Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, septiembre de
2007
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E.
Arens: Jesús de Nazaret, según J. Ratzinter. Comentarios al
prólogo
Eduardo Arens, uno de los teólogos más significativos de América
Latina, me envía una preciosa introducción al libro del Papa.
El blog de Xavier Pikaza – blogs.periodistadigital.com/xpikaza)
He respetado su texto, pero dejo entre corchetes las notas (pues
en este sistema de religióndigital no entran como notas). A
lomos entre Alemania, (su patria de origen), y Lima (donde
reside y enseña hace muchos años), Edudardo Arens me (nos) ha
ofrecido una luminosa visión de los valores y limitaciones del
libro del Papa. Su lectura está hecha sobre el texto original
(en alemán). "Es increible, me dice, la forma en que el Papa
maneja argumentos e imaginación... es genial", pero debe leerse
con cuidado. Así, para leer con cuidado el libro del Papa,
quiero publicar esta introducción. algo técnica, aunque
asequible.Es un texto largo, para la reflexión,para el estudio,
para el consenso, para el disenso. Estoy seguro de que todos los
amigos y lectores del Papa y de la teología me lo agradecerán.
Gracias Eduardo. Me preguntas cómo vamos por este lado... Creo
que bien. Deseo que andes muy bien, por ese lado de Lima, con
los problemas de costumbre, que tú sabes "lidiar" tan bien...
Todo lo que sigue es tuyo.
Introducción
Este es el primer libro sobre Jesús de Nazaret escrito por un
Papa. Eso ya es en sí una novedad. Pero, lo hace en su calidad
de creyente, a título personal, no en su calidad de Papa (Por
esta razón, y no por restarle respeto, me referiré a él como
(Joseph) Ratzinger, o simplemente 'el autor', y no como 'el
Papa') . Quiere compartir con otros su apreciación personal de
Jesús, producto de "un largo camino interior" (p.10, 23). No es
una encíclica ni un escrito adscrito al Magisterio. El mismo
pone por delante la advertencia de evitar la tentación de
tomarlo como una obra del Magisterio –como cuando habló en la
famosa conferencia de Ratisbona, como un profesor emérito
dirigiéndose a sus "queridos colegas" [[En una reciente
conversación con el Prof. Peter Hünermann (Tubinga), éste me
compartía su preocupación, con justa razón, de que el libro de
J. Ratzinger sea tomado por los sectores conservadores y
tradicionalistas como la única Cristología válida, a partir de
la cual juzgar y permitirse censurar, cualquier otra que difiera
de esta. Cierto. Por eso es de agradecer la advertencia
explícita del Papa que su libro "no es de modo alguno un acto
Magisterial" sino producto de su búsqueda personal de entrar en
el misterio de Jesucristo que quiere compartir con todas las
personas de buena voluntad. Esta advertencia está resaltada en
la contratapa de la edición alemana]].
En consideración al
lector, Ratzinger escribió un largo prólogo (14 págs) en el que
explica el enfoque y la naturaleza de su libro. Los prólogos
(como la palabra indica) son importantes, pues allí se anticipan
motivos, enfoques, y otras particularidades de la obra
prologada. Lo notorio es que la mayor parte de su prólogo lo
dedicó Ratzinger a explicar su enfoque, que no es el de la
exégesis histórico-crítica, sino que, presuponiéndola, quiere ir
más allá de ella. Por eso, como biblista, y asumiendo su propia
notificación que "cada quien es libre de contradecirme", pues
"no es de modo alguno (in keiner Weise) un acto Magisterial sino
expresión de mi búsqueda personal 'del rostro del Señor'"
(p.22), me atrevo a compartir mis apreciaciones del prólogo. Me
detengo allí porque no he tenido el tiempo aún para leer todo el
libro, y por lo mismo no pretendo prejuzgarlo [[ Agradezco a
P.Dr. Tomas Begovic y a Mons. Norberto Strotmann por los
comentarios que me alcanzaron al borrador de estas páginas ]].
Lo que he leído me ha fascinado, aunque no concuerde en todo con
él. Lo que me anima a escribir estas líneas es invitar a la
lectura del libro, pero también a aclarar sus alcances y sus
limitaciones, de las que el autor mismo está consciente y nos
pone en autos, razón para su extenso prólogo, para no hacerle
decir ni exigirle lo que no pretendió.
Mis comentarios se basan
en el texto alemán pues, conociendo a Ratzinger, hay que leer
entre líneas, o mejor dicho, detrás de ellas percibir el ánimo
que lo mueve, y ese se capta en la lengua original [[Ed. Herder,
Friburgo/Br. abril 2007. Además de haber leído varios de sus
escritos y haberlo escuchado en un par de conferencias, he
tenido la suerte de haber compartido en la mesa con J. Ratzinger
en dos ocasiones, y he admirado su sencillez y honestidad, pero
también su curiosidad y capacidad de escucha. Su presentación
del documento de 1993 de la Pontificia Comisión Bíblica leída en
alemán refleja matices sobre el grado de normatividad que, según
él, tiene el documento, que la traducción castellana no ha
podido preservar]].
Una obra personal, no magisterial
Joseph Ratzinger, escribe en su calidad de hombre de fe, más que
de teólogo. Pero es producto de lecturas, investigación,
disquisiciones, o sea de teólogo (vea la bibliografía y la lista
de referencias en el índice onomástico). De hecho, polemiza con
el método exegético histórico-crítico. Fe y razón, su fe y su
teología, están entretejidos, como hizo por ejemplo G. Lüdemann
en Der Spiegel. Es la lectura de los evangelios por un eminente
teólogo creyente. Más ampliamente, desde el inicio está claro
que este libro es un diálogo de un teólogo con el mundo
académico de los biblistas.
Escribe como Joseph Ratzinger, no
como Benedicto XVI. Esta distinción es teórica, por cierto, pues
es una y la misma persona. Sin embargo, él mismo nos advierte
que es su reflexión y apreciación personal, y es a título
estrictamente personal que escribe; prueba de ello es que
expresamente indica que "cada quien es libre de contradecirme"
(p.22). A pesar de su talante teológico, que bien conoce, es
humilde y reconoce sus limitaciones y sus condicionamientos. Se
somete al juicio de otros. No les pone por delante la autoridad
con la que está investido, que exija aceptación dócil y
silenciosa, aun cuando se discrepe. Es un admirable ejemplo para
muchos: a no creernos la autoridad última, incuestionable e
infalible –no, no hay infalibilidad en su libro-. Como todo ser
humano, es falible, y todo juicio humano es provisorio y
limitado. Someterse voluntariamente a la crítica de los lectores
permite aprender, corregir, profundizar, reforzar, enriquecer. Y
Ratzinger es un hombre que prefiere escuchar, más que
hablar.
Una segunda lección es que pide que no se prejuzgue su
obra sin antes haberla leído, con un mínimo de "simpatía" por
delante, es decir de apertura. En otras palabras, Ratzinger pide
que se juzgue el libro por su contenido, independientemente de
su autor, sino "no hay modo de entenderse". No ha faltado quien
descalificó de arranque la obra precisamente en base a su autor,
el que fuera Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la
Fe, y autor de la Dominus Jesus. Tiene toda la razón Ratzinger
en pedir que se juzgue la obra en sí misma y por sí misma, y no
se la descalifique por anticipado. Esta es otra lección, pues no
pocas veces tendemos a descalificar una obra (o ideas) basados
en quién es su autor, y no en el contenido de la obra en sí
misma.
Por cierto, como en toda obra humana, ésta también está
marcada por la particular teología del autor. No puede ser de
otra manera. No es neutra: él mismo recalca que es su particular
apreciación de Jesús. La suya. Y esa, obviamente es vista a
través del lente de su teología, con sus particulares
apreciaciones y acentuaciones –marcadamente agustiniana,
primordialmente trinitaria, eminentemente teocéntrica, europea,
etc. No dudo que el autor ha hecho todo el esfuerzo que podía de
ser imparcial, pero eso no evita que sea personal y, como toda
obra personal, 'sesgada' por los factores que distinguen y
caracterizan su pensamiento. Una presentación objetiva de Jesús
es imposible y, al igual que toda Cristología, es subjetiva –por
no mencionar que es europea.
Una tercera lección es que pone
todas las cartas sobre la mesa: explica, y ampliamente, su
enfoque y su propósito. De hecho, desde el inicio queda claro en
qué pone el acento: la divinidad de Jesús de Nazaret.
Añadiría
una cuarta lección: esta es su segunda gran publicación, después
de su encíclica, y ambas se han alimentado profusamente de la
lectura asidua y meditativa de la Biblia. ¡Es un Papa de la
Biblia! Anotemos que ha fijado como tema para el siguiente
sínodo de obispos en Roma "la Palabra de Dios en la Iglesia".
Pero también, ambas publicaciones, ponen en el centro de la
atención a la persona de Jesús de Nazaret, no la Iglesia u otra
realidad.
Jesús visto desde el estudio histórico-crítico
Ratzinger destaca el libro de Rudolf Schnackenburg, La persona
de Jesucristo reflejada en los cuatro evangelios (Barcelona
1998, orig. 1993), -donde este maestro de exegetas expuso su
apreciación de Jesús después de más de medio siglo de estudios.
Ratzinger prepondera las limitaciones del método
histórico-crítico y advierte que él, Joseph Ratzinger, se
propone ir "más allá que Schnackenburg" (p.13) que,
supuestamente está limitado por su sujeción a los estudios
histórico-críticos. El teólogo se propone sobrepasar al exegeta
–y en él a los exegetas en general (p.22) [[Schnackenburg es el
único exegeta con el que discurre en el prólogo, y le dedica
nada menos que dos páginas desde el inicio. Sorprende que no
dialogara más bien con exegetas católicos de más calado en la
cuestión de Jesucristo, como los 'colegas' Heinz Schürmann y
Anton Vögtle, a quienes ni siquiera menciona, por no aludir a
exegetas actuales del calibre de John Meier]]. Para eso nos
invita a ver a Jesús como personaje histórico, tomando los
evangelios como crónicas.
Es notorio que Ratzinger se detiene
ampliamente en consideraciones sobre la validez y la legitimidad
del método histórico crítico –que nos recuerda la conferencia de
1989 en Nueva York [["Biblical interpretation in crisis", Nueva
York 1989. (Trad. castellana en L. Sánchez N, ed., Escritura e
interpretación, Madrid 2003, cap. 1]]-. Lo considera
reduccionista, asociado con el nombre de Rudolf Bultmann y más
ampliamente con el racionalismo. Sin embargo… desde los años 80
estamos ya en la llamada "tercera búsqueda del Jesús histórico"
que es más bien constructivista y pone tierra firme bajo los
pies, pero Ratzinger parece desconocerla. Esta ha logrado un
mayor consenso entre los biblistas que antes en torno a la
figura de Jesús de Nazaret [Vea la síntesis hecha ya hace una
década por Ben Witherington, The Jesus Quest, Illinois 1995, y
por cierto la obra erudita de John Meier, Un judío marginal
(Estella)]]. Como sea, él quiere seguridades y certezas, fin de
discusiones y dudas. Sin embargo, es inevitable que en exégesis
--como en cualquier interpretación de documentos históricos, y
cuanto más viejos y con pocas o ningunas pruebas
complementarias--, se discuta más intensamente la historicidad y
haya discrepancias. Sucede en todos los ramos de la vida, no
solo con respecto a Jesús y los evangelios. Es el caso con la
historia del Perú. Pensemos en la historia de los Incas según
Gracilazo de la Vega en contraste con Guamán Poma de Ayala y
otros, y las críticas modernas (vea los estudios de María
Rostorovsky y de Franklin Pease, entre otros). No hay fin a las
incertidumbres y las discusiones mientras no se tengan pruebas
fehacientes y conclusivas de la época, sin mencionar las
interpretaciones de las mismas.
Ratzinger reconoce expresamente
que la exégesis histórico-crítica "es una dimensión
indispensable del trabajo exegético" (p.14.15). En eso es
enfático y reiterativo el documento de la Pontificia Comisión
Bíblica (PCB) de 1993 sobre "La interpretación de la Biblia en
la Iglesia", y él mismo lo repite. Es fundamental el hecho
histórico acaecido (facticidad). Pero, de inmediato saca a
relucir objeciones: el método es limitado porque, (1) como tal,
se circunscribe –y esa es su finalidad- a poner de relieve el
acontecimiento del pasado, y allí debe dejarlo, sin relacionarlo
con la actualidad (p.15). (2) En cuanto a las palabras, las
considera como humanas, y como método histórico no puede ver el
sentido trascendental de esas palabras (p.15s). Es limitado
también por cuanto, (3) se circunscribe al estudio de libros
aislados, pero no todos en conjunto como 'Biblia' (p.16). En
otras palabras, es un método necesario, pero se limita a poner
de relieve los datos del pasado, y la historia del texto y de
sus contenidos. Y sus resultados son hipotéticos, pues no es
posible traer el pasado al presente. Todo eso es cierto, pero no
por eso es ilegítimo ni incapaz de darnos datos seguros. De
hecho, hay mucho que tenemos prácticamente como seguro sobre la
vida de Jesús, como para poder hacer un perfil [[Vea a modo de
referencia las presentaciones de Jesús por E.P. Sanders, N.T.
Wright, J.D.G. Dunn, K. Berger, G. Theissen, P. Grelot, además
de J. Meier, que representan al grueso de los biblistas
neotestamentarios, y coinciden en lo sustancial. A modo de
síntesis: O. Betz, Was wissen wir von Jesus? Wuppertal 1999, y
L.E. Keck, Who is Jesus? Columbia 2000]].
No podremos hacer un cuadro seguro de Jesús, pero sí un perfil,
y eso ya es bastante. Por otro lado, es cierto el dictum de
Albert Schweitzer, observado también por Ratzinger, que el Jesús
que nos han estado presentando no es otro que una proyección de
la idea del presentador; eso se ha dado también en las vidas
escritas por Karl Adam, Romano Guardini, y otros que el autor
venera: un revolucionario presenta a un Jesús revolucionario, un
moralista a un Jesús moralista, y un teólogo a un Jesús maestro
de doctrinas. El método histórico-crítico, aplicado a cualquier
texto histórico, es un camino científico, el mejor que
conocemos, para conocer lo más que se pueda de Jesús de Nazaret
de los años 30, aunque es aproximativo y provisorio. Esto sucede
en todas las ciencias, como nos recuerda Karl Popper.
Desde hace
décadas los exegetas estamos conscientes de esas y otras
limitaciones del estudio histórico-crítico, y estudiamos
nuestras fuentes con más información y desde otros enfoques
complementarios, muchos de ellos destacados positivamente en el
documento de 1993 de la PCB. Tenemos más confianza en el
conocimiento adquirido sobre Jesús de Nazaret, y nos centramos
más en su importancia como persona y maestro para la vida. Pero
insistimos, en sintonía con los documentos del Magisterio, que
es indispensable tomar en serio el factor histórico, base para
cualquier disquisición posterior.
La larga exposición del método
histórico-crítico que hace Ratzinger no obedece a ningún otro
propósito que el de explicar porqué irá "más allá", o "detrás"
en su lectura e interpretación de los evangelios. Si admite los
resultados firmes [[Estos han sido expuestos en muchas
ocasiones, no por último fundamentados por los casi exhaustivos
estudios de John P. Meier, Un judío marginal, que Ratzinger
menciona en la bibliografía pero nunca cita en la obra (cf.
índice de nombres)]].de los estudios histórico-críticos es algo
que habrá que determinar leyendo el libro mismo .
La exégesis canónica
Ratzinger concede particular importancia a la llamada 'exégesis
canónica', la lectura de textos dentro del contexto de todos los
escritos canónicos, es decir la Biblia como unidad. Esto le
permite una lectura en clave más bien teológica. No es pues una
lectura histórica; es, como dice, una 'exégesis teológica'
(p.17), similar a la que se practicaba en la Iglesia primitiva,
que indudablemente es válida –pero, ¿es siempre legítima? En
efecto, esa se presta a una lectura eisegética, es decir a leer
en el texto sentidos que en sí no tiene y hacer afirmaciones
historizantes, al proyectar sentidos externos hacia el texto –p.
ej. sobre la conciencia mesiánica o divina de Jesús [[De aquí la
importancia de conocer en la medida de lo posible tanto las
ipsissima verba e ipsissima facta, y el contexto
religioso-cultural. Me permito remitir a mi tesis doctoral que
centra precisamente en ese tema, The Elthon-Sayings in the
Synoptic Tradition, Friburgo-Gotinga 1976]]
. Se aproxima
sigilosamente a la lectura fundamentalista, en nombre del dogma
de la inspiración divina, que desencarna los textos por provenir
de una suerte de dictado divino, que por lo tanto los inmuniza
de la necesidad de una lectura contextualizada y un
reconocimiento de sus limitaciones conceptuales. ¿Cuánto de los
hechos históricos de la vida de Jesús, por ejemplo, sabía
Marcos, que no fue discípulo de primera hora? ¿Cómo podía
determinar si los relatos que llegaron a su conocimiento
correspondían a hechos fácticos pasados o eran más bien relatos
acerca de Jesús (más seriamente con respecto a los dichos en
boca de Jesús), eso si no fueron inclusive proyecciones piadosas
con fines catequéticos o afines (p. ej. la maldición de la
higuera, o la caminata sobre las aguas)? Que Ratzinger está
consciente de ese riesgo se desvela en su afirmación "Espero que
al lector le quede claro que este libro no ha sido escrito
contra la exégesis moderna, sino con gran gratitud por lo mucho
que nos ha obsequiado…" (p.22).
Ahora bien, una cosa es la
exégesis histórico-crítica que va tras los bruta facta, es decir
que se orienta al origen de los textos y los posibles hechos
subyacentes, y otra es la exégesis que parte del texto final tal
como lo hemos heredado para la reflexión teológica. Pero, cuando
se trata de hablar de Jesús de Nazaret, en su historicidad
pretérita, es cuestionable la legitimidad del recurso a la
exégesis canónica pues esta se basa en las interpretaciones
teológicas posteriores, no en los datos per se. En teología es
legítimo hacerlo; de hecho, se puede hablar de una teología
bíblica y se han publicado algunas, aunque con justa razón cada
vez más son los que resaltan que tal empresa solo es posible
'aplanando los textos', pues la Biblia contiene muchas y muy
variadas teologías (la de Pablo no es asimilable a la de Marcos,
ni la de Marcos a la de Juan, p. ej., sin mencionar al Antiguo
testamento en contraste con el Nuevo) [[Cf. J. Barr, The Concept
of Biblical Theology, Londres 1999; H. Räisanen,
Neutestamentliche Theologie?, Stuttgart 2000; H.T.C. Sun, ed.,
Problems in Biblical Theology, Grand Rapids 1997; H. Hübner,
Biblische Theologie des Neuen Testaments, Gotinga 1990; T.
Söding, Einheit der Heiligen Schrift? Zur Theologie des
biblischen Kanons, Friburgo/Br. 2005]].
. El principio al que se
suele recurrir para justificar una teología bíblica in toto es
que se trata de la palabra inspirada de Dios, del mismo y único
Dios (o su Espíritu), por tanto constituye un todo indivisible.
Es el sentido de DV 12, tan frecuentemente citado: " la Sagrada
Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu
con que se escribió", frase ambigua que se ha prestado a
múltiples posibles comprensiones. La riqueza de la Biblia está,
entre otros, precisamente en su pluralidad teológica, y el
desarrollo que atestigua y es observable en las múltiples
relecturas, como bien menciona Ratzinger (p.17).
El Jesús que se
intuye del prólogo que Ratzinger presenta y se observa en sus
primeras páginas, es aquel visto desde una lectura teológica, no
tanto bíblica, sino más bien post-bíblica. Es estrictamente una
Cristología, o más precisamente, una Teología. Como bien dice el
autor, eso supone partir de una "decisión de fe"
(Glaubensentscheid, p.18), a partir de la cual lee la Biblia.
Ratzinger afirma respetar los datos de la exégesis
histórico-crítica. Sin embargo, uno puede preguntarse si tiene
algún sentido preocuparse de la exégesis histórico-crítica si al
final de cuentas la lectura será más bien teológica con miras a
presentar una cristología –por eso dará peso a la patrística y
la teología posterior. En qué medida toma en cuenta los
resultados consensuados de la exégesis histórico-crítica, es
algo que habrá que ver en la lectura del texto mismo.
La cuestión lingüística
Es notorio que Ratzinger se detiene en la cuestión lingüística
(que era fundamental en la exégesis clásica) –pero no en la
dimensión narrativa o la comunicativa-. Nos recuerda que el
sentido original de las palabras no siempre corresponde al que
le vemos o damos hoy. En consonancia con no pocos lingüistas y
hermeneutas, afirma que hay un "más (surplus, dice Ricoeur)" en
toda palabra que su emisor originalmente no podía prever.
Cierto. Pero es igualmente cierto que los textos bíblicos
–claramente en las cartas- fueron escritos con sentidos que sus
destinatarios originales (para los cuales Dios inspiró al autor)
podían comprender, pues era su léxico, y por tanto aplicaban a
su mundo cultural. Decir que esas palabras hoy pueden tener un
sentido "adicional o más profundo" no previsto por el autor, y
que ése es válido para hoy, es abrir el abanico a cualquier
interpretación, hasta deslizarse en la 'libre interpretación',
aun basada en la historia de la tradición. Yo matizaría que no
son las palabras, sino los conceptos y las apreciaciones que
"fueron madurando en el proceso de la historia de la fe" (p.18).
De lo contrario se corre el peligro de la eisegesis (proyectarle
sentidos a las palabras que originalmente no tenían) y del
acomodo a pre-conceptos [[Esto me recuerda el primer curso en
exégesis que seguí de novato, con el ya venerable Prof. Ceslas
Spicq, que se basaba fundamentalmente en la lexicografía, como
era tradicional antaño. Entre tanto ha pasado mucha agua bajo el
puente y vemos las cosas enriquecidos con estudios de las
ciencias lingüísticas, entre otros. El otro extremo es afirmar
que el texto habla por sí mismo, independientemente de la
intencionalidad del autor y el sentido original de las palabras,
es decir es "abierto" (Ricoeur, Gadamer). Incuestionable, pero
eso se presta a la descontrolada subjetividad y acomodación (cf.
E. Hirsch, The Validity of Interpretation, además de la exégesis
histórico-crítica)]].
Aquí entra en juego el concepto de
inspiración que maneja Ratzinger, que es el tradicional textual
(p.19). Es así que menciona los famosos medievales "cuatro
sentidos de la Escritura" (literal, analógico, moral y
anagógico). En el fondo se conjuga un determinado concepto de la
Biblia misma, de su origen, su naturaleza, sus alcances y sus
limitaciones, que no corresponde exactamente al que la exégesis
crítica nos ha obligado a ir refinando y corrigiendo.
A
propósito de la dimensión lingüística, sorprende que Ratzinger
no diga nada sobre consideración tan importante como es la de
las formas y los géneros literarios. Esto constituyó una de las
exigencias centrales planteadas inclusive desde el Magisterio
para la correcta comprensión de la Biblia, con la encíclica
"Divino afflante Spiritu" de Pío XII y retomado en la Dei Verbum
(n.12; IBI I.A). Este aspecto es esencial en cualquier estudio o
discusión sobre el Jesús de la historia a partir de los
evangelios. ¿Son los relatos de las tres tentaciones y la
transfiguración reportajes históricos (caps. 2, 9)? A esto
podemos añadir que tampoco dice una palabra sobre "la cuestión
sinóptica (Mc, Mt-Lc)", es decir la relación entre los
evangelios, además de su diferencia con respecto al cuarto
evangelio (Jn), que son las fuentes fundamentales sobre Jesús de
Nazaret [[El de Marcos es el más antiguo que poseemos, y sirvió
de base para la redacción de Mateo y Lucas. Juan por su parte es
una obra eminentemente teológica, a diferencia de los otros que
son más bien cristológicos y quieren afirmar las bases
históricas de la vida de Jesús de Nazaret]].
Tiene razón
Ratzinger en resaltar que los textos bíblicos no son simplemente
literatura. Pero, no dejan de serlo también y esa es su puerta
de entrada; sagrada, inspirada, sí, pero literatura, aunque
provenga de "tres sujetos conjuntamente activos" (el escritor,
el pueblo de Dios, Dios) (p.19s). También resalta certeramente
que hay una interacción entre la Escritura y el pueblo de Dios:
por un lado la Escritura es norma y fuerza orientadora para el
pueblo, y por otro lado vive en el pueblo, de modo que el sujeto
último es el pueblo de Dios.
Una tensión latente
Visto el conjunto, detrás de este extenso prólogo dedicado
primordialmente a justificar su enfoque desde la exégesis
"canónica" o más bien teológica, se siente una suerte de tensión
o incomodidad de Ratzinger con la exégesis histórico-crítica que
no puede obviar pero que por sí no avala –ni puede avalar, por
su propia naturaleza- una lectura "post-histórico-crítica" que
se refugie en la "exégesis canónica".
Después de todo, al margen
de los consensos sobre el Jesús histórico que se van
desprendiendo de los estudios histórico-críticos, Ratzinger
confiesa: "confío en los evangelios", lo que equivale a que para
él "el Jesús de los evangelios es el Jesús real (wirklichen), el
'Jesús histórico (historischen)' en el auténtico sentido (de la
palabra)" (p.20). 'Histórico' no se reduce a aquel tal como fue
percibido por la gente de su tiempo en los años 30, sino que es
aquel cuya relevancia y esencia fue comprendida después de
Pascua –que, en efecto, es aquel presentado por los
evangelistas, que no pretendieron escribir biografías; no el
Jesús de Nazaret sino ése como el Cristo de Dios. Lo que
significa que Ratzinger nos presenta SU cristología de las
cristologías de los evangelios y la tradición posterior,
entretejida con su visión teológica personal. Eso no solo es
legítimo, sino que puede bien ser fructífero, como él mismo
espera, para entrar en la comunión con Dios vía la apreciación
de Jesucristo. Si todos sus lectores estén de acuerdo en todo
con sus apreciaciones es otro cantar, y él lo sabe. Pero lo
cierto es que él está "convencido… que esta figura es mucho más
lógica y también, desde el punto de vista histórico, más
comprensible que las reconstrucciones con las cuales nos hemos
visto confrontados en las últimas décadas" (p.20s)[[ Me imagino
que las "reconstrucciones de las últimas décadas" a las que se
refiere sean las presentaciones de Jesús hechas por exegetas que
se basan en el estudio histórico-crítico de las fuentes.
"Reconstrucciones" se pueden hacer solamente con datos firmes, o
sea provenientes de un estudio histórico crítico! Esta frase
revela que lamentablemente Ratzinger no parece estar al tanto de
las Cristologías sólidamente fundamentadas en la exégesis en
"las últimas décadas" que, matiz más o matiz menos, coinciden
entre sí en su presentación de Jesús de Nazaret –por cierto hay
radicales, agnósticos y desconstruccionistas en el gremio, pero
no son las voces dominantes ni se puede generalizar como si no
hubiera presentaciones de Jesús válidas y valiosas, justamente
como las de Schnackenburg, Gnilka, Thüssing, Merklein, Meier,
por mencionar católicos, entre muchos]].
La tensión con la
exégesis crítica que mencionaba líneas arriba se ve reflejada en
esa frase, con la que no me extrañaría que más de uno
discrepará. Me temo que hay una confusión de enfoques, cada uno
válido dentro de su esfera: el estudio histórico-crítico que
busca desempolvar y presentar al Jesús de Nazaret cuya vida
concluyó en la cruz, y el estudio teológico que presenta al
Cristo de la fe cristiana, que por cierto es aquella del NT y de
nuestra fe. La tensión inconsciente del autor es más evidente
cuando al final aclara que "este libro no ha sido escrito contra
la exégesis moderna" (p.22)[[ Casar exégesis crítica y teología
dogmática es un ideal, pero difícil. La tensión no ha cesado,
pues es cuestión de prioridades y de escucha. Aunque la Dei
Verbum afirma que "la Escritura es el alma de la teología", la
cuestión es la comprensión de la Escritura por parte del
teólogo. Vea ya el artículo de K. Rahner "Exégesis y dogmática"
en Idem. Estudios teológicos (original 1962), y la reciente
colección de ponencias del encuentro sobre el tema en Colonia
2003: U. Busse (ed.), Die Bedeutung der Exegese für Theologie
und Kirche, Friburgo/Br 2005 (QD 215)]].
Jesús histórico divino
El título del libro es simple y claro: Jesús de Nazaret. No
"Jesucristo". No "Cristo nuestro hermano" (K. Adam), ni "El
Señor" (R. Guardini). El énfasis está expresamente en el
personaje histórico, o al menos así lo pretende el autor. De
hecho, no deja de ser notorio que Ratzinger empiece por la
figura y el mensaje de Jesús durante su misión pública. El mismo
dice que sentía que, desconocedor del tiempo que Dios todavía le
conceda, esta parte era más urgente para así "ayudar a que pueda
crecer la relación viviente con él" (p.23). Y tiene razón en
poner por delante la figura de Jesús de Nazaret, el hijo de
María, por su anclaje histórico y su cercanía a los hombres
–como antaño- en lugar de centrarse en la Segunda persona en
comunión trinitaria. En el fondo está latente su confianza en
que esa "relación viviente con él", Jesús de Nazaret, nos haga
comprender que ser cristiano es ser su discípulo [[Ese fue el
tema que impuso en la reciente reunión de obispos
latinoamericanos en Aparecida (Brasil): "Discípulos y misioneros
de Jesucristo".. De hecho, le dedica un capítulo a los
discípulos (cap. 6)]].
La preocupación que Ratzinger deja
entrever en su prólogo es más con la figura de Jesús que con su
mensaje, en particular su relación con Dios. Quiere poner de
relieve que a Jesús no se le puede entender si no es a partir
del reconocimiento de su relación con Dios; él es uno con el
Padre: "Este es el punto en base al cual he construido este mi
libro: Ve a Jesús desde su comunión con el Padre, que es el
verdadero centro de su personalidad, sin la cual nada se puede
entender y desde la cual se hace presente también para nosotros
hoy" (p.12). Es una lectura teológica, más que cristológica, que
lee a Jesús desde la fe postpascual, más concretamente desde la
dogmática conciliar. Estamos advertidos: la Cristología de
Ratzinger es descendente –la divinidad se hace humana-, mientras
que la de Schnackenburg, como la de todo exegeta crítico, es
primordialmente ascendente –en la humanidad de Jesús, expuesta
en los evangelios, se descubre la divinidad. Es un hecho
evidente a través de sus múltiples publicaciones y entrevistas,
que la figura de Jesús de Nazaret lo ha acompañado siempre, pero
también es un hecho que siempre lo ha visto con una aureola, con
un reflejo divino, no como lo vieron sus discípulos al caminar
con él (Schillebeeckx), más como el "hijo de Dios" que como el
"hijo del hombre (humano)" –que es, además, en quien los
cristianos creemos, pues sino nos quedamos en el pasado
histórico de los años galileos del 30.
El autor anticipa que se
esmera en presentar lo que califica como "una figura
históricamente significativa y coherente" (p.21), frente a la
creciente incredulidad en la divinidad de Jesús . No le falta
razón en querer destacar que el conocimiento de Jesús no puede
reducirse a una pila de bruta facta, de datos fríos, sino que
debe incluir la apreciación de su persona en su profundidad y en
su trascendencia, que en este caso es inseparable de su relación
con Dios, y que es esto lo que lo hace único y excepcional. Este
quiere su aporte, y en esta dimensión por cierto no podemos
menos que agradecerle, sabedores de que viene de su reflexión,
su vivencia y su oración. El suyo es un Jesús viviente y
"significativo". Por eso, es un aporte muy valioso para la
apreciación y la fe en Jesucristo [[Esta preocupación ya la hizo
pública en su documento "Dominus Jesus". La "coherencia" que
invoca es cuestionable; sino no habría quaestionis disputatae
hasta el día de hoy]].
La confesión de Jesús como divino -pregunta que el mismo
Ratzinger plantea al final del prólogo y que le inquieta-, se
debe a la apreciación de sus discípulos, a sus convicciones.
Aquí entra en juego la cuestión epistemológica por un lado, y la
de la fe por el otro; lo que se puede conocer con certeza y lo
que se cree con convicción. En el fondo están, el viejo problema
de la mitologización y desmitización, y el de los pre-conceptos
y las pre-convicciones con las que se lee e interpretan textos y
personajes. Como sea, al final de cuentas la confesión es una
cuestión de fe, que ciertamente sobrepasa los límites de los
métodos históricos, como Ratzinger claramente ha subrayado [[Vea
sin embargo los minuciosos estudios del exegeta Larry Hurtado,
Lord Jesus Christ. Devotion to Jesus in Earliest Christianity
(Grand Rapids 2003), y How on Earth Did Jesus Become a God?
Historical Questions about Earliest Devotion to Jesus (Grand
Rapids 2005).. Pero, no deja de ser una seria tentación la de
proyectar relatos y dichos que son productos de la fe
post-pascual al Jesús pre-pascual o, dicho en otras palabras, el
peligro de historizar lo no-histórico (no fáctico), p. ej. los
relatos de las tres tentaciones de Jesús (cap. 2) o la
transfiguración (cap. 9), y en base a ellas hacer afirmaciones
dogmáticas [[Sobre todo esto vea la n. 10, y la primera parte
del vol. I del estudio de John Meier, Un judío marginal
(Estella), donde discute cuidadosamente la diferencia entre
"histórico" y "real" y su importancia. La exégesis alemana
distinguía entre Historie (bruta facta) y Geschichte
(narración).]]
. La "realidad" post-pascual, como bien resalta
Ratzinger, no puede ser objeto de estudio histórico-crítico
porque, las respuestas a las preguntas cruciales que se hagan
sobre esa "realidad", no son controlables ni certificables
"científicamente" por pertenecer a otro nivel que el meramente
cognitivo: el de la fe. Y la fe no es objetiva, sino subjetiva:
es propia del creyente –nadie puede creer por mí. Y volvemos al
núcleo del pensamiento teológico dominante en Ratzinger: "solo
desde el misterio de Dios se le podía comprender" a Jesús como
divino, y no como un producto de la "creatividad" de las
comunidades (p.21, énfasis mío). Tiene razón Ratzinger en
destacar que, en última instancia, el relevante no es el Jesús
pre-pascual de la historia-crítica, sino el de la fe, el que nos
interpela y guía, y en quien nos confiamos. Por eso ciertamente
es loable su esfuerzo por demostrar la unidad que la exégesis
crítica liberal había separado: el Jesús de la historia y el
Cristo de la fe son una y la misma persona. Por eso se entiende
que ponga el acento más en el aspecto de la fe, que había sido
devaluado, que en el de la historia.
Esquema y estructura.
Como ya mencioné, es notorio que Ratzinger le dedica su atención
primero al Jesús de la misión pública, no el de la infancia ni
el de la 'semana santa'. En eso sigue la estructura de Marcos,
aunque intercala bloques de los otros evangelios, primero de
Mt-Lc (bienaventuranzas y oración), y luego las metáforas
juánicas. Confieso que, aunque no lo he leído, viendo la tabla
de contenidos, no me queda claro qué criterios ha utilizado para
seleccionar los pasajes que ha tomado, y para omitir otros
muchos: las múltiples controversias con las autoridades judías
en torno a la Ley, los milagros, las parábolas no-lucanas, las
cenas, etc. Por lo menos queda claro que lo que se perfila hasta
aquí (habrá que esperar el segundo tomo) es una idea parcial,
basada en una selección de pasajes de los evangelios, y esa,
como toda selección, no creo que se casual. Una vez más, habrá
que leer el libro.
El Contenido
Aquí me detengo. No he leído aún toda su presentación de Jesús.
Y he leído someramente algunas recensiones, pero quiero formarme
mi propia idea y seguir su pedido de no juzgarlo sin haberlo
leído antes. Lo único que debo anticipar es que, para evaluar
válidamente una obra como esta es necesario estar
suficientemente bien formado o al menos informado en materia de
exégesis bíblica, en particular del Nuevo Testamento, pues es
una obra basada en la lectura que Ratzinger hace del Nuevo
Testamento. Tan cierto es esto que le ha dedicado largos
párrafos precisamente al estudio exegético histórico-crítico, y
hace referencias al documento de la PCB de 1993, comisión de la
que entonces era presidente. Viendo la bibliografía, y tras una
mirada rápida aleatoria al contenido, Ratzinger hace frecuentes
menciones de la exégesis y destaca nombres de conocidos
exegetas. Eso, por cierto, no garantiza su comprensión.
En
resumen, esta obra es la lectura de Joseph Ratzinger de los
evangelios, con sus conocimientos bíblicos y con sus
preconceptos teológicos. No basta con saber de teología en sí.
Toda teología, como lo recalca la Dei Verbum y otros documentos
después, debe tener como sustento la Escritura: la Escritura es
"el alma de la teología", se ha repetido (DV 24; IBI III.C.2).
Por eso tendrán mucho peso las recensiones hechas por biblistas,
tanto o más que aquellas hechas por teólogos. Entre las que he
visto se cubre toda la gama, desde las aduladoras que se dedican
a cacarear viejos eslóganes y automáticamente echan incienso a
la figura del Papa, sin dar muestras de tener criterios críticos
sobre los contenidos, hasta las descalificaciones descarnadas
por venir de Ratzinger, pasando por la acribia de algunos
respetables exegetas y teólogos.
Es de agradecer al Papa Ratzinger que haya dedicado tantas
páginas en su prólogo a aclararnos su particular enfoque y
método (p.20). Así estamos advertidos sobre el alcance y la
profundidad, pero también los límites de su libro –límites que
se observan ya en la tabla de contenidos que presenta una
selección de facetas, no un todo de la vida pública de Jesús.
Sabemos qué esperar, y también qué no esperar. Lo que tenemos es
la figura de Jesús tal como la entiende Joseph Ratzinger. Es su
Jesús personal de su Cristología, que ocupará su lugar junto con
las cristologías de eminentes teólogos y conocedores de la
exégesis bíblica como K. Rahner, E. Schillebeeckx, W. Kasper,
J.I. González Faus, J. Moingt, Ch. Duquoc, P. Hünermann, y
muchos más, con el matiz que, a decir del prólogo, la suya no se
presenta como dogmática sino kerigmática.
Estamos pues invitados
a leer y dialogar con la visión y apreciación de Jesús de
Nazaret por un profundo creyente, eminente teólogo y preocupado
pastor, nadie menos que el Papa Ratzinger. ¡Un Papa que lee
asiduamente la Biblia y le da su sitial de honor! Desde su amor
por Jesucristo nos invita confiadamente a dejarnos seducir por
ese Jesús, el "histórico".
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