Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Junio de
2007
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La
conversión religiosa de Vladimiro Roca
Dora
Amador
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Vladimiro
Roca, uno de los principales disidentes cubanos, es acompañado
por su esposa, Magaly, al salir de prisión el 5 de mayo de 2002
(Foto Reuters/Rafael Pérez) |
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MIAMI —
Cuando Monseñor José Siro González habló de Vladimiro Roca como
un símbolo de la fe en Cristo el Domingo de Resurrección,
implicaba otra verdad de ese hombre recién convertido al
catolicismo, que se hallaba preso en una celda de máximo rigor:
Había resucitado a la vida después de una honda crisis
existencial muy parecida a la muerte.
“Aún
dentro del vacío sepulcro de las prisiones, el encuentro con
Jesucristo da sentido y razón a las vidas de aquéllos que
aceptan la fe, y con ella vencen el mal y salen a la luz de la
justicia y de la libertad”, dijo el obispo de Pinar del Río en
sus dos homilías ese día. Testigo de ese acontecimiento –la
valiente mención de un prisionero de conciencia en Cuba, en dos
iglesias llenas– fue Víctor Rolando Arroyo, un periodista
independiente que se hallaba presente en ambas Misas.
Ese
Domingo de Pascua, 31 de marzo, Vladimiro Roca leyó la Biblia en
su celda y dio gracias a Dios. A pesar de la soledad y del
hambre, de las dolencias físicas que padecía, ese hombre daba
gracias a Dios.
El hijo de
Blas Roca, fundador del Partido Comunista de Cuba, y quien
escogió el nombre de su hijo por admiración a Vladimir Illitch
Lenin, fue encarcelado en 1997 por haber redactado, junto a tres
compañeros –Marta Beatriz Roque, Félix Bonne y René Gómez–La
Patria es de Todos, donde critican al Partido Comunista y piden
democracia para el país.
Vladimiro
fue puesto en libertad después de casi cinco años y pocos días
antes de la visita del ex presidente James Carter a Cuba el 12
de mayo.
Al día
siguiente de ser liberado, lo llamé por teléfono y conversamos.
Has dicho que sientes la presencia de Dios muy fuerte en tu
vida. Sabemos que narrar la experiencia de una conversión
religiosa es muy difícil, pero ¿podrías intentarlo?
Comenzó hace bastante tiempo, cuando me empecé a dar cuenta de
que los criterios míos no coincidían con los del gobierno. En
esa época yo trabajaba en el Comité Estatal de Colaboración
Económica, y tuve acceso a escritos que llegaban de la Unión
Soviética sobre el glasnost y la perestroika. Allí se hablaba
claramente de la violencia que se había producido en el país
desde que Lenin tomó el poder hasta pocos años antes del
gobierno de Gorbachev. Entonces me di cuenta de que se nos decía
una cosa y hacían otra. Y esto me llevó al análisis de la
situación cubana, de la doble moral. Nunca he podido pensar de
una forma y actuar de otra.
Entonces
me empecé a sentir mal aquí en Cuba. Vi los métodos que se usan
para controlar a la gente; que se ejercía la violencia, pero no
tanto física como sicológica. Se compulsa al miedo para que la
gente actúe con esa doble moral.
Pero ese es tu desencanto con el gobierno, que muchos han
sufrido, pero que no por eso optan por Cristo
Es que todo coincidió. Yo estaba atravesando una crisis muy
grande. Mi padre había muerto en 1987. Al poco tiempo murió mi
esposa, Gudelia Piñeiro. Ella se había criado en un ambiente
católico. Me contaba algunas cosas de las que le habían enseñado
y aspectos de la vida de Cristo, aunque después de la revolución
abandonó la Iglesia. Pero habían contradicciones en ella. Tenía
un rosario. Y al final de su vida se arrepintió de haberse
apartado de la Iglesia y pidió que la velaran en una capilla.
Yo tenía
por dentro una lucha muy fuerte por lo que tenía que hacer y lo
que pensaba. Había un estado de violencia muy grande dentro de
mí. Sabía que tenía que buscar un camino, que aquello debía
tener una solución. Estaba explosivo, irritable. La violencia es
mala, te lleva a hacer cosas que después te arrepientes. Y me
dije “tengo que manifestarme como soy”. Comienzo entonces a
encaminarme espiritualmente. Y me acordé de un amigo de Gudelia
que me había dicho que el único que da amor es Dios.
Cuando
hablas de que empiezas a encaminarte espiritualmente, ¿qué
quieres decir?
Que empiezo a buscar el amor. Me doy cuenta de que la violencia
no se puede combatir con la violencia. Había leído un folleto
que es para personas que no tienen conocimiento de Dios, como
era el caso mío. Era un librito ilustrado para niños que se
llama La historia más bonita del mundo. Es la vida de Cristo con
muñequitos.
Aparte de ese libro ilustrado sobre la vida de Cristo, ¿no
habías leídos nunca la Biblia?
La había leído un poco, pero no entendí nada. Mi padre siempre
tuvo una Biblia Reina Valera en su oficina, la tenía de
consulta. En esta segunda lectura de la Biblia comienzo a
entender, se me abren los ojos. En esos días trabé amistad con
un católico que venía a casa y me hablaba de Dios, y un día me
dijo que fuera con él a la parroquia Santa Rita.
¿Y no
tuviste problemas con el gobierno?
Recuerda que yo había estado también leyendo sobre la
perestroika y los cambios en la Unión Soviética. Me botaron del
trabajo en 1992 por la resolución #36, que dice que los
funcionarios pueden quedar despedidos y no pueden reclamar al
sindicato. En la expulsión no pusieron que fue por indisciplina.
Fue por la forma de pensar.
¿Cuándo
comienzas a tener fe, más allá de razonamientos ideológicos o de
investigación sobre el Cristo histórico?
Quien me
introduce a mí al mundo espiritual es Monseñor Carlos Manuel de
Céspedes. Un amigo me llevó para que lo conociera, y estuve tres
horas hablando con él. Ahí le expliqué que yo no era ateo, sino
no creyente. Monseñor De Céspedes me llevó a hacer un análisis
retrospectivo de mi vida. Después tuve también un encuentro con
Jaime Ortega, que todavía no era cardenal. Y así me fui dando
cuenta, a la luz de la lectura de la Biblia, cuántas veces había
estado Dios en mi vida para salvarme de cosas muy concretas, que
se me quedaron grabadas. Vi que Dios estaba conmigo, Cristo está
en mí. Y empecé a ir a la iglesia para prepararme para hacer la
comunión, pero primero tenía que recibir el bautismo.
Había
superado la crisis. Empecé a dejar de sentir violencia y entré
en un estado de paz, me sentía mejor. Y cuando comencé a
prepararme para el bautismo, caí preso. Pero me bauticé en la
cárcel. Fue una ceremonia sencilla, pero muy emocionante.
¿Cómo viviste tu fe en el presidio?
La experiencia constante de Dios me permitió soportar el tiempo
en prisión. Cuando entré en la cárcel de Ariza yo creí que no
resistiría. Pero Dios nunca nos pone pruebas que sean superiores
a la fuerza que necesitamos para soportarlas. La celda era de un
metro 50 de ancho por 1.86 de largo. Me levantaba temprano y
hacía las oraciones. Leía las lecturas de la Biblia de ese día.
Cada vez que me sentía muy deprimido leía la Pasión del Señor.
Fue una experiencia que me ha permitido reconciliarme en un
medio violento. He podido vivir en paz con los presos y las
autoridades.
Ahora me
voy a preparar para los sacramentos de la comunión y la
confirmación. El único camino es Cristo, y es quien me impulsa a
buscar que nos reconciliemos. Nuestra solución, nuestra libertad
sólo es posible a través del amor.
Marzo de
2002
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