Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, Mayo de
2007
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Los
laicos
Intervención de Mons. Stanislaw Rylko - Presidente del Consejo
Pontificio para los Laicos
Mis más cordiales saludos a los Señores
Cardenales Presidentes de esta Conferencia, a todos los hermanos
en el episcopado, a todos los participantes! Me siento muy
honrado, como Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos,
de compartir la vida y los trabajos de este importante evento
eclesial. Permítanme que dirija un saludo muy especial a los
laicos presentes en la Conferencia. En cierto modo son
representantes y protagonistas de esa fuerte corriente de mayor
conciencia, responsabilidad y participación de los fieles laicos
en la vida y misión de la Iglesia de la renovación promovida por
el Concilio Vaticano II.
Para comprender la situación actual del laicado
latinoamericano no se puede no evocar las Conferencias Generales
del Episcopado Latinoamericano pues constituyen los pilares
fundamentales en la vida de la Iglesia en este continente. La
Conferencia en Medellín (1968) buscó las vías de la aplicación
del Magisterio conciliar a la realidad latinoamericana. Lejos de
una “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”1, se
experimentó siempre una continuidad renovada que reflexiona ante
los nuevos desafíos que se presentan. Con especial novedad y
dinamismo emergen lo temas de los “pobres”, de la “liberación”,
de la “comunidades eclesiales de base”, de las consecuencias
sociales del seguimiento de Cristo y del compromiso político en
transformaciones que se consideran urgentes y profundas. No
faltaron interpretaciones y desviaciones posteriores con un
reduccionismo soteriológico a la clave ético-social o política o
la primacía de la misma sobre el acontecimiento salvífico.
El giro especialmente significativo fue que la
mirada y la solicitud pastorales de la Iglesia no se
concentraron sólo en las minorías laicales "comprometidas", en
las élites de los "militantes", sino que se tomó conciencia de
la responsabilidad ante un multitud de bautizados donde la
tradición católica estaba muy arraigada pero poco cultivada. Se
revalorizó la piedad popular como acervo de valores que responde
con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la
existencia. Ésta se redescubrió como una modalidad de
inculturación de la fe católica y de un laicado que expresa su
fe comunitariamente a través de gestos, símbolos, palabras,
criterios. La cuestión crucial resulta, pues, la de custodiar,
reformular y revitalizar el patrimonio de la fe, esa mayor
riqueza de los pueblos latinoamericano, que se expresa en casi
el 90% de sus bautizados, que son poco menos de la mitad de los
bautizados en toda la Iglesia católica.
Vienen los tiempos de la Conferencia en Puebla
1979) y después en Santo Domingo (1992), bajo la guía del
pontificado de S.S. Juan Pablo II. Los Pastores saben bien que
el patrimonio de este "continente de la esperanza" se ve
asediado por causa de fuertes corrientes de descristianización
inducida por una cultura dominante a nivel global cada vez más
lejana y hostil a la tradición católica. Al mismo tiempo
constatan la expansión y proliferación de comunidades
evangélicas y la catequesis y la de superar el deslizamiento
reductor del cristianismo hacia un moralismo exacerbado, un
mesianismo político, un sincretismo ideológico. Puebla y Santo
Domingo expresan el anhelo de reafirmar la identidad cristiana y
la misión de la Iglesia para suscitar una nueva evangelización
que haga de la presencia de Cristo una realidad más evidente,
persuasiva e influyente en la vida de las personas, las familias
y los pueblos.
La Conferencia de Aparecida (2007) en cambio,
quiere ser un llamado fuerte a un regreso a lo esencial del ser
cristianos. ¡Qué importante es en nuestro mundo lleno de falsos
maestros que seducen y engañan con tantas falsas promesas de
felicidad y de "salvación" a bajo preciso, que los fieles laicos
sepan descubrir en Cristo al único verdadero Maestro y Señor que
"tiene palabras de vida eterna" ( cfr. Jn. 6, 56) y de
descubrirse a sí mismos como sus discípulos! El discípulo es
aquél que entra en comunión de vida con Cristo-Maestro.
Benedicto XVI en la Encíclica
Deus caritas est
nos enseña:
"No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una
gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una
orientación decisiva" (n. 1).
1. Sabemos bien que hoy existe una ingente y
capilar generosidad en el laicado católico latinoamericano. Se
destaca en muchas familias, en el empeño de numerosísimos
catequistas, en la viva participación en las parroquias, en las
comunidades cristianas, en redes de solidaridad junto a los más
pobres. Parece de suma importancia tener presente la necesidad y
exigencia de una renovada, más coherente e incisiva presencia de
los fieles laicos en los areópagos culturales y escenarios
políticos en los que se desarrolla la vida de las naciones. Al
mismo tiempo, Latinoamérica habiendo ya vivido el encuentro de
diversas culturas con el Evangelio, tiene un rol histórico
fundamental en el proceso de globalización en el cual vivimos.
Hay enormes tareas pendientes, que Ustedes, Pastores de los
pueblos latinoamericanos, conocen mucho mejor que yo, en pos de
una cultura de la vida, de un auténtico desarrollo, de una lucha
contra la pobreza y una mayor equidad, de procesos de inclusión
social, consolidación democrática e integración latinoamericana.
Da la impresión en vuestras tierras que existen no pocos
dirigentes políticos que se declaran "católicos", más por la
búsqueda de consenso o como tributo a la tradición de las
naciones que como verdadera asunción de responsabilidad y
coherencia a la luz de la fe y de la doctrina social de la
Iglesia. Tampoco ofrecen sólidos fundamentos de construcción los
sub-productos hiper-individualistas de la sociedad de consumo,
con su relativismo político y moral. Hoy más que nunca se
requiere una atenta formación cristiana, un fuerte arraigo y
alimento comunitario, un agudo discernimiento a la luz de la fe
y un compromiso coherente, competente y valiente en la vida
pública por parte de nuevos sectores laicales. En este sentido,
el
Compendio de la doctrina social de
la Iglesia
es un instrumento de gran valor. Sostenidos por sus Pastores, el
testimonio de los laicos ha de brillas en escuelas y
universidades, en los ambientes de trabajo, en los medios de
comunicación, en los movimientos sociales y en la política
mostrando la fuerza transformadora de la fe y de la caridad al
servicio del bien común.
2. América Latina vive con grande intensidad
de nueva estación agregativa de los fieles laicos con
transformaciones significativas2. La Acción Católica sufrió una
pérdida de vitalidad y en muchos países se extinguió. Las
comunidades eclesiales de base, después de una fuerte
experiencia participativa allí donde la presencia institucional
y social de la Iglesia resultaba escasa o ausente, también han
ido perdiendo vitalidad, sobre todo cuando ha prevalecido el
interés político y se han ido abriendo los cauces de renovadas
formas de participación en procesos de democratización. Desde
los años ochenta también se difunden con vigor en América Latina
los nuevos y muy diversos movimientos y comunidades eclesiales,
con los "Cursillos de Cristiandad" como precursores. Sea Juan
Pablo II como Benedicto XVI los consideran "providenciales" en
cuanto riqueza carismática, educativa y misionera para bien de
la Iglesia y los pueblos. Al considerarlos también
"providenciales" en esta hora de América Latina, le importó
mucho al Consejo Pontificio para los Laicos y al CELAM realizar
en Bogotá en marzo del 2006, el Primer Congreso latinoamericano
de movimientos eclesiales y nuevas comunidades como contribución
importante en el camino de preparación a esta Conferencia.
Estamos muy contentos que entre las categorías de participantes
a esta Conferencia se encuentre por primera vez la de los
representantes de estar realidades tan importantes. De ellos
mucho se puede aprender en cuando métodos, caminos y escuelas de
formación y acompañamiento de discípulos y misioneros del Señor.
Considero que los movimientos y nuevas comunidades que han
surgido bajo el influjo del Espíritu Santo en estas tierras
latinoamericanas son un verdadero signo de esperanza. Éstos han
ofrecido a Latinoamérica un fuerte impulso misionero y una gran
fantasía misionera en la presentación del anuncio de Cristo y en
la formación en la fe , cooperando con fidelidad a la misión de
la Iglesia no sólo en América Latina sino en el mundo entero. En
el providencial designo de salvación hoy diversas comunidades
surgidas en Latinoamérica se encuentran en lugares
descristianizados como Europa y Norte América, ofreciendo con su
testimonio y anuncio aquella fe que a su vez recibieron desde la
evangelización constituyente, expresión de la ley de la
traditio y redditio.
Al "cristianismo cansado" y desalentado responden con una fe
llena de alegría, entusiasmo y valentía. Frente a un
cristianismo cerrado en sí mismo, pasivo y lleno de miedo,
responden con una fe propositiva, misionera y sin falsos
complejos de inferioridad frente al mundo. Los movimientos por
lo tanto, no son un "problema" - como a veces se escucha
repetidamente -, sino más bien un don y como don ha de ser
acogido en las Iglesias locales. El Papa Benedicto XVI insiste
que "las Iglesias locales y los movimientos no son opuestos
entre sí, sino que constituyen la estructura viva de la
Iglesia"3 y por tanto exhorta a los pastores a "salir al
encuentro de los movimientos con mucho amor"4.
3. Permítanme dejar planteado, a la
conclusión de esta intervención, tres prioridades que son muy
importantes para el Papa Benedicto XVI. La primera es que se
reconozca que la cuestión humana decisiva, en cualquier
circunstancia, es la cuestión de Dios. En ese reconocimiento
está en juego el primado de Dios y la única verdadera respuesta
al drama de la existencia de la persona y los pueblos. No hay
nada más real que Dios mismo, una realidad sin la cual nada
puede ser bueno para el hombre. El Santo Padre Benedicto XVI
dirigiéndose a los obispos suizos señaló que <<se trata de la
centralidad de Dios; y no precisamente de un Dios cualquiera,
sino del Dios que tiene el rostro de Jesucristo. Esto es muy
importante hoy. Se podrían enumerar muchos problemas que existen
en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos
sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios
resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en
nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo
a través de nosotros. A mi parecer, el destino del mundo en esta
situación dramática depende de esto: de si Dios, el Dios de
Jesucristo, está presente y si es reconocido como tal, o si
desaparece>>5. Tenemos siempre la tentación de remover ese
primado en función de nuestras urgencias y proyectos humanos. Si
se construye fuera de esa centralidad y primado se construye
contra la persona y contra el bien de los pueblos. ¡Primero
Dios!... y todo lo demás se dará por añadidura.
La segunda prioridad es la de lograr ser
testigos, comunicadores y educadores de la belleza de ser
cristianos. ¿A qué otra cosa tiende la razonable persuasión de
las enseñanzas de Benedicto XVI sino a ayudar a redescubrir a
todo bautizado la dignidad, belleza y alegría de ser cristianos?
Cuando un periodista preguntó al Santo Padre antes de su viaje a
Colonia, qué es lo que quería comunicas en la Jornala Mundial de
la Juventud del 2005, Benedicto XVI respondió sintéticamente:
¡que ser cristiano es bello! Como lo dijo en la primera homilía
de su ministerio petrino: <<quien deja entrar a Cristo no pierde
nada, nada - absolutamente nada - de lo que hace la vida libre,
bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas
de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes
potencialidades de la condición humana>>.6 Sólo desde la
experiencia y certeza de esa belleza y alegría en la propia
vida, brota la gratitud y el ímpetu misionero de compartir con
todos el don del encentro con Cristo.
La tercera prioridad es que sin identidad
profunda y fuerte de personas y pueblos nada de bueno se
construye. A los Pastores nos corresponde sobre todo alimentas
la identidad cristiana, católica, de los bautizados, para que se
conviertan efectivamente en auténticos discípulos y, por eso,
misioneros del Señor. Los fieles laicos están llamados a ser lo
que son desde su identidad sacramental. Es fundamental pues, que
vivan toda su vida como vocación. Bien afirma la exhortación
apostólica post-sinodal
Christifideles laici:
"La inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos
de iniciación cristiana es la raíz primera que origina la nueva
condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, que
constituye su más profunda fisionomía, que está en la base de
todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana de los
fieles laico" (n.9). Por eso, "no es exagerado decir que toda la
existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a
conocer la radical novedad cristiana que deriva del bautismo,
sacramento de la fe, para que pueda vivir sus compromisos según
la vocación recibida de Dios" (n.10). Hay que repensar y
relanzar, pues, los itinerarios de iniciación y reiniciación
cristiana, no sólo para los niños sino también para los jóvenes
y adultos, que, en la comunidad cristiana y a la luz de la
Palabra de Dios encuentran su fundamento en el bautismo, los
dones del Espíritu Santo en el sacramento de la confirmación y
su culminación en el sacramento de la Eucaristía, fuente y
vértice de toda la vida eclesial, de toda vida cristiana. Nada
más importante que suplicar la misericordia de Dios, la gracia
de su Espíritu y la compañía del Señor Jesús, confiándonos a la
intercesión de la Santísima Virgen Maria, para que todos
nuestros trabajos y desvelos lleguen a buen fin.
Notas
¹BENEDICTO XVI, Discurso a los Cardenales,
Arzobispos, Obispos y prelados y superiores de la Curia Romana,
22/12/2005
2 Cfr. Juan Pablo II,
Exhortación apostólica post-sinodal
Christifideles laici,
n. 29.
3 BENEDICTO XVI, Discurso a los obispos de
Alemania, 21/08/2005.
4 BENEDICTO XVI, Discurso a los obispos de
Alemania en visita "ad
limina",
18/11/2006.
5 BENEDICTO XVI, Homilía a los obispos de Suiza,
7/11/2006.
6 BENEDICTO XVI, Homilía en el solemne inicio del
ministerio cetrino, 24/04/2005.
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