Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Junio de
2007
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Los cristianos y la liberación
P. Luis Ugalde
El cristianismo es liberador o no lo es. Los anhelos humanos de
liberación son constantes con énfasis diversos según los tiempos
y las formas de opresión que prevalecen en cada sociedad: El
creyente que vive en la miseria y desempleo se comunica con Dios
desde su situación de dominación ; en países con 30.000 dólares
per capita hay otras opresiones y alienaciones.
Jesús nos libera radicalmente de los dioses falsos y opresores
que reinan con el miedo, exigen sacrificios humanos, y son
reflejo de las dominaciones terrenas reinantes. Quien
experimenta a Dios como Amor incondicional, se encuentra con la
Vida y se libera del temor en la relación con Él. Esa liberación
fundamental desata nuestra creatividad liberadora en todas las
dimensiones y circunstancias históricas.
Hace casi cuarenta años la pobreza y las opresiones
latinoamericanas despertaron en la Iglesia la inspiración
liberadora contra esas dictaduras. Unos autores (no la mayoría)
adoptaron algunas mediaciones sociopolíticas con bendiciones
simplistas y poco críticas de sueños socialistas con aterrizaje
totalitario. Ahora viene el Papa Benedicto XVI a este continente
que no se ha liberado de la alienante pobreza inhumana, ni de
las escandalosas distancias entre pobres y ricos. El mundo ha
cambiado y se conocen mejor los males del omnipresente
economicismo capitalista y las realidades y opresiones que
ocultaban los socialismos dictatoriales en contraposición a los
socialismos democráticos.
De nuevo nuestros frustrados países parecieran estar dispuestos
a comprar, con ilusión y alarmante desmemoria, fórmulas
mesiánicas que no han liberado. Hace una década, gente que
parecía inteligente y estudiada nos sorprendía con su infantil
devoción de conversos al “neoliberalismo”, como fórmula mágica,
que nunca funcionó, ni la aplican para sí los países
desarrollados. Ahora, con fervor y simpleza similar, aparecen en
nuestras ferias de frustraciones los predicadores del “neopopulismo”,
que llevará a sus incautos compradores a otra década perdida. El
mundo con cierto asombro mira la desmemoria latinoamericana, su
poca capacidad de combinar sus aspiraciones legítimas con
resultados efectivos, y su ceguera para las dictaduras de esas
fórmulas mágicas en decenas de ensayos “socialistas”
totalitarios en el mundo.
Hace un cuarto de siglo nos encontramos en Roma con un
estudioso jesuita escocés con muchos años de trabajo social en
la recién independizada Zimbabwe. Me habló con esperanza y
optimismo del nuevo líder que encarnaba la felicidad
postcolonial de este sufrido pueblo africano. Hoy ese líder
Mugabe es el torturador principal de su pueblo, pisado por su
brutal bota “socialista”, luego de sumirlo en la mayor miseria
económica. Cuando no hay capacidad de gobierno ni contrapesos
sociales, el poder totalitario se come sus sueños.
No tiene sentido que en América Latina y en Venezuela volvamos
a discutir en abstracto sobre términos tan ambivalentes como
socialismo o capitalismo, pues los hay muy diversos y de signo
contradictorio. Incluso dejó de tener sentido definir una
sociedad como “socialista” o “capitalista” pura. China es
socialista y es capitalista. También Noruega, aunque de
distinta manera y con contrapuesto lugar para la libertad y los
derechos humanos.
La solidaridad democrática con economía de mercado tiene la
ventaja del desarrollo con derechos, iniciativa y creatividad de
millones de personas, frente al secuestro estatista de la
iniciativa, de la inversión, del pensamiento y de la voluntad,
sin libertad ni desarrollo.
La falta de contrapesos y la concentración llevan a la
dictadura económica o política, o a las dos; no importa si se
llama capitalista o socialista. El cristiano liberador se opone
a la dictadura económica de unos pocos ricos, y a la dictadura
política con poder concentrado en el Estado-partido dirigido por
un caudillo omnipoderoso.
En el siglo XXI tenemos nuevos problemas y posibilidades, como
la globalización y la amenaza real de destruir el habitat humano
por la ganancia sin control ni ley. Necesitamos una
espiritualidad y una visión mundial solidaria del bien de toda
la humanidad con verdadero y eficaz principio rector para
defenderla.
La Iglesia en América Latina no puede ser ni evasiva ni
conservadora en lo social, sino agente de cambio, acompañando al
pobre para que se convierta en sujeto económico y político.
Demagogia aparte, la historia enseña que ningún país puede salir
adelante sin una fuerte alianza entre los pobres y los sectores
profesionales, y sin audaces y numerosos nuevos emprendedores,
grandes y pequeños, con una visión inclusiva de la sociedad.
La liberación latinoamericana de su pobreza pasa por una
democracia con libre iniciativa, creciente productividad y
empleo, con contrapesos políticos y socioeconómicos que impidan
el atraso y las dictaduras económicas o políticas.
Rector de la Universidad Católica Andrés Bello. Publicado en el
Diario El Nacional, el jueves 26 de abril de 2007
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