Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Julio de
2007
|
El
secreto mejor guardado de Dios
Una de las
inquietudes más prevalecientes en el ser humano tiene que ver
con su preocupación por el futuro. Todos estamos subyugados por
los misterios del mañana. De esta incertidumbre viven
despreocupadamente los agoreros, adivinos y astrólogos que
tratan de decirnos, con resultados gananciosos, lo que no saben
ellos ni de ellos mismos.
Los
predicadores de corte apocalíptico son también muy proclives a
señalar la fecha del fin del mundo. En esa empresa han perecido
muchos; pero a pesar de todo, los sucesores no escasean. Hace
algunas tardes oímos decir a un auto llamado profeta que Cuba
tenía que sufrir por 70 años el gobierno comunista que la
oprime, “a causa de los pecados de su pueblo”. Lo del número 70
trató de justificarlo aludiendo a los libros bíblicos de Daniel
y Apocalipsis.
En
relación con Cuba abundan los “futurólogos”, algunos de ellos,
por supuesto, con muy buena fe y muy nobles deseos. “El futuro
es un lugar cómodo para depositar nuestros sueños”, dijo en
cierta ocasión Anatole France, y tiene razón. Los que amamos a
la patria en que nacimos le asignamos, con toda la fuerza del
corazón, una gran parcela de nuestro interés en el futuro.
Alguien,
en un reciente discurso, afirmó que “el futuro de Cuba ya se ve,
con toda la gloria de la resurrección y todo el brillo de la
libertad”. Frase bien hecha, sobre todo cuando él que la
pronuncia, afirma ser un vocero de Dios. Yo soy de los que creen
que el secreto mejor guardado de Dios es el futuro, y es más,
creo que ese secreto es fundamental para garantizar la
integridad de la vida humana.
Ahora
bien, el que no tengamos acceso computarizado al conocimiento
del futuro patrio, no nos impide que hagamos planes,
construyamos proyectos y preparemos caminos. Yo veo el futuro de
Cuba como un reto lleno de alternativas y posibilidades; pero me
declaro incapaz de identificar nombres asociados a posiciones de
gobierno, ni de colocarle fechas límites al logro de la plenitud
de la conciencia del cubano. Mi tesis es que el futuro no está
hecho, sino que somos nosotros los llamados a hacerlo.
Hay
personas que anuncian la renovación económica de Cuba alcanzada
en un plazo de cinco años, hay los que vaticinan que sobre la
Isla se vaciarán los capitales y se producirá la más rápida y
eficiente reconstrucción física de la nación, y existen los que
afirman que los daños infligidos al pueblo se aliviarán con las
notas de la prosperidad. Estas generalidades son propias de los
que quieren dibujar un futuro pintado con el color de sus
sueños. Alguien dijo que “la idea del futuro es más fecunda que
el futuro mismo”.
Para mí el
problema básico del futuro de Cuba es el cubano. No creo que
podamos llevar a la Isla tácticas y técnicas nuevas para un
hombre que vive anclado en el pasado. Lo primero es renovar al
cubano, desintoxicarlo, rehacerlo en ideas, conceptos y valores,
y por encima de todo, inculcarle el valor de la fe y enseñarle
que el espíritu hay que reorientarlo hacia Dios.
Ha
existido por años la controversia resultante de comparar a los
cubanos de la Isla con los cubanos del destierro. El tema es
recurrente en periódicos y entrevistas radiales y televisivas,
pero el saldo carece de unanimidad. Están los que estiman que
las diferencias entre los compatriotas que han quedado en Cuba y
los exiliados en general es más cosmética que estructural; pero
hay otros que afirman que se trata de dos tipos de personas
totalmente distintas, no tan solo en la forma de hablar y
vestir, sino, lo que es más importante, en la manera de ser.
Es
interesante considerar la forma futura en que nos
relacionaríamos los cubanos de allá con los de acá, llegado el
momento del reencuentro. Anticipamos situaciones de hostilidad,
porque a pesar del romanticismo y del optimismo de los que
afirman que después de Castro automáticamente renacerá la Cuba
que hace medio siglo ha sido eclipsada, lo cierto es que la
distancia impuesta por el tiempo y las circunstancias
implantadas por el régimen comunista-facistoide no son
obstáculos fácilmente superables.
Readaptarnos al entorno imperante en Cuba es un reto que
solamente asumirán los valientes, los dedicados y los que no
temen al sacrificio. A la Patria habrá que ir sin la palabra de
condenación ni la actitud despectiva. Creemos que no solamente
hay que reprogramar a los que en la tierra inolvidable han
sufrido el golpe del martillo y la herida de la hoz, sino
también a los que en el exilio hemos tenido la mesa servida, la
bolsa llena y la libertad plena. Son dos “Cubas” y el puente del
reencuentro está a la mitad del camino que cada uno debe
recorrer.
He leído
varios programas que tienen que ver con la reconstrucción de
Cuba una vez que se logre su liberación. Los proyectos suelen
ser estupendos; pero carecen casi siempre de un énfasis que se
ha eludido: ¿cómo edificar torres nuevas asentándolas en
cimientos débiles? Para mí lo más importante es compartir con
los cubanos de allá un proceso intensivo de recuperación
cultural, moral y espiritual. Uno de los grandes fracasos del
comunismo ha sido su probada imposibilidad de construir lo que
han llamado “el hombre nuevo”, a no ser que la novedad tenga que
ver con la deformación. Los niños, los jóvenes, y aún los
adultos que se han forjado en Cuba, tienen percepciones de la
vida muy diferentes a las nuestras. No nos va a quedar otra
alternativa que la de reajustarnos.
En el
futuro de renovación para la Cuba del futuro, la iglesia y los
cristianos tienen un papel a su cargo de suma importancia. Los
arquitectos, que levanten edificios, y los maestros que los
conviertan en escuelas; los políticos que promuevan la
conciencia civil y los economistas que echen a rodar el dinero;
pero los cristianos, tanto clérigos como laicos, que misionen
para que la fe del pueblo se restaure, los valores morales se
reajusten y la esperanza en el mañana se vista de limpio. El
futuro de Cuba no está tan solo en levantar rascacielos, sino en
levantar la caída conciencia del ser humano
Sé que el
futuro es el secreto mejor guardado de Dios, y que en Sus manos
se refugian las inesperadas soluciones, las respuestas
necesarias y las transformaciones inevitables. Mi confianza en
el poder soberano de Dios y en su sabiduría perfecta me hace
anticipar la seguridad de que habrá luz, amor, paz y prosperidad
para la Cuba del cercano mañana; pero al mismo tiempo reconozco
que la materia prima para desarrollar todo esto somos nosotros,
los seres humanos.
Si no hay
cambio en la naturaleza humana, no habrá cambio en la sociedad a
la que aspiramos. Es urgente que desde ahora empecemos el camino
de la rectificación y del redescubrimiento. La Cuba del futuro
tiene que ser tierra de hermanos, no predio de enemigos; tiene
que ser amor, no odio; paz, y nunca más, guerra. En el logro de
ese futuro tenemos que empeñarnos los que estamos dispuesto a
reconocer que el lugar primero y la cima absoluta pertenecen a
Dios.
Escritor y
pastor presbiteriano cubano.
|