Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Septiembre de
2007
|
El
cambio social y personal, de costumbres y estructuras, en el
documento de Aparecida
Umberto Mauro Marsich
El Observador, México
27 agosto 2007
A poco
tiempo de haberse publicado, el documento final de la Quinta
Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), en
Aparecida, Brasil, se discuten en América Latina sus propuestas
sobre temas como el cambio social y personal, el cambio de
costumbres y estructuras.
El asunto
es analizado por el doctor y misionero xaveriano, Umberto Mauro
Marsich, especialista en doctrina social cristiana y en temas de
bioética de América Latina.
EL CAMBIO
SOCIAL Y PERSONAL, DE COSTUMBRES Y ESTRUCTURAS,
A LA LUZ
DEL DOCUMENTO DE APARECIDA
Introducción
«En
nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un
‘encuentro personal con Cristo’, una experiencia religiosa
profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio
personal de evangelizadores, que lleven a una conversión
personal y a un cambio de vida integral».
En esta
expresión de Aparecida se quiere asociar la urgencia de
fundamentar nuestro compromiso social y deseo de protagonizar
cambios estructurales conjuntamente a una profunda
espiritualidad centrada en Cristo. Toda la DSI (Doctrina Social
de la Iglesia) presupone siempre una profunda fe en Cristo y
confianza en la Iglesia, ante de orientar a los creyentes,
laicos y clero, hacia acciones concretas a favor de la justicia
y la transformación de las estructuras. Es desde esta
experiencia personal y comunitaria de Cristo y del bautismo
recibido que nace, para todos, el reto de ser ‘discípulos y
misioneros’, o sea, evangelizadores auténticos a sabienda que la
evangelización quedaría mutilada sin la promoción humana, la
transformación de la realidad personal y estructural inicua y
pecaminosa, y la lucha por la justicia.
Benedicto
XVI, en efecto, relacionó el compromiso social del creyente con
la comunión y vida eucarística. En efecto, una eucaristía que no
comportase un ejercicio del amor, afirma en su encíclica ‘Deus
cáritas est’, sería fragmentaria en sí misma. Para él la
responsabilidad social para con el prójimo, en cuanto hermano
necesitado, y la práctica de la solidaridad y de la caridad
cristiana, resultan ser consecuencias lógicas de la vivencia
auténtica de la Eucaristía. La personalización de la dimensión
social de la fe es un reto inevitable para todos.
a)
Discípulos de Jesús.
La primera
parte del documento de Aparecida está inspirada por el llamado
de Jesús a todos sus discípulos: «Ven y sígueme» (Mc. 3, 13-19).
Este texto relata la llamada al seguimiento y a la misión de los
doce apóstoles de Jesús para que estuvieran con él y para ser
enviados. Aquí encontramos, en efecto, el fundamento del
discipulado de Jesús, experiencia que pide, necesariamente,
desprendimiento de las cosas materiales y liberación de los
afectos (Lc. 9, 51-62). Las cosas y los afectos, aún ordenados,
no pueden alejarnos del seguimiento de Jesús y desplazarnos de
él. Llamados, entonces, a vivir como discípulos y misioneros de
Jesús e iluminados por Él no podemos no dejarnos interpelar por
el sufrimiento, la injusticia y la cruz del pueblo. En efecto no
debemos olvidarnos que «la evangelización ha ido unida siempre a
la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana»
(Discurso inaugural de Benedicto XVI en Aparecida).
b) Para la
misión de anunciar el Evangelio y construir el Reino de Jesús:
misioneros del proyecto del Señor.
Aparecida
explica el para qué del discipulado de Jesús, invitándonos a
todos los creyentes a asociarnos al proyecto de Jesús como a una
gran «misión continental»:»Asumimos el compromiso de una gran
misión en todo el continente» (DA 376). La construcción del
Reino es la razón de nuestro seguimiento y discipulado de Jesús:
«Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da el encargo muy
preciso de anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones.
Por esto todo discípulo es misionero» (DA 159). Y el Reino tiene
rasgos muy concretos y valores muy claros, por los cuales
tenemos que trabajar y lograr, así, una sociedad más justa e
igualitaria, más fraterna y misericordiosa, más pacífica y
humana. Será posible lograrla mejorando la situación socio
cultural; luchando por una economía más equitativa y por una
política más respetuosa de la dignidad humana y finalizada hacia
el bien común también internacional y planetario; defendiendo la
biodiversidad y respetando a los pueblos más vulnerables como
son los indígenas y los afro-americanos. En pocas palabras, el
Reino de Jesús es el reino de la vida; es la oferta de una vida
plena para todos en el respeto y defensa de la dignidad humana
ante una cultura actual que tiende a proponer estilos de ser y
de vivir contrarios a la naturaleza y dignidad del ser humano
(DA 401): «Dentro de esta amplia preocupación por la dignidad
humana, se sitúa - reconoce el DA- nuestra angustia por los
millones de latinoamericanos y latinoamericanas que no pueden
llevar una vida que responda a esa dignidad» (405).
En los
pobres de la tierra encontramos el rostro sufriente de Cristo
(DA 407). Nuestro servicio a los pobres, para que sea efectivo,
deberá encarnarse en gestos visibles y en experiencias de
solidaridad continua, más allá del mero nivel teórico-emotivo de
indignación ética.
Iluminados
por la DSI, especialmente los laicos deben participar
activamente a la construcción del Reino de Jesús, en un proyecto
de pastoral orgánica donde, en comunión con la Iglesia, sean
ellos los primeros y más comprometidos actores. Los laicos son
hombres de la Iglesia en el corazón del mundo y hombres del
mundo en el corazón de la Iglesia. Puesto que su misión
específica se realiza en el mundo, con su testimonio y su
actividad, contribuyen significativamente a la transformación de
las realidades y a la creación de estructuras justas según los
criterios del Evangelio (DA 226).
c) El
espíritu y el estilo del discípulo y misionero de Jesús: el
amor.
El
espíritu que nos debe guiar en esta aventura del seguimiento de
Jesús y en la construcción de su Reino debe ser el amor y la
generosidad sin límite del «Buen Samaritano» (Lc 10, 25-37). La
misión de los discípulos consiste en comunicar la vida nueva de
Cristo a todos los pueblos y servirla para que sea plena para
todos y, en particular, para los pobres. Esta vida nueva de
Jesucristo toca al ser humano entero y tiende a desarrollar en
plenitud la existencia humana en su dimensión personal,
familiar, social y cultural (DA 369).
Buen
samaritano es aquel que se hace prójimo de los demás, sobre
todo, de los pobres y desamparados. La Iglesia, comunidad de
amor, las parroquias y los creyentes deben hacerse prójimos de
los más necesitados de la tierra, o sea, «buenos samaritanos».
La parroquia, de manera existencial y permanente, debe llegar a
concretar en signos solidarios su compromiso social en los
diversos medios en que ella se mueve, con toda la imaginación de
la caridad; debe hacerse prójimo porque no puede ser ajena a los
grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que,
con mucha frecuencia, son pobrezas escondidas. La opción
preferencial por los pobres sigue teniendo actualidad y sigue
siendo prioritaria para la comunidad cristiana.
Para
configurarse verdaderamente con el Maestro es necesario asumir
la centralidad del mandamiento del amor, que él quiso llamar
suyo y nuevo: «Ámense los unos a los otros, como yo los he
amado» (Jn 15, 12). En el seguimiento de Jesucristo aprendemos y
practicamos las bienaventuranzas del Reino y el estilo de vida
del mismo Jesucristo: su amor filial al Padre y su compasión
entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a
los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor
servicial hasta el don de su vida (DA 154). La evangelización no
es completa sin promoción humana, sin atención a los pobres y
sin lucha por la justicia. La pasión por el Padre y por el Reino
nos impulsará a anunciar la Buena Nueva a los pobres, curar a
los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y
anunciar a todos el año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19).
Vivir el
discipulado con autenticidad y aceptar la misión de Jesús no es
cosa fácil y, por lo tanto, habrá que prepararse y formarse. Los
lugares más significativos para la formación de los discípulos
de Jesús y de los misioneros del Reino siguen siendo la familia,
la parroquia, las pequeñas comunidades de base y los movimientos
eclesiales, mientras «los medios», para permanecer fieles al
seguimiento de Jesús y seguir siendo constructores activos de su
Reino, serán la oración-contemplación y la acción servicial y
social, generosa y total. Exactamente como nos enseñan María y
Marta del Evangelio, las hermanas de Lázaro, el amigo de Jesús
(Lc 10, 38-42). La capacidad contemplativa y de escucha orante
de María y la acción social de servicio de Marta plasman
irreversiblemente estas dos dimensiones, necesarias y
complementarias, de todo discípulo y misionero de Jesús. La
pastoral eclesial y parroquial, desde luego, no podrá prescindir
nunca de estas dos dimensiones de la vida cristiana y verdaderos
medios para la realización del seguimiento misionero de Jesús.
Para la
Iglesia, reconoce el documento de Aparecida, el servicio de la
caridad, igual que el anuncio de la Palabra y la celebración de
los sacramentos, es expresión irrenunciable de la propia esencia
(413). Para este efecto urge impulsar, en nuestros planes
pastorales, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, el
Evangelio de la vida y de la solidaridad (DA 414), o sea, la «acción
social». Esto exige, desde luego, cambio personal de actitudes y
hábitos, y solicita una renovada pastoral social mejor
estructurada, más orgánica e integral de nuestras iglesias, en
favor de la promoción humana, de la justicia y del bien común.
«Ser
discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos,
en Él, tengan vida –afirma el documento- llevan a asumir
evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas
prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser
humano» (398). Dentro de las tareas prioritarias se señalan
tanto las obras de caridad inmediatas como la colaboración, con
otros organismos e instituciones, para organizar estructuras más
justas en los órdenes nacionales e internacionales. Estructuras
que consoliden un orden social, económico y político, en el que
no haya inequidad y donde haya posibilidades de superación para
todos (398).
Los
rostros sufrientes que nos entornan y que son, aún hoy, muy
numerosos, esperan acciones de solidaridad concreta de parte
nuestra. Se trata de las personas que viven en la calle, los
enfermos, los adictos, los emigrantes y los presos. También la
defensa y tutela de la familia, de la persona de los niños,
mujeres, adultos mayores, juntamente al ambiente, harán parte de
nuestros proyectos prioritarios de acción social y de nuestra
tarea cristiana de discípulos del Señor.
La acción,
fecundada por la oración y la vida de unión a Cristo, y la
oración, ratificada y autentificada por la acción social, hará
de nuestra vida cristiana una experiencia trascendente,
liberadora y salvadora, en línea con nuestra vocación al
discipulado misionero de Jesús.
Conclusión
Aparecida
parece ser, por la pastoralidad y creatividad de su documento,
un acontecimiento de mucha mayor trascendencia que S. Domingo,
sin embargo, su eficacia histórica y repercusión social está
depositada en el corazón y en las manos de todos y cada uno de
los creyentes latinoamericanos. El análisis de la realidad del
documento, por cierto objetivo y concreto, será intrascendente
si no le agregamos la denuncia profética de pecaminosidad de
ciertas estructuras y de egoísmo de sus autores. A la jerarquía
eclesial y a los laicos, hoy más que nunca, se les pide más
compromiso y más acción social para el cambio de aquellas
realidades que impiden la realización del proyecto del Reino de
Jesús en el hoy y aquí de nuestra historia.
El enfoque
general del documento, construido sobre la vocación bautismal al
discipulado misionero de todos los creyentes, abre caminos de
vivencias evangélicas auténticas y comprometidas; despierta
aquellos sectores de cristianos conservadores que han convertido
la religión en una experiencia de intimidad espiritual, cerrada
a todo cuestionamiento y, sobre todo, sin proyección social. El
Reino de Dios se construye en la historia aún cuando sabemos que
su plenitud no se dará en el tiempo.
La misión
de anunciar el Evangelio del Señor y de construir su Reino
genera, inevitablemente, ciertas implicaciones éticas como la de
no poder aceptar pasivamente estructuras económicas y políticas
que hundan siempre más, a la gran mayoría de nuestros hermanos,
en la pobreza y en condiciones de vida infrahumana. Los rostros
de Cristo sufriente se multiplican siempre más frente a nosotros
y nos piden alivio, ayuda y atención. No podemos seguir
traicionando impunemente el mandato evangélico del amor al
prójimo, eficazmente plasmado en la parábola del buen samaritano.
Debemos ser discípulos atentos y apasionados de Jesús hasta las
últimas consecuencias. Diversamente, también Aparecida será una
frustración más. Justamente los obispos, en la conclusión del
documento, nos suplican de asumir acciones transformadoras y de
no quedarnos con los brazos cruzados: «No podemos quedarnos
tranquilos –afirma el documento- en espera pasiva en nuestros
templos, sino urge acudir en todas las direcciones para
proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra,
que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados
por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos
convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus
discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en
nuestro Continente» (DA 548).
Hermosa es
la invitación y convocatoria final de Aparecida para que todos
participemos en la gran misión continental permanente, llevando
«nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu
Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia
de Dios nos deparará grandes sorpresas» (5519). Ella misma nos
alentará a ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida
con todos, pero, de manera particular, con aquellos que la
sociedad sigue excluyendo siempre más: los pobres.
|