Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Junio de
2007
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Mensaje
final de la V Conferencia General a los pueblos de América
Latina y el Caribe
Reunidos
en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Concepción
Aparecida en Brasil, saludamos en el amor del Señor a todo el
Pueblo de Dios y a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad.
Del 13 al
31 de mayo de 2007, estuvimos reunidos en la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, inaugurada
con la presencia y la palabra del Santo Padre Benedicto XVI.
En
nuestros trabajos, realizados en ambiente de ferviente oración,
fraternidad y comunión afectiva, hemos buscado dar continuidad
al camino de renovación recorrido por la Iglesia católica desde
el Concilio Vaticano II y en las anteriores cuatro Conferencias
Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.
Al
terminar esta V Conferencia les anunciamos que hemos asumido el
desafío de trabajar para darle un nuevo impulso y vigor a
nuestra misión en y desde América Latina y el Caribe.
1.
Jesús Camino, Verdad y Vida
“ Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida ” (Jn 14,6)
Ante los
desafíos que nos plantea esta nueva época en la que estamos
inmersos, renovamos nuestra fe, proclamando con alegría a todos
los hombres y mujeres de nuestro continente: Somos amados y
redimidos en Jesús, Hijo de Dios, el Resucitado vivo en medio de
nosotros; por Él podemos ser libres del pecado, de toda
esclavitud y vivir en justicia y fraternidad. ¡Jesús es el
camino que nos permite descubrir la verdad y lograr la plena
realización de nuestra vida!
2.
Llamados al seguimiento de Jesús
“
Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ” (Jn
1,39)
La primera
invitación que Jesús hace a toda persona que ha vivido el
encuentro con Él, es la de ser su discípulo, para poner sus
pasos en sus huellas y formar parte de su comunidad. ¡Nuestra
mayor alegría es ser discípulos suyos! Él nos llama a cada uno
por nuestro nombre, conociendo a fondo nuestra historia (cf. Jn
10,3), para convivir con Él y enviarnos a continuar su misión
(cf. Mc 3,14-15).
¡Sigamos
al Señor Jesús! Discípulo es el que habiendo respondido a este
llamado, lo sigue paso a paso por los caminos del Evangelio. En
el seguimiento oímos y vemos el acontecer del Reino de Dios, la
conversión de cada persona, punto de partida para la
transformación de la sociedad, y se nos abren los caminos de la
vida eterna. En la escuela de Jesús aprendemos una “vida nueva”
dinamizada por el Espíritu Santo y reflejada en los valores del
Reino.
Identificados con el Maestro, nuestra vida se mueve al impulso
del amor y en el servicio a los demás. Este amor implica una
continua opción y discernimiento para seguir el camino de las
Bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-26). No temamos la cruz
que supone la fidelidad al seguimiento de Jesucristo, pues ella
está iluminada por la luz de la Resurrección. De esta manera,
como discípulos, abrimos caminos de vida y esperanza para
nuestros pueblos sufrientes por el pecado y todo tipo de
injusticias.
El llamado
a ser discípulos-misioneros nos exige una decisión clara por
Jesús y su Evangelio, coherencia entre la fe y la vida,
encarnación de los valores del Reino, inserción en la comunidad
y ser signo de contradicción y novedad en un mundo que promueve
el consumismo y desfigura los valores que dignifican al ser
humano. En un mundo que se cierra al Dios del amor, ¡somos una
comunidad de amor, no del mundo sino en el mundo y para el
mundo! (cf. Jn 15,19; 17,14-16).
3. El
discipulado misionero en la pastoral de la Iglesia
“
Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos ” (Mt
28,19)
Constatamos cómo el camino del discipulado misionero es fuente
de renovación de nuestra pastoral en el Continente y nuevo punto
de partida para la Nueva Evangelización de nuestros pueblos.
Una
Iglesia que se hace discípula
De la
parábola del Buen Pastor aprendemos a ser discípulos que se
alimentan de la Palabra : “Las ovejas le siguen porque conocen
su voz” (Jn 10,4). Que la Palabra de Vida (cf. Jn 6,63),
saboreada en la Lectura Orante y la celebración y vivencia del
don de la Eucaristía , nos transformen y nos revelen la
presencia viva del Resucitado que camina con nosotros y actúa en
la historia (cf. Lc 24,13-35).
Con
firmeza y decisión, continuaremos ejerciendo nuestra tarea
profética discerniendo dónde está el camino de la verdad y de la
vida; levantando nuestra voz en los espacios sociales de
nuestros pueblos y ciudades, especialmente, a favor de los
excluidos de la sociedad. Queremos estimular la formación de
políticos y legisladores cristianos para que contribuyan a la
construcción de una sociedad justa y fraterna según los
principios de la Doctrina Social de la Iglesia.
Una
Iglesia formadora de discípulos y discípulas
Todos en
la Iglesia estamos llamados a ser discípulos y misioneros. Es
necesario formarnos y formar a todo el Pueblo de Dios para
cumplir con responsabilidad y audacia esta tarea.
La alegría
de ser discípulos y misioneros se percibe de manera especial
donde hacemos comunidad fraterna. Estamos llamados a ser Iglesia
de brazos abiertos, que sabe acoger y valorar a cada uno de sus
miembros. Por eso, alentamos los esfuerzos que se hacen en las
parroquias para ser “casa y escuela de comunión”, animando y
formando pequeñas comunidades y comunidades eclesiales de base,
así como también en las asociaciones de laicos, movimientos
eclesiales y nuevas comunidades.
Nos
proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía. Por eso, en
nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicarle más tiempo a
cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos
importantes y ayudar a buscar con ella las respuestas a sus
necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan
sentirse en la Iglesia como en su propia casa.
Al
reafirmar el compromiso por la formación de discípulos y
misioneros, esta Conferencia se ha propuesto atender con más
cuidado las etapas del primer anuncio, la iniciación cristiana y
la maduración en la fe. Desde el fortalecimiento de la identidad
cristiana ayudemos a cada hermano y hermana a descubrir el
servicio que el Señor le pide en la Iglesia y en la sociedad.
En un
mundo sediento de espiritualidad y concientes de la centralidad
que ocupa la relación con el Señor en nuestra vida de
discípulos, queremos ser una Iglesia que aprende a orar y enseña
a orar. Una oración que nace de la vida y el corazón y es punto
de partida de celebraciones vivas y participativas que animan y
alimentan la fe.
4.
Discipulado misionero al servicio de la vida
“ Yo
he venido para tengan vida y la tengan en abundancia ”
(Jn 10,10).
Desde el
cenáculo de Aparecida nos disponemos a emprender una nueva etapa
de nuestro caminar pastoral declarándonos en misión
permanente . Con el fuego del Espíritu vamos a inflamar de
amor nuestro Continente: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo
que vendrá sobre Ustedes, y serán mis testigos… hasta los
confines de la tierra” (Hch 1,8).
En
fidelidad al mandato misionero
Jesús
invita a todos a participar de su misión. ¡Que nadie se quede de
brazos cruzados! Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo
con creatividad y audacia en todos los lugares donde el
Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en
especial, en los ambientes difíciles y olvidados y más allá de
nuestras fronteras.
Como
fermento en la masa
Seamos
misioneros del Evangelio no sólo con la palabra sino sobre todo
con nuestra propia vida, entregándola en el servicio, inclusive
hasta el martirio.
Jesús
comenzó su misión formando una comunidad de discípulos
misioneros, la Iglesia , que es el inicio del Reino. Su
comunidad también fue parte de su anuncio. Insertos en la
sociedad, hagamos visible nuestro amor y solidaridad fraterna
(cf. Jn 13,35) y promovamos el diálogo con los diferentes
actores sociales y religiosos. En una sociedad cada vez más
plural, seamos integradores de fuerzas en la construcción de un
mundo más justo, reconciliado y solidario.
Servidores de la mesa compartida
Las agudas
diferencias entre ricos y pobres nos invitan a trabajar con
mayor empeño en ser discípulos que saben compartir la mesa de la
vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta,
incluyente, en la que no falte nadie. Por eso reafirmamos
nuestra opción preferencial y evangélica por los pobres.
Nos
comprometemos a defender a los más débiles, especialmente a los
niños, enfermos, discapacitados, jóvenes en situaciones de
riesgo, ancianos, presos, migrantes. Velamos por el respeto al
derecho que tienen los pueblos de defender y promover “los
valores subyacentes en todos los estratos sociales,
especialmente en los pueblos indígenas” (Benedicto XVI, Discurso
Guarulhos No.4). Queremos contribuir para garantizar condiciones
de vida digna: salud, alimentación, educación, vivienda y
trabajo para todos.
La
fidelidad a Jesús nos exige combatir los males que dañan o
destruyen la vida, como el aborto, las guerras, el secuestro, la
violencia armada, el terrorismo, la explotación sexual y el
narcotráfico.
Invitamos
a todos los dirigentes de nuestras naciones a defender la verdad
y a velar por el inviolable y sagrado derecho a la vida y la
dignidad de la persona humana, desde su concepción hasta su
muerte natural.
Ponemos a
disposición de nuestros países los esfuerzos pastorales de la
Iglesia para aportar en la promoción de una cultura de la
honestidad que subsane la raíz de las diversas formas de
violencia, enriquecimiento ilícito y corrupción.
En
coherencia con el proyecto del Padre creador, convocamos a todas
las fuerzas vivas de la sociedad para cuidar nuestra casa común,
la tierra, amenazada de destrucción. Queremos favorecer un
desarrollo humano y sostenible basado en la justa distribución
de las riquezas y la comunión de los bienes entre todos los
pueblos.
5.
Hacia un continente de la vida, del amor y de la paz
“En
esto todos conocerán que son discípulos míos” (Jn 13,35)
Nosotros,
participantes en la V Conferencia General en Aparecida, y junto
con toda la Iglesia “comunidad de amor”, queremos abrazar a todo
el continente para transmitirles el amor de Dios y el nuestro.
Deseamos que este abrazo alcance también al mundo entero.
Al
terminar la Conferencia de Aparecida, en el vigor del Espíritu
Santo, convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas, para
que, unidos, con entusiasmo realicemos la Gran Misión
Continental. Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir,
de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de
los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con
alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que
debe llegar a todos, ser permanente y profunda.
Con el
fuego del Espíritu Santo, avancemos construyendo con esperanza
nuestra historia de salvación en el camino de la evangelización,
teniendo en torno nuestro a tantos testigos (cf. Hb 12,1), que
son los mártires, santos y beatos de nuestro continente. Con su
testimonio nos han mostrado que la fidelidad vale la pena y es
posible hasta el final.
Unidos a
todo el pueblo orante, confiamos a María, Madre de Dios y Madre
nuestra, primera discípula y misionera al servicio de la vida,
del amor y de la paz, invocada bajo los títulos de Nuestra
Señora Aparecida y de Nuestra Señora de Guadalupe, el nuevo
impulso que brota a partir de hoy en toda América Latina y el
Caribe, bajo el soplo del nuevo Pentecostés para nuestra Iglesia
a partir de esta V Conferencia que aquí hemos celebrado.
En
Medellín y en Puebla terminamos diciendo “CREEMOS”. En
Aparecida, como lo hicimos en Santo Domingo, proclamamos con
todas nuestras fuerzas: CREEMOS Y ESPERAMOS.
Esperamos…
Ser una
Iglesia viva, fiel y creíble que se alimenta en la Palabra de
Dios y en la Eucaristía..
Vivir
nuestro ser cristiano con alegría y convicción como
discípulos-misioneros de Jesucristo.
Formar
comunidades vivas que alimenten la fe e impulsen la acción
misionera.
Valorar
las diversas organizaciones eclesiales en espíritu de comunión.
Promover un laicado maduro, corresponsable con la misión de
anunciar y hacer visible el Reino de Dios.
Impulsar la participación activa de la mujer en la sociedad y en
la Iglesia.
Mantener con renovado esfuerzo nuestra opción preferencial y
evangélica por los pobres.
Acompañar a los jóvenes en su formación y búsqueda de identidad,
vocación y misión, renovando nuestra opción por ellos.
Trabajar con todas las personas de buena voluntad en la
construcción del Reino.
Fortalecer con audacia la pastoral de la familia y de la vida.
Valorar
y respetar nuestros pueblos indígenas y afrodescendientes.
Avanzar
en el diálogo ecuménico “para que todos sean uno”, como también
en el diálogo interreligioso.
Hacer
de este continente un modelo de reconciliación, de justicia y de
paz.
Cuidar
la creación, casa de todos en fidelidad al proyecto de Dios.
Colaborar en la integración de los pueblos de América Latina y
el Caribe.
¡Que este
Continente de la esperanza también sea el Continente del amor,
de la vida y de la paz!
Aparecida
– Brasil, 29 de Mayo de 200