En La
Biblia se mencionan reiteradamente determinados números, los que
no se usan de manera casual, sino que la mayoría de ellos tiene
un significado específico, de profundo sentido espiritual.
Captar y
exponer el significado de los números que aparecen en La Biblia
es tarea que requiere la habilidad y el don de la
interpretación. Según los expertos en la materia los números
bíblicos hay que considerarlos en el marco de tres dimensiones:
cantidad, simbolismo y mensaje.
En
términos generales, en La Biblia las referencias a la cantidad
que los números representan no conllevan la idea de simbolismo
ni de significado ulterior. Consideremos, por ejemplo, la cita
de San Juan 11:18 en la que se habla de la distancia entre
Betania y Jerusalén. La cifra dada se usa en el mismo sentido en
que la usaríamos nosotros. Sucede lo mismo cuando se habla de
los años en que reinó el rey Josías (II Reyes 22:1). Los que
tienen la tendencia cabalística de asignarle significados
esotéricos a cada cifra mencionada en La Escritura deben
abstenerse de tal práctica, la que suele promover más
dificultades que las que pudiéramos suponer. No obstante, al
igual ayer que hoy, hay cantidades que impresionan, como es la
de afirmar que durante 40 años se ha mantenido la misma persona
en una función específica y especial de servicio.
En cuanto
al simbolismo, existen en efecto números bíblicos que conllevan
un significado que va más allá del valor cuantitativo de los
mismos. El número 1, por ejemplo, simboliza a Dios; el número 2
representa al hombre y el 3 simboliza la perfección o la
totalidad. Es el número de la Trinidad y las dimensiones del
tiempo (pasado, presente y futuro) lo que lo convierte, además
en la representación de la eternidad.
Pudiéramos
seguir mencionando otros números, pero no es el propósito de
este trabajo internarnos en el tema de la numerología bíblica,
algo que gustosamente haríamos en otra ocasión. Vayamos, pues,
al número 40 que mencionamos como título de este modesto
artículo.
Según la
página cibernética Buzón Católico, el número 40 representa “el
cambio” de un período a otro, los años de una generación. Por
eso el diluvio dura 40 días y 40 noches, pues es el cambio hacia
una nueva humanidad. Si aplicamos esta tesis a cada instancia en
la que se usa este número comprobaremos la asociación del mismo
a la idea de la transición de un período de prueba a uno de
victoria.
Para otros
estudiosos el 40 es el número con el que se alude a una etapa de
sacrificio, de auto examen, situaciones que finalmente conllevan
a la salida del tramo doloroso hacia el disfrute de una
experiencia de victoria. Veámoslo en Moisés: pasó 40 años en
Egipto, 40 con las ovejas de Jetro en el desierto y 40 en el
servicio a Dios. Todo este largo procesó culminó en el traslado
de la prueba a la conquista.
En tiempos
de Noé, el diluvio duró “cuarenta días y cuarenta noches”; pero
finalmente prevaleció la promesa del arcoiris. La desobediencia
de Jonás culminó en su obligada jornada de predicador,
profetizando que “de aquí a cuarenta días, Nínive será
destruida”. El mar profundo se convirtió en terreno fértil para
la proclamación del mensaje divino.
Jesús
estuvo 40 días en el desierto y tras la prueba vencida inició la
bendita labor de su ministerio, Después que las sombras de la
crucifixión se rindieron ante la luz de su resurrección, Jesús
pasó 40 días con sus discípulos, preparándolos para el camino a
seguir. Recordemos que 40 años después de su crucifixión sucedió
la caída de Jerusalén, símbolo de que las viejas estructuras
ceden frente a los planes del Reino verdadero de Dios.
Pero vamos
al día de hoy y actualicemos el significado bíblico del número
40. Este año se cumplen 4 décadas de la realización del sueño de
nuestro querido amigo y hermano, Monseñor Agustín A. Román: ¡la
erección de la famosa Ermita de la Caridad! Con este logro
descubrimos que la actividad profética de La Biblia sigue
prevaleciente.
La ermita
es símbolo del éxodo dirigido por Moisés. Por los terrenos de la
Ermita han transitado millares de seres humanos que buscaban
anhelantes el regalo de la tierra prometida. Así como en el
desierto la misericordia de Dios se hizo brújula, compañía,
consuelo y conquista, desde la Ermita han recibido orientación
los perdidos, amparo los solitarios, alivio los adoloridos y
victoria los perseverantes.
La larga
jornada de tormentosas lluvias que se derramaban sobre miles de
asustados seres humanos que en los viejos días del diluvio se
hacinaban en una barcaza a merced de las olas, es preludio de la
experiencia casi cotidiana de hombres, niños y mujeres que han
surcado las aguas del Golfo en balsas desbaratadas y llegan a la
paz con el corazón henchido de gratitud ante la figura
emblemática del Monseñor Román, que como un nuevo Noé anuncia
calzadas secas y metas nobles.
Jesús
estuvo 40 días azuzado por las tentaciones del diablo; pero su
propósito era más fuerte que los dardos envenenados del maligno,
y de la prueba emergió victorioso. Sin ánimo de comparar al
Señor con ser humano alguno, muchos de nosotros hemos tenido
también que bregar con tentaciones y del Altísimo y de Su
Palabra nos hemos sostenido con tal de no caer vencidos. Yo
pienso en que los pastores de almas tenemos que sufrir el
trámite de tentaciones. El diablo trata de hacernos creer que no
podemos con la tarea, nos . llena de ideas derrotistas, nos hace
víctimas del desaliento ante la indiferencia ajena y nos
debilita las esperanzas. Yo probé esa copa en mi propia vida en
tiempos en que me absorbieron planes de construcción, y mucho
más que yo, o que cualquiera de nosotros, Agustín A. Román ha
cabalgado sobre 40 inquietos años. A tono con La Biblia, cruza
cada día un tramo de desierto en la seguridad de que más allá le
queda, para siempre. “la tierra prometida”.
Hay tres
verdades relacionadas con el sagrado número 40 que se aplican a
un hombre de Dios como el amado obispo Román. Tras 40 años de
peregrinaje, él ha vivido la ilusión de la patria nueva. Así
como los hebreos tuvieron que conquistar la tierra de promesa a
la que llegaron, Román les enseña a los perseguidos que llegan a
nuestras costas, que el exilio no es meta, sino camino. La meta
es la patria distante que espera por nuestra presencia,
dedicación y apoyo.
Hubo
siempre una promesa tras el número 40. Para Noé, la paloma con
el ramo de olivo fue la promesa de una nueva generación forjada
en la paz. En el ministerio del Monseñor Román, desde la cúspide
del santuario que ha construido con “lágrimas, sudor y sangre”,
estos 40 años de caminata espiritual son el vientre en el que se
gesta la promesa de una nueva humanidad. La patria no puede ser
alegría nueva con seres humanos que arrastran heridas y
resentimientos viejos. Sin ignorar la justicia, la presencia del
amor es el poder que deberá sustentar la Cuba de mañana. Esa es
la enseñanza básica de un verdadero hombre de Dios.
Finalmente, nos enseña Román que para el cristiano no hay
jornada concluida ni meta totalmente alcanzada. El peregrinaje
no se detiene a la sombra de los árboles . acogedores, sino que
continúa en medio de las tormentas y a lo largo de senderos
pedregosos. La ermita no es simplemente una misión terminada,
sino un llamado a nuevas tareas y a nuevos sacrificios.
¡Después
de 40 años, no se detiene el futuro. El mañana, el amanecer de
cada nuevo día es no tan solo el escenario de trabajo de Agustín
A. Román, sino también el nuestro!. Las mejores cosas están por
suceder.
Desde
estas amables páginas del Diario Las Américas le hacemos llegar
a Monseñor Román un amoroso y fraterno abrazo que injertamos en
una palabra sagrada: ¡GRACIAS!
Diario Las
Américas