Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Junio de
2007
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Ecumenismo y eclecticismo: Una visión cristiana de armonía y paz
Gerardo E. Martínez-Solanas
Ser cristiano implica tolerancia, amor al prójimo y una búsqueda
constante de la paz y la confraternidad. Exige comprensión y
una mentalidad muy abierta.
Jesús nos dejó el claro mandato, expresado en los Evangelios, de
que “todos sean uno” y que “haya un solo rebaño y
un solo pastor”. Nos dijo: “Amaos los unos a los otros”;
y no puso límites discriminatorios que nos alejen del concepto
básico de que “todos somos hijos de Dios”.
La idea ecuménica se nutre de este mensaje abarcador de toda la
especie humana. La Iglesia Católica dio inicio al movimiento
ecuménico desde el Concilio de Basilea-Ferrara-Florencia en el
siglo XV. En los últimos tiempos, ha entrado de lleno en un
esfuerzo ecuménico verdaderamente abarcador desde que el
Concilio Vaticano II se sumó a las iniciativas adoptadas por
algunas iglesias protestantes con la creación del Concilio
Mundial de Iglesias durante la primera mitad del siglo XX.
Por su parte, el eclecticismo nace en la antigüedad como una
aspiración de conciliar las doctrinas de las distintas escuelas
filosóficas en un conjunto armónico y coherente. Los eclécticos
son librepensadores que pretenden ser capaces de escoger las
tesis más aceptables entre diversos sistemas filosóficos y
doctrinas.
El ecumenismo busca el acercamiento y la colaboración dentro del
reconocimiento mutuo de ciertos dogmas fundamentales con la
esperanza de que esa iniciativa fraternal sirva para iluminar
las conciencias de todos con las verdades de la revelación. Los
eclécticos acarician la misma aspiración mediante una postura
relativista que se aleja de cualquier dogma para estudiar con
flexibilidad las ideas y las creencias de los demás.
Parecen posiciones irreconciliables, pero no lo son. Los unos
aspiran a la armonía y la paz destacando las afinidades que nos
unen y los otros buscan esos mismos fines acentuando esa
diversidad como un ordenamiento universal que también nos une.
Jesús dice a sus discípulos y nos dice a todos a través de los
siglos: “Ustedes son la luz de este mundo. Una ciudad en lo
alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara
para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en alto para
que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo,
procuren ustedes que su luz brille delante de la gente...”
(Mateo, 5)
Esas palabras son una oda al diálogo fraternal. Para cumplir con
esa exhortación hay que abrir los brazos a todos. No podemos
iluminar a nuestros semejantes si les cerramos las puertas. Para
iluminarles el corazón, tenemos primero que entenderlos y
comprenderlos, y para esto es necesario escucharlos muy
atentamente y respetar sus opiniones y sus creencias.
Así lo comprendió Juan Pablo II durante su pontificado. Así tomó
la hermosa iniciativa de abrir las puertas de la idea ecuménica
a todos nuestros hermanos que profesan religiones no cristianas.
Para ello adoptó una actitud ecléctica que investiga, aprecia y
permite ocasionalmente la manifestación de otras creencias en
nuestra propia Iglesia.
Para algunos ha parecido sacrílega la celebración de ceremonias
tan ajenas de la revelación cristiana en nuestros templos. Pero
esa actitud responde a la idea de que somos “un solo
rebaño”, de que “todos somos uno” y que al cumplir
con el mandato de amarnos los unos a los otros reconocemos en la
grey humana la guía omnipresente de “un solo pastor”.
Si somos cristianos tenemos que ser también un poco eclécticos
para poder comprender a los demás y, en la comunión de espíritus
que se abre con la confraternidad, lograr mantener encendida esa
“luz que brille delante de la gente”. Nadie puede
temer las verdades que expresen sus semejantes si tiene
convicciones propias firmes y coherentes.
Este estilo de vida cristiano se aplica a todos los aspectos de
la vida. Se aplica especialmente a las relaciones humanas y, por
lo tanto, son esenciales para un armonioso devenir en la
política de las naciones.
Podemos tener fe en nuestros dogmas –religiosos o políticos–
pero no enquistarnos en un férreo dogmatismo que nos condene a
la rivalidad y el resentimiento permanentes. Podemos ser
eclécticos en la medida en que no renunciemos a nuestros
principios y convicciones pero respetando las convicciones
ajenas y aprendiendo también de ellas. Podemos ser igualmente
ecuménicos enarbolando nuestra verdad si lo hacemos con la luz
abarcadora de la comprensión y la tolerancia.
Esa es la unidad en la diversidad que es la meta del orden en
todo lo creado. No es más que el respeto debido a nuestros
semejantes y el reconocimiento de sus derechos y de esa libertad
que es producto del amor cristiano.
Ese es el camino de la armonía y de la paz. En consecuencia,
ese es también el camino del progreso.
Director de Democracia Participativa (www.democraciaparticipativa.net),
asociación internacional de voluntarios dedicados a promover la
democracia participativa y los derechos humanos. |