Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Mayo de
2007
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Relación del Emmo. Sr. Cardenal D. Renato R. Martino,
Presidente del Pontificio Consejo «Justicia y Paz»
Aparecida, Brasil, mayo de 2007
1. Realidad de América Latina y el Caribe
Diversos y valiosos análisis de la realidad de América Latina y
el Caribe se han realizado, tanto por parte de los gobiernos,
los organismos internacionales u oficinas eclesiales, como por
ejemplo el Observatorio del CELAM. No quiero presentarles datos
que ya se conocen, sólo me limito a señalar algunas
coincidencias que he encontrado en muchos de los Informes
socioeconómicos y políticos que existen.
En los países de la región constatamos, como en la mayor parte
de nuestro planeta, un cambio rápido y profundo. Un cambio que
no siempre es para bien debido a la falta o a la insuficiencia
de instrumentos adecuados que acompañen y gobiernen dicho
cambio, orientándolo hacia la construcción de estructuras
sociales, económicas y políticas, dignas de la persona humana.
Es por ello que en campo económico, a la vez que constatamos
la existencia de un crecimiento económico y que estas tierras
producen riqueza suficiente para todos, constatamos también que
siguen creciendo las desigualdades en el acceso a los bienes de
la tierra. No es ningún secreto que en algunos de los países de
América Latina se registran los más altos índices de desigualdad
del mundo. Por lo tanto, la cuestión del desarrollo de todo
el hombre y de todos los hombres de estos países
sigue sin resolverse, más aún, en algunas realidades nacionales
se ha agravado. Cabe subrayar que la situación de subdesarrollo
de muchos y de superdesarrollo de pocos, no es una cuestión sólo
económica, sino que tiene causas de orden moral, y por lo tanto
representa un desafío pastoral para la Iglesia.
En campo político, América Latina y el Caribe ha dejado atrás
las dictaduras militares, y la mayor parte de sus países ha
optado por el sistema democrático. Somos testigos del desarrollo
de los ordenamientos institucionales típicos de los sistemas
democráticos, sin embargo éstos son todavía frágiles en la
mayoría de los países y expuestos constantemente a derivas
ideológicas, tanto de corte populista como neoliberal, con una
clase dirigente y aparatos estatales de baja credibilidad y
altos índices de corrupción. No existe todavía, un liderazgo
político sólido capaz de aumentar la confianza de los ciudadanos
en las instituciones publicas.
Asistimos también a una gran apertura y vivacidad cultural en
los Pueblos latinoamericanos y caribeños, sin embargo el
secular, y en muchos casos milenario, itinerario histórico que
ha dado origen a los rasgos característicos de cada uno de estos
pueblos, y a los valores que sustentan sus culturas, se
enfrentan hoy a la gran amenaza de la homologación cultural o de
la igualación sobre la base de los peores modelos de vida
provenientes de Norteamérica o Europa, debido a la fascinación
que tales modelos ejercen entre las poblaciones latinoamericanas
y caribeñas. Las sociedades de estos pueblos conservan todavía
un gran aprecio por la familia tradicional y un gran respeto por
la vida –desde su concepción hasta su muerte natural–, sin
embargo no están exentas del peligro influjo de las políticas
globales emprendidas contra la familia y la vida.
2. Misión de la Iglesia y doctrina social
La Iglesia, que es intrínsecamente misionera, como parte de su
misión está llamada a acompañar estos cambios, a veces
dramáticos, con la gracia del anuncio del Evangelio, recordando
siempre que «la evangelización no sería completa si no tuviera
en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los
tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta,
personal y social del hombre»
. Y ya que su misión no consiste sólo en anunciar con
la palabra sino también con la vida, el anuncio cristiano está
íntimamente unido a la promoción humana, al compromiso por la
justicia, la paz y la solidaridad. El compromiso de la Iglesia
en defensa y promoción de la dignidad humana no se basa en
razones sociales, ni se debe a una moda más o menos pasajera, no
se fundamenta en ninguna ideología ni está vinculado a
cuestiones de prestigio. Ni siquiera se trata de un tema
puramente moral, en cuanto exigencia de comportarse en modo
correcto. Es el mandamiento supremo de la caridad, principio
fundamental de la fe cristiana, el impulso principal que la guía
en su esfuerzo de búsqueda y compromiso para contrarrestar y
abrogar todo aquello que vulnere la dignidad del hombre,
principalmente del más débil. Por lo tanto, el cuidado y la
preocupación de la Iglesia ante toda situación de pobreza y de
miseria, no constituye para Ella un oportunismo, sino una
obligación que deriva directamente de la fe en Dios, Creador,
Providente y Redentor. Una fe que tiene sus exigencias morales
en el campo social.
La Iglesia, en su misión primordial y prioridad suprema de
evangelizar, cuenta con un instrumento esencial: la doctrina
social de la Iglesia. Esta enseñanza forma parte de su misión y
es instrumento de evangelización porque ilumina la vivencia
concreta de nuestra fe
. Las cuestiones sociales enumeradas al inicio de
esta intervención corroboran las palabras que Juan Pablo II
decía al inaugurar la III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericana, reunida en Puebla: «una de las más vistosas
debilidades de la civilización actual está en una inadecuada
visión del hombre»
, y en esa misma ocasión invitaba a confiar en la
doctrina social de la Iglesia, aun cuando «algunos traten de
sembrar dudas y desconfianzas sobre ella, estudiarla con
seriedad, procurar aplicarla, enseñarla, ser fiel a ella es, en
un hijo de la Iglesia, garantía de la autenticidad de su
compromiso en las delicadas y exigentes tareas sociales, y de
sus esfuerzos en favor de la liberación o de la promoción de sus
hermanos»
.
¿Por qué tanta insistencia en no relegar estas enseñanzas? ¿por
qué los cristianos tienen que recurrir a ella para evangelizar?
Porque la doctrina social no es una filosofía ni una ideología,
porque «anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo a
todo hombre y, por la misma razón, revela al hombre a sí mismo.
Solamente bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás»
. Porque nace del Sí de Dios al hombre, del proyecto
de amor de Dios por el hombre, proyecto confiado sobre todo a la
Iglesia. Porque la doctrina social de la Iglesia nace de la fe
cristiana, es decir de las palabras y de la praxis de Jesús y de
su anuncio pascual de liberación del pecado y de la muerte,
porque nace de una promesa de vida nueva, que implica
necesariamente las relaciones sociales entre los hombres. Porque
la doctrina social se nutre del Evangelio, de la luz de Cristo y
de los problemas humanos, de la Iglesia y del mundo, porque
interesa a la vida de la Iglesia en el mundo y es expresión de
la caridad de la Iglesia hacia el mundo. He aquí algunas de las
razones por las cuales la doctrina social no es marginal para la
vida crisitiana, ni es ajena a la misión evangelizadora de la
Iglesia. Por eso ella está estructuralmente vinculada con la
liturgia y la catequesis, con la oración y la espiritualidad
cristianas y es el corazón de la pastoral social. La doctrina
social es también el instrumento mediante el cual las
comunidades cristianas se vuelven sujetos de cultura social y
política: los laicos crisitanos encuentran en ella la referencia
común para su compromiso en las realidades temporales.
Es verdad que no corresponde a la Iglesia proponer medidas
concretas de orden político o económico, pero también es cierto
que tiene el derecho y el deber de iluminar las conciencias de
los hombres y de las mujeres para ayudarles a descubrir en su
vida cotidiana las condiciones para que las estructuras en que
viven sean conformes con su dignidad, los espacios que se deben
crear para que madure una sociedad más justa, fraterna y
solidaria.
3. Propuestas
Esta V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
constituye una ocasión oportuna para consolidar el “nuevo
impulso” que la doctrina social conoce en el continente
latinoamericano. Un “nuevo impulso” que se ve favorecido por la
amplia difusión y magnífica acogida que ha tenido el
Compendio de la doctrina social, como he tenido oportunidad
de constatar durante el I Encuentro Continental de presentación
del documento en la Ciudad de México, y en tantas otras
ocasiones en varios países de la región. Al respecto, me permito
señalar que el Santo Padre, Benedicto XVI en su Mensaje a los
participantes del citado Encuentro en la Ciudad de México, apoyó
y reforzó este proceso de consolidación y relanzamiento de la
doctrina social de la Iglesia, lo mismo ha hecho en su primera
encíclica, y en varios de sus discursos, el último de ellos que
me ha tocado escuchar personalmente fue el que dirigió a los
jóvenes latinoamericanos y caribeños, el pasado jueves 10 de
mayo.
Desde esta perspectiva creo que es oportuno hacer algunas
propuestas:
Será muy importante que la doctrina social se inserte
adecuadamente en los itinerarios formativos tanto de los
candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada, como de los
catequistas y laicos comprometidos. Una seria formación social
vinculada a la doctrina social de la Iglesia, desalienta la
referencia a las ideologías en turno;
Será igualmente oportuno incrementar los instrumentos
formativos en doctrina social, en las comunidades parroquiales,
en las pequeñas comunidades eclesiales, en los grupos,
movimientos y asociaciones laicales. De mucho provecho será
también consolidar –o instituir donde no existan todavía– las
estructuras dedicadas a la doctrina social a nivel universitario
y con carácter rigurosamente científico, de manera que el
pensamiento social católico pueda confrontarse y dialogar con la
filosofía y con las ciencias humanas contemporáneas que tanto
repercuten en el ethos cultural de nuestros días;
Será necesario que la doctrina social sirva como referencia
esencial en la acción pastoral encaminada a formar para el
compromiso social y político de los fieles laicos católicos, en
la perspectiva de cultivar un liderazgo social y político más
sólido y cristianamente inspirado para el continente
latinoamericano. Pastores y fieles en estrecha comunión están
llamados a colaborar en la transformación de las estructuras
injustas, cada uno desde su estado y condición. Muchas
gracias.
EV, 29.
Cf. SD, 158.
Juan Pablo II, Discurso a la III Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, Puebla (28 de enero de 1979),
I/9.
Ibíd., III/7.
CA, 54.
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