Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, septiembre de
2007
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Teresa de
Liseux
Leonardo Defilippis y Luke films
nos han traído a la pantalla un filme diferente.
José Vilasuso
Therese, la monja carmelita cuyo proceso de canonización en
tiempos de Pío XII se anticipó en cincuenta años. El tema ha
sido enfocado con no menor maestría por la cinematografia
francesa que por ser la original se supone mejor lograda. Es el
eterno empuje del conocimiento del patio.
Sin que haya sido así esta vez. En este filme Defilippis obtiene
efectos conmovedores y destella un arte moderno que pone al día
una historia que hasta el presente disfrutamos a la usanza del
pasado siglo. Pero nuestro milenio ha cambiado esquemas y hasta
la flor de la santidad se contempla con anchura de miras,
esquinazos y pinceladas jocosas. No es que la inocencia y el
candor hayan cedido terreno a la grosería y desfachatez. Es que
somos más maduros y a su amparo adaptamos y acojinamos ciertas
cosas que antes no se nos ocurrían; al menos a unos cuantos.
La bondad más refinada exige un cociente mínimo de raciocinio
para no confundirse con la mera inocentada. La austeridad de
vida es alegre por venir de Dios; (si nuestros queridos
descubridores, hollywoodsenses del ateísmo a su moda, describen
a Dios como un señor gruñón con un bate en la mano es cuestión
de su influencia deportiva, nada tiene que ver la teología.) No
pasa de ahí el problema.
En cambio el papel de Teresita de Liseux interpretado por
Lindsey Younce rebosa unas gracias que se desprenden del texto
mismo en que se basan su biografia de mayor acierto escrita por
Maxense Van Der Meer, y La Historia de un Alma, plasmado por la
autora, ambas contienen una picardía sublime que explica la
superioridad intelectual que acompaña y redondea la santidad.
Santo, entre otras cosas, es una personalidad que ve más allá,
descuella y por eso pocos la entienden. La hermana Agustina,
(Samantha Kramer) su rival de oficio, como buena burócrata (no
sólo en las universidades abunda la especie) zahiere, y maltrata
a la pequeña porque intuye el efecto chocante de su altura y
calidad humana. Problema de contraste entre personalidades.
Agustina actúa a la defensiva; hay que parar a la santa. Ella la
percibe como algo elevado aun antes que la otra capte su
estupidez. Es que a veces el mal se anticipa a la acción de lo
opuesto. Este contraste no es material de estreno; pero antes
que Teresita Martin descubra la pobreza espiritual de su rival,
ya ésta estaba actuando. Pero Teresita es incapaz de reciprocar
a las bajezas a que tan prolijos personajes nos tienen
acostumbrados; ella es humilde por antonomasia y tras la
humillación formal, deja escapar la sonrisa que le provoca el
raspapolvos de una mediocre, el desahogo de la frustración. El
santo sale moralmente crecido luego de cada asechanza de polo
negativo. El mundo actual está gobernado por mediocres y los
frustrados resultan campeones. Por eso la hermana Agustina tarda
en descubrir la hermosura que encierra la expresión sutil de la
santita. Le cuesta trabajo penetrar la exquisitez de la
hermanita. Los santos son excepcionales tanto en la Edad Media y
el siglo XIX como hoy. Las fragancias de sus rosas escapan entre
las manos de Agustina, quien no se pone a tiro por mil razones;
carece de sensibilidad y de afinamiento para agarrar los efectos
contradictorios de su ego en la colega, su víctima directa, y la
novicia más joven de la comunidad. Todo porque la jerarquía
suele reforzar la podredumbre del ama canija. El poder hace a
las almas de madera mala, peores.
El coloquio con Agustina intercala dureza, repulsión y esbozo de
hipocresía; frente a un alma única que crece al asimilar la
torpeza que todo aquello le arroja al rostro dulce, abierto y
comprensivo. Lección para la vida sí, pero sólo para vidas con
deseos de elevarse a Dios y pasar por alto las miserias que nos
acogotan pretendiendo troncharnos la existencia. Cualquiera
tiene una Agustina atravesada en su camino y diario vivir. Y
Dios en su profunda sabiduría tal vez permite descargas
sicológicas tales, porque sabe el efecto maravilloso que
revertirán en almas como Teresita y al final ¿por qué no? En la
misma Agustina y sus no pocas colegas que por conventos y las
calles trotan. Reafirmamos pues que la virtud se nutre - entre
otras cosas - por el acoso de la perversidad. Dios extrae
beneficios del pecado. Aprovecha las secuelas de la obcecación,
los golpes de la ira; sabe que repercutirán en todo lo
contrario, cuando de caracteres y estirpe gloriosa se trata. Es
la conversión de los actos humanos según a quienes vayan
dirigidos. El poder invencible del espíritu ante el espesor de
la materia.
En este personaje subyuga la idea de una vida universal
tronchada a los veinticuatro años por la tuberculosis. Cuán poco
pudo aprender sobre el mundo y los hombres en tan corta
residencia terrena; cualquiera se puede interrogar con absoluta
justeza. Pero no fue así; tan escasos años vividos con
intensidad tal apostaron a la sustancia y bemoles de un ser
humano privilegiado. Veinticuatro años no son nada para
nosotros; pero en la dimensión divina pueden ser suficientes
para madurar una personalidad. El Señor lo tiene todo presente y
sabe exprimir el tiempo. Es que en este caso había madera y la
esencia de su sobreabundancia enquició en la virtud. Cuando se
emprende la aventura de la virtud, Dios regala el ciento por
uno. Además funciona el factor intensidad, es decir las cosas
pueden ser fabulosas, el héroe se crece en un instante cumbre.
Vivimos para ese día, nos dice Charlie Rodríguez en referencia
al día de la Resurrección. En ese pedestal se tallan no escasas
claves del misterio terreno. Ese día, ese momento, esa acción,
ese encuentro. Claves nada fáciles de descifrar pues la ley de
gravedad del planeta nos sustrae a la llamada de las voces
celestiales. Las voces celestiales llaman a los que les prestan
atención. No todos saben prestar atención a las voces
celestiales. Problema de sintonía no más.
Teresita palpa los efectos de brutales inclinaciones de las que
nadie está exento. Su percepción del pecado y la virtud asoman
desde muy pequeña. En la escuela sus compañeras de clase no la
resisten, pero ella no menos pudo convivir con la vulgaridad del
aula; prefiriendo que su hermana Celina (Jen Nikolaisen) fuese
la tutora. Abría así por propia iniciativa el autodidactismo que
la llevaría a Doctora de la Iglesia título que son raros quienes
lo ostentan.
Los carismas, singularidad y grandeza de su misión terrena
llevan al santo hasta metas como El Carmelo, a donde la
precedieron varias de sus hermanas. Ella las vio partir y
adivinaba que les seguiría los pasos; en su momento; no antes ni
después. Partieron para encerrarse de por vida entre aquellas
cuatro paredes, y de allí para el Cielo.
Dios es ocurrente, después de todo. Personaje único y con planes
simples por lo complicados para nuestros sentidos a veces
obtusos. Teresita deseaba salvar el alma de un famoso asesino
condenado al patíbulo, Henry Pranzini, Francia padece desde la
Edad Media el horror de la pena capital. Qué podría hacer por
él. Tan sencilla como profunda es la respuesta, orar.
El poder de la oración no se compara con una ni con mil
divisiones blindadas. Es tan infinitamente superior porque entra
a la economía divina y se integra a lo sobrenatural. Si nuestro
poder espiritual concatena con Dios, la respuesta puede ser
milagrosa. Teresita oró intensa y confiadamente al Señor por el
reo. Pidió una señal de que sus preces eran atendidas. Y en
efecto, en las noticias de la ejecución, una nota confirmaba su
previo arrepentimiento y reconciliación expresados en el beso al
crucifijo e intercambio con el sacerdote. Al enterarse, ella
exclama: “es mi primer hijo”.
La anécdota prefigura lo que ha sido su vida. Un amor eterno a
Dios y al ser humano, a sus hermanos de la tierra, a nosotros.
Testimonio perenne de fe. Al morir con en plena juventud
apresuró su subida al Monte Carmelo y en su testamento dejó la
promesa de pasar su Cielo hacienda el bien por la tierra. Lo que
explica sus millones de devotos y admiradores crecientes en los
cinco continentes.
Leonardo Defilippis llena un cometido de actualización a la
imagen tierna, suave, graciosa de Teresita. Dado que un buen
filme no responde a la naturaleza de su libreto; sino a cómo
lograrlo. La variedad que parte de exteriores y jardines con los
niños columpiándose y en desborde en costumbres de la época; la
cena, ambiente sobrio y sólida unión familiar, visita a Roma
como intervalo complementario por tratarse de un género harto
difícil de convencer para un público exigente. Y por fin su
entrada al convento de Lisieux, la antesala de la Morada Eterna
en que hoy se solaza, nos contempla y alienta.
Pese al metraje de su residencia conventual, el filme obtiene
saludables balances: claustro, patios interiores, vida
comunitaria, trabajos manuales, jocosidad, breve liturgia, y los
coros carmelitas alrededor de la santa que aureolan el regocijo
del Altísimo.
Lynsey Younce conversa al catolicismo tras la filmación,
desplaza versatilidad personal y variedad de actitudes acordes a
las secuencias del personaje encarnado. El vestuario incluyendo
los hábitos religiosos, poco modulan la etapa entre los quince y
veinticuatro años. El rostro es el mismo, no rebrota el
maquillaje, excepto quizás a la hora póstuma. A todo pesar
convence, no hay baches, su expresividad natural se impone; lo
que transmite conlleva el resto. La ubicación de las cámaras,
ángulos visuales, y el realismo del director completan
secuencias y escenas que no se borran.
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