Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Junio de
2007
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Discurso de aceptación y agradecimiento por el Premio Jan Karski,
al valor y a la compasión
Dagoberto Valdés Hernández
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Dagoberto recibe de manos del Dr.
Obal la estatuilla qu e es otorgada como premio Jan Karski, al
Valor y a la Compasión. |
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El día 10 de noviembre de 2004, al filo de las 12 del mediodía,
en el Salón Medici del Centro de Convenciones del Hotel Marriot
en Washington, D.C., recibía el Premio Internacional Jan Karski,
al Valor y la Compasión, el laico cubano, Dagoberto Valdés
Hernández, director del Centro de Formación Cívica y Religiosa y
de la revista Vitral de la Diócesis de Pinar del Río.
La ceremonia comenzó con una plegaria pronunciada por Monseñor
Agustín Román, Obispo Auxiliar Emérito de Miami. La primera
intervención estuvo a cargo de la Dra. Kaya Mirecka Ploss,
secretaria ejecutiva del Centro Americano de Cultura Polaca,
institución que otorga el Premio desde el año 2000.
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Comenzó la ceremonia con la plegaria pronunciada por Monseñor
Agustín Román, Obispo Auxiliar Emérito de Miami. |
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A continuación hizo la presentación de los asistentes el Sr.
Jonathan Karl, maestro de ceremonia.
En emotiva recordación, un antiguo alumno del prof. Jan Karski,
el Sr.Deroy Murdock recordó su vida y su obra educativa.
Su Excelencia, Mons. Felipe de Jesús Estévez, Obispo Auxiliar de
Miami, tuvo unas palabras sobre “cómo conocí a Dagoberto allá
por los años del ENEC en 1986 en La Habana, como un estudioso
del Padre Varela...” y haciendo referencia a una carta enviada
por el Sr. Obispo de Pinar del Río en la que presenta al
candidato al premio.
El Dr. Bronislaw Misztal, profesor de la Universidad Católica de
América, argumentó por qué hizo la propuesta de este laico
cubano al Premio Jan Karski.
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Intervención de Mons. Felipe de Jesús Estévez, Obispo Auxiliar
de Miami. |
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Tras sus emotivas palabras, se acercó al podium el Dr. Albin
Obal, Presidente del Centro Americano de Cultura Polaca para
hacer entrega a Dagoberto Valdés de la estatuilla en bronce y
madera del reconocido profesor Karski, símbolo del galardón
otorgado.
El galardonado pronunció, entonces, sus palabras de aceptación y
agradecimiento que publicamos a continuación.
PALABRAS DE AGRADECIMIENTO POR EL PREMIO JAN KARSKI
WASHINGTON,
DC. 10 DE NOVIEMBRE DE 2004.
Distinguidos miembros del Comité del Premio Jan Karski:
Señoras y señores:
Jan Karski, hombre universal y profético, al recibir el
reconocimiento del pueblo judío que lo declaró “Justo entre las
Naciones”, expresó estas palabras que lo describen: “Yo, polaco,
norteamericano, católico, puedo ahora decir que también soy
judío”.
En estas palabras está la esencia de su vida y de sus enseñanzas
para nosotros hoy. De ellas me gustaría destacar tres:
Primero: Las personas y las naciones crecen y se salvan cuando
se abren a la diversidad y al pluralismo político, económico,
multiétnico y pluricultural y, por ello, todo Estado debe
respetar la soberanía, la cultura y la religión de las otras
naciones y de las minorías.
Segundo:
La incomunicación, la exclusión y el aislamiento conducen al
fanatismo que violenta la dignidad de la persona humana y
provoca la pobreza material y espiritual de los ciudadanos y de
los pueblos.
Y por último: Siempre a tu lado, justo frente a tus ojos, pueden
existir grupos de personas, y pueblos enteros, que sufren un
daño antropológico irreversible y que las llamadas “razones de
estado” valoran como un mal menor cuando las estrategias del
poder se deshumanizan.
Es por esto, entre otras razones, que la figura y el magisterio
de Jan Karski conservan hoy toda su vigencia y urgencia. El
mundo de hoy, necesita también de la mirada compasiva para los
que sufren; de la comunicación de la verdad que viven los
pueblos; y de las soluciones pacíficas y solidarias para
responder al sordo clamor de los excluidos.
Cuando recibí la noticia de que este servidor de ustedes, cubano,
católico, yagüero, había recibido un Premio que lleva el nombre
de Jan Karski que, además, lleva el título “al Valor y la
Compasión”, mi reacción fue de estupor y cuestionamiento.
Estupor, al poder apreciar la grandeza de alma de este hijo de
la noble y sufrida Polonia. Por otro lado, mi reacción fue de
cuestionamiento: ¿qué tengo que ver yo con esta distinción?
Inmediatamente desconfié de que la noticia fuera cierta, pero
luego de confirmarla comencé a preguntarme: ¿No será más un
llamado que un premio?
¿No será más una señal de alerta para mí, acerca de la
necesidad que tenemos todos de valor y compasión? Al final,
luego del primer momento de asombro, he entendido así las
exigencias de este premio:
-Compasión significa “padecer-con”, compartir el sufrimiento de
las gentes, “con-vivir” con los que sufren. Y creo, por mi fe y
por mi experiencia de vida, que esta solidaridad en el dolor es
la única fuente verdadera de valor: del valor que redime, del
valor humilde que libera del miedo y de la opresión.
-El “otro valor”, el que se identifica con el enfrentamiento,
el “valor” que intenta vencer al miedo con la fuerza propia o la
fuerza ajena, es, además de relativo, engañoso. No es la fuerza
la que salva del miedo, la fuerza genera más miedo. El miedo es
una característica propia del ser humano cuando se siente en
peligro. El valor verdadero es aprender a vencer el peligro con
la fuerza de la virtud. La mejor virtud para vencer el miedo que
provoca la falta de libertad es la transparencia. En dos
palabras:
Virtud y transparencia, quizá estos sean los mejores
significados del auténtico valor.
Creo que este es el valor y la compasión que más necesitamos
Cuba y los cubanos. Que necesitamos todos los que intentamos
hacernos dignos del valor y la compasión de hombres y mujeres
que trabajan por la libertad, por la dignidad y los derechos
humanos, en cualquier parte del mundo, como lo hizo Jan Karski,
El Centro de Formación Cívica y Religiosa y la revista Vitral
de la Diócesis de Pinar del Río, en Cuba, a los que entregaré la
suma total de este Premio, intentan promover esos valores,
educando para la libertad y la responsabilidad y contribuyendo a
la construcción del tejido de la sociedad civil, garantía de
toda democracia. Pero estas iniciativas son sólo un grano de
arena insignificante en medio de cuantos, en Cuba, entregan su
vida y su libertad por alcanzar la libertad para todos. Para
ellos es también, y sobre todo, este Premio.
Agradezco muy cordialmente este reconocimiento que otorga el
prestigioso Centro Americano de Cultura Polaca. Lo agradezco
como cubano y católico, pero también como ciudadano de un mundo
que creo que vendrá por los caminos de la tolerancia, la
diversidad, la convivencia respetuosa, la solución pacífica de
los conflictos y la cooperación entre países más desarrollados y
los que están en vías de desarrollo. Bases irrenunciables para
las relaciones internacionales y para las relaciones entre los
ciudadanos y los Estados.
Permítanme dos recuerdos en este momento tan significativo:
Uno, para los nobles pueblos de Polonia y de los Estados Unidos
en los que vivió Jan Karski, con los que el pueblo de Cuba ansía
relaciones de convivencia respetuosa y cooperación mutuamente
ventajosa. La historia, la cultura y la religión de estas dos
naciones nos muestran claramente de lo que es capaz el espíritu
humano cuando busca y encuentra la libertad.
Y el otro, quisiera que mi primera y última palabra sea para
Cuba, mi entrañable Patria, cuna y cobija de tantos hombres y
mujeres dignos que lucharon por nuestra libertad. El primero de
ellos, el presbítero Félix Varela, padre de nuestra nacionalidad
y de nuestra cultura, hombre puente entre Cuba y los Estados
Unidos, donde sirvió y murió añorando su querida tierra; y
hombres de luz, como José Martí, Apóstol de nuestra
Independencia y aquel que deseaba inscribir en nuestra bandera
esta fórmula del amor triunfante: “con todos y para el bien de
todos”.
Cuba es, puede y debe ser una Isla de esperanza, porque como
dijo el Papa al sobrevolar mi provincia, Cuba no es sólo una
bella Isla, “sus atractivos naturales evocan aquella otra
riqueza que son los valores espirituales que les han distinguido
y que están llamados a conservar y transmitir a las generaciones
futuras para el bien y el progreso de la Patria”
Creo que hoy, como ayer, Cuba cuenta con su mayor riqueza para
el futuro: esta potencialidad son sus propios hijos e hijas.
Creo en el poder de recuperación de mi pueblo, en su capacidad
de comenzar siempre de nuevo, en su carácter emprendedor, en su
aspiración de justicia social y progreso. Creo en que ese
porvenir de prosperidad es y debe ser responsabilidad primaria e
inalienable de los propios cubanos, abiertos al mundo, de quien
esperamos también un espíritu de apertura, interdependencia y
solidaridad.
Estoy convencido de que la razón profunda de este Premio y de
muchos otros gestos de cercanía y acompañamiento es contribuir a
este noble propósito de fraternidad y felicidad para mi pueblo.
Cuba es una Isla y una Diáspora que forman una única nación.
Ruego al Dios de los judíos y de los cristianos, al Dios del
Islam y de toda verdadera religión, que es el Padre de todos los
hombres y de todas las naciones, que Cuba se abra, cada vez más,
al mundo, en su ser y en su quehacer, y el mundo a Cuba, y que
la Diáspora no sea, nunca más, dispersión sino comunión.
Movido por la esperanza y la determinación que animan a un
pueblo, levanto mi mirada hacia el futuro de Cuba y vislumbro
que este porvenir de esperanza se realizará entre todos los
cubanos, sin exclusión, según aquella visión del profeta
Ezequiel:
“Huesos secos, escuchen la Palabra del Señor:
Yo les voy a infundir un espíritu nuevo para que revivan.
Os sacaré de vuestros sepulcros, pueblo mío.
Los recogeré de entre las naciones,
los congregaré de todas partes
y los reuniré en su propia tierra.
Los haré un solo pueblo.
No volverán a ser dos naciones.
No volverán a contaminarse con sus ídolos y fetiches
ni con todos sus crímenes.
Los libraré de sus pecados y maldades y los purificaré.
Habitarán en la tierra que le dí a vuestros padres,
Allí vivirán para siempre.
Haré con ellos una alianza de paz,
Alianza eterna pactaré con ellos.
Los asentaré y los haré progresar.
Y sabrán todas las naciones que yo soy el Señor,
el Pastor que ha cuidado de su pueblo.” (cf. Ezequiel 37)
Muchas Gracias
Revista Vitral No. 64 * año XI * noviembre-diciembre de 2004
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