Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Junio de
2007
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Los observadores evangélicos ante la V Asamblea General del
CELAM
Muy amados Cardenales, Obispos, Sacerdotes, hermanos y hermanas.
En primer lugar queremos expresar nuestra gratitud y
reconocimiento por la invitación recibida del Cardenal Walter
Kasper, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de
la Unidad de los Cristianos, a nombre del Papa Benedicto XVI,
que nos ha permitido acompañarles, en calidad de observadores,
en este magno evento. Se da continuidad así a la iniciativa que
tuviera el Papa Juan XXIII, al invitar observadores de otras
iglesias y confesiones cristianas al II Concilio Vaticano. Entre
ellos, un latinoamericano, el Dr. José Míguez Bonino. Confiamos
en que esta continuidad, que también se expresa en los diálogos
bilaterales entre la Iglesia Católica Romana y varias de las
Iglesias de las que provenimos, y en la Comisión Mixta de
Trabajo entre ella y el Consejo Mundial de Iglesias, será signo
y anuncio de una mayor y mejor cooperación ecuménica en nuestro
continente, tan necesitado de signos de comprensión, mutua
aceptación y reencuentro fraterno.
Desde el inicio de esta Conferencia nos hemos sentido
estimulados y desafiados por el llamado del Papa Benedicto XVI,
a fundar el nuevo despertar misionero que requiere nuestra
América Latina y el Caribe, en la lectura y conocimiento
profundo de la Palabra de Dios. En esa Palabra encontramos dos
textos que nos ayudan a interpretar el sentido de nuestra
presencia entre ustedes. Recordamos aquellas palabras de Jesús
donde afirma que “quien no es conmigo, contra mí es” (Mt 12,30),
que nos señalan que sólo en torno a Jesús, el Cristo,
encontramos el centro de nuestra unidad. En un texto
complementario, cuando, frente a uno que echaba fuera demonios
en nombre de Jesús, y ante la pretensión de los discípulos de
prohibirle que siguiera haciéndolo porque no era uno de ellos,
Jesús le dice a Juan: “No se lo prohíban, porque no hay ninguno
que haga milagros en mi nombre que luego pueda decir mal de mí.
Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es” (Mc 9,
39-40). A pesar de las diferencias históricas y doctrinales que
nos impiden dolorosamente participar juntos en la Mesa de la
Comunión , estos textos nos permiten afirmar que nos une a
ustedes el llamado de Jesús a proclamar y celebrar la vida
abundante que nuestros pueblos tanto necesitan.
No podemos menos que reconocer el testimonio y la prominencia de
la Iglesia Católica Romana en la evangelización de nuestra
América. Guiados por el Espíritu de Dios y su Palabra, más allá
de las ambigüedades de las circunstancias históricas, hombres y
mujeres ejemplares, fieles discípulos y misioneros del Señor,
han sembrado la Palabra en este continente, y han constituido
comunidades que han sido servidoras de los más necesitados en
nombre de Cristo, han dado muestras de la inspiración del
Espíritu Santo en sus palabras y acciones, y han celebrado con
fe al Dios Trino. Esta presencia católica ha generado una fe
rica en diversas expresiones religiosas, que han logrado
enraizar el mensaje de Cristo en las variadas culturas presentes
en nuestro continente, tanto en aquellas autóctonas, como en
aquellas originadas en las migraciones posteriores, que han
contribuido a dar forma a los rostros hermosamente diversos de
nuestros pueblos de América Latina y el Caribe.
También nuestras iglesias evangélicas han colaborado,
especialmente a partir de los procesos de emancipación nacional
en el continente, en la construcción del testimonio de Cristo en
estas tierras, ya sea a través de comunidades inmigrantes, que
han portado consigo la fe de sus padres, como a través de
variados esfuerzos evangelizadores, tampoco exentos de
contradicciones y ambigüedades. Pero muchos fieles creyentes de
la fe evangélica han colaborado con la evangelización y la
cultura en estas tierras, llegando en algunos casos hasta el
derramamiento martirial de la propia sangre, en la defensa de la
dignidad y la justicia para nuestros pueblos.
Para que esta presencia cristiana diversa no esté marcada por la
confrontación y la competencia, sino por la vocación común de
ser discípulos y misioneros de nuestro Señor Jesucristo, nos
parece necesario utilizar un lenguaje que permita mantener los
canales de comunicación ya existentes, y que aun permita abrir
nuevos puentes. Reconocernos mutuamente como Iglesias y
Comunidades Cristianas, es la forma de mantener abiertas las
puertas para el diálogo, diálogo imprescindible para desterrar
juntos cualquier práctica sectaria o beligerante que atente
contra el verdadero espíritu misionero.
Tendremos que aprender, guiados por el Espíritu de Dios, a
conocernos y reconocernos cada vez más como parte del uno y
múltiple pueblo de Dios, deudores de su multiforme gracia. Somos
llamados a crecer en la unidad en la diversidad a la que nos
convoca el Señor, para que, en mutuo respeto, en amor,
encontrándonos en los caminos de la fe, proclamemos su Santo
Nombre, y en Él, discípulos y misioneros que llegamos desde
distintas tradiciones y modos de expresar nuestra fe, anunciemos
para nuestros pueblos la vida plena.
Ofelia Ortega
Juan Sepúlveda
Harold Segura
Néstor Míguez
Walter Altmann
Aparecida, Mayo de 2007
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