propicia a entregarse al primer postor, que
naturalmente no tiene crédito para poder pagar la confianza
depositada en él. El hombre se echa a perder por entregarse a
empresas que no son dignas de él.
De ahí surge la otra cara de la soledad, sobre todo en los
grandes centros urbanos; la monstruosa aglomeración de seres
extraños. Soledad de incomunicación que, en la medida que no
deriva en aturdimiento, es de nuevo generadora de angustia. El
ruido exterior ensordece y las almas se vuelven incapaces de oír
voz alguna enriquecedora, y así las vidas se mueven en un
generalizado contexto nihilista.
En el seno del extraño vacío que se produce en nuestras
sociedades desprotegidas, hay dos opciones: o el trabajo
maquinal o la diversión aturdida. El mundo moderno ha podido
hacer desaparecer al desheredado económico, pero queda el
desheredado espiritual o moral. El ahogo provocado por la falta
de lo urgente pasa a ser angustia por ausencia de lo profundo, y
como dijera el autor de «El Principito», «no existe más que un
solo problema: redescubrir que existe una vida del espíritu más
alta aún que la de la inteligencia, la única vida que puede
satisfacer al hombre». A falta de ella, lo que invade a los
hombres es la sequedad de sus almas y el infierno de los otros,
la incomunicación.
Teólogo argentino.
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